La Verdad
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Las murcianas musulmanas que Mursiya atesoró
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Antonio Botías | 28-02-2018 | 11:12| 0
La flautista de Santa Clara

La flautista de Santa Clara

Acordarse de ellas, en tierra tan reticente a honrar a sus hijos, es digno de recibir alguna de las cien mil medallas que se imponen cada año en Murcia. Pero sus historias palpitan en los legajos a la espera de que alguien, al que tildarán de desocupado, las recupere. Son las murcianas musulmanas que destacaron en su tiempo, que no es el nuestro aunque también entonces fueran condenadas al anonimato. Pese a todo, el recuerdo de una perduró por los siglos en un fragmento de temple sobre estuco del tercer cuarto del siglo XII. Puede admirarse en el Museo de Santa Clara la Real y representa a una mujer, de rosadas mejillas, que sostiene un “mizmâr”, instrumento similar a la flauta. Es de las pocas representaciones que existen de una mujer andalusí en el mundo. En el mundo.

Y no es la única. Para adentrase en el tema basta leer la espléndida obra “La Murcia Andalusí (711-1243)”, de la catedrática de la Universidad de Murcia María Martínez, indispensable para quien desee acercarse a la época. Época donde lo masculino primaba. En sus páginas sostiene que “la mujer aportaba el ajuar […] y el varón el pago de la dote. Tras el matrimonio, la libertad de la esposa quedaba limitada a la visita de amigas, una tarde a la semana al baño público, los viernes a la mezquita y, a veces, al cementerio. Sin embargo, la historiografía sigue desvelando el papel social y cultural de las mujeres andalusíes”.

La profesora de la Universidad de Murcia, Victoria Aguilar, en su artículo “Fatima, Amat Al-Rahman y otras mujeres en el mundo del saber de Murcia en el siglo XII”, también propuso un recorrido por la historia de alguna de aquellas murcianas de dinamita que arroja luz sobre al anonimato al que la historia, escrita por y para hombres, las sumió. La primera que menciona es la hija del tradicionista Abu “Ali al-Sadafi, de nombre Fátima, quien vivió gran parte del siglo XII, se casó con un discípulo de su padre y murió a la edad de 80 años. El enlace fundaría una dinastía de sabios que alcanzó tres generaciones, según sus biógrafos. El marido de Fátima, como después su primogénito, dirigió la oración de los viernes, que también la hubo durante siglos, en la mezquita aljama de Murcia.

Libro del Repartimiento de tierras.

Libro del Repartimiento de tierras.

Poco más aportan las crónicas sobre la vida e intelecto de Fátima. Igual sucederá con el resto de ilustres murcianas. Pero sí fue descrita como “una mujer piadosa y asceta, que memorizó el Corán y sabía mucho “hadiz””, apunta la profesora Aguilar. “Hadiz” significa dicho o conversación que representa para el Islam lo que enseñaba y las acciones del profeta Mahoma.

Con el padre de Fátima estudiaría otro culto musulmán, cuya hija se llamaba Amat al-Rahman, conocida también en su barrio, que casi barrio era toda la ciudad, como Umm Hani. Nació en torno al año 1120 y sus biógrafos recuerdan que le recitó a su padre unos versos para animarlo cuando conoció la noticia de que había sido nombrado juez de Almería, lo que evidencia que abandonar la bella Murcia siempre ha causado una insoportable tristeza. Aquellos versos, en cambio y al parecer, no eran suyos, lo que la excluye de algunos catálogos. Pero bueno.

