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Categoría: patrimonio industrial
El castillo no es la excepción

El proyecto fallido para rehabilitar el castillo de los Vélez es solo un botón de muestra de lo que que está ocurriendo con el patrimonio histórico en Mazarrón. Pasan los años (y las corporaciones) y la lista de tareas pendientes sigue siendo la misma. Mientras otros consistorios de la Región sí han hecho los deberes y han presentado sus propuestas para optar a las ayudas del 1,5% cultural, del Ministerio de Fomento, el Ayuntamiento mazarronero se ha descolgado a última hora. La intención era solicitar 1,5 millones (en dos anualidades) con destino a terminar la puesta en valor de la casa-fortín de los marqueses, tras el desaguisado de la última reforma, que costó casi 500.000 euros sin que se le haya sacado el partido esperado. Pero, llegado el momento de recopilar la documentación, resultó que faltaba un trámite urbanístico, a juicio del arquitecto municipal. Incompresible que después de seis meses trabajando para intentar conseguir la subvención ahora se caiga en la cuenta de que es necesario un plan especial, que ordene todo el desarrollo del entorno de la fortaleza. Así que, otra vez, toca esperar, a ver sí hay más ‘suerte’ en la próxima convocatoria, el año que viene.

Las gradas que se hundieron tras la última actuación en el castillo. / P. CH.

Las gradas que se hundieron tras la última actuación en el castillo. / P. CH.

Pero es que, por desgracia, el baluarte defensivo no es la excepción. A la espera de presupuestos y plazos de ejecución (y, también, cierto interés por parte de los políticos de turno) siguen otras joyas del patrimonio, que añoran su rehabilitación. De la comisión de seguimiento del barco fenicio de La Isla nunca más se supo. Ni un euro para la extracción, restauración y musealización del pecio más de un cuarto de siglo después de su descubrimiento. El Casino sigue cerrado a cal y canto, sin saberse muy bien hasta dónde alcanza el deterioro en su interior. La iglesia parroquial de San Antonio de Padua duerme el sueño de los justos, tras años pidiendo donativos a los feligreses. No hay planes para la mansión burguesa de La Cañadica (siglo XIX), mientras los destrozos avanzan a todo trapo. Y el paisaje minero continúa cayéndose a pedazos. O la fuente modernista del Teatro Circo, llena de basuras y pintadas. Tampoco ha corrido mejor suerte la torre del Molinete, restaurada y, a continuación, abandonada a su suerte. En fin, en mitad de tanta fiesta, duele ver tanta desidia.

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Seis de cien

Seis entre los cien mejores. La huerta de Murcia, el Valle de Ricote, los arrozales de Calasparra, la rambla de Nogalte (Puerto Lumbreras), el sistema defensivo de la bahía de Cartagena y la sierra minera de Cartagena-La Unión. Son los paisajes culturales que representan a la Región en una cuidada selección que pretende acercar a los ciudadanos estos territorios protegidos de la geografía española surgidos de la interacción entre el hombre y el medio natural. La iniciativa ‘Narrando paisajes’ ha partido del Instituto de Patrimonio Cultural de España (IPCE), que ha creado una plataforma ‘online’ (www.100paisajes.es) para mostrar una diversidad de espacios modelados a lo largo del tiempo por actividades tan distintas como la agricultura, los asentamientos urbanos, la defensa del territorio, la industria o el comercio. A través de vídeos grabados mediante drones, artículos, fotografías, escenas de películas y registros históricos, entre otros materiales, es posible cruzar el país para conocer, a golpe de clic, unos enclaves únicos. Estos cien paisajes culturales se reparten en cuatro categorías: agrícolas, ganadores y forestales; simbólicos, industriales y urbanos, históricos y defensivos. La Región ha colado seis parajes en tres de las clasificaciones. El portal destaca especialmente el paisaje minero de Cartagena-La Unión, sin olvidar el valor inmaterial de sus cantes de Levante. Y entre la información disponible en este apartado llaman la atención unas fotografías aéreas, desde 1928, que permiten apreciar cómo se produjo el colapso de la bahía de Portmán (ahora en pleno proceso de recuperación ambiental) debido a los vertidos de estériles. No muy lejos, la naturaleza y la mano del hombre se unieron para convertir la bahía de Cartagena en una plaza fuerte casi inexpugnable. Una visión más amable ofrecen los arrozales de Calasparra: Con una superficie de cultivo de 2.500 hectáreas, entre las cuencas de los ríos Segura y Mundo, las condiciones climáticas e hídricas dan como resultados un grano con denominación de origen y una estampa verde única. Del Valle de Ricote esta cuidada selección destaca su fisonomía: “un auténtico oasis entre montañas semidesérticas”. Puerto Lumbreras sobresale por su sabiduría para aprovechar los recursos de la rambla de Nogalte, en un territorio castigado por la sequía. Y en cuanto a la huerta de Murcia (que también incluye a Alcantarilla, Beniel y Santomera) su pasado musulmán se mantiene vivo, a duras penas, entre acequias, norias, molinos y tahúllas de cultivo. ‘Narrando paisajes’ toca los sentidos. Acceda y disfrute.

