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Categoría: Arquitectura
Dalí y Murcia

El teatro-museo de Figueras (Gerona) donde descansan los restos de Salvador Dalí tiene un toque murciano. La magnífica cúpula que cubre la estancia con la tumba del artista, y que todas las televisiones han mostrado estos días, es obra del arquitecto más famoso que ha dado la Región. Emilio Pérez Piñero, criado en Calasparra, diseñó la estructura (denominada cúpula reticular poliédrica F-12) por encargo personal del famoso pintor. Ambos eran amigos, quizás unidos por el mismo genio rompedor que demostraron cada uno en su disciplina. Esa relación de amistad duró hasta el final. Y el final llegó, como casi siempre, de manera trágica: Pérez Piñero falleció en un accidente de tráfico cuando regresaba, precisamente, de una de sus visitas al pintor surrealista, en su casa de Cadaqués, para ultimar detalles del museo. La triste noticia impactó al creador de los relojes blandos, que envió al entierro un ramo de flores diseñado por él mismo.
La colaboración entre ambos fue más allá, pese al poco tiempo que compartieron. Una fotografía en blanco y negro muestra a Dalí y Pérez Piñero presentando, bajo la Torre Eiffel, una vidriera hipercúbica para cerrar la embocadura del escenario del museo. El pintor estaba entusiasmado con las ideas del calasparreño. “La sola cúpula y la vidriera del museo de Figueras atraerán más turistas que todas las promociones que se puedan hacer en nuestra Costa Brava”, llegó a decir. Los dos también soñaron con una urbanización en el Golfo de Rosas a base de estructuras con forma de erizo de mar. La maqueta fue un regalo de Pérez Piñero a Gala Eluard, musa y esposa de Dalí.

Sala del museo Dalí, con parte de la cúpula de Pérez Piñero.. / Lluis Gene / AFP

Sala del museo Dalí, con parte de la cúpula de Pérez Piñero.. / Lluis Gene / AFP

El proyectista, famoso por su arquitectura móvil y de fácil montaje, falleció en 1972 a punto de cumplir los 37 años. No pudo ver acabada la obra de Figueras, de lo que se encargó su hermano José María, ingeniero industrial, ayudado por su sobrino Emilio Pérez Belda, hijo del arquitecto. Ganó el premio Auguste Perret, considerado el ‘Nobel’ de esta profesión, y hasta la NASA buscó sus servicios para construir invernaderos en la Luna. Así que quién sabe hasta dónde hubiera podido llegar de no haber muerto tan joven. Emilio Pérez Piñero está a la altura de Isaac Peral y Juan de la Cierva. Pero, por desgracia, su obra no es tan conocida. Incomprensible.

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Por amor al arte

Esta vez solo han sido unos balcones decorativos. Pero no por pequeño, el gesto tiene menos valor. Las piezas en cuestión adornaban las ventanas de una vivienda deshabitada de la calle Ramón y Cajal de Alcantarilla, cuyo destino era la demolición a causa de un incendio. La Asociación Histórico Cultural Legado se movilizó para salvar del derribo esos elementos de estilo modernista, realizados en un taller local y que entre los años 1925 y 1945 ornamentaron las fachadas de otras construcciones de la población. Alcantarilla mantiene un rico pasado arquitectónico gracias al poder que alcanzaron un ramillete de familias burguesas a raíz al ‘boom’ industrial de principios del siglo XIX. La llamada de atención de la asociación Legado y el interés mostrado por el Ayuntamiento de Alcantarilla permitieron que esta historia tuviera un final feliz, y ahora esos bellos balcones con formas vegetales están depositados en el Museo Etnológico de la Huerta de Murcia, a la espera de que un día puedan mostrarse al público como parte de alguna colección expositiva.

Uno de los balcones salvados del derribo. / LEGADO

Uno de los balcones salvados del derribo. / LEGADO

Es un nuevo y encomiable logro de Legado, que con poco más de un año de vida ya ha cosechado varios triunfos. Ahí están la protección, como bien inventariado. de la plaza de abastos de Alcantarilla (un proyecto de 1924 del arquitecto José Antonio Rodríguez) y la restauración de Los Arcos de la rambla de Las Zorreras, “probablemente el acueducto más importante de la Región por su antigüedad, ya que es de época musulmana, y sus dimensiones”, indica Alejo García Almagro, responsable del área de Historia, Arqueología y Patrimonio. Él y otras dos personas, Diego Rosique y Paco Rabadán, llevan todo el peso de esta asociación, que cuenta con 300 socios. Y el mérito es mayor si cabe porque Legado no cuenta con presupuesto alguno, ya que ni cobra cuotas a sus simpatizantes ni recibe donaciones.