Con el mítico Rey Lobo

El profesor José Emilio Iniesta, en un artículo publicado en la revista “Cangilón”, sostiene que Amat compuso “un Libro sobre las tumbas y los moribundos, valiosísimo para conocer las costumbres funerarias de la España Islámica; por desgracia, solo han llegado fragmentos de esta obra hasta nuestros días”.
Casada dos veces, el segundo marido fue secretario en la corte de Ibn Mardanish, el Rey Lobo de las crónicas cristianas. Fue el monarca que gobernó durante buena parte del siglo XII Murcia y la convirtió en la segunda ciudad de la España musulmana, solo por detrás de Sevilla. Los territorios bajo su poder abarcaban desde Almería a Castellón, pasando por Valencia. Por no hablar del complejo histórico de Monteagudo, el que asombraría después a Alfonso X y nosotros dejamos que se desmorone.
El Rey Lobo (o Lope, que hasta se discute si realmente no era árabe y el Mardanish es de Martínez) protagonizaría la época de mayor esplendor musulmán en este Reino. Y hasta hubo Papas que le rindieron homenajes, como el controvertido Alejandro VI, quien lo describiría como “monarca de gloriosa memoria”.
En ese ambiente de esplendor vivió Umm Hani. Como también lo hizo, pues se sospecha que incluso pertenecía al entorno familiar de ese monarca, Umm Mu”affar. Maestra de lecturas coránicas, Victoria Aguilar destaca de ella que quizá instruyó a la Corte en el mismo palacio del monarca, sin determinar si era libre o esclava, esposa o concubina. Otra de las murcianas que ya nadie recuerda ni honra fue Fathuna, de la misma época y considerada una destacada literata e historiadora. Fue autora, por ejemplo, de un libro sobre esclavas cantoras de al-Andalus.
La esclava Laylà también atesora una biografía de excepción. María Martínez recuerda que, “pretendida por muchos, optó por casarse con un juez granadino “que la hizo suya y la amó apasionadamente””. Y lo hizo a pesar de que no la había manumitido, lo que convertía el matrimonio, aunque legal, en reprobable por la sociedad.

Y también terratenientes

La desintegración de la Murcia andalusí inmortalizaría sobre el pergamino, en el célebre “Libro del Repartimiento”, los nombres de unas setenta musulmanas, todas propietarias de tierras, a menudo minifundistas pero, siguiendo a Martínez, que es mucho seguir, también en otros casos “poderosas terratenientes pertenecientes a los linajes político-militares como “Mariem, fija de Amir Almuzlemin” y hermana del arráez “Abubacre”. Mujer destacada fue también “Çulema [Sulayma] de Catorce”, esposa o hermana de Çuleman Catorce, almojarife de don Gil García. Era propietaria de grandes extensiones en los pagos de Aljucer y Caravija. Y así unas cuantas. Aunque todavía no se llamaban Fuensanta, que eso vino poco después.
¿Cuáles eran los nombres de aquellas remotas murcianas? Martínez resuelve las dudas al subrayar “la pervivencia de los nombres vinculados con la familia del Mahoma: su esposa (“A”ysa) o su hija (Hatima) de Mahoma. Junto a ellos abundarían los nombres de Zohra (al-Zahra”) y Mariem.
Concluye la catedrática en su obra que en aquella época “hubo bastantes casos de mujeres excepcionales, independientes, transgresoras y cultas que traspasaron los rincones cotidianos del olvido”. Pero, hasta la fecha, no han logrado abandonar el rincón del olvido administrativo. Igual de cotidiano estos días.

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«Que pongan cuatro tapias a la putería»
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Antonio Botías | 27-02-2018 | 19:40| 0
ancebía. Grabado medieval que muestra un burdel, de la época en que se establecieron las prostitutas en San Miguel.

ancebía. Grabado medieval que muestra un burdel, de la época en que se establecieron las prostitutas en San Miguel.

Le pusieron cuatro tapias; pero tuvieron la precaución de dejarle una puerta. Y es que debía ser complicado ponerle cancelas a negocio tan antiguo. Bastaba con ocultarlo, regularlo y, en ciertas fechas, condenarlo de forma pública. Como también eran públicas las ayudas que recibía. Así, la mancebía murciana se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX. No es poco: casi 600 años en el mismo lugar, calle arriba calle abajo.

