La Verdad

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Para el aliacán, ver el agua pasar
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Antonio Botías | 28-05-2011 | 06:12| 0

La huerta profunda esconde los secretos del uso medicinal y mágico de las plantas
Ahora la llaman depresión. Antes, bastaba con que una persona perdiera el apetito unos días y su rostro revelará cierta melancolía y tristeza para que el diagnóstico popular fuera inapelable: «Tiene el aliacán». O, cuando menos, si acaso el enfermo vomitaba y el malestar del cuerpo era general, pero sin tener fiebre, no pocos concluían que padecía el mal de ojo. Para estas supuestas enfermedades existían remedios increíbles que, por cierto, parecían resultar muy efectivos.

El empleo de plantas medicinales no se redujo en Murcia, ni aún hoy lo hace, a las tisanas de manzanilla para regular el estómago. Existen otras aplicaciones sorprendentes que sólo unos pocos iniciados conocen y a las que muchos murcianos recurren a diario. Sin embargo, es necesario adentrarse en la huerta profunda y los campos para encontrar los rescoldos de una medicina improvisada que pronto desaparecerá.

TRES MARÍAS HECHICERAS

La curación del llamado mal de ojo, siempre provocado por una mala mirada de alguien que desea el mal para su víctima, se alcanzaba introduciendo el dedo en un candil encendido, y luego dejando caer las gotas de aceite en un tazón de agua. Al tiempo, el curandero pronunciaba una oración secreta, que sólo podía transmitirse el Viernes Santo detrás de la puerta de una iglesia. Otra versión menos conocida consistía en utilizar torvisco o matapollos, una planta que debían tratar en un ritual tres mujeres a un tiempo. Y las tres debían tener por nombre María.

El aliacán, por otra parte, podía curarse viendo pasar el agua del Segura mientras se recitaba una oración. O bien orinando sobre la flor blanca del manrrubio, lo que devolvía al enfermo el color de la cara y las ganas de vivir.

La alhábega que durante generaciones ha crecido a la puerta de los hogares murcianos, aparte de ser muy útil para espantar a los mosquitos, se utilizaba en Murcia como antídoto de un presunto filtro amoroso obtenido al cocer otra planta, el pichichán. Tan extraña planta, al menos, parece más inofensiva que la trementina o planta que da gritos. Porque aquel que oyera sus alaridos en la noche de San Juan, podía convencerse de que pronto moriría. Otros, en cambio, se preocupaban en esa madrugada mágica de regar la flor del cardizal para aguantarla viva hasta el amanecer y afianzar un noviazgo.

HASTA LA ALFALFA

El tomillo, la malva y el hinojo, junto a otra interminable lista de plantas y recetas, también eran adecuadas para despertar el apetito incluso de los moribundos, aunque nadie comprendiera qué razones podían tener, a las puertas de la muerte, para almorzar. Y una ramita de alábega en la oreja impedía ser víctima del mal de ojo. Contra el herpes, llamado culebra en la huerta, también existe un amplio catálogo de recetas y oraciones. Por tener, hasta la alfalfa tiene sus aplicaciones. Prueba de ello es un tratado impreso en Totana, en 1921, cuyo título rezaba: La alfalfa, planta prodigiosa.

La herboristería mágica acaso haya pasado a la historia y, salvando las distancias, en algunas dolencias actuales parecen más útiles los antidepresivos y otros medicamentos que ver el agua pasar. Sin embargo, lo misterioso de la cuestión es que, aún hoy, hay muchos murcianos que aseguran haber sanado al ponerse en manos de una curandera. Para asegurarse que es auténtica, basta con preguntarle cuánto cobra por sus servicios. Si responde que gratis ofrece la gracia que Dios le ha dado, es de la buenas. Y si niega que sepa los rituales, es la mejor.

