—Ismael, ¿vas a sobrevolar ‘el infierno’? ¡Estás loco! −Le preguntó su amigo preocupado.
Desde lejos, entre la maleza, puede reconocer los restos del camping. El faro lleva ya muchos años fuera de uso.
Sentado en su dron descapotable sobrevuela el perímetro de las Islas Cíes. Conoce bien todas las prohibiciones al vuelo privado que delimitan este espacio.
Ya nadie puede poner un pie en ellas. No se acercan tampoco los barcos de pesca. Ni siquiera los guardas forestales. La población de gaviotas asesinas devoró a dos de ellos y, desde entonces, las aves se han hecho con el pleno dominio del lugar.
El paisaje es apocalíptico: Millones de manchas blancas se mueven sin cesar; vuelan en todas direcciones por encima de la isla. Se han reproducido con una mutación genética propensa a la carne humana.
De lejos, sí puede escucharlas. El viento desplaza esos sonidos tan parecidos a los gritos de niños recién nacidos.
Mientras va pilotando recuerda cuando su madre le contaba la ruta de senderismo que realizó en el verano de año 2022. Había ido de excursión con sus amigas en una de las navieras para turistas (el cupo máximo era de 2.200 personas/día). Tenía fotos en lo alto del faro con los brazos abiertos y sonriendo. Reconoció el altiplano rocoso donde una noche todo el grupo se había apuntado al taller de astronomía.
De repente, varias gaviotas le sobrevolaban a escasísimos centímetros. En el cuadro de mandos se encendieron en color rojo todas las alertas: “Zona prohibida; Gire inmediatamente”, le ordenaban las voces. Había entrado en la zona área reservada a las aves. Tenía activado el modo ‘conducción mental’ y, guiado por los recuerdos de su madre y por la pasión que ella tenía por las estrellas, le habían jugado esta mala pasada. Rápidamente maniobró, cogió altitud de vuelo y se alejó de la zona.
Entonces sí se podía nadar en el mar. En verano, el agua estaba congelada: “Imagínate Ismael, es como nadar en una piscina llena de cubitos de hielo; Sientes como si te clavaran alfileres en las piernas”, le había dicho en varias ocasiones. “Pero yo he sido de las primeras en zambullirme. Todas mis amigas han tardado mucho en atreverse con el primer chapuzón”.
Eso sí, a la hora de comer -le contaba su madre- se tenía que esconder en el bosque porque las gaviotas estaban al acecho y eran capaces de robar mochilas abiertas. Después de ese verano, vieron juntos “Los Pájaros”; Su madre ya no consideraba a Alfred Hitchcock tan exagerado.
Las gaviotas, unos años después ya habían aprendido a volar entre los árboles. Y los turistas (el cupo diario se redujo a 1000 turistas. Y, aún con ello, se vendían todas las plazas) sólo podían comer dentro de las cabañas.
Tiempo atrás, su abuelo sí había disfrutado de largos paseos, casi en solitario por la isla; En total tranquilidad. Le gustaba sentirse como un Robinson Crusoe moderno. Muy poquita gente visitaba por entonces esta isla. Los grupos de turistas, por aquellas fechas, se quedaban tomando marisco en las Rías.
Era un hombre de mar con grandes barbas. Tan sólo un día de faena de pesca, aseguraba una buena captura. Las mariscadas de los domingos todos juntos en casa de sus abuelos eran uno de sus mejores recuerdos de la infancia.
Le partía despacito el pescado mientras le contaba historias de cómo lo había capturado: que si éste había sido con anzuelo; éste otro de “enmalle”. Y, disfrutaba exagerando el momento en el que se resistían a caer en las redes. A cada mordisco, su abuelo crecía como héroe ante sus ojos infantiles. Los erizos siempre los guardaba para el último bocado. “Ya tenemos a Neptuno en casa”, bromeaba su madre cada vez que lo veía regresar de su pequeña embarcación.
Plegó el dron y lo aparcó en el porche de su casa. Ismael pensaba cómo las Islas Cíes ya no eran aquel paraíso que su abuelo y su madre sí habían conocido y que tantas veces le habían contado. Ahora las gaviotas eran el alma total de este universo. Y lo abarca todo, todo, todo…
Iba tan ensimismado que en las maniobras de aterrizaje y aparcamiento no advirtió que cerca del motor se habían adherido unos restos de lo que parecía ser un nido.