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Zona de embarque

La tontuna y los turistas

 

Espero no ofender, porque el titular es de armas tomar. Pero últimamente ando muy preocupada porque no sé si sigue vigente aquella presunción según la cual una persona que viaja se presupone que es culta y abierta de mente. Les contaré mis pesquisas porque creo que la balanza se inclina más a un turista de postureo y poco sentido común.

Pongámonos en situación. Turistas que entran emocionados a un bazar. Para fijar las coordenadas con mayor precisión: nos adentramos en el Gran Bazar de Estambul, que está considerado como uno de los más grandes del mundo: 19 puertas y más de tres mil tiendas.

La gran paradoja

Entrar por una de ellas puede ser un infierno para unos; el paraíso, para otros. Es más, este segundo grupo, si tiene un tiempo limitado para perderse por este laberinto, siempre se quejará al salir de que le faltaron más horas para recorrerlo.

Tengo que confesarles que a mí me encanta este momento de puesta en común de las adquisiciones (sacarlas sólo un poco de las bolsas) y saber qué pagaron por ellas. Curiosidad versus cotilleo, he ahí el dilema.

Observo en estos corrillos que el comprador se muestra satisfecho y los demás un pelín envidiosos. Pero en estos mercados hay una sola y sencilla regla comercial: Los vendedores siempre ganan. Su estratégica de venta consiste en baremar cuánto de más o de menos obtendrán en la transacción, pero siempre con saldo positivo en su caja registradora.

Y todo este mercadeo se desenvuelve en una gran obra de teatro en la que somos actores; Eso sí, sin darnos cuenta. El guión está concebido desde mucho antes de que pongamos el pie en la tienda (pero nosotros nada sabemos).

Planteamiento

El vendedor es un gran artista, hace tan bien su papel que nada advertimos de estar en la función. En otro entreacto prevalecerá el halago y hasta, quizás también, un momento de peloteo. Que (seamos sinceros) nos gusta recibir (“Te pareces mucho a Shakira”, le dijeron a mi amiga en varias tiendas distintas).

Nudo

El segundo acto comienza con un gesto de cortesía: invitación a un té. Puede haber un cambio de escenario (de nuevo, no nos daremos cuenta): En él nos conducirán a la tienda de un amigo (para poder seguir comprando en ella). Este cambio de acción suele aparecer cuando el vendedor (que es siempre el actor protagonista, no lo olviden) nota que estamos satisfechos porque hemos “logrado” una buena ganga.

Hay un momento clave en el que sube la tensión dramática: Si en las negociaciones (y regateos) el precio que hemos ofertado es muy bajo, el vendedor ipso facto asumirá un rol de enfado. La exageración es espectacular.

Desenlace

Y nosotros, eso sí, salimos bien ignorantes, pero felices y, hasta orgullosos, presumiendo antes los amigos del viaje de bolso barato recién comprado o la ganga del pañuelo.

Ya nos lo dijeron (hasta con música y todo): “la vida es puro teatro”. Pero vivimos absortos en este juego de engaños y actuaciones. “¿Qué le debo?”, es siempre la última frase.

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