La Verdad
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Los disfraces ilegales del ‘carnaval sucio’
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Antonio Botías | 09-02-2018 | 10:59| 0
Jóvenes murcianas en el Casino. Año 1930.

Jóvenes murcianas en el Casino. Año 1930.

Los participantes del Carnaval en la Murcia de finales del siglo XIX podían acabar entre rejas. Y no porque fueran disfrazados de presos. Más bien, por vestirse «con trages propios de autoridades, así civiles como militares o eclesiásticas». Por tanto, los murcianos podían elegir el disfraz que quisieran, siempre que no fuera de cura u obispo, monja, alcalde, guardia civil, cartero, gobernador y, si me apuran, ordenanza. Pero no eran las únicas prohibiciones que se establecían. Eso sí, burlar a la autoridad acaso fuera el principal aliciente de la festividad.

La celebración del Carnaval en Murcia suponía una fiesta casi espontánea, que brotaba en distintos lugares según la alcurnia de quien la protagonizara. Así, junto al Malecón se congregaba un gentío de máscaras, a menudo ataviadas con trajes burdos y desaliñados, confeccionados con almohadones o sábanas y harapos, que portaban jaulas con ratas o cucarachas para asustar al personal. Era el llamado Carnaval Sucio, tan diferente de las espléndidas fiestas que organizara el Casino de Murcia. De escándalo -aunque comedido, claro- fue la velada del Carnaval de 1887, cuando los murcianos contemplaron la presentación de las nuevas lámparas que engalanan desde entonces el espléndido salón Luis XV.
Muy cerca del Malecón, desde donde brotaba la algarabía ensordecedora del Carnaval más popular, con su griterío y el ruido de cacerolas, cañas y postizas, se organizaba otra concentración de comparsas, en esta ocasión más recatada y elegante. Era en el antiguo parque Ruiz Hidalgo, renombrado después con poco acierto Jardín Chino, y cuyo nombre recuperará después de la actual rehabilitación gracias a la propuesta del Plan Murcia que se fue.
Los carnavales murcianos, en según qué épocas, suponían un quebradero de cabeza para la autoridad municipal. Los desmanes propios del jolgorio, a menudo, además de indignar a los más beatos, lograban incomodar a los vecinos del común. La situación llegó a tal extremo que, en sucesivos años, fue necesaria la regulación de la fiesta a través de un bando del Ayuntamiento de Murcia. El análisis de estos bandos, aparte de sabroso, evidencia el control que el gobernante desplegaba sobre sus ciudadanos. Y la primera era en la frente. Así, el artículo primero establecía que el uso de las máscaras quedaba restringido entre las dos de la tarde «hasta las primeras oraciones». Después, era obligado descubrirse.
Ojo con el decoro
El bando del Carnaval prohibía también los disfraces «propios de autoridades, así civiles como militares o eclesiásticas, ni tampoco ostentar condecoraciones o distintivos oficiales». Por supuesto, estaba penado cualquier vestido «indecoroso o deshonesto» y los taberneros debían obligar a sus parroquianos a quitarse las máscaras antes de entrar al establecimiento. Más lógica parece la prohibición de arrojar objetos «que puedan incomodar al transeúnte»; pero sorprende que el Ayuntamiento se viera en la necesidad de prohibir «toda clase de armas». Ya entonces -y escribimos de la década de 1870- la colocación de sillas para contemplar las comparsas estaba bien regulada. Sólo se permitía una línea de sillas a cada lado de las calles, si ello no perjudicaba la circulación de carros y carretas. Y si los dueños de los edificios daban su beneplácito. Entretanto, tampoco se podía cobrar a los usuarios más de «10 céntimos de pesetas por cada asiento».
Durante los tres días de Carnaval, las comparsas «que acostumbran a distraer al público con músicas, canciones o peroratas» tenían prohibido detenerse en las calles, aunque sí podía hacerlo en las plazas, sitios más amplios donde era más difícil molestar a la circulación. Curiosamente, el propio Consistorio también ordenaba el tránsito de todo tipo de carruajes en las calles Salcillo, Platería, Pascual, Frenería y Arenal «desde las dos hasta el oscurecer».
Según el Bando de Carnaval de 1887, firmado por «el alcalde accidental Carlos García Clemencín», aquellos ciudadanos que no observaran estas reglas de comportamiento debían ser conducidos «a la cárcel correccional». Los encargados de denunciar las faltas eran «los tenientes de alcalde, los alcaldes de barrio» y hasta los «dependientes de esta alcaldía», bajo cuyo criterio quedaba el cumplimiento de «la fiel observancia de los preceptuado». Aún así, año tras año, era necesario volver a decretar un bando al que nadie solía prestar demasiada atención.
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Las nevadas «de la fin del mundo»
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Antonio Botías | 03-02-2018 | 10:28| 0
Instantánea del fotógrafo López que muestra a unos niños jugando en La Glorieta. Es de los años sesenta. / López

Instantánea del fotógrafo López que muestra a unos niños jugando en La Glorieta. Es de los años sesenta. / López

Creyeron que la fin del mundo, que en Murcia siempre se invocó en femenino, había llegado. Y no les faltaba razón. Sin electricidad ni agua potable, árboles derrumbados sobre las calles, tejados hundidos y heridos, muchos heridos. Y todo porque una espesa capa de nieve, que en algunos lugares alcanzó el metro de altura, había cubierto la ciudad. Sucedió en 1926 y aún hoy se considera la más terrible nevada que se recuerda. Y eso que se recuerdan otras muchas.

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El Conservatorio que encumbró Massotti Littel
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Antonio Botías | 23-01-2018 | 11:09| 0
Adrián Massotti.

