La Verdad

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El Misterioso convento de los Templarios
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Antonio Botías | 08-07-2008 | 22:49| 0

Cuando en la terraza almenada de la iglesia de Santa Catalina se tocaba la queda, mientras el antiguo reloj acariciaba las diez en punto de la noche, nadie en su sano juicio, ni en invierno ni en verano, se atrevía a salir a las calles a menos que corriera desesperado en busca de un médico, una comadrona o un cura. Imposición del Concejo que desbarató un terremoto en 1829, fecha en que se suprimió el cuerpo de la torre y el reloj fue trasladado a San Antolín. La improbable programación de la plaza de Santa Catalina, varios siglos antes de que existiera el televisor, no tenía nada que enviar a las actuales plataformas digitales. Al menos, en su función de entretener al pueblo para evitar desórdenes. Porque el Concejo designó el entorno para conmemorar los grandes acontecimientos que marcaban el pulso de la rutina cotidiana.Así, en la plaza se celebraban los juicios de aguas, los jurados distribuían los puestos públicos y se pregonaban a las cuatro esquinas, entre una algarabía de malas lenguas y burlas, las multas para aquellos parroquianos que no cumplían las ordenanzas.

Como si el eco de aquellas fiestas permaneciera bajo el reciente empedrado de la plaza, es Santa Catalina un enclave irremplazable, los domingos desde bien temprano, para cientos de murcianos que almuerzan despreocupados en la terraza del bar Fénix, entre improvisadas tertulias que se mezclan con el tintineo de la fuente de la cercana plaza de Las Flores. Tiene este bar Fénix, la buena costumbre de bordar las marineras y los matrimonios, regados con cervezas heladas. El dueño, Juan Navarro, presume con razón de que «millones de personas han pasado por este bar desde que lo inauguramos». Y demuestra su dedicación, precisión y cariño por el oficio cuando, de improviso, añade: «Hace 22 años y cinco meses que llevamos abiertos» El sol avanza entonces sobre el monumento a la Purísima, inaugurado en 1954, y acaricia la fachada del Museo Ramón Gaya, el pintor de trazos frescos e independientes, sin escuela, vitales, cuya obra custodia con pasión y cátedra su director Manuel Fernández-Delgado.

Al costado izquierdo del museo se abre la calle de la Marquesa, así llamada desde hace doscientos años en honor de doña Francisca Saurín, marquesa de Espinardo. En Santa Catalina, la primera plaza Mayor de la ciudad, en el lugar donde ahora acuden los vecinos a degustar las últimas comidillas y chismes de la semana, se alzaba un escenario de maderas torneadas y oscuras, utilizado para proclamar a los nuevos reyes, a la sombra del pendón real concedido por Alfonso X. La última fiesta de la coronación se celebró cuando Felipe II subió al trono. Después, la plaza perdió protagonismo en favor de Santo Domingo.

El origen de la parroquia que da nombre a la plaza es tan misterioso como la ocupación de los mendigos que a las puertas del templo almuerzan, sentados en el portal, entre misa y limosna. Algunos autores defienden que la iglesia, hoy adosada a un edificio que la supera en altura, perteneció a los caballeros del Temple antes de constituirse en parroquia. Junto a ella, la controvertida orden mantuvo un convento, del que no se conserva ni una piedra. Sobre el papel, en cambio, la primera partida de bautismo que atesoran sus archivos eclesiásticos data del 6 de septiembre de 1520.?En la pila bautismal, ubicada en la capilla de los Vinadeles, cristianizaron a Julián Romea.

El Contraste de la Seda

La plaza albergaba en una de sus fachadas el antiguo Contraste, construido entre 1604 y 1610. Este edificio, en un principio trazado como Sala de Armas, se transformó en Contraste de la Seda y del Peso Público, más tarde en Mercado del Pimiento, luego en Museo provincial, después en Archivo de los Protocolos Nacionales y, al final, en un montón de escombros, de donde se recuperó la portada y sus escudos redondos, de corona de laurel tallada en piedra, que ahora se exhiben en la fachada del Museo de Bellas Artes.

