La Verdad

img
Categoría: Sin categoría
Obituario al pastelico de carne

Amanece junio en Murcia con esa claridad de luz que el poeta Jorge Guillén respirara, mientras se alarga la sombra fresca de las moreras, el sonido de las fuentes anuncia el estío y las moscas, esas «raudas moscas divertidas» de Machado, aún no buscan desesperadas una ventana abierta para escapar del sestero. Todo parece normal en este nuevo junio que estrena Murcia: los vendedores de ciegos pugnando por las mejores esquinas, las geranios rojos y las diminutas clavellinas que adornan balcones remotos, el trasiego de parroquianos en los bodegones de Las Flores, el obligado vermú de Luis de la Rosario, cabe El Perdón de San Antolín, la algarabía en esa huerta condensada que es Verónicas, los primeros turistas boquiabiertos ante la fachada de la Catedral…

Ver Post >
¿La obra cumbre de Salzillo?

Cuentan que la noche se encendió en lágrimas de fuego que iluminaron, como un llanto estrepitoso de astillas celestiales, la ciudad entera. El horizonte velado de la amanecida huertana se rasgó en mil pedazos. Entre las llamas, aunque apenas durara un instante, sus ojos compasivos parecieron cuajarse de sollozos. Los querubines que la rodeaban, como si imploraran clemencia, abrazaban sus divinos pies, aunque la algarabía de gritos y maldiciones impedía escuchar sus voces diminutas y cristalinas. Sólo el dragón que uno de ellos hería, henchido de gozo, esbozó una mueca de victoria antes de convertirse en cenizas. Fue entonces cuando Murcia perdió su más preciado tesoro.

Ver Post >
Jueves negro' entre paparajotes

Fue en un día destemplado, de otoño arriscado, cuando los murcianos disfrutaron de la afamada película Corazones y Contratos en el Teatro Circo Villar. Murcia amaneció nublada mientras en el Ayuntamiento, la Permanente, hoy conocida por Comisión de Gobierno, reunía a los concejales para debatir el padrón de bicicletas y el de carruajes de lujo.

El kilo de merluza andaba por 5 pesetas y las patatas se vendían en Verónicas a 6 pesetas los 50 kilos, como 50 eran los años que ofrecía el Banco Hipotecario de España para devolver préstamos a largo plazo sobre fincas rústicas y urbanas, con un 5,5% de interés, con amortización de capital. Y también se encontraban por las calles las populares fajas para señora de la marca Madame X o el tónico nutritivo Carne Líquida, del doctor Valdés.

Ver Post >
Para el aliacán, ver el agua pasar

La huerta profunda esconde los secretos del uso medicinal y mágico de las plantas
Ahora la llaman depresión. Antes, bastaba con que una persona perdiera el apetito unos días y su rostro revelará cierta melancolía y tristeza para que el diagnóstico popular fuera inapelable: «Tiene el aliacán». O, cuando menos, si acaso el enfermo vomitaba y el malestar del cuerpo era general, pero sin tener fiebre, no pocos concluían que padecía el mal de ojo. Para estas supuestas enfermedades existían remedios increíbles que, por cierto, parecían resultar muy efectivos.

El empleo de plantas medicinales no se redujo en Murcia, ni aún hoy lo hace, a las tisanas de manzanilla para regular el estómago. Existen otras aplicaciones sorprendentes que sólo unos pocos iniciados conocen y a las que muchos murcianos recurren a diario. Sin embargo, es necesario adentrarse en la huerta profunda y los campos para encontrar los rescoldos de una medicina improvisada que pronto desaparecerá.

TRES MARÍAS HECHICERAS

La curación del llamado mal de ojo, siempre provocado por una mala mirada de alguien que desea el mal para su víctima, se alcanzaba introduciendo el dedo en un candil encendido, y luego dejando caer las gotas de aceite en un tazón de agua. Al tiempo, el curandero pronunciaba una oración secreta, que sólo podía transmitirse el Viernes Santo detrás de la puerta de una iglesia. Otra versión menos conocida consistía en utilizar torvisco o matapollos, una planta que debían tratar en un ritual tres mujeres a un tiempo. Y las tres debían tener por nombre María.

El aliacán, por otra parte, podía curarse viendo pasar el agua del Segura mientras se recitaba una oración. O bien orinando sobre la flor blanca del manrrubio, lo que devolvía al enfermo el color de la cara y las ganas de vivir.

La alhábega que durante generaciones ha crecido a la puerta de los hogares murcianos, aparte de ser muy útil para espantar a los mosquitos, se utilizaba en Murcia como antídoto de un presunto filtro amoroso obtenido al cocer otra planta, el pichichán. Tan extraña planta, al menos, parece más inofensiva que la trementina o planta que da gritos. Porque aquel que oyera sus alaridos en la noche de San Juan, podía convencerse de que pronto moriría. Otros, en cambio, se preocupaban en esa madrugada mágica de regar la flor del cardizal para aguantarla viva hasta el amanecer y afianzar un noviazgo.

