La Verdad

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El cielo de los pobres
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Carlos Escobar | 12-02-2017 | 21:19

Imaginemos a un humilde niño judío educado en los diez mandamientos de Moisés y en las 630 normas de Pentateuco. Al pequeño le han enseñado que si cumple todos los preceptos, Dios lo amará, pero sin la promesa de tener una recompensa por ello. Por otro lado, su compañero de clase es tan pobre como él pero nacido en una familia cristiana. Desde niño le han transmitido que si es bueno, Dios lo amará y algún día lo recibirá en el Paraíso Celestial, un lugar lleno de dulces y golosinas.

Gustav Mahler (1860-1911) compone su Sinfonía número 4 para orquesta y soprano con el cambio de siglo, durante un verano especial para él. Está satisfecho del éxito de su segunda temporada como director de la Ópera de Viena y acaba de comprar un terreno en Maiernigg, situado en la orilla sur del lago Wörthersee, donde le están construyendo un refugio estival para componer rodeado de paz física y espiritual.

La Cuarta Sinfonía de Gustav es más corta que sus predecesoras (apenas dura 50 minutos) y se caracteriza por su aparente sencillez, por las melodías cantabiles y por una armonía exenta de complejidad. En ella no hay partes para el coro ni para trombones ni tuba y la percusión es escueta. La obra contiene parte de los contrastes propios del mundo mahleriano: la ironía frente a la serenidad, la dulzura frente a la transcendencia o la incertidumbre frente a la inseguridad. Quizás esto explica las reacciones de los críticos tras su estreno en Munich que la tildaron de disonante, grotesca, nerviosa y heterogénea. El tiempo de Mahler, como el mismo vaticinó, estaba por llegar y hoy día la humanidad ajena a estas opiniones, se rinde ante esta obra de arte musical.

Gustav Mahler escribe la pieza siguiendo la estructura clásica de cuatro movimientos instaurada por Haydn y Mozart. En el primer movimiento confluyen hasta siete melodías distintas y sobresale el tintineo de los cascabeles, la primera visión del Paraiso dibujada por las cuatro flautas con el triángulo y la enérgica llamada de las trompas que anticipa la de la Quinta Sinfonía.

En el segundo movimiento el compositor inserta un solo de violín muy particular. El concertino debe emplear un modesto instrumento desafinado medio tono por encima de la orquesta para así emitir un chillido tosco y despectivo a la vez que irónico y alegre. Esta danza es una visión muy particular de la muerte que ya vimos en su Primera Sinfonía y que reivindica a las clases sociales bajas, marginales y no sujetas a leyes y convenciones sociales.

La irresistible belleza del tercer movimiento flota en un rondó con variaciones cuya sonoridad recuerda a la de Beethoven. Aquí Mahler parece ofrecer una apacible visión del Paraíso sin ignorar que la muerte ronda a los niños desfavorecidos, que sin hogar ni alimentos son capaces de jugar tranquilamente en la pradera.

El Finale que cierra la sinfonía es un Lied para soprano sobre un poema del ciclo de El Muchacho de la trompa mágica (Des Knaben Wunderhorn). Con el título de La vida celestial, expresa la alegría (palabra repetida tres veces) del Paraíso desde la perspectiva del placer terrestre que produce el cantar, bailar, saltar, comer y beber. Tanto es así que el pescador San Pedro, el matarife San Lucas, la cocinera Santa Marta y la musical Santa Cecilia, consiguen sacarle una sonrisa a la severa Santa Úrsula en presencia de San Juan.

Mahler describe la vida celeste desde la mirada del alma de un niño. Un niño judío y pobre que necesita un cielo cristiano, lleno de pan, peces, carne de cordero, venado, liebres, legumbres, espárragos, cestos de frutas y, sobre todo, de una música incomparable con la de La Tierra. Para ello, el maestro emplea intencionadamente a lo largo de la Cuarta Sinfonía, la tonalidad de Do para referirse a lo terrenal, la tonalidad de Sol para la inocencia y la tonalidad de Mi para reflejar lo celestial.

A pesar de todo lo dicho, Bruno Walter, discípulo de Mahler, definió a la Cuarta Sinfonía como “música pura abierta a todos lo que tienen un sutil sentido del humor”. No tendrán muchas ocasiones de disfrutar esta enigmática obra y por ello les recomiendo que vengan a sentirla en directo.

 

Jueves 16 de febrero, 20 horas. Auditorio Víctor Villegas de Murcia. Vals de El caballero de la rosa y dos Lieder de Strauss. Cuarta Sinfonía y tres Lieder de Mahler. Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia. María Espada (soprano). Virginia Martínez (Dirección musical). Entradas: 20, 16 y 12 euros.

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