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El Misterioso convento de los Templarios
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Antonio Botías | 14-10-2010 | 17:46| 0

Cuando en la terraza almenada de la iglesia de Santa Catalina se tocaba la queda, mientras el antiguo reloj acariciaba las diez en punto de la noche, nadie en su sano juicio, ni en invierno ni en verano, se atrevía a salir a las calles a menos que corriera desesperado en busca de un médico, una comadrona o un cura. Imposición del Concejo que desbarató un terremoto en 1829, fecha en que se suprimió el cuerpo de la torre y el reloj fue trasladado a San Antolín. La improbable programación de la plaza de Santa Catalina, varios siglos antes de que existiera el televisor, no tenía nada que enviar a las actuales plataformas digitales. Al menos, en su función de entretener al pueblo para evitar desórdenes. Porque el Concejo designó el entorno para conmemorar los grandes acontecimientos que marcaban el pulso de la rutina cotidiana.Así, en la plaza se celebraban los juicios de aguas, los jurados distribuían los puestos públicos y se pregonaban a las cuatro esquinas, entre una algarabía de malas lenguas y burlas, las multas para aquellos parroquianos que no cumplían las ordenanzas.

Como si el eco de aquellas fiestas permaneciera bajo el reciente empedrado de la plaza, es Santa Catalina un enclave irremplazable, los domingos desde bien temprano, para cientos de murcianos que almuerzan despreocupados en la terraza del bar Fénix, entre improvisadas tertulias que se mezclan con el tintineo de la fuente de la cercana plaza de Las Flores. Tiene este bar Fénix, la buena costumbre de bordar las marineras y los matrimonios, regados con cervezas heladas. El dueño, Juan Navarro, presume con razón de que «millones de personas han pasado por este bar desde que lo inauguramos». Y demuestra su dedicación, precisión y cariño por el oficio cuando, de improviso, añade: «Hace 22 años y cinco meses que llevamos abiertos» El sol avanza entonces sobre el monumento a la Purísima, inaugurado en 1954, y acaricia la fachada del Museo Ramón Gaya, el pintor de trazos frescos e independientes, sin escuela, vitales, cuya obra custodia con pasión y cátedra su director Manuel Fernández-Delgado.

Al costado izquierdo del museo se abre la calle de la Marquesa, así llamada desde hace doscientos años en honor de doña Francisca Saurín, marquesa de Espinardo. En Santa Catalina, la primera plaza Mayor de la ciudad, en el lugar donde ahora acuden los vecinos a degustar las últimas comidillas y chismes de la semana, se alzaba un escenario de maderas torneadas y oscuras, utilizado para proclamar a los nuevos reyes, a la sombra del pendón real concedido por Alfonso X. La última fiesta de la coronación se celebró cuando Felipe II subió al trono. Después, la plaza perdió protagonismo en favor de Santo Domingo.

El origen de la parroquia que da nombre a la plaza es tan misterioso como la ocupación de los mendigos que a las puertas del templo almuerzan, sentados en el portal, entre misa y limosna. Algunos autores defienden que la iglesia, hoy adosada a un edificio que la supera en altura, perteneció a los caballeros del Temple antes de constituirse en parroquia. Junto a ella, la controvertida orden mantuvo un convento, del que no se conserva ni una piedra. Sobre el papel, en cambio, la primera partida de bautismo que atesoran sus archivos eclesiásticos data del 6 de septiembre de 1520.?En la pila bautismal, ubicada en la capilla de los Vinadeles, cristianizaron a Julián Romea.

El Contraste de la Seda

La plaza albergaba en una de sus fachadas el antiguo Contraste, construido entre 1604 y 1610. Este edificio, en un principio trazado como Sala de Armas, se transformó en Contraste de la Seda y del Peso Público, más tarde en Mercado del Pimiento, luego en Museo provincial, después en Archivo de los Protocolos Nacionales y, al final, en un montón de escombros, de donde se recuperó la portada y sus escudos redondos, de corona de laurel tallada en piedra, que ahora se exhiben en la fachada del Museo de Bellas Artes.

A Santa Catalina no se le conoce más nombre en la historia que el actual, salvo los años en que fue renombrada como Monassot –por el alcalde José Monassot– después de la epidemia de cólera de 1854.


