García Martínez – 04 abril 2002
Los futbolistas de Real Madrid están enfadadísimos, pobrecitos míos. Se quejan de que otros futbolistas –los del Bayern de Munich– se han mofado de ellos, después de lo que pasó en el encuentro del martes en la noche. Lo que pasó fue que los blancos perdieron, por no tener lo que hay que tener, cuando estaban ya los puntos prácticamente en el bolsillo. Hay que decir en honor de los madrileños que los del Bayern las pasaron canutas durante todo el primer tiempo. Pero, en la segunda parte, el Madrid hizo lo que acostumbra: desvanecerse. Y le cascaron.
No sabría decir si es censurable o no que los futbolistas alemanes se mofaran de los españoles por haberse dejado arrebatar un triunfo que parecía seguro. En el fragor de la alegría no parece que esa mofa sea reprobable. Cuentan que uno que le dicen Salihamidzic –échale hilo a la birlocha– declaró que el Real Madrid «se caga en los pantalones». Acerca de otros presuntos improperios, nada nos dice la prensa del día. Se supone, pues, que no hubo más.
Veo yo una tremenda hipersensibilidad en los señores futbolistas. Si se les abona una pasta gansísima como se les abona, si se les mima como los mimamos, si ya sólo falta que les demos calor acostándolos en nuestra cama con nosotros, me parece excesivo y fuera de lugar que se disgusten por lo de si se cagan o no se cagan en los pantalones.
Roberto Carlos, que debería entrenarse específicamente para ganar en puntería lo que le sobra en potencia, llega a decir que el payo este, el Salihamidzic, les ha faltado al respeto. Hombre, por favor, peladico mío, tampoco es eso. Más me agrada otra manifestación suya: «Mi respuesta va a ser el miércoles, dentro del partido, donde tenemos que ganar al Bayern». Eso lo veo bien, siempre que la respuesta se limite a jugar mejor y con más eficacia que el adversario. Nada de darse cabezazos unos a otros por la parte frontal.
—Esa es otra. A mí es que me pone malo ver a dos futbolistas uno frente a otro, con las manos atrás, pero topándose como si fueran chotos.
Sí, pero no lo diga muy alto, no vaya a ser que se enfurruñen los chicuelos.
—¿Y usted de qué equipo dice que es?
Le diré que soy del Real Madrid desde pequeñito. De modo que no trate se pillarme por ese lado.