La Verdad

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Muera el yanqui marrano
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Antonio Botías | 21-09-2008 | 10:55| 0

A comienzos del siglo XX, en esta Murcia de azahares ya invisibles habitaban unas 25.000 almas, mal contadas. Pese a ello, se consideraba la sexta ciudad de España, porque en el cómputo se atendía también a los murcianos de pedanías. Apenas hacía cuarenta años que el ferrocarril había atronado por vez primera la estación de El Carmen, lo que acercaría la prensa madrileña.

En la ciudad proliferan las tertulias, y algunas adquieren gran fama. Es el caso de las ubicadas en El Arenal, junto al actual Ayuntamiento de Murcia. Entre ellas, La Puerta del Sol. Los periódicos La Paz y el Diario de Murcia se repartían los escasos lectores, aunque muy influyentes, de la sociedad. Junto a ellos, El Semanario Murciano y Heraldo de Murcia, diarios adscritos a diferentes partidos políticos. Por último, Las Provincias de Levante.

Si antes del inicio de la Guerra los diarios, por regla general, se hacían eco de las corruptelas de la Restauración, junto al caciquismo imperante y la miseria que atenazaba a tantos españoles, el hundimiento del acorazado Maine, en febrero de 1898, provocaría un giro patriótico sin precedentes. A partir de la fecha, los redactores cargarían las tintas contra Estados Unidos y los gritos de «¿Viva España!» y «¿Patria!» ocuparían decenas de titulares.

Fue entonces cuando, de forma peyorativa, se denominaría a los americanos yankees, a quienes se acusaría de mentir al culpar a España de la voladura del Maine, uno de los detonadores de la contienda. «¿Guerra, guerra, guerra!» clamarían los diarios murcianos como si, en lugar de a miles de kilómetros, Cuba estuviera poco más allá de Sangonera.

La situación la retrató de forma magistral el Diario de Murcia en la crónica de una manifestación. «Bastaba ver la enseña gloriosa, roja y amarilla, a cuya sombra han muerto heroicamente tantos soldados, y bastaba oír esa Marcha de Cádiz, consagrada ya popularmente como Himno del Honor Nacional, para que los corazones latieran y se sublevaran en el alma de los sentimientos guerreros contra ese pueblo norteamericano, que nos ultraja y provoca».

Con bandas de música

Murcia se vuelca con la guerra. En plazas y calles se organizan manifestaciones, con bandas de música incluidas, que confluyen ante el Consistorio; se suceden veladas patrióticas y suscripciones para recaudar fondos, que se envian a los soldados españoles.

El dueño y director de El Diario, Martínez Tornel, encabezaría campañas similares; pero no olvidará denunciar que los auténticos perdedores de la contienda ya eran las familias murcianas que enviaban a sus hijos al lejano frente. Y no todos tenían la obligación de hacerlo. Según la Ley, cualquier mozo podía librarse del reclutamiento si pagaba 1.500 pesetas, el presupuesto de muchos hogares humildes, juntos, en toda una vida.

«De esas casas humildes, como las de La Alberca, salen las compañías que forman los batallones de nuestros bravos soldados», escribe Martínez Tornel. «Los pueblos, cuanto más pobres son, más contribuyen con el tributo de la sangre, dando a sus hijos al Ejército», añade disgustado.

El convencimiento, tan pueril como catastrófico, de que la Guerra estaba ganada llenó los diarios de frases pomposas, de las que luego se arrepentirían. Por ejemplo, frente a la derrota en Cavite, cuando El Diario advirtió de que España se había enzarzado en una batalla sangrienta, «sin medir las fuerzas del enemigo, sin tomar ninguna precaución de prudencia».

Poco a poco, la sociedad española entenderá la magnitud del desastre y su consecuencia: la pérdida de las colonias. Los diarios publicarán las lista de fallecidos y heridos, estos últimos aquejados de graves enfermedades tropicales de por vida.

Las familias se dirigirían a Martínez Tornel para que se interesara por sus hijos. El periodista enviaba los nombres a Madrid, desde donde daban cuenta, a veces después de meses, del paradero del desaparecido. Incluso en marzo de 1898, según cuenta El Diario, llegó a Murcia un soldado cuyos padres lo tenían por muerto desde hacía muchos meses.

Las mismas páginas que antaño animarán a los murcianos a defender la patria, aparecerán repletas de suscripciones para los afectados, para quienes se piden ayudas estatales o empleo. De nuevo, las críticas a los políticos y su falta de previsión sazonaron crónicas y artículos. Y la rutina en esta ciudad de provincias, que bullía entre aguardiente en los cafés tertulia, regresó pronto, acaso demasiado, incluso antes que los cadáveres de muchos de sus hijos.