El primer edil, junto al marqués de Camachos, destacaron en sus gestiones para frenar el desastre y la ciudad se lo agradeció poniéndole sus nombres a dos plazas. Monassot, en cuanto fue nombrado alcalde, lo primero que hizo fue defender la propiedad municipal del eremitorio de la Fuensanta y las tierras que lo rodeaban, después de que Hacienda advirtiera, porque en esto los tiempos no cambian, de que sacaría la finca a subasta pública. De igual forma, este ilustre murciano consiguió recuperar para la corporación los conventos de Verónicas, San Agustín y la Purísima.

Para pasear por Santa Catalina hay que dejarse antes la envidia en la Gran Vía o, de lo contrario, padecer al contemplar los edificios de miradores acristalados y grandes ventanales, siempre a la sombra, que invitan a subir y sentarse en un sillón para ver pasar la vida desde lo alto

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«Que Josefa muera agarrotada»
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Antonio Botías | 05-05-2009 | 14:46| 0

Los murcianos ‘tomaron’ las calles para impedir la última ejecución pública en España

Válgame Dios, con lo que yo quería a mi Tomás!». Estas fueron las palabras exactas que Josefa Gómez, 32 años, de extraordinario porte y belleza, pronunció al ser detenida por el envenenamiento de su marido, Tomás Huertas, y de una criada, Francisca Griéguez, de 13 años. Sucedió en 1893, en la casa de huéspedes La Perla de Murcia, que el matrimonio regentaba en la calle Porche de San Antonio, detrás de San Bartolomé.

En La Perla se hospedó algún tiempo Vicente del Castillo, de 36 años, casado y apuesto, quien a menudo tomaba estricnina porque padecía del estómago. El 8 de diciembre de 1893, Tomás bebió una taza de café de puchero, al que añadió ron Negrita, antes de dirigirse al Teatro Romea. Nunca lo alcanzó. A los pocos minutos regresó agonizante. La criada, que también había tomado café, caía fulminada. Los médicos hallaron los cuerpos ennegrecidos y desfigurados, apenas reconocibles.

Josefa fue detenida tras el primer interrogatorio. Confesó que Vicente le había aconsejado administrar a su marido cierta cantidad de estricnina «para calmarle los celos y el gusto por el juego». Y la mujer así lo hizo. Otra criada declararía que, el día de autos, Josefa le ordenó tirar una botella al pozo y reveló que su ama mantenía relaciones con Vicente.

Ella lo negó hasta la muerte, aunque dijo que él se le había insinuado. Josefa fue acusada de parricidio y asesinato, lo que le valió la pena de muerte, y Vicente, con dos asesinatos, cadena perpetua.

El farragoso juicio y el desamparo en que quedarían el hijo y la hija de Josefa hizo reaccionar a la sociedad murciana.

El 23 de octubre de 1896, Martínez Tornel publicaba la noticia de que no habría indulto para la mujer, quien en su celda se negaba a probar bocado. Caían en saco roto las «súplicas de perdón y clemencia de todas las autoridades, de todas las corporaciones, de todas las personas de valía e influencia». La sociedad murciana enfureció. Desde Cartagena se trasladaron 40 soldados de infantería para mantener el orden.

El 28 de octubre llegó desde Valencia el verdugo. Se llamaba Pascual, padre de tres hijos. Su anterior profesión era la de carpintero. Los ciudadanos llenaron calles y plazas para increparlo. Ningún mozo en la estación de trenes se ofreció a coger su maletín y no hubo carruajes dispuestos a trasladarlo. Entró a pie en la ciudad, escoltado por cinco guardias civiles y varios soldados, que no evitaron que alguien le lanzara un pedrusco al atravesar el Puente Viejo. Muy cerca de allí, junto al muro del río, comenzó a levantarse el patíbulo.

