García Martínez – 12 diciembre 2005
Hace unos días se produjo un accidente -otro más después de muchos- en un paso a nivel sin barreras. Murió gente de Murcia.
Cada vez que sucede algo así, la autoridad incompetente introduce la mano en el saco de las excusas -que siempre son de mal pagador- las pone en nuestro conocimiento y «apaga la luz, Antonia, que me voy a dormir». Se conoce que tienen, allí en los Ministerios, explicaciones ya impresas. Las cuales las sacan a colación cada vez. Y siempre son las mismas.
Primero tratan de quitarse el mochuelo de encima. Eso acaba de hacer la Renfe, acusando al pobre conductor de imprudente. Como segundo plato presumen de los pasos a nivel peligrosos que han quitado hasta la fecha, como si eso tuviera que ver algo con el accidente que comentamos. Y, para postre, te anuncian que, de hoy en delante, van a ser más diligentes que el cali. De tal manera que, en menos que dura una santiguada, tendremos todos esos pasos malos convertidos en pasos buenos. Hasta se comprometen a que, en muchos, ni siquiera haya pasos, pues para eso harán obras de mayor envergadura.
(La gente que pasea por el centro de Alcantarilla se tiene que detener para que pase el tren. Claro, como es más grande que tú, pues decides ser amable. Y no te digo nada si el convoy circula a lo ancho, como aquel del baturro).
Con la desaparición de los pasos a nivel sin barreras no le quitamos nada a nadie. No ocurre lo mismo que con el Ebro, que dejamos sin agua a los de arriba, de tan ladrones como somos aquí en Murcia. En este caso son otros los que con su desidia nos quitan a nosotros algo aún más importante, como es la vida.
¿Cómo vas a confiar en ellos, tras advertir que mienten e incumplen su promesa una y mil veces? Los ves allí, vestidos de Jueves Santo, rindiendo homenaje a la Constitución. Está bien. (Pero ni eso saben hacerlo, como lo demuestra el lapsus de Bono, confundiendo la Puerta del Sol con la Plaza de Oriente). Lo malo de estos payos -tanto los de la derecha como los de la izquierda- es que no acaban de entender que la mejor manera de homenajear el sagrado texto consiste en servir mínimamente a los ciudadanos.
Nos toman por los pavos que están en la vía mientras el tren pita y pita.