García Martinez –12 diciembre 1993
Si miras bien- y además piensa un poco- la navidad se reconoce en un emblema, ahora que tanto se alude a lo emblemático. El cual emblema tendría que ser, sin dudarlo, la mandarina. Y ya rizando el rizo tendríamos que aceptar como mejor nombre de la navidad el de navidarina. O sea, mitad monje, mitad soldado.
De acuerdo con los cánones al uso, este juego que me traigo es una tonteriá. Tiene, sin embargo y en ultimo termino, su fundamento. Lo que pasa es que no se trata de un fundamento utilitario.
No podríamos venderlo en grandes superficies. Y sirve tan sólo para mantener ocupada un ratico la cabeza. Nadie podrá negarme que, a veces, el pensamiento se entretiene y regodea con estos devaneos, que diría Pessoa. Estamos, pongo por caso, tumbados en la cama, la mirada en el techo y entonces la mente deja escapar su humo. Espirales, volutas y fugas conforman estas asociaciones: Navidad con mandarina da por resultado Navidarina. -¡Bah, bah! ¡Memeces, memeces!- se indignan las severas instancias.
Mas no que no. Que no son memeces. Son cosas que ocurren, ocurrencias que salpican lo cotidiano. Nadie escapa a componer -desde la cama, desde el sillón- figuras extrañas, o absurdas, que se pasean por la mente como Pedro por su casa. Decimos memeces solo porque estas expansiones no tienen prestigio económico. Sin embargo, ayudan mucho a vivir.