En 1392, como apunta el catedrático Ángel Luis Molina en su artículo “De mal necesario a la prohibición del burdel. La prostitución en Murcia (siglos XV-XVII)”, el Concejo de Murcia limita el área de influencia de las llamadas mundarias a un área concreta de la ciudad. Y apenas seis décadas más tarde, los regidores ordenan que se tapie «la putería de cuatro tapias en alto con costra», con el pretexto de que las mujeres que allí habitaren «sean mejor guardadas». Diez años más tarde las casas de la mancebía ya eran un gueto, con una sola puerta de acceso.

En esta época se establecían las prostitutas en el barrio de San Miguel. Allí mantuvieron su negocio hasta que, inaugurado el colegio de los jesuitas, el rector de la Compañía exigió al Concejo que apartara aquel comercio de sus puertas. Para justificar su petición, el rector lamentaba cómo la proximidad de las mujeres a las aulas distraía a la ardorosa juventud. Y el fraile no podía ser más claro: «Los muchachos y gente moza que acudían al estudio, luego se iban a dichas casas».

Con los judíos, no
Refiere el erudito Juan Torres Fontes, en su obra “Murcia Medieval. Testimonio Documental”, que la prostitución, siendo más o menos tolerada entre cristianos, se tornaba inaceptable cuando se producía entre individuos de distintos credos. Así lo denunció el fraile Diego de Bleda, quien describía como pecado abominable y herejía que se prostituyeran cristianas en la judería murciana.

TFGP.

TFGP.

Considerada un mal menor, la prostitución fue regulada por el Concejo, que pronto intuyó una nueva forma de financiar la ciudad. No extraña, por tanto, que hasta que se nombrara un regidor y un jurado cuyo cometido era velar porque aquellas mujeres fueran tratadas con respeto y estuvieran sanas. De las revisiones se encargaba un médico municipal mediante visitas semanales a los burdeles registrados.

Esta norma ya nunca caería en desuso, a juzgar por el breve publicado en 1889 en el diario “La Paz de Murcia”, que advertía de que los ayuntamientos -según una Real Orden- quedaban encargados de los servicios higiénicos «sobre las casas de mancebía». Es curioso que la misma norma regulara los registros de cartillas a las personas «que se dedican al servicio doméstico».

Casa de Recogidas
Salvo en el caso de fiestas señaladas como la Semana Santa, cuando todas las prostitutas eran encerradas en piadoso retiro, nunca supuso la mancebía un problema para la sociedad murciana, salvo los lógicos altercados de clientes más o menos exaltados. O ante aquellos excesos que la propia autoridad ordenaba para ejemplarizar a las masas. Esto sucedió el segundo día de carnaval de 1774, cuando una docena de prostitutas que había presas en la cárcel fueron trasladadas en infamante procesión hasta la Casa de Recogidas, de Galeras o de Santa María, que tantos nombres recibió aquel lugar cuya función ya describió el cardenal Belluga: «Casas donde las mujeres escandalosas estuvieren encarceladas para evitar su perdición».

A la historia pasaron nombres -eso sí, poco poéticos- de célebres cantoneras o rameras murcianas como La Sevillana, La Urca, La Mellada o La Gamellera, de las que también da cuenta Molina en su interesante aporte. De otras más recientes que se encarguen generaciones futuras.

Durante generaciones, como apunta Juan García Abellán en su obra “La otra Murcia del siglo XVIII”, editada por la Academia Alfonso X el Sabio, las autoridades destinaron partidas para conservar y reparar las llamadas casas de la Mancebía, ubicadas junto a la Arrixaca nueva hasta que se cedieron los terrenos a los frailes carmelitas para levantar su templo. Más tarde se trasladaron -o se abrieron sucursales del negocio- en las Eras de Belchí, aquellas tierras regadas por la acequia del mismo nombre y situadas en La Arboleja.