Adrián Massotti.

El Conservatorio de Murcia se fundó el 23 de mayo de 1918. Y su fundador fue el poeta Pedro Jara Carrillo, poeta y director de ‘El Liberal’. Al menos, fundador sobre el papel. Porque en la edición de aquel día, en plena portada, solicitaba «a quien correspondiera» que impulsara la idea. A quien correspondía era a Isidoro de la Cierva y Peñafiel, senador. Por eso lo citó el periodista.

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Murcia tiene dos premios Nobel
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Antonio Botías | 21-01-2018 | 19:31| 2
Antonio Botías

José Echegaray.

Si existe una ciudad en el planeta donde un escritor puede alcanzar el Premio Nobel de Literatura, ese lugar es Murcia. Y no es una exageración. Con sus escritos en una mano (y en la otra las estadísticas) es fácil comprobar que dos murcianos lograron tan excelso galardón literario. Uno fue Jacinto Benavente, nieto de un conserje murciano. El otro fue José Echegaray, quien además fue el primer español distinguido por la Academia sueca. Así las cosas, de los once premios Nobel de Literatura concedidos al castellano en toda su Historia, dos reconocían a la legua qué era un paparajote, llamaban obispo al morcón y respiraban a Murcia como la respiraría Jorge Guillén.
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Una tienda de sartenes sin Ritmo
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Antonio Botías | 03-11-2017 | 12:54| 2

Tienda RitmoVengo de ver, que diría Lope. Pero no aquello de “un niño en pobrezas tales, que le di para pañales, las telas del corazón”. Ni vengo de ver lo que escribiera Rafael de León: “¿De dónde vienes tan tarde?  ¡Dime, di! ¿De dónde vienes? Vengo de ver unos ojos, verdes como el trigo verde”. ¿Quién no se retrasa por admirar unos ojos verdes? En cambio, yo me he retrasado al descubrir que la entrañable tienda de Ritmo, que no hace falta decir qué vendía, ha vuelto a abrir. O eso creí, maldita miopía. Porque al acercarme a su fachada, en aquel lugar que tanto encanto musical destilaba, ¿qué dirán que han inaugurado? ¿Otra ágora de los amantes de la música? ¿Un nuevo lugar donde distraer el tedio de la rutina calle Sociedad abajo? ¡Échame cartas!

Han abierto una… ¡tienda de sartenes! Así que vengo de ver, frito como unas rechigüelas huertanas, cómo se nos muere otro rincón histórico de esta Murcia que tanto nos hace sufrir. Morir. Como murió mi amigo Nacho Massotti, aquel improvisado oráculo que, sentado en una silla a la puerta de su tienda, despachaba chascarrillos, sonrisas y murcianía a cuantos se acercaban. ¡Ay Nacho, una tienda de sartenes! Pero tú, que retranca te sobraba, dirías ahora: “¡Pues no nos faltará sartén para el almuerzo!”.

Una tienda de perolas, de nombre con poco ritmo, se adueña de aquellas paredes donde sonó tantas veces ese Himno a Murcia cuya letra, que es de Jara Carrillo, pocos políticos saben, aunque muevan los labios con ridículo disimulo. Allí permanecía hasta ahora el recuerdo de Manuel Massotti, joven pianista valenciano que llegó a Murcia en 1912. Y ya no se marcharía nunca, como nadie suele hacerlo cuando conoce estas latitudes. Y hasta impulsó la fundación del Conservatorio, que hoy lleva el nombre de su hijo, Massotti Littel. Pero de ‘littel’ tenía bien poco. Profesor mercantil, abogado y el catedrático de armonía más joven de España en su época.

29/09/2016. En la tienda música Ritmo en la Calle Sociedad, Han dejado varios mensajes de condolencia en la pared por el fallecimiento del dueño

No tocaba, ciertamente, las sartenes. Ni tampoco se tocaba los… cazos. Más bien compuso con exquisito gusto obras como Nana huertana, Salve de Auroras, Habanera Divina… Entre aquellas paredes, Massotti Littel citó a los padres de un joven Ginés Torrano, quien entonces andaba de ebanista. Y les dijo que la voz del zagal era sublime y que, como tenor, podría hacerse rico. Y lo fue, al menos como gloria murciana de la música. Ya todo son recuerdos. Hasta Torrano, a quien, si nos descuidamos, también lo enterramos sin su homenaje. ¿O no se lo dimos?

Ahora tenemos, hijos míos, una tienda de sartenes donde, como mucho, podremos improvisar una cacerolada al tiempo que se nos escapa. Quizá lo hace por esa sendica del olvido, ¡ay Vicente Medina!,  por donde se fueron “pa’ no volver nunca”, los recuerdos del lugar en que nuestros padres compraban las últimas novedades: El Dúo Dinámico, Paul Anka, Rudy Ventura, Los 5 Latinos, Gloria Laso, Lolita Sevilla, Los Llopis. Por esa sendica por la que marchó aquel hijo que se llamaba Nacho, el de Ritmo y el del Rescate, y a quien su padre, de los últimos caballeros murcianos que nos van quedando, tuvo la desgracia de enterrar. Por esa sendica de la modernidad de franquicia que todo lo puebla en esta descuidada Murcia se nos fue Ritmo. Y llegaron las sartenes. Por eso vengo de no ver nada. Ojalá no hubiera ido.

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Sobre el autor Antonio Botías
Este blog propone una Murcia inédita, su pequeña historia, sus gentes, sus anécdotas, sus sorpresas, su pulso y sus rincones. Se trata de un recorrido emocionante sobre los hechos históricos más insólitos de esta Murcia que no vemos; pero que nos define como somos. En Twitter: @antoniobotias

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