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SOLUCIÓN AL 28/1/2017 : PONIENDO COLOR AL MUNDO Y…
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Alberto Requena | 08-03-2017 | 00:04

PONIENDO COLOR AL MUNDO Y…


El mundo que observamos tiene color. La vida no discurre en blanco y negro. Desde siempre se ha buscado el color, en todas las culturas. Los colorantes naturales fueron muy preciados y supusieron una economía boyante. Se obtenían, solamente, a partir de derivados de plantas, invertebrados o minerales. Ya hay constancia de ellos en el Neolítico. En China constan desde hace más de 5.000 años. Una tablilla neobabilónica, datada en el siglo VII a.C., relata una receta para teñir lana con lapislázuli. Las fibras textiles se coloreaban antes del hilado o después de éste. Los denominados mordientes, taninos procedentes de agallas, sales, alumbre natural, vinagre o la misma orina envejecida, fijaban el colorante a las fibras. La fibra aconsejaba el colorante apropiado: las fibras de celulosa, como algodón, lino, etc., requerían que el colorante reaccionara con la fibra, que normalmente se sumergía y se fijaba a la luz solar con intervención del oxígeno. Las fibras de proteína, como la lana, cachemir, angora, seda, cuero, etc., requerían colorantes ácidos y mordientes indirectos. Hoy, los colorantes naturales son muy variados, algunos procedentes de insectos, como el rojo de la cochinilla, otros, como el amarillo a partir de la orina de la vaca, el azul de la plantas indigoferas, el verde del arsénico o el ámbar de la arcilla, etc.

A mediados del siglo XIX el azul índigo natural era muy apreciado y estimuló la investigación intensiva en los derivados del alquitrán de hulla, hasta dar con la síntesis del mismo e iniciar la producción artificial de los colorantes, desplazando la economía del sector primario al sector industrial. En torno a 1865 se abrió en Manheim la empresa Badische Anilin und Sodafabrik (BASF), que produjo el índigo artificial según la fórmula descubierta por el químico alemán Adolf von Bayer que la sintetizaba a partir de benzaldehído, acetona y una base procedente del alquitrán de hulla. Consiguió la patente en 1880 y recibió el Nobel en 1905. En poco tiempo floreció el negocio de la producción de colorantes: derivados de la anilina, fucsina y sus violetas, azules, verdes, resorcina, azafranina, auramina y rodamina, la eosina y el azul de metileno, la denominada rubia (alizarina) que desplazó la producción de la natural, producida en el sur de Francia, los colorantes azoicos, que teñían el algodón sin necesidad de mordiente. Los tintoreros pasaron de manejar veinte colorantes naturales a más de quince mil sintéticos. Todo se inició con la separación, veinte años antes, de la isatina, contenida en el índigo natural. Mediante la combinación con pentacloruro de fósforo, se volvió a pasar de la isatina al índigo, que ya era artificial, por tanto. La verdadera síntesis se logró en 1878 al obtener la isatina a partir del ácido fenilacético.

En 1870 una joven recién casada regaló un microscopio a su marido, que ejercía en un pueblo de Prusia Oriental. Le acopló un condensador de luz Abbe y adaptó los pasos de rosca, pasando de 300 hasta mil aumentos. Se trataba del Doctor Koch, cuya obsesión era definir las características de enfermedades como la escarlatina, la difteria, la gangrena, etc., con las que manejaba a diario con sus enfermos. Ahora, disponía del microscopio. Advirtió que los tejidos que observaba bajo el microscopio se confundían al incrementar los aumentos, ya que eran demasiado transparentes para percibir sus contornos con luz débil. Se le ocurrió teñir los tejidos con todos los colorantes de anilina, en todos los colores y tonos, hasta encontrar la tinción más favorable. En un frotis (preparación microscópica delgada y transparente para observación al microscopio) teñido, de un cordero enfermo de carbunco, identificó una especie de palitos que formaban hileras. No sabía si tenían que ver con la enfermedad. Una gota de sangre de un cordero enfermo se la inyectó a un ratón y murió éste. Una gota de sangre del mismo cordero enfermo, mezclada con el suero de un cordero sano, le arrojó una cuenta de unos cien palitos. Puso la mezcla en una estufa y lo mantuvo dos días a la temperatura del cuerpo humano y ahora en el frotis contó millares de palitos. Knoch descubrió de esta forma el bacilo del carbunco. En 1882, con ayuda del microscopio, el azul de metileno y el condensador de Abbe, descubrió el bacilo de la tuberculosis

Sobre el autor Alberto Requena
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