También en San Juan
El mismo autor recuerda que por aquellos años comenzaron a proliferar las denominadas «casas de mala nota» en el barrio de San Juan, donde hasta hace cuatro días -casi de forma literal- aún existían lugares dedicados al comercio carnal a pie de calle, portal solo guarecido por cortinilla al viento y oscura humedad al fondo.

Pedro Díaz Cassou, en su “Pasionaria Murcia,” recuerda en 1897 que la mancebería murciana estuvo ubicada en la calle de la Acequia, «cerca de los Jesuitas, antes y después en la calle de Aguadores [actual calle Gómez Cortina]», y por último «en la calle de Moros o Ericas de Belchí».

Parece evidente, salvo el paréntesis del supuesto traslado a la huerta, que el gremio de fulanas se mantuvo en los alrededores de la llamada calle de la Mancebía, más tarde renombrada Cuesta de la Magdalena y, por último y hasta hoy, calle de la Magdalena, en el corazón mismo de la urbe. Pero de aquello, para gozo de cuantos hoy habitan tan exclusivo barrio y para lamento de los historiadores, apenas nadie se acuerda.

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Santa Teresa, patrona (también) de Murcia
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Antonio Botías | 27-02-2018 | 20:13| 0

santa-catalinaCualquier santo, a estas alturas de la historia, se atreve a disputarle el puesto a la Patrona de Murcia, la Virgen de la Fuensanta. Entre otras cosas, porque la Morenica ya logró arrebatarle, a fuerza de rogativas exitosas en busca de lluvias, el cargo histórico que tuviera la Arrixaca. Pero eso no significa que la ciudad solo tenga entre sus devociones marianas una sola. Ni tampoco entre sus patrones. Sin ahondar mucho en los legajos, San Patricio comparte esa dignidad con la Fuensantica. Y, aunque ya nadie se acuerde, los mismos derechos concejiles disfruta Santa Teresa.

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Los disfraces ilegales del ‘carnaval sucio’
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Antonio Botías | 09-02-2018 | 10:59| 0
Jóvenes murcianas en el Casino. Año 1930.

Jóvenes murcianas en el Casino. Año 1930.

Los participantes del Carnaval en la Murcia de finales del siglo XIX podían acabar entre rejas. Y no porque fueran disfrazados de presos. Más bien, por vestirse «con trages propios de autoridades, así civiles como militares o eclesiásticas». Por tanto, los murcianos podían elegir el disfraz que quisieran, siempre que no fuera de cura u obispo, monja, alcalde, guardia civil, cartero, gobernador y, si me apuran, ordenanza. Pero no eran las únicas prohibiciones que se establecían. Eso sí, burlar a la autoridad acaso fuera el principal aliciente de la festividad.

