La Verdad
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Categoría: Músicos “gran clase”
La nariz celosa

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En el hogar de unos recién casados solo debe respirarse felicidad. Eso es, al menos, lo que pensaba el conde Gil antes de detectar un olor extraño a tabaco en casa.

Su esposa, Susanna, una adorable e ingenua criatura, se siente dichosa por haber consolidado su relación con Gil, el amor de su vida, hombre atractivo y con muy buena posición económica y social.

Con ellos vive Sante, el criado eficiente y discreto que está en permanente alerta por si su señor requiere de sus servicios. Conoce todo lo que ocurre dentro de casa, pero no quiere ninguna complicación con los condes. El larguilucho Sante nunca contesta verbalmente a su señor. Con su escueta mímica facial asiente o niega cuando se le pregunta. En cambio, sus exagerados movimientos corporales son de fácil detección hasta para alguien situado de espaldas a él.

Cuando Gil escucha el canto de su dulce esposa y contempla como la luz de la ventana cae sobre su cabello al tiempo que arregla las flores de un jarrón, no acierta a comprender sus dudas sobre la fidelidad de una criatura tan angelical.

Día tras día, Gil percibe el amenazante olor a tabaco de casa y no puede evitar que sus celos crezcan de forma exponencial, especialmente ante las ingenuas explicaciones de su mujer y la agitación con la que su criado mueve los brazos para disipar el olor a humo que proviene de la habitación de la condesa.

El dilema del conde está en cómo descubrir al fumador sin mostrar sus celos ante su criado, que sacude la cabeza en un gesto negativo cada vez que le pregunta si él o la señora de la casa fuma. Tal es la desesperación de Gil, que cada negación de Sante turba aún más su conciencia y hasta el punto de dudar si el olor forma parte de una fantasía. No deja de recorrer todas las habitaciones de la casa abriendo bruscamente puertas y armarios, tratando de encontrar al amante fumador de su esposa.

Sentado en su sillón, la cabeza del conde no deja de dar vueltas al ritmo del dulce sonido del cémbalo que Susanna toca delicadamente para agradarle. Las bellas notas que vienen de la habitación de la intérprete se entremezclan con el insoportable olor a tabaco que atenaza los sentimientos de Gil.

Un día, planea sorprender al amante de Susanna saliendo de casa olvidando adrede su paraguas. Aunque Susanna se extraña del descuido de su metódico marido, se siente liberada de su asfixiante e interrogante presencia y siente que, por fin, puede dar rienda suelta a su placer. Saca del bolsillo un cigarrillo y una cerilla y se deja caer en el sillón para fumar mientras fantasea con la venerada y atractiva imagen de su marido.

De repente, Gil aparece por la ventana y pregunta gritando sobre dónde está el infame. Susana intenta ocultar sin éxito el cigarrillo tras su espalda, pero su marido le coge la mano que esconde y se quema. Con asombro, descubre que la que fuma en casa es su mujer.

Susana cae de rodillas implorando perdón y Gil la imita implorando comprensión por sus celos. La pareja ríe en el suelo hasta que Susanna le declara su amor y su decisión de no fumar jamás. Pero Gil no está de acuerdo en eso. Le propone que a partir de ese día fumen los dos. Cogidos de las manos y con un cigarrillo en la boca, bailan girando como niños. De repente, los cigarrillos se apagan ante tanta alegría. Casi sin hacer ruido, Sante, el discreto criado, acerca un candelabro a la pareja ofreciéndoles la llama del amor.

Esta historia se situó en la Italia de principios del siglo XX y fue adornada con la música de Ermanno Wolf-Ferrari en su ópera Il Segreto di Susanna, que fue estrenada en el Hoftheater de Múnich el 4 de diciembre de 1909.

Les advierto que fumar perjudica seriamente la salud y que “todo es humo en este mundo que con el viento se dispersa, pero el amor, cuando es sincero y profundo….”

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Una fiesta para los oídos (y IV)

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Un atardecer de Maiernigg, 15 de agosto de 1905. Gustav Mahler entra en casa tras un intenso día dedicado a la composición. Se dirige a la terraza, donde Alma está sentada observando como juegan sus dos hijas, María (Putzi) y Anna (Gucki). Advierte que el rostro de su mujer refleja cansancio y cierto enojo.

Gustav.- ¡Hola familia! ¿Qué tal ha ido el día? (Besa de manera paternal a Alma en la mejilla y se dirige hacia las niñas para hacerles cosquillas y abrazarlas).