Más guardias civiles

Las protestas arreciaron hasta el extremo de que el verdugo dirigió un telegrama al Consejo de ministros: «En vista del triste espectáculo que Murcia presenciará, y sin que esto signifique apocamiento de mi ánimo, pido el indulto a la desventurada rea».

En la Central de Telégrafos establecieron contacto permanente con Madrid por si se concedía esta gracia mientras llegaban a la ciudad más guardas civiles. Los párrocos también se movilizaron para acompañar a Josefa en la cárcel durante el día y la noche que le restaban de vida.

El Ayuntamiento de Murcia se reunió en sesión extraordinaria para forzar el indulto. Incluso acordaron constituir el Consistorio permanente hasta el instante de la ejecución. Desde La Glorieta parten telegramas de última hora para el rey Alfonso XII, su madre y el mismísimo Papa. Poco después, el gobernador recibe al Ayuntamiento en pleno y envía un nuevo telegrama al presidente, Cánovas del Castillo. La respuesta, que será criticada por su rival político, Práxedes Mateo Sagasta, es desoladora: «La horrible frecuencia con que se cometen crimenes como el de Josefa Gómez impiden al Gobierno aconsejar su indulto. Se cumplirá por tanto la Ley».

El día anterior a su muerte, Josefa asistió a una misa en la cárcel, rodeada de sacerdotes y hermanos de la Cofradía del Rosario. Los cronistas relatan el fervor de la condenada, manifestando que ante Dios era inocente y consolando a quienes intentaban consolarla. Llegaría a advertir: «Son ya de más las horas que estoy en este mundo. Sólo quiero que la Virgen me lleve a su lado».

El momento más triste se produjo con la última visita de sus dos hijos, de apenas 8 y 10 años de edad. Así lo relata Martínez Tornel: «No lloró porque ni sus ojos tenían ya lágrimas. Las pobres criaturas llevaban pintada en sus semblantes la más triste amargura». Josefa, al ver al niño llorar, le dijo: «¿Válgame Dios, hijo, un hombre como tú llorar!». «Los que presenciaron tan trágica escena no la olvidarán nunca», apostilla Martínez Tornel.

El día de su ejecución, Josefa fue trasladada al patíbulo en una carreta. Todos los comercios cerraron en señal de luto. Unos 12.000 murcianos la acompañaban. Sus últimas palabras fueron para el párroco de San Antolín, que le preguntó si daba por bien empleados los sufrimientos pasados en esta vida.

«Yo no he sufrido nada comparado con el bien que voy a lograr de mi salvación», respondió ella. «A las 8 y 25 minutos -publicaría después El Diario-, arrepentida, contrita, santificada, e indudablemente santa, ha entregado el cuello al verdugo y su alma a Dios». Acababa de celebrarse la última ejecución pública en España.

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Cuando Murcia ganó su séptima corona
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Antonio Botías | 05-07-2008 | 10:16| 0

Ocurrió el cuatro de septiembre de 1706. En aquella época aún seguía en pie el palacete del primer Marqués de Torre Pacheco, en la carretera de Espinardo, un tanto alejado entonces del lugar donde comenzaba la ciudad. La batalla librada a sus puertas provocó que el edificio se conociera desde entonces como Huerto de las Bombas.

Cuando en 1700 muere el rey Carlos II el Hechizado, con quien concluye el gobierno de la Casa de Austria en España, comienza una feroz guerra por el trono. Si bien Carlos II no deja heredero, otorga por testamento la Corona a un nieto del Rey francés Luis XIV, Felipe de Anjou, futuro Felipe V, quien debe conquistar la corona por las armas contra el archiduque de Austria. En Murcia sonaron tambores de guerra en el año de gracia de 1706. Año que no tuvo, sin embargo, gracia alguna para los pobladores de esta Región. Siete regimientos de infantería y cinco de caballería fueron enviados a la ciudad de Murcia para apuntalar el ánimo, ya un tanto quebrado, de las milicias voluntarias que la defendían. Pero la soldadesca, en lugar de entregarse a las musas como aquellos soldados románticos, se entretuvo en arramblar con cuanto crecía en los bancales, segar los trigales para convertirlos en forraje y desperdiciar la poca comida que obtenían de buen grado o por la fuerza. Hasta soltaban a las bestias, acaso por el parentesco que les unía, para que sus caballos ocuparan los establos. Un poema.