A Santa Catalina no se le conoce más nombre en la historia que el actual, salvo los años en que fue renombrada como Monassot –por el alcalde José Monassot– después de la epidemia de cólera de 1854.


El primer edil, junto al marqués de Camachos, destacaron en sus gestiones para frenar el desastre y la ciudad se lo agradeció poniéndole sus nombres a dos plazas. Monassot, en cuanto fue nombrado alcalde, lo primero que hizo fue defender la propiedad municipal del eremitorio de la Fuensanta y las tierras que lo rodeaban, después de que Hacienda advirtiera, porque en esto los tiempos no cambian, de que sacaría la finca a subasta pública. De igual forma, este ilustre murciano consiguió recuperar para la corporación los conventos de Verónicas, San Agustín y la Purísima.

Para pasear por Santa Catalina hay que dejarse antes la envidia en la Gran Vía o, de lo contrario, padecer al contemplar los edificios de miradores acristalados y grandes ventanales, siempre a la sombra, que invitan a subir y sentarse en un sillón para ver pasar la vida desde lo alto

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«Que Josefa muera agarrotada»
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Antonio Botías | 07-07-2008 | 09:50| 0

Los murcianos ‘tomaron’ las calles para impedir la última ejecución pública en España

Válgame Dios, con lo que yo quería a mi Tomás!». Estas fueron las palabras exactas que Josefa Gómez, 32 años, de extraordinario porte y belleza, pronunció al ser detenida por el envenenamiento de su marido, Tomás Huertas, y de una criada, Francisca Griéguez, de 13 años. Sucedió en 1893, en la casa de huéspedes La Perla de Murcia, que el matrimonio regentaba en la calle Porche de San Antonio, detrás de San Bartolomé.

En La Perla se hospedó algún tiempo Vicente del Castillo, de 36 años, casado y apuesto, quien a menudo tomaba estricnina porque padecía del estómago. El 8 de diciembre de 1893, Tomás bebió una taza de café de puchero, al que añadió ron Negrita, antes de dirigirse al Teatro Romea. Nunca lo alcanzó. A los pocos minutos regresó agonizante. La criada, que también había tomado café, caía fulminada. Los médicos hallaron los cuerpos ennegrecidos y desfigurados, apenas reconocibles.

Josefa fue detenida tras el primer interrogatorio. Confesó que Vicente le había aconsejado administrar a su marido cierta cantidad de estricnina «para calmarle los celos y el gusto por el juego». Y la mujer así lo hizo. Otra criada declararía que, el día de autos, Josefa le ordenó tirar una botella al pozo y reveló que su ama mantenía relaciones con Vicente.

Ella lo negó hasta la muerte, aunque dijo que él se le había insinuado. Josefa fue acusada de parricidio y asesinato, lo que le valió la pena de muerte, y Vicente, con dos asesinatos, cadena perpetua.

El farragoso juicio y el desamparo en que quedarían el hijo y la hija de Josefa hizo reaccionar a la sociedad murciana.

El 23 de octubre de 1896, Martínez Tornel publicaba la noticia de que no habría indulto para la mujer, quien en su celda se negaba a probar bocado. Caían en saco roto las «súplicas de perdón y clemencia de todas las autoridades, de todas las corporaciones, de todas las personas de valía e influencia». La sociedad murciana enfureció. Desde Cartagena se trasladaron 40 soldados de infantería para mantener el orden.

El 28 de octubre llegó desde Valencia el verdugo. Se llamaba Pascual, padre de tres hijos. Su anterior profesión era la de carpintero. Los ciudadanos llenaron calles y plazas para increparlo. Ningún mozo en la estación de trenes se ofreció a coger su maletín y no hubo carruajes dispuestos a trasladarlo. Entró a pie en la ciudad, escoltado por cinco guardias civiles y varios soldados, que no evitaron que alguien le lanzara un pedrusco al atravesar el Puente Viejo. Muy cerca de allí, junto al muro del río, comenzó a levantarse el patíbulo.