La celebración del Carnaval en Murcia suponía una fiesta casi espontánea, que brotaba en distintos lugares según la alcurnia de quien la protagonizara. Así, junto al Malecón se congregaba un gentío de máscaras, a menudo ataviadas con trajes burdos y desaliñados, confeccionados con almohadones o sábanas y harapos, que portaban jaulas con ratas o cucarachas para asustar al personal. Era el llamado Carnaval Sucio, tan diferente de las espléndidas fiestas que organizara el Casino de Murcia. De escándalo -aunque comedido, claro- fue la velada del Carnaval de 1887, cuando los murcianos contemplaron la presentación de las nuevas lámparas que engalanan desde entonces el espléndido salón Luis XV.
Muy cerca del Malecón, desde donde brotaba la algarabía ensordecedora del Carnaval más popular, con su griterío y el ruido de cacerolas, cañas y postizas, se organizaba otra concentración de comparsas, en esta ocasión más recatada y elegante. Era en el antiguo parque Ruiz Hidalgo, renombrado después con poco acierto Jardín Chino, y cuyo nombre recuperará después de la actual rehabilitación gracias a la propuesta del Plan Murcia que se fue.
Los carnavales murcianos, en según qué épocas, suponían un quebradero de cabeza para la autoridad municipal. Los desmanes propios del jolgorio, a menudo, además de indignar a los más beatos, lograban incomodar a los vecinos del común. La situación llegó a tal extremo que, en sucesivos años, fue necesaria la regulación de la fiesta a través de un bando del Ayuntamiento de Murcia. El análisis de estos bandos, aparte de sabroso, evidencia el control que el gobernante desplegaba sobre sus ciudadanos. Y la primera era en la frente. Así, el artículo primero establecía que el uso de las máscaras quedaba restringido entre las dos de la tarde «hasta las primeras oraciones». Después, era obligado descubrirse.
Ojo con el decoro
El bando del Carnaval prohibía también los disfraces «propios de autoridades, así civiles como militares o eclesiásticas, ni tampoco ostentar condecoraciones o distintivos oficiales». Por supuesto, estaba penado cualquier vestido «indecoroso o deshonesto» y los taberneros debían obligar a sus parroquianos a quitarse las máscaras antes de entrar al establecimiento. Más lógica parece la prohibición de arrojar objetos «que puedan incomodar al transeúnte»; pero sorprende que el Ayuntamiento se viera en la necesidad de prohibir «toda clase de armas». Ya entonces -y escribimos de la década de 1870- la colocación de sillas para contemplar las comparsas estaba bien regulada. Sólo se permitía una línea de sillas a cada lado de las calles, si ello no perjudicaba la circulación de carros y carretas. Y si los dueños de los edificios daban su beneplácito. Entretanto, tampoco se podía cobrar a los usuarios más de «10 céntimos de pesetas por cada asiento».
Durante los tres días de Carnaval, las comparsas «que acostumbran a distraer al público con músicas, canciones o peroratas» tenían prohibido detenerse en las calles, aunque sí podía hacerlo en las plazas, sitios más amplios donde era más difícil molestar a la circulación. Curiosamente, el propio Consistorio también ordenaba el tránsito de todo tipo de carruajes en las calles Salcillo, Platería, Pascual, Frenería y Arenal «desde las dos hasta el oscurecer».
Según el Bando de Carnaval de 1887, firmado por «el alcalde accidental Carlos García Clemencín», aquellos ciudadanos que no observaran estas reglas de comportamiento debían ser conducidos «a la cárcel correccional». Los encargados de denunciar las faltas eran «los tenientes de alcalde, los alcaldes de barrio» y hasta los «dependientes de esta alcaldía», bajo cuyo criterio quedaba el cumplimiento de «la fiel observancia de los preceptuado». Aún así, año tras año, era necesario volver a decretar un bando al que nadie solía prestar demasiada atención.
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Las nevadas «de la fin del mundo»
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Antonio Botías | 03-02-2018 | 10:28| 0
Instantánea del fotógrafo López que muestra a unos niños jugando en La Glorieta. Es de los años sesenta. / López

Instantánea del fotógrafo López que muestra a unos niños jugando en La Glorieta. Es de los años sesenta. / López

Creyeron que la fin del mundo, que en Murcia siempre se invocó en femenino, había llegado. Y no les faltaba razón. Sin electricidad ni agua potable, árboles derrumbados sobre las calles, tejados hundidos y heridos, muchos heridos. Y todo porque una espesa capa de nieve, que en algunos lugares alcanzó el metro de altura, había cubierto la ciudad. Sucedió en 1926 y aún hoy se considera la más terrible nevada que se recuerda. Y eso que se recuerdan otras muchas.

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Sobre el autor Antonio Botías
Este blog propone una Murcia inédita, su pequeña historia, sus gentes, sus anécdotas, sus sorpresas, su pulso y sus rincones. Se trata de un recorrido emocionante sobre los hechos históricos más insólitos de esta Murcia que no vemos; pero que nos define como somos. En Twitter: @antoniobotias

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