Alma.- (Con semblante serio). Te hemos esperado para comer.

G.- (Mientras retira una pequeña hormiga del vestido de María). Lo siento. Estaba enfrascado en mi trabajo.

A.- (Con tono sarcástico). Menos mal que en unos días volvemos a Viena. Cada día me aburro más aquí en Maiernigg.

G.- Pero Almita,… Esta casa, el bosque, el lago,… Mira cómo disfrutan las niñas. El otro día lo comentábamos paseando con ellas…  ¡Somos unos afortunados!. Y además, aquí tengo la tranquilidad necesaria para trabajar liberado del yugo de la dirección de conciertos y óperas …

A.- Si al menos, pasaras más tiempo conmigo. Estoy todo el tiempo sola en este caserón. Nadie viene a vernos porque todo el mundo sabe que no quieres recibir visitas. Tan sólo se atreve a asomar fugazmente la cabeza algún músico impaciente por conocer tu opinión sobre su trabajo … No me extrañaría nada que apareciese un día de estos ese Schönberg que acabas de conocer y que tanto te admira…

G.- (Quitándole importancia a la conversación). ¿Para qué necesitamos las visitas? Aquí estamos los cuatro muy bien. Ya llegaremos a Viena y saldremos a hacer vida social.

A.- (Con aires de ofendida). ¿Vida social? Las últimas veces que hemos sido invitados a cenar, no hablaste ni comiste nada. Ni siquiera contestabas a las preguntas amables de los demás comensales. No me extrañaría nada que este otoño nadie nos vuelva a ofrecer su casa…

G.- (Tumbado en el suelo manteniendo a Gutzi en el aire con los brazos extendidos). Tonterías, solo me comporto así cuando la gente insinúa que mi manera de dirigir es extraña. Esos estúpidos hablan de la tradición vienesa para referirse a la pereza y dejadez de los músicos. ¡Son unos idiotas!

A.- Pero Gustav, ¿no te das cuenta que los músicos son parte de nuestra sociedad y que no puedes hablar mal de ellos en público?

G.- (Dejando a la pequeña Gucki en su sillita y acercándose a cuatro patas hacia Putzi). Esos cretinos son unos mediocres. Piensan que la música es la vaca lechera que les da de comer y necesito una orquesta que se implique más. Además, hablar de ellos me da dolor de cabeza…

A.- Ves, otra vez con tus jaquecas. Pasas todo el día en tu caseta del bosque y ahora te duele la cabeza. Eso cuando no estás leyendo ensimismado, ese odioso libro que siempre llevas encima. Todavía recuerdo el día que nació Gucki. No se te ocurrió nada mejor que leerme en mitad del parto tus Críticas de Kant. No sé si eran peor los dolores del parto o esas parrafadas tan horribles….

G.- (Mirando a su bolsillo y comprobando con satisfacción que el libro permanecía allí). Almita…

A.- Y eso cuando no te ríes a carcajadas cuando lo lees. No sé que te hacía tanta gracia anoche…

G.- (Justificándose en un intento de calmar a su mujer). Estaba leyendo el Quijote de Cervantes. ¡Qué divertido es el capítulo de los molinos de viento! Si quieres te lo recito esta noche….

A.- (Observando como Gustav imita a un perro que empuja con el hocico a María). Eres incorregible. Quizás por eso me casé contigo en contra de los consejos de mi familia (sonriendo para ella misma) … y de la tuya.

G.- (Intuyendo que el temporal doméstico amaina). Por cierto, hoy he terminado de componer la nueva sinfonía.

A.- (Se levanta y se acerca a su marido, al que abraza de una manera efusiva). Oh, Gustav. Eso es fantástico. Estoy deseando escucharte tocar al piano los fragmentos del scherzo.

G.- (Cogiéndola por la cintura ante la mirada atónita de María). No se si te va a gustar la pequeña burla sobre el vals vienés que salpica el movimiento….

A.- Creo que no hay nada en ti que no me guste…

G.- (Tras un beso apasionado). Almita, ¿me ayudarás mañana con las partituras?

A.- Claro que sí. Sólo tienes que servirme un rico desayuno en esta terraza.

G.- ¿Un desayuno romántico con vistas al Wörtersee en el ocaso del verano….? No sé…. ¡Tengo tantas cosas que contarte! La próxima temporada será apasionante con la celebración del 150º aniversario del nacimiento de Mozart.