Más guardias civiles

Las protestas arreciaron hasta el extremo de que el verdugo dirigió un telegrama al Consejo de ministros: «En vista del triste espectáculo que Murcia presenciará, y sin que esto signifique apocamiento de mi ánimo, pido el indulto a la desventurada rea».

En la Central de Telégrafos establecieron contacto permanente con Madrid por si se concedía esta gracia mientras llegaban a la ciudad más guardas civiles. Los párrocos también se movilizaron para acompañar a Josefa en la cárcel durante el día y la noche que le restaban de vida.

El Ayuntamiento de Murcia se reunió en sesión extraordinaria para forzar el indulto. Incluso acordaron constituir el Consistorio permanente hasta el instante de la ejecución. Desde La Glorieta parten telegramas de última hora para el rey Alfonso XII, su madre y el mismísimo Papa. Poco después, el gobernador recibe al Ayuntamiento en pleno y envía un nuevo telegrama al presidente, Cánovas del Castillo. La respuesta, que será criticada por su rival político, Práxedes Mateo Sagasta, es desoladora: «La horrible frecuencia con que se cometen crimenes como el de Josefa Gómez impiden al Gobierno aconsejar su indulto. Se cumplirá por tanto la Ley».

El día anterior a su muerte, Josefa asistió a una misa en la cárcel, rodeada de sacerdotes y hermanos de la Cofradía del Rosario. Los cronistas relatan el fervor de la condenada, manifestando que ante Dios era inocente y consolando a quienes intentaban consolarla. Llegaría a advertir: «Son ya de más las horas que estoy en este mundo. Sólo quiero que la Virgen me lleve a su lado».

El momento más triste se produjo con la última visita de sus dos hijos, de apenas 8 y 10 años de edad. Así lo relata Martínez Tornel: «No lloró porque ni sus ojos tenían ya lágrimas. Las pobres criaturas llevaban pintada en sus semblantes la más triste amargura». Josefa, al ver al niño llorar, le dijo: «¿Válgame Dios, hijo, un hombre como tú llorar!». «Los que presenciaron tan trágica escena no la olvidarán nunca», apostilla Martínez Tornel.

El día de su ejecución, Josefa fue trasladada al patíbulo en una carreta. Todos los comercios cerraron en señal de luto. Unos 12.000 murcianos la acompañaban. Sus últimas palabras fueron para el párroco de San Antolín, que le preguntó si daba por bien empleados los sufrimientos pasados en esta vida.

«Yo no he sufrido nada comparado con el bien que voy a lograr de mi salvación», respondió ella. «A las 8 y 25 minutos -publicaría después El Diario-, arrepentida, contrita, santificada, e indudablemente santa, ha entregado el cuello al verdugo y su alma a Dios». Acababa de celebrarse la última ejecución pública en España.

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Cuando Murcia ganó su séptima corona
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Antonio Botías | 04-07-2008 | 19:43| 0

Ocurrió el cuatro de septiembre de 1706. En aquella época aún seguía en pie el palacete del primer Marqués de Torre Pacheco, en la carretera de Espinardo, un tanto alejado entonces del lugar donde comenzaba la ciudad. La batalla librada a sus puertas provocó que el edificio se conociera desde entonces como Huerto de las Bombas.

Cuando en 1700 muere el rey Carlos II el Hechizado, con quien concluye el gobierno de la Casa de Austria en España, comienza una feroz guerra por el trono. Si bien Carlos II no deja heredero, otorga por testamento la Corona a un nieto del Rey francés Luis XIV, Felipe de Anjou, futuro Felipe V, quien debe conquistar la corona por las armas contra el archiduque de Austria. En Murcia sonaron tambores de guerra en el año de gracia de 1706. Año que no tuvo, sin embargo, gracia alguna para los pobladores de esta Región. Siete regimientos de infantería y cinco de caballería fueron enviados a la ciudad de Murcia para apuntalar el ánimo, ya un tanto quebrado, de las milicias voluntarias que la defendían. Pero la soldadesca, en lugar de entregarse a las musas como aquellos soldados románticos, se entretuvo en arramblar con cuanto crecía en los bancales, segar los trigales para convertirlos en forraje y desperdiciar la poca comida que obtenían de buen grado o por la fuerza. Hasta soltaban a las bestias, acaso por el parentesco que les unía, para que sus caballos ocuparan los establos. Un poema.