Legado de Alcantarilla simboliza la creciente preocupación ciudadana por la conservación del patrimonio histórico. En los últimos años, este sentimiento ha fructificado en forma de asociaciones y colectivos que, de manera desinteresada, luchan por conseguir que las administraciones hagan bien su trabajo en lo que respecta a la protección y difusión de nuestra rica herencia cultural. Huermur, la Plataforma del Patrimonio Cultural de Murcia y el colectivo vecinal Mula por su castillo son solo tres ejemplos. Lo suyo sí que es trabajar por amor al arte.

 

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Santa Eulalia

El gris cemento domina sobre el verde en Santa Eulalia. El 98% de las calles y el 80% de las plazas de este histórico barrio de Murcia (2.974 habitantes) carecen de árboles. Esa falta de vegetación, que influye en la calidad de vida de sus moradores, es una de las deficiencias en las que pone la lupa el informe realizado por los arquitectos de Verbo Estudio, Dictinio de Castillo-Elejabeytia y Carlos Pérez Armenteros, dentro del proyecto ADN Urbano para la revitalización de los barrios de Murcia. Es la primera vez que un análisis físico entra tan al detalle sobre un espacio urbano de la capital. Este documento servirá de base para futuras actuaciones sobre el terreno. Los trabajos de acondicionamiento y recuperación se decidirán contando con la participación vecinal. Estos días las labores se centran en recoger las sugerencias y experiencias de los propios ciudadanos.
La «masiva presencia de bolardos» y la carencia de «espacios de convivencia entre distintas generaciones» se presentan como dos retos más a tener en cuenta para futuras inversiones en Santa Eulalia. El informe también advierte de que el tráfico rodado domina el paisaje urbano, imponiendo una serie de trabas al peatón. Otro obstáculo tiene que ver con las terrazas de los barres y restaurantes. Estos negocios ocupan casi el 10% del espacio público, «condicionando el uso de las plazas de manera llamativa», remarca el informe de 50 páginas. La suciedad, principalmente por las pintadas, y la escasa iluminación, que contribuye a uns sensación de inseguridad entre el vecindario, completan la lista de problemas.

Plaza de Santa Eulalia. / NACHO GARCÍA / AGM

Los arquitectos avanzan posibles soluciones para hacer de Santa Eulalia un lugar más amable y cómodo para vivir. Así, Elejabeitya y Armenteros sugieren una intervención con «pildoras de paisajes», que no dependen de «un elevado presupuesto ni complejidad material». Se trata de acciones que incluyen, por ejemplo, la reordenación de las terrazas, la inserción de vegetación y «la disolución de bordes y obstáculos visuales». La plaza Sardoy y los ensanchamientos de las calles Balsas y Victorio serían tres de los entornos candidatos a recibir estas mejoras. Otra idea se refiere a habilitar un pasillo o corredor verde en el eje de las calles San Antonio y Mariano Vergara, que serviría para reforzar la unión entre el entorno de la Catedral y el Museo de Bellas Artes. La eliminación de bordillos con el fin de igualar el pavimiento a la misma cota figura también como una sugerencia de mejora.
El análisis físico se completa con otro informe socioeconómico (ambos accesibles aquí) redactado por el observatorio local La Asomada. Este estudio advierte de que Santa Eulalia es un barrio que se despuebla y envejece: uno de cada cinco habitantes tiene más de 64 años. También, que sufre «serios problemas de ruidos». Sin embargo, a su favor destacan su cercanía con el centro, su buena comunicación con el resto de la ciudad y una «importante actividad comercial y hostelera», sin olvidar su rico patrimonio histórico. Con estos mimbres, y la participación ciudadana, Santa Eulalia lo tiene todo a su favor para convertirse en uno de los barrios con más tirón de Murcia.