 

Mahler terminó la composición de la Séptima Sinfonía el 15 de agosto de 1905. La obra se estrenó tres años más tarde en Praga. En Murcia, tendremos la oportunidad de escucharla el próximo viernes 9 de febrero en el Auditorio Víctor Villegas. Quizás estemos ante el acontecimiento musical del año.

 

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Una fiesta para los oídos (II)

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Los siguientes días en Maiernigg fueron muy productivos para Gustav. Parecía que el impulso recibido en las aguas del Wörthersee contenía suficiente energía para terminar los tres movimientos que completarían la séptima sinfonía. La estancia en la casa de Maiernigg junto a Alma y las niñas le daba la necesaria estabilidad emocional para que los veranos fuesen productivos. Además, la casita construida de obra situada en el bosque, tan solo a doscientos metros de la mansión, era un magnífico refugio donde componer en un ambiente tranquilo.

Gustav se levantaba cada día a las seis de la mañana y se dirigía hacia la casita, donde se encontraba el desayuno preparado sobre la mesa. Nadie podía molestarle allí y Alma organizaba todo para que sus deseos se cumplieran a la perfección. Pobre del que se acercara a esta zona de la finca que estaba ligeramente sobrelevada. El compositor tampoco soportaba cruzarse con nadie de camino a la casita del bosque, lo que suponía un reto y un esfuerzo adicional para Agnes, la cocinera que le llevaba cada mañana el desayuno.

Agnes era una lugareña que procedía de Klagenfurt. Casada desde hace años, no tenía descendencia, por lo que trabajar en casa de los Mahler viendo crecer a Putzy y Gucci la hacía muy feliz. Tenía un pequeño defecto al caminar a raíz de un accidente en la infancia, pero se desplazaba con el suficiente sigilo para contribuir al ambiente de paz que tanto valoraban los dueños de la casa. Agnes no había trabajado anteriormente, pero su marido había sido despedido de la casa de los Schäfer, donde había cuidado del jardín en los últimos veinte años. Al parecer, una tarde de mayo, los perros del señor Schäfer comenzaron a ladrarle de forma compulsiva y esto se repitió cada vez que se acercaba a la propiedad, lo que generaba gran disconfor a la familia y al vecindario. Se trataba de una raza de perros muy particular ya que no servía ni para compañía ni para proteger la finca, pero tenía un fino olfato capaz de captar si un individuo intimaba con más de una mujer, lo que los enfurecía sobremanera, para satisfacción de sus dueños, que pensaban que eran canes que custodiaban con celo el hogar familiar.

Agnes era una excelente cocinera. Su madre era de origen suizo y le había enseñado a preparar jugosos platos y excelentes postres. Esa mañana preparó un exquisito pastel de la región típico para el día de San Juan, con el que su familia celebraba la llegada del verano. Cuando preparó la bandeja con el desayuno del señor Mahler, se dirigió a la casita siguiendo el recorrido tortuoso y alejado del camino para no cruzarse con el compositor, lo que era como firmar su sentencia de muerte. Los últimos metros eran los más complicados, ya que no existía ningún sendero y la inclinación de la pendiente obligaba a Agnes a equilibrar con mucha dificultad los vaivenes que su cojera transmitía al contenido de la bandeja.

En ese mismo momento Gustav se dirigía hacia la casita y no pudo evitar sonreír ante el empeño de su empleada en conseguir dejar el desayuno sin ser vista.  Avanzó con la suficiente lentitud para permitir que Agnes volviese por su secreto y a la vez peligroso camino.

Cuando entró en la caseta, un dulce olor a pastel envolvía la luz que entraba por la ventana. Como si se tratase de una auténtica mañana de San Juan. Gustav canturreó “Johannistag! Johannistag! Blumen und Bänder so viel man mag!”. Ya tenía en mente como escribir el quinto movimiento de su sinfonía. El pastel de Agnes lo había transportado a Nuremberg y a sus maestros cantores.

continuará….

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Una fiesta para los oídos (I)

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Esa tarde de verano, Gustav llegó a Krumpendorf. Estaba cansado del largo viaje que había realizado desde Los Dolomitas y sentía un fuerte dolor de cabeza. Ya le quedaba poco para llegar a casa. Sólo debía esperar al bote que lo llevaría hasta Maiernigg, al otro lado del lago Wörthersee. Decidió sentarse para tomar el aire. Enseguida llegaría el otoño y con ello una carga de trabajo intensa para el director de la Ópera de Viena. Cada estancia veraniega a orillas del lago le permitía componer con la tranquilidad necesaria, pero ese año había sido poco productivo. Durante el verano pasado terminó los dos movimientos nocturnos de su Séptima Sinfonía, una obra planificada con una simetría arquitectónica. Entre los dos movimientos ya escritos de una forma un tanto libre, incluiría un demoníaco y provocador scherzo y la obra empezaría y finalizaría con sendos movimientos rápidos. Desgraciadamente, la inspiración se había disipado.