Los murcianos, con el apoyo del Ayuntamiento, para dar cuenta del destrozo causado por los regimientos, enviaron a la Corte a uno de sus regidores, el mismo que regresó para informar de que en Madrid sólo interesaba ganar la guerra. Con todo y con eso, como dicen en la huerta, la ciudad se mantuvo fiel, más que por devoción monárquica por la catequesis sutil y continúa, al final encendida, que impartió el obispo-guerrero cardenal Belluga, a quien no le tembló el pulso para apoyar el auto de prisión contra unos frailes capuchinos.


Los frailes, a la cárcel

A estos frailes, recluídos en su propio convento bajo siete llaves y algunos hijosdalgos como guardianes, les acusó el inquisidor de «reos de alta traición». Y se quedó tan fresco. Entretanto, cuando el marqués de Rafal hizo público en Orihuela su apoyo al archiduque de Austria, la ciudad preparó sus defensas para una batalla inminente.

En la plaza de Santa Catalina se distribuyó el principal cuerpo de guarda, junto a la ya destartalada iglesia sobre la que parecía recostarse un minarete musulmán que hoy es historia. Desde allí podía divisarse toda la vega. Había más tropas en la casa y torre del Mercado, luego solar de los condes de Almodóvar, y en la Puerta de Castilla y el puente junto a la también desaparecida Torre de Caramajul. En la amanecida del 4 de septiembre alcanzaron las puertas de la ciudad un regimiento británico acompañado de efectivos holandeses, quienes no lograron hacerse con la plaza.

La batalla del Huerto de las Bombas, como destacan algunos historiadores avisados, no fue tan decisiva para la victoria en Murcia como la genial idea que el cardenal tuvo de levantar los tablachos de las dos acequias mayores de Murcia, lo que provocó la inundación de gran parte de la huerta e impidió que los enemigos del primer Borbón tomaran la ciudad. La dinastía agradecería más tarde el valor de los murcianos con prebendas e inversiones hasta concederle al escudo del Concejo la séptima corona. La carretera fue renombrada, en la parte que abraza a la ciudad, como avenida Miguel de Cervantes en la década de los sesenta, época en la que también se derribó la mansión del marqués.

La portada de aquel Huerto de las Bombas se conserva en el jardín del Malecón, al otro extremo de la ciudad, donde permanecen impasibles, casi algo divertidos, dos tenantes, o salvajes según el decir popular. Y en su mirada de piedra parecen adivinarse las instantáneas de aquella batalla, legendaria más por los historiadores que por su utilidad bélica, y el paso de un cardenal-guerrero de los de espada en ristre, teología antigua, rocín lozano y galgo cristiano y corredor.

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El abuelo retoña
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Antonio Botías | 30-06-2008 | 10:35| 0

Cuentan, aunque nadie andaba por allí para verlo, que tiene más de mil años. Y se conoce que, como se dice en la huerta, «cogió sentimiento» al ser trasplantado en plena plaza de Juan XXIII, en el corazón de la ciudad. Otros señalan que alguien intentó secarlo, vaya usted a saber la razón. Se trata de un espléndido olivo que, cuando muchos lo daban por perdido, nos sorprende estos días retoñando. Así, un pollizo asoma de su tronco remoto, hendido por el rayo del tráfico en la ciudad y carcomido, que diría Machado. A ver si aguanta otros mil años.

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«Señor duque, ¡agua para todos!»
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Antonio Botías | 29-06-2008 | 13:14| 0

Venturas y desventuras de un lema que viene haciendo fortuna desde el siglo XIX

Si consideramos cierto que nada nuevo hay bajo el sol, no menos acertado sería concluir que tampoco hay mucha novedad bajo el agua. O, cuando menos, bajo el conocido lema «Agua para todos», máxima que reúne a cuantos defienden el trasvase del Ebro. Porque basta entretenerse en rebuscar en las hemerotecas para demostrar que la frase ya hizo fortuna aún antes de que nacieran nuestros abuelos. Y, curiosamente, no siempre se enarboló como consigna entre aquellos que querían que a esta tan bendita como reseca tierra llegara el preciado elemento.