HASTA LA ALFALFA

El tomillo, la malva y el hinojo, junto a otra interminable lista de plantas y recetas, también eran adecuadas para despertar el apetito incluso de los moribundos, aunque nadie comprendiera qué razones podían tener, a las puertas de la muerte, para almorzar. Y una ramita de alábega en la oreja impedía ser víctima del mal de ojo. Contra el herpes, llamado culebra en la huerta, también existe un amplio catálogo de recetas y oraciones. Por tener, hasta la alfalfa tiene sus aplicaciones. Prueba de ello es un tratado impreso en Totana, en 1921, cuyo título rezaba: La alfalfa, planta prodigiosa.

La herboristería mágica acaso haya pasado a la historia y, salvando las distancias, en algunas dolencias actuales parecen más útiles los antidepresivos y otros medicamentos que ver el agua pasar. Sin embargo, lo misterioso de la cuestión es que, aún hoy, hay muchos murcianos que aseguran haber sanado al ponerse en manos de una curandera. Para asegurarse que es auténtica, basta con preguntarle cuánto cobra por sus servicios. Si responde que gratis ofrece la gracia que Dios le ha dado, es de la buenas. Y si niega que sepa los rituales, es la mejor.

Ver Post >
Cuando Murcia ganó su séptima corona

Ocurrió el cuatro de septiembre de 1706. En aquella época aún seguía en pie el palacete del primer Marqués de Torre Pacheco, en la carretera de Espinardo, un tanto alejado entonces del lugar donde comenzaba la ciudad. La batalla librada a sus puertas provocó que el edificio se conociera desde entonces como Huerto de las Bombas.

Cuando en 1700 muere el rey Carlos II el Hechizado, con quien concluye el gobierno de la Casa de Austria en España, comienza una feroz guerra por el trono. Si bien Carlos II no deja heredero, otorga por testamento la Corona a un nieto del Rey francés Luis XIV, Felipe de Anjou, futuro Felipe V, quien debe conquistar la corona por las armas contra el archiduque de Austria. En Murcia sonaron tambores de guerra en el año de gracia de 1706. Año que no tuvo, sin embargo, gracia alguna para los pobladores de esta Región. Siete regimientos de infantería y cinco de caballería fueron enviados a la ciudad de Murcia para apuntalar el ánimo, ya un tanto quebrado, de las milicias voluntarias que la defendían. Pero la soldadesca, en lugar de entregarse a las musas como aquellos soldados románticos, se entretuvo en arramblar con cuanto crecía en los bancales, segar los trigales para convertirlos en forraje y desperdiciar la poca comida que obtenían de buen grado o por la fuerza. Hasta soltaban a las bestias, acaso por el parentesco que les unía, para que sus caballos ocuparan los establos. Un poema.

Los murcianos, con el apoyo del Ayuntamiento, para dar cuenta del destrozo causado por los regimientos, enviaron a la Corte a uno de sus regidores, el mismo que regresó para informar de que en Madrid sólo interesaba ganar la guerra. Con todo y con eso, como dicen en la huerta, la ciudad se mantuvo fiel, más que por devoción monárquica por la catequesis sutil y continúa, al final encendida, que impartió el obispo-guerrero cardenal Belluga, a quien no le tembló el pulso para apoyar el auto de prisión contra unos frailes capuchinos.


Los frailes, a la cárcel

A estos frailes, recluídos en su propio convento bajo siete llaves y algunos hijosdalgos como guardianes, les acusó el inquisidor de «reos de alta traición». Y se quedó tan fresco. Entretanto, cuando el marqués de Rafal hizo público en Orihuela su apoyo al archiduque de Austria, la ciudad preparó sus defensas para una batalla inminente.

En la plaza de Santa Catalina se distribuyó el principal cuerpo de guarda, junto a la ya destartalada iglesia sobre la que parecía recostarse un minarete musulmán que hoy es historia. Desde allí podía divisarse toda la vega. Había más tropas en la casa y torre del Mercado, luego solar de los condes de Almodóvar, y en la Puerta de Castilla y el puente junto a la también desaparecida Torre de Caramajul. En la amanecida del 4 de septiembre alcanzaron las puertas de la ciudad un regimiento británico acompañado de efectivos holandeses, quienes no lograron hacerse con la plaza.

La batalla del Huerto de las Bombas, como destacan algunos historiadores avisados, no fue tan decisiva para la victoria en Murcia como la genial idea que el cardenal tuvo de levantar los tablachos de las dos acequias mayores de Murcia, lo que provocó la inundación de gran parte de la huerta e impidió que los enemigos del primer Borbón tomaran la ciudad. La dinastía agradecería más tarde el valor de los murcianos con prebendas e inversiones hasta concederle al escudo del Concejo la séptima corona. La carretera fue renombrada, en la parte que abraza a la ciudad, como avenida Miguel de Cervantes en la década de los sesenta, época en la que también se derribó la mansión del marqués.

