García Martinez
Retomemos el tema. Y nos encontraremos –pues ya despachó este cronista otras dos entregas sobre el particular- en la tercera estación de esta vía tan dolorosa. La cabecita de un niño es como una esponja, valga la comparación. La cual esponja ha embebido de tal modo la coña marinera de los dinosaurios, que muchos pequeños se van a quedar marcados de por vida. Ya no será la suya –en el recuerdo- una niñez plácida y feliz, sino que verán cómo un dinosaurio se come a los niños y, a su vez, ese dinosaurio es comido por otro de distinta familia.
¿Estas es lo que es?
Ha sido un tremendo error. No se comprende que les metan a los críos dinosaurios por un tubo, mientras el Estado desaconseja que los menores de trece años vean “Parque jurásico´´. ¿Quién es el guapo que puede retener a un chaval en casa, después de que le hemos llenado el coco de animalejos de esta clase? Ningún sensato ve inconveniente en que nuestros escolares aprendan lo que hubo en tiempos remotos. Pero dentro de un orden. Y, sobre todo, de una medida. Pues que, como asegura el dicho, no sólo de dinosaurios vive la enciclopedia.
Lo peor de este mundo tan intercomunicado es que, cualquier mañana, se te levanta un tío con ganas de que millones de seres hagan la misma cosa. Y ahí los tienes: dándole de comer al dinosaurio. Esto, según yo lo veo, es fascismo envuelto en democracia de cartón piedra. ¿Estás en lo que es?