Suelo de ir de ruta con paleontólogos y biólogos que, a cada pisada, ellos ven restos de vasijas, fósiles, plantitas raras por aquí, huellas de zorros por allá. Hasta una colonia de renacuajos en un diminuto charco. Y yo, que he caminado unos segundos antes por el mismo lugar, paso de largo como si nada. Y eso que voy bien atenta.
Esta montaña en Busot (Alicante) nos sorprende ya desde lejos: Se puede observar desde la carretera el gran círculo perfecto en lo alto. Incluso se intuye como algo bueno ya que es la atalaya idónea (los instagramers la adoran) para poder ver los dos lados del valle (uno de ellos con vistas preciosas al Mediterráneo) sin necesidad de una gran escalada a la cumbre. Pero esta sierra guarda uno de esos secretos que, como todos, está a buen recaudo.
Un magnífico escondite
Para descubrirlo hay que adentrarse en el interior de la montaña: la cueva de Canelobre. El transcurso de millones de años y la filtración del agua en la roca calcárea han formado unas estalactitas y estalagmitas del tamaño de una catedral. No exagero. La cueva tiene una altura de 70 metros y tiene la forma de una gran bóveda.
Un taller de reparación en una cueva
En la Guerra Civil vieron en esta gran cavidad el lugar perfecto para poder ensamblar y reparar los aviones “Mosca” sin que se percatara de ello el bando contrario. Este emplazamiento estaba cerca del aeródromo de San Vicente de Raspeig. Buena estrategia militar. Claro que, aplicando con máximo rigor el triste aforismo de los trances bélicos: “En la Guerra todo vale”, muchas de estas columnas de gotas petrificadas fueron cortadas a tajo para poder crear varias plataformas de trabajo. Ochenta personas formaban la plantilla, con riguroso secreto de su trabajo.
En una ocasión, el guía explicaba todo el interior (con más de treinta años de experiencia en el lugar) hacía notar al grupo de visitantes dónde se habían cortado; en qué otro lugar se habían apoyado las vigas. Y en estas estaba entusiasmado cuando un señor del grupo mostró en voz alta su incredulidad. Cual fue la sorpresa del guía cuando otra persona del grupo, de avanzada edad, le replicó al “Tomás incrédulo” que él había sido uno de los ochenta operarios y que lo que estaba relatando el guía era totalmente cierto. Hoy ya sí podía desvelar a qué se había dedicado.
Sí quedan aún restos de la belleza natural que en sus muchos años atrás tuvo esta gran cueva. En algunas zonas parece que uno estuviera dentro de un coral porque en épocas de lluvia parte de la cueva queda cubierta por agua. El nombre, Cuevas de Canelobre, lo toma de una de las estalagmitas que parece un candelabro gigante. En verano, la temperatura del lugar, es buena aliada para disfrutar de los conciertos.
El devenir de la belleza
Es curioso porque son muchos los visitantes que salen decepcionados de la cueva: sus expectativas y anhelos de belleza quedan frustrados por el destrozo de muchas de las formaciones geológicas originales. Sin embargo, a otros este lugar nos deja resonancias y cavilaciones del poder de la belleza, que es muy débil y sucumbe fácilmente ante la barbarie de una guerra.
Cuántos secretos e historias nos cuentan las montañas.