En las comidas familiares de los domingos siempre faltaba algún nieto. Cuando preguntaba por él, la respuesta era la misma: “Está de Erasmus”. La hija mediana notaba cómo el abuelo siempre se quedaba pensativo. Nada advertían los más jóvenes de la mesa; Hacían fotos de la paella antes de que desapareciera y se la enviaban -con los emoticones de la sabrosura- a quien estaba estudiando a más de mil kilómetros de distancia.
En otras ocasiones, cuando el nieto regresaba, la sobremesa del domingo se alargaba con las anécdotas de su estancia. El primero estuvo en Finlandia; después otro nieto eligió Letonia; la tercera, Cerdeña… El caso es que el abuelo llevaba buen recuento de destinos y, entre todos sus nietos habían recorrido casi Europa entera.
Antes del segundo cuatrimestre
Esperó al domingo prenavideño para dar la noticia. Por suerte ese día estaban todos a la mesa. Se levantó, golpeó el vaso con el tenedor para darle más realce a la buena nueva que iba a anunciar: “Familia, yo también me voy de Erasmus. La abuela y yo viviremos el segundo cuatrimestre en Florencia”.
Los gritos de sorpresa; los brazos alzados con los vasos; las exclamaciones de asombro e incredulidad en las caras de todos… Un totum revolutum que alteró el ritmo de la comida. Eso sí, la paella no se llegó a enfriar. Desapareció como de costumbre. Esta vez nadie hizo fotos.
Hasta el día de la revolución en la mesa, sólo lo sabían él y su mujer. En cuestión de segundos todos estaban organizándose para ir a Milán: “¿Hasta cuándo estaréis?”; “Papá, qué calladito te lo tenías”; “Yo tengo libre una semana de febrero”; “Hay vuelos directos desde Alicante”; “Voy a hacerles el pasaporte a los críos”…
Cambio de rumbo
Al jubilarse aquella responsabilidad de su firma en las escrituras y actas la cambió por otras rúbricas mucho más leves que estampaba a diario en las hojas del control de asistencia de las clases en la Universidad. Desde siempre su gran pasión había sido el Arte. Buenísimas notas desde el primer examen. En cuanto se abrió el plazo, rellenó el formulario y, ¡qué alegría cuándo recibió la notificación con la aceptación de la beca! El destino elegido para Erasmus no podía ser otro que Florencia.
Una nueva vida en Italia
El matrimonio, anticipándose con sabiduría a aquellos avisos de la familia, alquiló una vivienda amplia con muchas habitaciones en el centro de Florencia. Y efectivamente, aquellas primeras amenazas de visitas de hijos y nietos, no quedaron en tales; Raro era el fin de semana en el que alguno de ellos no estuviera alojado en la “nueva casa familiar” florentina.
Eso sí, ahora eran las pizzas -bien grandes- las protagonistas del menú dominguero.
Esta historia está basada en un caso real: un amigo notario jubilado, convertido en estudiante Erasmus y disfrutando de la vida y de su pasión por el arte en Florencia cumplidos los setenta.
En esta época del año de ilusión y de renovación de intenciones, quería compartir con Vds. este bonito -y verídico- ejemplo de que la vida siempre nos puede abrir una puerta nueva.
Queridos lectores, muchas gracias por estos doce ratos de lectura compartidos este año. Que pasen Vds. una ¡Feliz Navidad! Y, llegado el caso de que encuentren una puerta entreabierta, ojalá la abran de par en par. ¡Ah! Recuerden que, entre los requisitos para ser “estudiante Erasmus”, no hay límite de edad. ¿Nos vemos en Florencia?