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¿La obra cumbre de Salzillo?
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Antonio Botías | 21-09-2008 | 10:54| 0

Cuentan que la noche se encendió en lágrimas de fuego que iluminaron, como un llanto estrepitoso de astillas celestiales, la ciudad entera. El horizonte velado de la amanecida huertana se rasgó en mil pedazos. Entre las llamas, aunque apenas durara un instante, sus ojos compasivos parecieron cuajarse de sollozos. Los querubines que la rodeaban, como si imploraran clemencia, abrazaban sus divinos pies, aunque la algarabía de gritos y maldiciones impedía escuchar sus voces diminutas y cristalinas. Sólo el dragón que uno de ellos hería, henchido de gozo, esbozó una mueca de victoria antes de convertirse en cenizas. Fue entonces cuando Murcia perdió su más preciado tesoro.

Sucedió en 1931. El miércoles 13 de mayo. El plano de san Francisco, donde brotan cada amanecida los aromas de la huerta que se condensan en Verónicas, aún mantenía la congregación que honraba al santo. Junto a sus muros, la desaparecida iglesia de la Purísima custodiaba una talla de esta advocación, obra de Francisco Salzillo. Era la Purísima Concepción. Muchos autores han mantenido que era la obra cumbre de Salzillo. Sin embargo, no existen demasiadas imágenes para sustentar esta afirmación. Ahora, el sorprendente hallazgo de un primer plano de la talla abre de nuevo el debate.

Seis meses de búsqueda

El programa municipal Murcia que se fue, dedicado a la recuperación del patrimonio histórico murciano perdido a través de los años, ha logrado rescatar del olvido dos fotografías inéditas hasta la fecha. Se han datado apenas dos años antes del incendio. En una de ellas se observa la talla completa de la Purísima, que está sin su característica corona, en el altar donde recibía culto.

El camarín de la Purísima, decorado por Pablo Sistori, atesoraba aquella talla que el escultor Benlliure sentenció como «la obra cumbre de Salzillo». No fue el único. José Tormo, en su Guía de Levante, al describir la pieza animaba a los viajeros con un exclamación: «¿Súbanse al camarín!. Otros se atrevieron a más.

El doctor Esténaga advirtió de que su factura era «más perfecta que la del Ángel y la Dolorosa» que aún atesora la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno. El inolvidable Fuentes y Ponte, erudito y apasionado conservador de nuestra Murcia, rubricó semejantes halagos en su obra Murcia Mariana. Hubo quien lo acusó de padecer miopía; pero lo cierto es que él si subió al camerín para tomarle medidas a la talla. Tampoco le faltaron cánticos y oraciones que extendieron el fervor y la fama de su belleza por la ciudad.

El descubrimiento de esta antigua fotografía, que hoy permite a miles de murcianos conocer la talla, supone un hallazgo de gran interés. Sobre todo, porque la instantánea permite apreciar detalles imposibles de percibir en el resto de fotografías existentes -acaso una o dos- porque casi todas fueron tomadas a distancia.

Las obras en la que fue iglesia gótica de la Purísima comenzaron en el siglo XV, bajo la protección de los Caballeros Concepcionistas. El templo, utilizado por los padres franciscanos que habitaban el convento contiguo, dio nombre a un hospital para sacerdotes que, en el año 1701, se levantó junto a la iglesia. Extinguida la orden de caballería, la Familia Fontes se encargó de perpetuar los cultos, no si antes establecer algún litigio con los franciscanos por la propiedad del inmueble.

Primer renacimiento

La iglesia de la Purísima tenía una sencilla portada de sillares de piedra, con una sola puerta, sobre la que se abría una hornacina, que custodiaba la talla de la Virgen en un retablo del primer renacimiento. Más arriba, había un hueco donde se volteaba la única campana del santuario. En el interior, compuesto por una nave, había ocho capillas. La primera de ellas, según se entraba a la izquierda, estaba dedicada a San Martín. En su interior se conservaron durante muchos años dos balas de cañón que fueron disparadas en 1706 por las tropas del archiduque contra la ciudad, que defendía el cardenal Belluga.

Tan bella era la imagen de la Purísima que ni Salzillo ni la familia Fontes se atrevían a ponerle precio. De hecho, pasaron algunos meses antes de que el escultor reconociera que la talla era un regalo. Entonces, los Fontes enviaron 12.000 reales en una caja de cartón, que también contenía varios obsequios, uno por cada miembro de aquella casa. Ahora, ochenta años después de que se fotografiara un primer plano de su rostro, los murcianos pueden valorar si realmente es la talla más soberbia de Salzillo.