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Se vende villa de veraneo con historia

El cambio del siglo XIX al XX marcó el inicio del despegue turístico de Mazarrón. Los primeros veraneantes que llegaron para descansar junto al mar pertenecían a familias adineradas. No podía ser de otra forma en una sociedad marcada por las grandes diferencias entre clases. Muchas de ellas habían hecho negocio con la minería, que entonces vivía una época dorada gracias a la inversión extranjera y a una mano de obra mal pagada. Como recuerda el cronista oficial, Mariano Guillén, en su tesis doctoral ‘Industrialización y cambio social en Mazarrón’, ya en 1881 el Ayuntamiento recibe solicitudes de licencia para levantar viviendas en la playa del Puerto, además de otros equipamientos, como balnearios, con el fin de atender las necesidades de diversión de estos visitantes privilegiados.
Entre aquellas residencias estivales, hoy día destaca una: Villar Mar o Casa Rolandi, como también es conocida. Localizada en pleno paseo marítimo, en la playa del Rihuete, a la altura de la calle Viriato, data de los primeros años treinta del siglo XX. Son dos edificios, entorno a una pequeña zona ajardinada de eucaliptos centenarios, con fachadas de estilo neoclásico y algunos toques modernistas, como la balaustrada que corona el inmueble principal y la escalinata de acceso. En su interior, todavía se conservan algunos pavimentos y mobiliario originales, y recientemente ha recibido un lavado de cara exterior. Villa Mar está protegida por Patrimonio Histórico como bien catalogado. La resolución de noviembre de 2011 destaca que el inmueble “posee una relevancia cultural a todas luces innegable”. Pero la Casa Rolandi no vive ahora sus mejores días. La mayor parte del año permanece cerrada, y sus dueños, afincados en Madrid, buscan nuevos propietarios. La venta la gestiona una inmobiliaria del pueblo. El precio, 730.000 euros.

Fachada principal de Villa Mar. / PAULA RUBIO

En la anterior legislatura, el Ayuntamiento, con Ginés Campillo al frente del equipo de gobierno, quiso hacerse con la finca, con vistas a darle un uso cultural. Incluso se llegó a incluir una partida en los presupuestos para la compra. Pero llegaron nuevas elecciones y con ellas un cambio en la alcaldía. Y en los planes del nuevo Ejecutivo local, liderado Alicia Jiménez, no entra la operación de compra. Cuentan que el precio es elevado, y, además, habría que añadir otros gastos, como el mantenimiento de la propiedad y posibles trabajos de rehabilitación. Villa Mar aguarda tiempos mejores, y quizás nuevos inquilinos. Buena suerte.

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Ideas para reutilizar

El concurso de ideas para la nueva sede de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura y Edificación (ETSAE)  de la Universidad Politécnica de Cartagena (UPCT) ha sido sensible con las tendencias que asoman en este siglo XXI. Las bases de la convocatoria dan prioridad a la rehabilitación y la reforma de los edificios existentes frente a su demolición. La recuperación y la reutilización se han convertido en señas de identidad de la arquitectura de vanguardia. Así ha quedado de manifiesto, por ejemplo, en la selección de los cinco finalistas de los galardones Mies van der Rohe, de la Unión Europea, y, más recientemente, en el prestigioso Premio Pritzker, que ha recaído en el estudio catalán RCR. De este trío de proyectistas, el jurado destaca su “gran respeto por el pasado […], agregando elementos solo cuando es necesario”, además de la conexión de sus obras con “el paisaje circundante y los valores locales”.
Dar prioridad a la conservación de los dos edificios que acogen las principales dependencias de la ETSAE ha sido un empeño colectivo de la comisión encargada de redactar las bases y del profesor y actual vicerrector Marcos Ros, consciente de que la sostenibilidad (unas de las competencias que desempeña dentro del equipo directivo de la UPCT) tiene mucho que ver con el aprovechamiento de lo existente, con darle una segunda vida a los recursos disponibles. Y ello pese a que los inmuebles sobre los que se proyectan las futuras instalaciones no cuentan con una protección especial. Ambas construcciones se levantaron a mediados del siglo pasado en el Ensanche de Cartagena, dentro de una manzana urbana que hoy se conoce como el campus de Alfonso XIII. Uno de los bloques funciona como sede institucional de la Escuela; el otro se conoce como Nave de motores, y es el más interesante de las dos desde el punto de vista constructivo. En su ejecución se emplearon vigas prefabricadas de hormigón en celosía, datadas a finales de los años 50, utilizando una técnica innovadora en aquel momento en el país.Una cubierta en diente de sierra y la iluminación natural cenital ofrecen un espacio diáfano “de gran flexibilidad y riqueza visual”, según aparece en la convocatoria.