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Cultura y los faros

La pelota está en el tejado de la Dirección General de Bienes Culturales. El ‘Catálogo de faros con valor patrimonial de España‘ destaca el “relevante interés” social, histórico y arquitectónico de 130 de las 190 torres de señalización marítima del país. La Región coloca tres de sus siete faros en uso en este selecto club: Cabo de Palos, islote de Escombreras y Portmán. Deja fuera los de Águilas, Mazarrón, Cabo Tiñoso y El Estacio (aunque sin explicar los motivos), y se olvida por completo del faro de isla Hormiga, que sí citan otras guías. El inventario, asumido por el Instituto de Patrimonio Cultural de España, una institución que dirige el arquitecto murciano Alfonso Muñoz Cosme, hace una llamada de atención acerca de la importancia de salvaguardar estos elementos del patrimonio industrial. Aunque en buen estado de conservación, Cabo de Palos, Escombreras y Portmán no aparecen en la relación de inmuebles protegidos de la Consejería de Cultura, según advierte la propia investigación. Un mensaje a navegantes al que debería dar respuesta el departamento de Noelia Arroyo.
Sobre los faros se sustentó el despegue económico de mediados del XIX. De hecho, los tres citados ya aparecían en el plan estatal del año 1847, cuya redacción coincidió con la llegada a España de la Revolución Industrial. “En muchas ocasiones se colocaban a petición de diversos colectivos locales bien porque se precisaba señalizar un puerto -lugar de intercambio de mercancías-, o bien para advertir de accidentes orográficos. Ayudaban a la navegación, favoreciendo la exportación de productos o materias primas, principalmente el mineral”, argumenta Santiago Sánchez, profesor de la Universidad del País Vasco y responsable del catálogo.

Faro de Cabo Tiñoso, en pleno espacio protegido. / PABLO SÁNCHEZ

La importancia de esta red de infraestructuras luminosas no es solo histórica.También tiene un potencial turístico. De hecho, el estudio remarca que “son visitables con facilidad” y recomienda que sean incluidos en una ruta temática. Una oportunidad que la Región no debería desperdiciar. ¿Quién da el primer paso?.

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Viejas fábricas, nuevos usos

Murcia no es Londres, pero la capital inglesa puede ser el espejo en el que mirarse a la hora de darle una segunda vida a las viejas fábricas. La impresionante Tate Modern (una central de energía reconvertida en museo de la mano de los proyectistas suizos Herzog y Meuron) es quizás el mayor exponente de esa reutilización de la arquitectura fabril. Sin embargo, la megalópolis contiene más ejemplos: subestaciones eléctricas en desuso convertidas en locales de copas, naves industriales donde adquirir ahora artesanía o cambiarse de peinado, antiguas cuadras que acogen mercadillos de ropa y puestos de comida étnica. Cuento esto porque la sede del Colegio Oficial de Arquitectos de Murcia (Coamu) alberga hasta el 17 de marzo la exposición ‘La arquitectura de la industria, 1925-1965’, un repaso a los espacios industriales catalogados por la Fundación Docomomo Ibérico, una entidad que vela por la conservación, en su conjunto, del patrimonio del movimiento moderno  La arquitectura industrial del siglo XX trajo consigo nuevas técnicas y materiales, además de contribuir a simplificar los procesos y a rebajar costes. Pero no ha sido una obra suficientemente valorada, aunque pueda presumir de llevar la marca de maestros de la talla de Alejandro de la Sota (Central Lechera Clesa de Madrid, 1959-1963) o  Miguel Fisac (Centro de Estudios Hidrográficos del Ministerio de Obras Públicas, Madrid, 1960). Dos motivos explicarían ese desapego: de un lado, son construcciones demasiado cercanas en el tiempo y, de otro, el destino poco ‘artístico’ para el que fueron concebidas.

Fachada principal de la Central Lechera Murciana. / F. MANZANERA

Con los cambios en la producción y la deslocalización muchas fábricas han quedado fuera de uso y ahora el reto que se plantea es qué hacer con ellas. Esa reflexión planea sobre la muestra del Coamu, que se detiene en veintitrés obras de España y Portugal explicadas a través de paneles fotográficos. Dos de las edificaciones catalogadas (en su día la selección corrió a cargo de los arquitectos Francisco Camino y Francisco Matas Luján) están/estaban en la Región de Murcia. Se trata de la nave de Unión de Explosivos Río Tinto 1953/1957 (El Hondón, Cartagena) y la Central Lechera Murciana 1964/1965 (carretera de Alicante, Monteagudo, Murcia) de Daniel Carbonel Ruiz y Juan Luis Gastaldi Albiol. Ambas son un reflejo del (mal) trato recibido por el patrimonio industrial: la primera construcción ya no existe (curiosamente se demolió coincidiendo con su inclusión en el catálogo de la Fundación Docomomo) y la segunda avanza hacia su destrucción carcomida por el abandono, la ruina y la falta de protección. Demasiados males.