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La Perra Tula tiene bula
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Antonio Botías | 21-09-2008 | 10:50| 0

Fue el Año del hambre, no del hambre hipócrita que hoy provoca la tontuna de las dietas, sino del hambre exagerada, a lo basto, con mayúsculas; la desesperación que da el abrir la despensa polvorienta, mirar a las ratas y ellas, famélicas, mirarte a ti. Cuando se cumplen casi doscientos años de aquella fecha, pocos murcianos recuerdan que hubo un tiempo en que Murcia se despobló hasta el extremo de que la maleza cubría las calles. Y la culpa fue de la peste amarilla.

Los primeros indicios de que una epidemia rondaba la ciudad se conocieron en el otoño de 1811, cuando muchos murcianos cayeron enfermos sin causa aparente. Pronto se descubrió que la terrible peste rondaba Murcia. Y sus efectos fueron catastróficos en barrios enteros, como San Pedro o Santa Catalina.

En aquella época, sin demasiados conocimientos médicos para afrontar la amenaza, las autoridades ordenaron apostar guardias en las entradas de la ciudad, mientras lamentaban que las espléndidas murallas se hubieran derribado, lo que complicada el control de las idas y venidas de los ciudadanos.

Cualquier viajero sospechoso de estar enfermo tenía el paso prohibido y, si insistía en entrar, se le obligaba a observar cuarentena a las afueras de la urbe. Mientras, decenas de murcianos pudientes abandonaban sus hogares para refugiarse en los campos. Pobres y ricos, temerosos del contagio, pusieron en práctica la célebre máxima que se popularizó durante las epidemias de peste de la Edad Media: «Huir rápido, irse lejos y volver tarde». Y tantos fueron los que salieron a escape que no quedaron hombres cabales para gobernar instituciones como el Ayuntamiento de Murcia. Frutos Baeza recordará después que, al concluir la epidemia, «había crecido la hierba en muchas calles».

‘Espantá’ municipal

Esta lógica espantá obligó a organizar el Consistorio, cuyos cargos fueron ocupados por hombres que, aunque valientes y generosos, calibraron mal el riesgo: pronto morirían. Primero el alcalde, de apellido Veyán, y los regidores Gil de Pareja y López Mesas. La peste también se cobró la vida del deán de la Catedral y de una lista interminable de próceres.

Murcia agonizaba. Familias completas fallecían, dejando calles enteras vacías e infectadas, como sucedió con Madre de Dios y Bodegones. Esta última, como se había hecho antes con la calle del Contraste, fue tapiada en cuanto falleció la última vecina, una joven mujer que, aunque nadie lo supo entonces, tenía un bebé de apenas unas semanas.

Los obreros que levantaron dos paredes a cada extremo de la calle no escucharon el llanto de la pequeña, cuya muerte parecía tan segura como la de su madre. Sin embargo, una perrita que andaba por el barrio se acercó hasta la cuna y, con más conocimiento que muchas personas, comprendió que debía amamantar a la niña. Así lo hizo hasta que pasó la cuarentena y Murcia entera conoció la fantástica historia del bebé y la perrita, a la que llamaron Tula.

A Tula le tocó la lotería. Porque no había hogar murciano que no la recibiera como si el animal hubiera salvado de la peste a toda la ciudad. Unos huesos aquí, unas caricias allá, las sobras del guisado acullá… Tan popular se hizo este animal que quedó para la posteridad la máxima: «La perra Tula tiene bula».

Poco tiempo después de esta epidemia proliferarían en los diarios locales los primer anuncios publicitarios donde, curiosamente, ya aparecían testimonios de supuestos enfermos que hallaban mejoría tomando tan extraños productos.

Es el caso de las curas vegetales del abate Hamon -sólo le faltaba llamarse Jamón-. Uno de los testimonios que leyeron los murcianos de la época corresponde a un individuo de Gerona que asegura conocer «a un hombre de un pueblecito cercano que ha tomado 4 cajas del Abate Hamon número 3» y ha sanado. Eso sí, añade que «ha comprado 4 cajas, no por encontrarse enfermo otra vez, sino por miedo a sufrir» de nuevo la enfermedad.