En junio de 1904 había sido padre por segunda vez. La pequeña Anna, llamada Gucki en la intimidad, crecía sana junto a su hermana María. Mahler era un hombre envidiado por su talento, por su posición y por su matrimonio con la bella Alma, una atractiva mujer diecinueve años más joven que él que renunció a su carrera musical para someterse a la voluntad y criterio de un marido que consideraba que con un compositor en casa ya era suficiente. Para Gustav, lo importante era disponer de tiempo y tranquilidad para componer y Alma estaba dispuesta a crearle esa atmósfera. Era el cuarto verano de casados y apenas se veían durante el día. Gustav pasaba casi todo el día enfrascado en su trabajo. Además, su obsesión por no recibir visitas y poder terminar su sinfonía junto al esmero con el que Alma cuidaba de la casa y de las niñas, distanciaba a dos seres a los que, desde el principio, sus propias familias les vaticinaban un pobre futuro como pareja.

Alma no había ido a recoger a Gustav a Krumpendorf. Probablemente él olvidó avisarle de que llegaría esa tarde. A sus 44 años, en su mente rondaba la idea de crear una gran obra puramente instrumental y poco autobiográfica. Estaba dispuesto a entrar en el desconocido mundo de las tinieblas para mostrar al resto de los humanos que con su forma de orquestar y de crear armonías podría expresar el dolor y la duda que genera nuestra condición de seres mortales. Había incluso previsto incluir nuevos instrumentos como un tipo original de tuba, una mandolina y una guitarra, pero no encontraba la manera de lanzar su sinfonía hacia el futuro.

De repente, se levantó y vio que su bote había llegado. Se dirigió a la orilla y saludó con cierta antipatía al barquero. Volver a casa era una derrota. La obra estaba tal y como la tenía antes de partir hacia Italia y el tiempo de veraneo se agotaba. Sentado en el bote, contemplaba resignado como la impresionante naturaleza que lo rodeaba era incapaz de inspirarle.

En el momento que el barquero comenzó a remar con vigor, Gustav reaccionó sobresaltado. Podía sentir el ritmo con el que ese hombre impulsaba el bote y la fuerza con la que, ahora sí, rugía para él la naturaleza. Ya sabía como comenzar la sinfonía. Estaba deseoso de llegar a la otra orilla del lago. En su corazón palpitaba la marcha sombría que en modo menor inundaría el Allegro inicial de su séptima sinfonía.

continuará…

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El tridente del Romea

 

Si se realizara una encuesta sobre cuáles son los tres mejores compositores en la Historia de la Música es muy probable que la mayoría de nosotros coincidiésemos en que Mozart y Beethoven serían dos de ellos. Sin embargo, la cosa estaría más abierta a la hora de decidir qué músico completaría la terna.

Es muy posible que el arquitecto que planificó hace más de 150 años la fachada del Teatro Romea se planteara esta cuestión a la hora de decidir los tres compositores que encabezarían su parte superior.

He investigado sin mucho éxito el por qué de la elección de Franz Liszt (1811-1886) como acompañante de los genios de Salzburgo y Bonn para ocupar tan destacado y representativo lugar en la fachada de este importante edificio de la cultura regional.

La explicación más lógica es que se escogiese a Liszt por ser el músico de moda en ese momento, ya que él fue en vida un célebre y virtuoso pianista que inventó el recital de piano y escribió numerosas obras de una calidad artística muy reconocida. Además era un intérprete muy bien parecido que atesoraba una innata capacidad de atraer a las mujeres que asistían a sus conciertos. La fama de seductor de Liszt lo acompañó hasta su toma de las órdenes menores a los 54 años, tras prescindir de sus servicios un ministro de Carlos X que intuyó las intenciones del melenudo profesor de su hija.

Al margen de su ajetreada vida personal, hay que decir que Liszt era un pianista muy bien preparado que ensayaba doce horas al día, estudiaba las partituras con mucho detalle y revolucionó la técnica pianística, convirtiéndose en un excelente repentizador.

