García Martínez – 11 noviembre 2005
Al recién llegado presidente de la Audiencia murciana le ha salido respondona esa criada a la que llamaremos Izquierda Unida. Estas cosas pasan cuando hay gentes que basan su razón de ser en la política poniéndose sistemáticamente a la contra. ¿De qué? Pues de lo que haga falta con tal de.
El magistrado, que es quien tiene los números delante, relaciona la inmigración con la delincuencia. O dicho más claramente, con el aumento del número de delitos cometidos desde que empezaron a llegar los extranjeros. Para IU, esta apreciación debe ser objeto de anatema. Por xenófoba, según ellos.
Esto es de oportunistas. Como mínimo. Negar la evidencia, metiendo la cabeza debajo del ala, es la peor manera de encarar un problema. Para tener una idea cabal de la realidad, ni siquiera hace falta echar mano de las estadísticas. Basta con leer los periódicos, oír la radio y ver la televisión. Tenemos más delincuencia. Y una buena parte de ella está a cargo de los inmigrantes.
Aceptar esto no es ir contra esas pobres gentes que lo están pasando muy mal, que se vieron obligadas a abandonar sus hogares, porque el hambre y la miseria no les dejaban vivir. Mire usted: sé de muchas mujeres jóvenes que han dejado allá a sus bebés, en manos de la abuela o de una tía. No pocos de estos pequeños están enfermos. Y sus madres, sus padres, intentan desde aquí echarles una mano, enviando allá unos pocos euros. Eso está reconocido y aceptado. Ahora bien, atribuir una subida de la delicuencia a los inmigrantes no es ir contra ellos. Lo natural es que delincan más aún que los españoles de España, porque su penosa situación los fuerza en ocasiones a saltarse las leyes.
Pero no todos caen en eso. Hay algunos -como los hay entre quienes somos de aquí- que se echan al monte por mil diversas razones. No necesariamente porque no tengan donde caerse muertos. Esto hay que aceptarlo porque es así. Y porque aceptándolo se puede poner algún remedio.
No hay que pasarse, como se pasó mi camarada Cayetano (IU) en la Asamblea, cuando propuso que quienes bebemos agua dejemos a su puta suerte a los que, además de para beber -como cualquier cristiano- la necesitan para un riego de socorro.