García Martínez – 09 septiembre 2005
Nos hace saber el compañero Robles que «el Quijote visita estos días el Noroeste» de la Región. Y explica que lo hace a través de una iniciativa feliz, por la cual se exhiben ciento setenta obras -dibujos, escultura y cerámica-, alusivas al personaje, realizadas por personas de los pueblos que integran la comarca: Caravaca, Calasparra, Cehegín y Moratalla.
A mí me parece que la ocasión la pintan calva. Y que Robles debería hacerle una entrevista al Ingenioso Hidalgo, para pedirle su opinión sobre el trasvase del Tajo al Segura. Bien mirado, todo dios ha largado lo que le ha venido en gana sobre el particular, excepto quien, como Don Quijote, tendría mucho y bueno que decir. Primero, por su prestigio; y segundo, porque en nadie como en su persona concurre la grandeza de ser un individuo local y, a la vez, universal.
Antes de que se manifieste el Hidalgo, ya me atrevo yo a aventurar que no ha de parecerle mala cosa lo del Trasvase. Precisamente por esa condición suya de ser más manchego que nadie y, a la vez, más ciudadano del mundo que nadie. Los hechos y las palabras de Don Quijote son asumidos en el entero planeta. Y por esa su vocación de universalidad, seguro que don Alonso aconseja quitarse las gafas del egoísmo localista y ponerse las de la solidaridad. Quiero decir que el Trasvase le mola.
Y eso aunque algunos de su pueblo lo acusen, como ya lo acusaron, de estar loco. Si, como se cuenta en el libro, Don Quijote iba por ahí deshaciendo entuertos, ¿quién sostendrá que no es entuerto (y de los más gordos) la falta de agua en el Levante patrio?
Tengo por muy probable que Sancho no lo vea así. Y que sea el caballero quien le reprenda por ello, como le reprendió cuando el escudero confundió el regüeldo con el eructo. A Sancho lo que le obsesiona es tener una ínsula para él solo. Así se cumpliría su ideal de llenar hasta el gollete su propia andorga y darle gusto a Teresa Panza nombrándola gobernadora. Es incapaz de ver a Dulcinea en una labradora con bigote.
Vaya, pues, el periodista Robles en busca de Don Quijote, ahora que lo tiene a mano. Invítelo a montar un Clavileño del Vino y pregúntele por esa locura tan cuerda que es repartirse los dones de la Tierra como buenos hermanos.
Seguro que no nos defraudará.