Uno de los edificios de la Escuela de Arquitectura objetos de la reforma. / UPCT

Con estos mimbres, los concursantes tendrán que aportar las soluciones que permitan integrar “de la manera más unitaria posible” los dos edificios, y dotar así a la Escuela (800 alumnos, 90 profesores y once grupos de investigación) de “una personalidad única, frente a la actual situación de dispersión”. De la criba se encargará un jurado formado por representantes de la Politécnica, los colegios profesionales y el Ayuntamiento, además de los arquitectos Victoria Acebo García, Juan Domingo Santos, Víctor López Cotelo, Carlos Quintáns Eiras, Eva Prats Güerre y José Morales Sánchez. Hasta el 5 de mayo permanecerá abierto el plazo de entrega. El ganador contará con un presupuesto de 6 millones de euros para materializar su propuesta.

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Abrir las puertas de la arquitectura moderna

El tiempo dirá si la protección del conjunto residencial de Espinardo (1972), del arquitecto Enrique Sancho Ruano, se queda en un gesto de cara a la galería por parte de la Consejería de Cultura. O si, por el contrario, existe un verdadero interés de los responsables de Patrimonio Histórico por abordar, de una vez, la catalogación y conservación de la arquitectura moderna, una asignatura pendiente de la Región. A la espera de que la lista de bienes inventariados se vaya ampliando con más construcciones (que las hay), parece justo reconocer la dedicación de quien ha trabajado por el reconocimiento del patrimonio del siglo XX, olvidado pese a su cercanía en el tiempo. Y si la protección del denominado complejo Francisco Franco (un buen ejemplo de la edificación más innovadora de los últimos años de la dictadura) supone hoy una realidad, se debe al interés y el buen tino de la investigadora María de los Ángeles Muñoz Cosme, quien hace dos años elevó a la Consejería una propuesta para la protección de la iglesia que existe en el recinto de los Altos de Espinardo, argumentando que en su fachada existe un conjunto escultórico del murciano Francisco Toledo Sánchez. La respuesta de Cultura a esa iniciativa fue un ‘no’. Pero se mostró sensible, no cerró del todo la puerta y planteó una posible catalogación de los edificios en su conjunto. Eso es lo que se ha materializado ahora, a través de la figura de bien inventariado, un expediente en el que ha trabajado durante meses el historiador del arte de la Consejería José Francisco López Martínez.
“Me alegro de que mi solicitud haya tenido un efecto mayor del pretendido en un principio”, comenta Muñoz Cosme a través del correo electrónico, a la vez que espera que el conjunto “sea dotado de actividad, evitando su deterioro irremediable”. Desde luego, ese debería ser el siguiente paso. Porque, por desgracia y aunque suene contradictorio, el abandono y los consiguientes daños que acarrea son compatibles con la protección de Cultura. La Región está llena de casos que así lo demuestran. El recinto que diseñó Sancho Ruano ya presenta algunos achaques, como consecuencia de la falta de uso. Pero, en general, se conserva en un aceptable estado, como pudo comprobar ‘La Verdad’ en una visita, de la que se muestran en este artículo varias fotografías de Vicente Vicéns. En ese recorrido también participó el arquitecto y profesor de la UPCT José María López. Él y su compañera de estudio, la también docente Edith Aroca, han contribuido en gran manera a dar a conocer el patrimonio moderno. De hecho, comisariaron una exposición sobre la obra de Sancho Ruano, con el apoyo incondicional del Colegio de Arquitectos de Murcia.
[Por cierto. No estaría de más que la Comunidad Autónoma, propietaria de los inmuebles, organizara alguna visita guiada para mostrar sobre el terreno los motivos que han llevado a la protección del complejo de Espinardo. Porque el primer paso para impulsar la conservación del patrimonio moderno es abrir sus puertas y darlo a conocer]

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Sobre el autor Miguel Rubio
Mazarrón, 1967. Periodista de 'La Verdad' y guía oficial de turismo.

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