La portada de aquel Huerto de las Bombas se conserva en el jardín del Malecón, al otro extremo de la ciudad, donde permanecen impasibles, casi algo divertidos, dos tenantes, o salvajes según el decir popular. Y en su mirada de piedra parecen adivinarse las instantáneas de aquella batalla, legendaria más por los historiadores que por su utilidad bélica, y el paso de un cardenal-guerrero de los de espada en ristre, teología antigua, rocín lozano y galgo cristiano y corredor.

Ver Post >
«Señor duque, ¡agua para todos!»

Venturas y desventuras de un lema que viene haciendo fortuna desde el siglo XIX

Si consideramos cierto que nada nuevo hay bajo el sol, no menos acertado sería concluir que tampoco hay mucha novedad bajo el agua. O, cuando menos, bajo el conocido lema «Agua para todos», máxima que reúne a cuantos defienden el trasvase del Ebro. Porque basta entretenerse en rebuscar en las hemerotecas para demostrar que la frase ya hizo fortuna aún antes de que nacieran nuestros abuelos. Y, curiosamente, no siempre se enarboló como consigna entre aquellos que querían que a esta tan bendita como reseca tierra llegara el preciado elemento.

Uno de los primeros artículos que contenía tan manida expresión se publicó «el 19 de Setiembre -sí, sin p- de 1868» en el diario La Paz de Murcia. El articulista arremetía contra la entonces reciente y nueva Ley del Agua, de 1866. En su opinión, era necesario que «haya agua para todos, que hubiera una distribución de aguas que matase el caciquismo de los pueblos […] pues lo que Dios ha concedido como bienes no son para determinada persona. Quisiera esta justa distribución desde el nacimiento de los ríos a los mares».

Esta posición crítica con algunos terratenientes se endurecería ya entrado el siglo XX. El Liberal, en la mañana del 13 de junio de 1912, informaría de que algunos agricultores «habían recibido un recado del duque, que el duque advierte a los que tienen pimientos que, por este año, los dejará regar si lo solicitan por escrito, del Alcalde». A lo que contesta El Liberal: «¿Tendrá agua para todos?». Y añade: «la llave de todos los manejos políticos está en el agua, las acequias y los riegos siendo la agricultura la única riqueza de este pueblo».

Murcia dice que no

Un tiempo después, el 28 de enero de 1936, la cabecera El Tiempo, que estaba subtitulada «No está afiliado a partido político alguno», publicaba en portada el malestar que existía en la prensa de Albacete después de que Murcia se opusiera a que el agua sobrante del Segura fuera utilizada en aquella región. «Los técnicos aseguran que habrá agua para todos. No es un argumento para convencernos», dirá el periodista, quien añadirá un razonamiento que hoy nos resulta de increíble actualidad: «Mientras no se tenga todo hecho dentro de la cuenca no se puede hablar de sobrantes. No somos enemigos de la riqueza y prosperidad de otras regiones. Si algún día hay sobrantes sera el momento de pensar en esas u otras captaciones».

Encontrará el paciente lector en los diarios murcianos miles de referencias a los estragos que las sequías causaron a la Región a lo largo del siglo pasado y, en muchos casos, la frase «Agua para todos» servirá como coletilla para exigir la llegada de más caudales. A veces, incluso la cesión.

En marzo de 1973, el Semanario Murciano se hacía eco, con el título de «Agua para todos», de la visita a Murcia de las principales autoridades de Almería, quienes agradecían a Octavio Carpena, entonces gerente de la Comisión para el Desarrollo Social y Económico, el interés que había demostrado porque el agua del Tajo llegara al valle del Almanzora.

Más tarde, en octubre de 1974, La Verdad titularía que «El cauce del Ebro tiene agua para todos», según declaraciones que hiciera el subsecretario de Obras Públicas, impulsor del llamado Plan Ebro, que habría de repartir el agua en aquella cuenca. De igual forma, durante la construcción del trasvase Tajo-Segura también se empleó sin complejos la máxima que hoy nos ocupa. por ejemplo, el 8 de diciembre de 1977, cuando un hacendado exigía: «Agua para todos y mayor impulso a las zonas más atrasadas en obras».

La palma periodística la logró el gobernador civil de Toledo, Ignacio López de Hierro, cuya foto encabezó la Hoja del Lunes del 20 de agosto de 1979, junto a un inmenso titular: «Hay agua para todos». Además, el político señalaba que era posible armonizar el plan del trasvase Tajo-Segura para un reparto más equitativo del caudal. Entretanto, también hubo tiempo hasta para publicar libros, como hizo Daniel Cremades en 1987. La obra, llamada Agua para todos, sentaba las bases de una planificación hidrográfica peninsular.

Ver Post >
Sobre el autor Antonio Botías
Este blog propone una Murcia inédita, su pequeña historia, sus gentes, sus anécdotas, sus sorpresas, su pulso y sus rincones. Se trata de un recorrido emocionante sobre los hechos históricos más insólitos de esta Murcia que no vemos; pero que nos define como somos. En Twitter: @antoniobotias

Etiquetas

Otros Blogs de Autor