Otro invento de Franz Liszt fue la masterclass. A pesar de que ganó muchísimo dinero en su juventud como virtuoso del piano ofreciendo conciertos por toda Europa, nunca le cobró a un alumno por enseñarle y organizó muchos conciertos benéficos para recaudar fondos para la catedral de Colonia, la Universidad de Berlín, los hogares de niños huérfanos o las víctimas de las inundaciones del río Danubio, entre otros motivos.

Finalmente, destacaría el humanismo que rezumaba en el pianista austro-húngaro cuando dijo que: “Para la formación de un artista, el primer requisito es mejorar su humanidad” o esta otra ocasión en la que manifestó que: “Desperdiciar el tiempo es una de las peores faltas en el mundo. La vida es tan corta, cada momento es tan precioso; y mientras, vivimos como si la vida no tuviese un final”.

Por todo ello, desde estas líneas aplaudo la feliz elección del busto de Liszt en la fachada del Teatro Romea, ya que junto a Mozart y Beethoven constituyen un fenomenal tridente que podríamos denominar como “la MBL de la cultura musical”.

El desprendido pianista escribió en una carta dirigida a su hija Cosima: “En la vida, uno debe decidir entre conjugar el verbo tener o el verbo ser”.

Hoy día podemos decir que el verbo más adecuado para el famoso compositor es el “estar” en un lugar privilegiado del centro de Murcia.

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El tenor de la primavera

Hoy es un día triste para la música. La tormenta invernal nos ha arrebatado la voz de José Ferrero, el tenor español respetado internacionalmente y con una estela emergente que recorrió las más consagradas salas del mundo.

A José Ferrero lo conocí en mayo de 2010 durante los ensayos de La Flauta Mágica programada en el Auditorio Víctor Villegas de Murcia. Me pareció un tenor fantástico que con una potente y cálida voz dió vida a un Tamino noble, ilusionado y decidido, tal y como yo entiendo al personaje de esta genial ópera de Mozart.

Justo un año después, un amigo común me proponía que lo invitara a la Schubertiada de verano que desde hace años organizo junto a mi familia en casa y que ese año coincidía con el Día Europeo de la Música. Mi amigo Juan Rodríguez me confesaba que este destacado tenor albaceteño, había debutado en Düsseldorf en 1997 y que siempre había sentido curiosidad por participar en una Hausmusik de las que tanto le hablaban otros cantantes alemanes y que en España no eran nada frecuentes.

Como imaginarán, la sorpresa en casa fue mayúscula. Todo un tenor profesional quería venir a la Schubertiada como uno más de nuestros amigos músicos. Por supuesto, acepté la oferta inmediatamente al tiempo que rondaron por mi cabeza tres ideas muy inquietantes. La primera preocupación surgió porque alguien reparó en el riesgo que correría la cristalería de casa  al exponerse a una voz tan potente. El segundo quebradero de cabeza relacionado con lo anterior, era localizar un lugar adecuado provisto de piano para la Schubertida. Afortunadamente, la Sala Alta del Real Casino de Murcia no estaba reservada y la institución apoyó la celebración del Día Europeo de la Música como un acto cultural de interés social.

La tercera inquietud fue bastante más íntima y personal, ya que José Ferrero me pidió que lo acompañara al clarinete en uno de los tres Lieder que interpretaría. Yo, que objetivamente soy un modesto aficionado a la música, tenía que preparar la partitura para clarinete de El pastor en la roca de Schubert para tocarlo junto al Tamino que tanto me había impresionado un año antes.

Ese 21 de junio de 2011 tuve el honor de hacer música junto a José Ferrero. Desde entonces, hemos coincidido por distintos motivos y hemos bromeado sobre ese día inolvidable para mí. Ese mismo año, José fue premiado por la crítica como Cantante Revelación de la temporada del Liceu de Barcelona y por la Revista Opera Actual como Tenor del 2011 y ¡todo eso pasó casualmente poco después de nuestra actuación en la Sala Alta del Casino de Murcia!

A partir de hoy voy a echar mucho de menos a José Ferrero. Pero este buen recuerdo musical que comparto con familiares y amigos relacionado con esa entrañable Schubertiada, hace que todo lo vea con una perspectiva más positiva.

Entre todos los papeles que interpretó José Ferrero, Siegmund (primer acto de La valkiria de Richard Wagner) era uno de los más especiales para él. Por ello, como tributo a este fántástico musicólogo y cantante, les dejo con el vídeo de Winterstürme, en el nos convence de como la tormenta invernal cede ante la luna de la primavera, una primavera cuyas delicadas armas dominan el mundo.

 

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