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Inma

Zona de embarque

Una alfombra voladora

 

-¡He aprobado!

Entusiasmada abrió la puerta de la casa gritando. Su madre desde la cocina, secándose las manos en un trapo, salió corriendo a recibirla. En mitad del pasillo, las dos abrazadas, no dejaban de llorar. Anna sostenía en lo alto el papel con la buena noticia.

Y unos meses más tarde llegó por fin el ansiado primer día de su trabajo. Uniforme entallado, limpio, le quedaba de maravilla. Peinada, maquillada. Iba guapísima. Realizado el repaso a bordo: todo comprobado y correcto. Creía que el corazón se le iba a salir del pecho cuando veía que por la escalera ya subían los primeros pasajeros al avión. ¡Qué nervios!

-¡Buenos días!

Ayudó a una madre que iba con su bebé en brazos. Para colocar bien el bolso y maleta que llevaba, solícita se ofreció a sostener al bebé, para que así la madre se pudiera sentar más cómodamente, con tan mala suerte que en ese momento el pequeño vomitó en su impecable uniforme. Justo en la solapa de la chaqueta. Sí, ahí dónde más visible resultaba.

-¡No se preocupe, de verdad, no es nada!

Para no dejar su puesto de trabajo, se limpió rápidamente con un pañuelo, giró las dos solapas hacia dentro y continuó atendiendo a los demás pasajeros como si nada. Pese a ser su primer día, profesionalidad no le faltaba. En cuanto pudo, en el baño del avión, intentó quitar la mancha. Tras muchos intentos quedó un rastro en la tela que, por esas casualidades de la vida, tenía una pequeña forma de corazón.

Una vez en destino, llevó la chaqueta a la lavandería pero, fue imposible retirar aquel pequeño corazón. No le importaba porque hasta resultaba decorativo y todo por aquella forma tan sui generis que tenía. Para ella era el recuerdo de los primeros pasajeros que atendió. Para evitar que se viera, colocó su placa de identificación con el logotipo de la compañía KLM justo en el mismo sitio. klm-red2

 

-Abróchense los cinturones

Anna estaba sentada. Le había tocado el asiento de pasillo. Le había costado subir las escaleras con su bastón. Peinaba ya muchas canas. Su estatura había disminuido y perdido la rectitud de su espalda. Pero su amor por los aviones seguía con igual intensidad. Nada más sentarse, disfrutaba viendo el ir y venir de las azafatas. Qué buenos recuerdos. Una vez terminadas todas las maniobras del despegue, que ella aún recordaba muy bien, inclinó la cabeza para dormir un rato y, de repente abrió los ojos de par en par: en la alfombra del pasillo, vio aquel “corazón pequeño” que le acompañó desde su primer día de trabajo.

Ella había seguido leyendo todos los boletines de noticias de la compañía aérea en la que había trabajado desde los veintitrés años y recordó que una de las muchas medidas de sostenibilidad era reutilizar los uniformes de las azafatas, convirtiéndolos en alfombras de los aviones. Y, sí, era cierto: ahí estaba el suyo. No podía ser otro, lo reconocía perfectamente.

Y pasado un rato, alcanzada ya la velocidad de crucero, soñó con aquel día primer de trabajó y también, con los cuentos infantiles de alfombras voladoras que su madre de pequeña le contaba y que despertaron en Anna su amor por los aviones. Y sí, ya lo creo que existían.

PD. Este post ha quedado finalista en el Concurso KLM Vuela Sostenible.

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