Uno de los primeros artículos que contenía tan manida expresión se publicó «el 19 de Setiembre -sí, sin p- de 1868» en el diario La Paz de Murcia. El articulista arremetía contra la entonces reciente y nueva Ley del Agua, de 1866. En su opinión, era necesario que «haya agua para todos, que hubiera una distribución de aguas que matase el caciquismo de los pueblos […] pues lo que Dios ha concedido como bienes no son para determinada persona. Quisiera esta justa distribución desde el nacimiento de los ríos a los mares».

Esta posición crítica con algunos terratenientes se endurecería ya entrado el siglo XX. El Liberal, en la mañana del 13 de junio de 1912, informaría de que algunos agricultores «habían recibido un recado del duque, que el duque advierte a los que tienen pimientos que, por este año, los dejará regar si lo solicitan por escrito, del Alcalde». A lo que contesta El Liberal: «¿Tendrá agua para todos?». Y añade: «la llave de todos los manejos políticos está en el agua, las acequias y los riegos siendo la agricultura la única riqueza de este pueblo».

Murcia dice que no

Un tiempo después, el 28 de enero de 1936, la cabecera El Tiempo, que estaba subtitulada «No está afiliado a partido político alguno», publicaba en portada el malestar que existía en la prensa de Albacete después de que Murcia se opusiera a que el agua sobrante del Segura fuera utilizada en aquella región. «Los técnicos aseguran que habrá agua para todos. No es un argumento para convencernos», dirá el periodista, quien añadirá un razonamiento que hoy nos resulta de increíble actualidad: «Mientras no se tenga todo hecho dentro de la cuenca no se puede hablar de sobrantes. No somos enemigos de la riqueza y prosperidad de otras regiones. Si algún día hay sobrantes sera el momento de pensar en esas u otras captaciones».

Encontrará el paciente lector en los diarios murcianos miles de referencias a los estragos que las sequías causaron a la Región a lo largo del siglo pasado y, en muchos casos, la frase «Agua para todos» servirá como coletilla para exigir la llegada de más caudales. A veces, incluso la cesión.

En marzo de 1973, el Semanario Murciano se hacía eco, con el título de «Agua para todos», de la visita a Murcia de las principales autoridades de Almería, quienes agradecían a Octavio Carpena, entonces gerente de la Comisión para el Desarrollo Social y Económico, el interés que había demostrado porque el agua del Tajo llegara al valle del Almanzora.

Más tarde, en octubre de 1974, La Verdad titularía que «El cauce del Ebro tiene agua para todos», según declaraciones que hiciera el subsecretario de Obras Públicas, impulsor del llamado Plan Ebro, que habría de repartir el agua en aquella cuenca. De igual forma, durante la construcción del trasvase Tajo-Segura también se empleó sin complejos la máxima que hoy nos ocupa. por ejemplo, el 8 de diciembre de 1977, cuando un hacendado exigía: «Agua para todos y mayor impulso a las zonas más atrasadas en obras».

La palma periodística la logró el gobernador civil de Toledo, Ignacio López de Hierro, cuya foto encabezó la Hoja del Lunes del 20 de agosto de 1979, junto a un inmenso titular: «Hay agua para todos». Además, el político señalaba que era posible armonizar el plan del trasvase Tajo-Segura para un reparto más equitativo del caudal. Entretanto, también hubo tiempo hasta para publicar libros, como hizo Daniel Cremades en 1987. La obra, llamada Agua para todos, sentaba las bases de una planificación hidrográfica peninsular.

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Sobre el autor Antonio Botías
Este blog propone una Murcia inédita, su pequeña historia, sus gentes, sus anécdotas, sus sorpresas, su pulso y sus rincones. Se trata de un recorrido emocionante sobre los hechos históricos más insólitos de esta Murcia que no vemos; pero que nos define como somos. En Twitter: @antoniobotias

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