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Vivir en el filo

Morirse de gusto

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Quedarse en blanco. Olvidar que existes. Flotar. Algunas mujeres, tras el orgasmo, sufren una leve pérdida de conciencia. Los franceses lo denominan La petite morte. Os juro que creía que todo el mundo conocía tal acepción. Pues no. Resulta que son más listos los chavales de 22 años que saben tanto como yo tras dos años de máster de Sexología. O eso le dijeron a la evaluadora.

Masters and Johnson: media vida intentando solucionar la impotencia masculina y resulta que ellos conocían el método ¡¡Yo tuve que leerme varios libros sobre sus experimentos con parejas afectadas por disfuncionalidades!! Añadid mentalmente el emoticono de una sonrisa.

Eso sí, todos ellos desconocían quiénes eran esta formidable pareja. Sí, vivimos en un país de exigentes y de sabelotodos.

Los hay rarunos, como la que escribe, que jamás se considera lo suficientemente preparada. Quizá tampoco sea tan negativo. Vamos de listos y luego pasa lo que pasa. Repunte de venéreas, del SIDA y no hablemos de los embarazos no deseados entre adolescentes.

Tenéis que saber algo. He propuesto muchas veces dar charlas de educación sexual a algunos institutos. Cosas básicas: identidad de género, identidad sexual, atracción romántica, proceso de sexuación, proceso de procreación, evitar embarazos, evitar enfermedades indeseables. La respuesta es que no. Que es algo muy controvertido. Maldita sea mi estampa.

Ahora vienen los “madresmías”, el rasgarse las vestiduras pero ¿A qué aspira esta sociedad hipócrita? Evitar hablar de sexualidad abiertamente no evitará que los jóvenes descubran lo que pueden hacer con sus genitales.

La tragedia no está en el incesto, a pesar de su sordidez. La tragedia no está en vidas lastradas por tener un hijo con 17 años cuando no eres ni siquiera capaz de cuidar de ti mismo. La tragedia no está en la dura decisión de un aborto. La tragedia reside en el desconocimiento atroz de las infinitas posibilidades de la sexualidad humana. Las infinitas posibilidades de goce y disfrute a lo largo y ancho de nuestros cuatro kilos de piel sin necesidad de poner en riesgo la salud o de traer al mundo a criaturas que preferirían nacer en un entorno más centrado.

La tragedia es que adultos que leen estas columnas siguen al pie de la letra los mandamientos de la coitocracia cuando la esplendorosa realidad es que el sexo nos recorre por completo. No está entre las piernas. Está en el perfume que usamos (o no) en cómo vestimos, en cómo miramos. Hay comportamientos más sexuales que el coito que, en ocasiones, se acerca más a una tabla de Pilates que a esa explosión deliciosa de olores, sabores, sensaciones y afectos compartidos. Porque también se nos olvida. O se les olvida a los que quieren que nos tapemos los oídos y cerremos los ojos: el sexo es la expresión de un sentimiento, incluso del sagrado amor. Lo repito: el sexo también es la expresión del sagrado amor.

Y así estamos. Mudos ante las noticias de niñas preñadas. Porque son niñas. Y en blanco, como nosotras en la petite morte. ¿Ahora qué? Los de mi generación vivimos pegados a un condón por miedo al SIDA y porque incluso quedarte embarazada de tu novio medio formal nos aterraba. Los chavales de ahora lo saben todo. Ojalá de verdad conozcan todos los secretos de una sexualidad consciente, plena y responsable. Los jóvenes son jóvenes y están legitimados para menospreciar a los adultos pero las autoridades educativas y médicas deberían dejar a un lado sus creencias morales y procurar el bien común. Yo apuesto por la petite morte: morir de gusto, sí. Morir de estupidez y desconocimiento, no.

Temas

Relaciones, amor, vida. Lo que de verdad importa

Sobre el autor

Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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