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Para el aliacán, ver el agua pasar
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Antonio Botías | 19-07-2008 | 11:55| 0

La huerta profunda esconde los secretos del uso medicinal y mágico de las plantas
Ahora la llaman depresión. Antes, bastaba con que una persona perdiera el apetito unos días y su rostro revelará cierta melancolía y tristeza para que el diagnóstico popular fuera inapelable: «Tiene el aliacán». O, cuando menos, si acaso el enfermo vomitaba y el malestar del cuerpo era general, pero sin tener fiebre, no pocos concluían que padecía el mal de ojo. Para estas supuestas enfermedades existían remedios increíbles que, por cierto, parecían resultar muy efectivos.

El empleo de plantas medicinales no se redujo en Murcia, ni aún hoy lo hace, a las tisanas de manzanilla para regular el estómago. Existen otras aplicaciones sorprendentes que sólo unos pocos iniciados conocen y a las que muchos murcianos recurren a diario. Sin embargo, es necesario adentrarse en la huerta profunda y los campos para encontrar los rescoldos de una medicina improvisada que pronto desaparecerá.

TRES MARÍAS HECHICERAS

La curación del llamado mal de ojo, siempre provocado por una mala mirada de alguien que desea el mal para su víctima, se alcanzaba introduciendo el dedo en un candil encendido, y luego dejando caer las gotas de aceite en un tazón de agua. Al tiempo, el curandero pronunciaba una oración secreta, que sólo podía transmitirse el Viernes Santo detrás de la puerta de una iglesia. Otra versión menos conocida consistía en utilizar torvisco o matapollos, una planta que debían tratar en un ritual tres mujeres a un tiempo. Y las tres debían tener por nombre María.

El aliacán, por otra parte, podía curarse viendo pasar el agua del Segura mientras se recitaba una oración. O bien orinando sobre la flor blanca del manrrubio, lo que devolvía al enfermo el color de la cara y las ganas de vivir.

La alhábega que durante generaciones ha crecido a la puerta de los hogares murcianos, aparte de ser muy útil para espantar a los mosquitos, se utilizaba en Murcia como antídoto de un presunto filtro amoroso obtenido al cocer otra planta, el pichichán. Tan extraña planta, al menos, parece más inofensiva que la trementina o planta que da gritos. Porque aquel que oyera sus alaridos en la noche de San Juan, podía convencerse de que pronto moriría. Otros, en cambio, se preocupaban en esa madrugada mágica de regar la flor del cardizal para aguantarla viva hasta el amanecer y afianzar un noviazgo.

HASTA LA ALFALFA

El tomillo, la malva y el hinojo, junto a otra interminable lista de plantas y recetas, también eran adecuadas para despertar el apetito incluso de los moribundos, aunque nadie comprendiera qué razones podían tener, a las puertas de la muerte, para almorzar. Y una ramita de alábega en la oreja impedía ser víctima del mal de ojo. Contra el herpes, llamado culebra en la huerta, también existe un amplio catálogo de recetas y oraciones. Por tener, hasta la alfalfa tiene sus aplicaciones. Prueba de ello es un tratado impreso en Totana, en 1921, cuyo título rezaba: La alfalfa, planta prodigiosa.

La herboristería mágica acaso haya pasado a la historia y, salvando las distancias, en algunas dolencias actuales parecen más útiles los antidepresivos y otros medicamentos que ver el agua pasar. Sin embargo, lo misterioso de la cuestión es que, aún hoy, hay muchos murcianos que aseguran haber sanado al ponerse en manos de una curandera. Para asegurarse que es auténtica, basta con preguntarle cuánto cobra por sus servicios. Si responde que gratis ofrece la gracia que Dios le ha dado, es de la buenas. Y si niega que sepa los rituales, es la mejor.

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El Misterioso convento de los Templarios
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Antonio Botías | 08-07-2008 | 22:49| 0

Cuando en la terraza almenada de la iglesia de Santa Catalina se tocaba la queda, mientras el antiguo reloj acariciaba las diez en punto de la noche, nadie en su sano juicio, ni en invierno ni en verano, se atrevía a salir a las calles a menos que corriera desesperado en busca de un médico, una comadrona o un cura. Imposición del Concejo que desbarató un terremoto en 1829, fecha en que se suprimió el cuerpo de la torre y el reloj fue trasladado a San Antolín. La improbable programación de la plaza de Santa Catalina, varios siglos antes de que existiera el televisor, no tenía nada que enviar a las actuales plataformas digitales. Al menos, en su función de entretener al pueblo para evitar desórdenes. Porque el Concejo designó el entorno para conmemorar los grandes acontecimientos que marcaban el pulso de la rutina cotidiana.Así, en la plaza se celebraban los juicios de aguas, los jurados distribuían los puestos públicos y se pregonaban a las cuatro esquinas, entre una algarabía de malas lenguas y burlas, las multas para aquellos parroquianos que no cumplían las ordenanzas.

