García Martínez – 6 junio 2005
Los que estén enviciados dirán que no. Se mostrarán escépticos. A mí me da igual. Pero me permito augurar que esta cosa de los ordenadores nos va a llevar al huerto.
Si nos fijamos, ya se han detectado consecuencias funestas entre los más pequeños por el excesivo uso del Internet. Se sabe de familias -buena gente, por otro lado- que se pasan semanas sin ver a su niño (o a su niña, que esa es otra), porque andan a todas horas enganchados.
Mientras que la autoridad procura quitar de las calles el botelleo, los zagalicos no paran de chatear en sus casas. Y no vas a poner un policía en cada domicilio. ¿Los padres? Los padres ya tienen bastante con no saber por dónde echar.
-Lo que tienen que hacer los padres ¿sabe usted?, es comprarse otro ordenador para ellos y que le vayan dando al mundo.
Yo qué sé. Ahora resulta que los poderes pretenden que no haya ni una sola familia que no gaste ordenador. Incluso dan subvenciones. Cuando Franco, el ideal era que no hubiese un hogar sin lumbre. Y, rizando el rizo, mira a lo que hemos llegado. Del ADSL al LSD sólo hay un paso.
-Los tiempos son los tiempos. Usted es que todavía vive del NO-DO.
Puede que sí. Pero lo que no comprendo es que, en esta sociedad globalizada, seamos tan cínicos. Los de arriba, primero facilitan y estimulan los negocios nuevos -como este de la informática-, y luego ponen el grito en el cielo por las maldades que en sí mismo encierran estos instrumentos diabólicos. Si ya sospechaban desde el principio lo que podía pasar, pues, coño, inventemos otras cosas menos dañinas. Por ejemplo, la democracia no partitocrática. No me refiero a una democracia sin partidos, sino a que estos no puedan ejercer sobre nosotros su particular dictadura.
-Y también sería bueno que inventaran las listas abiertas.
Ya sé que el lector -que es como es- se estará preguntando a cuento de qué he cogido hoy esta perra con los ordenadores. Mire usted: todas las cosas, incluso las más tontas, tiene su porqué.
La cuestión es que la cabra esta mía no me deja vivir. Está empeñada en que le ponga una página güe con su biografía. Y, si no, que se va con su madre.