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Otra oportunidad para el Cenajo

Junto a la presa del Cenajo (Moratalla), en mitad de la nada, se levantó a mediados del siglo pasado un poblado, con su escuela, su ermita, su mercado, su hospital y su cine, para acoger a los ingenieros y operarios que iban a trabajar en las obras del pantano. Algunas de las construcciones todavía hoy siguen en pie. Y entre todas ellas destaca la casa central de la Administración, un edificio singular, rodeado de jardines, con grandes escalinatas, un templete, fuentes y esculturas. Desde luego, la imponente mansión y sus pabellones anexos sorprenden a quienes llegan hasta este agreste paraje junto al Segura más puro y caudaloso.

Edificio principal del hotel Cenajo. / E. B.

Todo esto viene a cuento porque esas instalaciones (que pertenecen a Patrimonio del Estado) volverán a tener uso. De la mano de unos nuevos gestores, el complejo se reabrirá como alojamiento turístico. El Cenajo ya funcionó como hotel desde mitad de la década de los años noventa hasta 2009, cuando la falta de clientes por la crisis económica llevó a su cierre. Durante el tiempo que ha permanecido clausurado, el abandono ha hecho mella en los edificios. Frenar ese deterioro fue el principal motivo que argumentó la Confederación Hidrográfica para convocar un nuevo concurso de explotación.
La reapertura, prevista para antes de Semana Santa, se plantea como una buena oportunidad para regresar a este remanso de paz, dominado por la presa que marcó un hito en la cuenca. Con una capacidad de 437 hectómetros cúbicos, es el embalse más grande del Segura. Las obras comenzaron en 1943, siguiendo el proyecto del valenciano Rafael Couchoud. Es en homenaje a los orígenes de este ingeniero que la ermita del Cenajo esté dedicada a la Virgen de los Desamparados, patrona de la capital del Turia. Los trabajos se prolongaron durante dos décadas. En la construcción llegaron a trabajar 7.747 operarios (‘Historia de los embalses del Cenajo y Camarillas y su medio natural’, de Mariano C. Pelegrín Garrido), algunos de ellos prisioneros políticos. Para la inauguración, el 6 de junio de 1963, a la que asistió el entonces Jefe del Estado, Francisco Franco, se preparó un espectáculo de luz y sonido. Por entonces, el pantano ya había contenido más de una riada.

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El rescatador de oficios perdidos

Cuando a principios del siglo XIX quisieron recuperar la industria del alumbre en Mazarrón, se toparon con una dificultad con la que no contaban: nadie en el pueblo recordaba ya con exactitud el proceso de fabricación. Quien me cuenta esta anécdota es el mazarronero Antonio Paredes Navarro. Y lo sabe de buena tinta porque ha dedicado muchos meses a investigar sobre dicha actividad industrial, que en el siglo XVI fue el origen de este pueblo, desde cuyos cerros mineros se ve el azul del Mediterráneo. Paredes, un enamora de su tierra, se propuso recuperar los oficios antiguos de Mazarrón, y empezó, como no podía ser de otra forma, por el arte del alumbre. La tarea no resultó fácil, y no por ello se desanimó.  “Los libros te explican una cosa, pero la práctica es otra”, recuerda. Antonio buscó las antiguas canteras, recogió la mejor piedra de alumbre, construyó un horno para calcinar el mineral, preparó una gran caldera de cobre y, tras varios fracasos, dio con la tecla y obtuvo el preciado cristal. Bravo por su constancia y paciencia.

Su experimento arqueológico está documentada y se incluye en el catálogo de la exposición ‘Matri Terrae’. Una muestra, todavía abierta al público en la doble sede de la Universidad Popular, que es fruto del trabajo de investigación emprendido por este vecino, amante de recuperar sus raíces. Además, toda la información recopilada le permitió a Antonio Paredes construir una maqueta de la antigua fábrica de alumbres. Y ya puestos, también recreó a escala el castillo de los Vélez, una de las nobles familias que llegaron a este rincón del Reino de Murcia atraídas por la posibilidad de amasar riqueza con el alumbre.

Mosaico de fotos del experimento arqueológico sobre el alumbre. / UP

Paredes conoce como la palma de su mano las viejas instalaciones mineras, no muy lejos del cauce de la rambla de las Moreras, y le duele el estado de abandono que presentan. Un deterioro del que podrán ser testigos los expertos llegados de distintas universidades europeas que participan en Mazarrón en un seminario internacional sobre la explotación y el comercio del alumbre en la Edad Media. Hubiera sido una buena oportunidad de que Antonio Paredes contara su experiencia en el foro. Pero no le han invitado, y tampoco le importa. Él sigue adelante con sus investigaciones sobre el pueblo que le vio nacer. Y ahora se dispone a rescatar otro oficio perdido: el de carbonero. Mucha suerte.

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Sobre el autor Miguel Rubio
Mazarrón, 1967. Periodista de 'La Verdad' y guía oficial de turismo.

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