Como si el eco de aquellas fiestas permaneciera bajo el reciente empedrado de la plaza, es Santa Catalina un enclave irremplazable, los domingos desde bien temprano, para cientos de murcianos que almuerzan despreocupados en la terraza del bar Fénix, entre improvisadas tertulias que se mezclan con el tintineo de la fuente de la cercana plaza de Las Flores. Tiene este bar Fénix, la buena costumbre de bordar las marineras y los matrimonios, regados con cervezas heladas. El dueño, Juan Navarro, presume con razón de que «millones de personas han pasado por este bar desde que lo inauguramos». Y demuestra su dedicación, precisión y cariño por el oficio cuando, de improviso, añade: «Hace 22 años y cinco meses que llevamos abiertos» El sol avanza entonces sobre el monumento a la Purísima, inaugurado en 1954, y acaricia la fachada del Museo Ramón Gaya, el pintor de trazos frescos e independientes, sin escuela, vitales, cuya obra custodia con pasión y cátedra su director Manuel Fernández-Delgado.

Al costado izquierdo del museo se abre la calle de la Marquesa, así llamada desde hace doscientos años en honor de doña Francisca Saurín, marquesa de Espinardo. En Santa Catalina, la primera plaza Mayor de la ciudad, en el lugar donde ahora acuden los vecinos a degustar las últimas comidillas y chismes de la semana, se alzaba un escenario de maderas torneadas y oscuras, utilizado para proclamar a los nuevos reyes, a la sombra del pendón real concedido por Alfonso X. La última fiesta de la coronación se celebró cuando Felipe II subió al trono. Después, la plaza perdió protagonismo en favor de Santo Domingo.

El origen de la parroquia que da nombre a la plaza es tan misterioso como la ocupación de los mendigos que a las puertas del templo almuerzan, sentados en el portal, entre misa y limosna. Algunos autores defienden que la iglesia, hoy adosada a un edificio que la supera en altura, perteneció a los caballeros del Temple antes de constituirse en parroquia. Junto a ella, la controvertida orden mantuvo un convento, del que no se conserva ni una piedra. Sobre el papel, en cambio, la primera partida de bautismo que atesoran sus archivos eclesiásticos data del 6 de septiembre de 1520.?En la pila bautismal, ubicada en la capilla de los Vinadeles, cristianizaron a Julián Romea.

El Contraste de la Seda

La plaza albergaba en una de sus fachadas el antiguo Contraste, construido entre 1604 y 1610. Este edificio, en un principio trazado como Sala de Armas, se transformó en Contraste de la Seda y del Peso Público, más tarde en Mercado del Pimiento, luego en Museo provincial, después en Archivo de los Protocolos Nacionales y, al final, en un montón de escombros, de donde se recuperó la portada y sus escudos redondos, de corona de laurel tallada en piedra, que ahora se exhiben en la fachada del Museo de Bellas Artes.

A Santa Catalina no se le conoce más nombre en la historia que el actual, salvo los años en que fue renombrada como Monassot –por el alcalde José Monassot– después de la epidemia de cólera de 1854.


El primer edil, junto al marqués de Camachos, destacaron en sus gestiones para frenar el desastre y la ciudad se lo agradeció poniéndole sus nombres a dos plazas. Monassot, en cuanto fue nombrado alcalde, lo primero que hizo fue defender la propiedad municipal del eremitorio de la Fuensanta y las tierras que lo rodeaban, después de que Hacienda advirtiera, porque en esto los tiempos no cambian, de que sacaría la finca a subasta pública. De igual forma, este ilustre murciano consiguió recuperar para la corporación los conventos de Verónicas, San Agustín y la Purísima.

Para pasear por Santa Catalina hay que dejarse antes la envidia en la Gran Vía o, de lo contrario, padecer al contemplar los edificios de miradores acristalados y grandes ventanales, siempre a la sombra, que invitan a subir y sentarse en un sillón para ver pasar la vida desde lo alto

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Sobre el autor Antonio Botías
Este blog propone una Murcia inédita, su pequeña historia, sus gentes, sus anécdotas, sus sorpresas, su pulso y sus rincones. Se trata de un recorrido emocionante sobre los hechos históricos más insólitos de esta Murcia que no vemos; pero que nos define como somos. En Twitter: @antoniobotias

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