Si vamos a la playa, colocamos la sombrilla más o menos por la misma zona; Si nos ha gustado mucho un restaurante, tendemos a buscar una nueva ocasión para repetir. O, si una camiseta nos queda bien, quizás nos las compramos en varios colores.
Yo siembre observo que, en las tiendas de souvenirs, sobre todo las que están en los paseos marítimos, siguen teniendo justo en la entrada del comercio el carrusel con las postales del lugar.
Y, la gran pregunta es: En el siglo XXI, ¿alguien sigue enviándolas? 
Esta tesitura no es sólo una curiosidad mía; Ha dado lugar a varios trabajos de investigación. Los estudiosos del marketing están también sorprendidos acerca de esta colocación de un producto en venta, en una posición tan estratégica como es la zona de entrada, cuando apenas se va a vender (sic).
Estos análisis sí han destacado la grandísima utilidad que tuvieron en su momento (década de los 60/70), cuando no compartíamos fotos en las redes (¡qué tiempos!) y, eran el único testimonio visual de cómo era un lugar desconocido y remoto (salvo enciclopedias).
Palmeras, atardeceres y un burro muy viajero
Incluso han profundizado tanto en estas investigaciones que, en las comparativas sobre los pueblos del sur de España, era repetitiva la imagen con las típicas casas blancas encaladas y el contraste del azul del Mediterráneo; En muchas ocasiones (como truco para darle vidilla a la postal) aparecía un burro en una de las callejuelas vacías. Y, sospechosamente, este animal era muy similar ya estuviera atado en una calle de Mijas o en otra Altea.
También estos estudios han destacado la profusión de atardeceres con palmeras como una constante en estas postales.
Piezas de colección
Y, actualmente, ¿qué ha sido de estas postales? Están siendo objeto de venta. Su valor, sobre todo para los coleccionistas, lo es al peso. Hay dos tarifas, según lleven o no el sello de haber viajado por el mundo en las sacas de Correos. Cotizan más las que sí lo llevan estampado. “¿Me da dos kilos de postales con matasellos?”, así son las transacciones hoy en día.
Les cuento el caso curioso y bonito de un artista que ha convertido su colección (veinte años recopilándolas y comprándolas en mercadillos de segunda mano) en una gigantesca pieza de arte en el Pabellón de España en la Bienal de Venecia, decorando, con más de 50.000 postales, todas las paredes de las salas. ¿Y si alguna de ellas fuera nuestra? En tal hipótesis, “una parte de nosotros” está en Venecia. 
¿Recuerdan Vds. cuándo enviaron una postal?
Entonces, si ya nadie (bueno, dejémoslo en casi nadie, que los coleccionistas sabemos que las desean con locura) envía postales a sus amigos y, sorprendentemente ahí permanecen en todas las tiendas junto a los pareos, sombreros y cremas solares, ¿será que esta costumbre la tenemos tan arraigada que todavía funcionan cual “efecto llamada” (“call to action”, dicen los modernos) para que entremos sí o sí en el local?
Como dice el sabio refranero: “El burro delante”, sí, en la puerta de la tienda para que entremos y salgamos con… ¿un imán? ¿un sombrero? ¿un pareo?
Moraleja: “Pase Vd. por caja”.