García Martínez – 3 marzo 2005
Antes era: los niños, con los niños, y las niñas, con las niñas. Murióse Franco, porque estuvo de Dios, y se pasó a: los niños, con los niños y con las niñas, todos revueltos, en fin. Eso no es malo. Veo peor lo de ahora, los niños y las niñas, con el móvil.
Casi la mitad del censo de adolescentes murcianos dispone de móvil. Bueno, verá, yo es que a los adolescentes les llamo niños, a ver si me comprende.
Sobre si a las radiaciones que provoca el chisme son más sensibles los pequeños que los adultos, pues qué sé yo. Cada uno habla de esta feria según le conviene. Habrá que esperar a que se materialicen las consecuencias -si es que se materializan- para saber a qué atenerse. Quizás entonces sea tarde, pero siempre fue así con todo. El ser humano tiene la mala costumbre de no atender a los pronósticos. El futuro sólo es aceptado cuando se hace presente.
No entraré, ya digo, en si el móvil enferma el cuerpo. No serviría de nada, porque nadie va a dejar de usarlo por lo que, ahora mismo, sólo es una posibilidad. Ahora hablo del alma. O del espíritu. El problema es saber hasta qué punto perjudica a las cabecitas adolescentes haberse echado el móvil por compañero. Casi por novio o novia. Más aún, pues con el novio o la novia sólo sueles estar unas horas, mientras que el móvil vive contigo las veinticuatro.
Los hábitos adolescentes cambian. ¿Por qué van a ser menos que los mayores? Es verdad que, a través del aparato, la comunicación entre los individuos cobra un vigor antes desconocido. Pero es que ya no se trata sólo de comunicarse. A cada instante, la técnica nos trae una novedad, mediante la cual un nuevo móvil sustituye al anterior. Los chismecicos ya llevan de to por to. Recogen la voz y la música, hacen fotos… en fin, mil cosas que, aunque uno las ignore, existen. Llegará un momento en que será posible orinar on line, igual que antes se hacía on bacín.
Tener de contino una voz pegada a la oreja, alguien que dice sensateces o tonterías, ¿adónde nos puede llevar? Me parece que estamos criando zagales sin saber cuál podrá ser el resultado de esa crianza, pues el efecto de las herramientas que utilizamos -tal que el móvil- resulta impredecible.
Son, los adolescentes movilizados, como conejillos de Indias.