Los murcianos, con el apoyo del Ayuntamiento, para dar cuenta del destrozo causado por los regimientos, enviaron a la Corte a uno de sus regidores, el mismo que regresó para informar de que en Madrid sólo interesaba ganar la guerra. Con todo y con eso, como dicen en la huerta, la ciudad se mantuvo fiel, más que por devoción monárquica por la catequesis sutil y continúa, al final encendida, que impartió el obispo-guerrero cardenal Belluga, a quien no le tembló el pulso para apoyar el auto de prisión contra unos frailes capuchinos.


Los frailes, a la cárcel

A estos frailes, recluídos en su propio convento bajo siete llaves y algunos hijosdalgos como guardianes, les acusó el inquisidor de «reos de alta traición». Y se quedó tan fresco. Entretanto, cuando el marqués de Rafal hizo público en Orihuela su apoyo al archiduque de Austria, la ciudad preparó sus defensas para una batalla inminente.

En la plaza de Santa Catalina se distribuyó el principal cuerpo de guarda, junto a la ya destartalada iglesia sobre la que parecía recostarse un minarete musulmán que hoy es historia. Desde allí podía divisarse toda la vega. Había más tropas en la casa y torre del Mercado, luego solar de los condes de Almodóvar, y en la Puerta de Castilla y el puente junto a la también desaparecida Torre de Caramajul. En la amanecida del 4 de septiembre alcanzaron las puertas de la ciudad un regimiento británico acompañado de efectivos holandeses, quienes no lograron hacerse con la plaza.

La batalla del Huerto de las Bombas, como destacan algunos historiadores avisados, no fue tan decisiva para la victoria en Murcia como la genial idea que el cardenal tuvo de levantar los tablachos de las dos acequias mayores de Murcia, lo que provocó la inundación de gran parte de la huerta e impidió que los enemigos del primer Borbón tomaran la ciudad. La dinastía agradecería más tarde el valor de los murcianos con prebendas e inversiones hasta concederle al escudo del Concejo la séptima corona. La carretera fue renombrada, en la parte que abraza a la ciudad, como avenida Miguel de Cervantes en la década de los sesenta, época en la que también se derribó la mansión del marqués.

La portada de aquel Huerto de las Bombas se conserva en el jardín del Malecón, al otro extremo de la ciudad, donde permanecen impasibles, casi algo divertidos, dos tenantes, o salvajes según el decir popular. Y en su mirada de piedra parecen adivinarse las instantáneas de aquella batalla, legendaria más por los historiadores que por su utilidad bélica, y el paso de un cardenal-guerrero de los de espada en ristre, teología antigua, rocín lozano y galgo cristiano y corredor.

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El abuelo retoña
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Antonio Botías | 04-07-2008 | 19:48| 0

Cuentan, aunque nadie andaba por allí para verlo, que tiene más de mil años. Y se conoce que, como se dice en la huerta, «cogió sentimiento» al ser trasplantado en plena plaza de Juan XXIII, en el corazón de la ciudad. Otros señalan que alguien intentó secarlo, vaya usted a saber la razón. Se trata de un espléndido olivo que, cuando muchos lo daban por perdido, nos sorprende estos días retoñando. Así, un pollizo asoma de su tronco remoto, hendido por el rayo del tráfico en la ciudad y carcomido, que diría Machado. A ver si aguanta otros mil años.

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Sobre el autor Antonio Botías
Este blog propone una Murcia inédita, su pequeña historia, sus gentes, sus anécdotas, sus sorpresas, su pulso y sus rincones. Se trata de un recorrido emocionante sobre los hechos históricos más insólitos de esta Murcia que no vemos; pero que nos define como somos. En Twitter: @antoniobotias