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Carlos Escobar

Música inesperada

Transcripción salomónica

Cuando se decide comprar una colección de música clásica por entregas es muy probable que la primera de ellas sea a precio reducido y contenga las sinfonías números 40 y 41 de Mozart. La consecuencia inmediata de este tipo de formatos de reclamo es que todos tengamos en casa un valioso CD medio escondido de una serie que no llegamos a completar.

Resulta paradójico que la mejor música de uno de los grandes compositores de la historia permanezca tan oculta a nuestros oídos al tiempo que nos entristece la cancelación del programa de la OSRM de esta semana en el Auditorio de Murcia que incluía la última obra instrumental en gran formato de Mozart, la Sinfonía nº 41 en do mayor, Júpiter, KV 551.

Dos de los músicos que mejor conocen esta partitura son Antonio Clares, profesor de viola del Conservatorio Profesional de Murcia y violista de la Orquesta del Siglo XVIII y Silvia Márquez, catedrática de clave del Departamento de Música Antigua del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. En el año 2006 hicieron el arreglo de la Júpiter para formación de cámara y la interpreatron con La Tempestad, de la que son miembros fundadores y alma mater del grupo. El resultado fue un excelente album de música clásica titulado Mozart Infrecuente y que se grabó en el Monasterio de los Jerónimos de Murcia en agosto de 2011.

La última de las sinfonías vienesas del compositor de Salzburgo es una de las  grandes composiciones escritas hasta hoy. Para nuestros invitados lo más relevante es “el contraste entre los motivos poderosos o de afirmación con los de más sensibilidad” según Antonio y “la grandiosidad exultante de principio a fin construida sobre elementos sencillos como una sucesión de cuatro notas o una escala descendente” afirma Silvia. Para ellos, el brillo trasciende más allá de cualquier forma y la tensión se mantiene en todo momento como si de una ópera se tratase: “podemos imaginar los elementos de una ópera, diálogos de personajes, ejércitos, escenarios, amor, inocencia y tragedia, entre otros”. 

Hay que remontarse al verano de 1788 para imaginar a Mozart componiendo con agilidad sus sinfonías nº 39, 40 y 41 lo que todavía sigue siendo un misterio. A Antonio le fascina como tres obras de tal magnitud constituyan una unidad: “De hecho se interpretan en muchas ocasiones en concierto las tres juntas”.  Silvia cree, que más allá de la genialidad y la imaginación del maestro, “Mozart tenía el oficio de la composición tremendamente asimilado a partir de la armonía, desde el teclado. Probablemente partió de una estructura armónica muy clara y muy bien definida”.

Solo un genio puede concebir mentalmente una obra y plasmarla en la partitura con toda su estructura y contenido en tan poco tiempo – añade Clares – que nos recuerda que los manuscritos de Mozart apenas tienen correcciones, lo que refleja la fluidez existente entre su mente y la pluma sobre el papel. 

Hemos hablado de la alternancia que hay en la Júpiter de temas llenos de esperanza y luz frente a los que denotan cierta angustia. Silvia opina que este conflicto lo resuleve el maestro “con el juego de silencios y las fermatas. Mozart utiliza los silencios como puntos de reposo y cambio de dirección. Si ha llegado a un punto tras una frase de luz, el silencio significa que viene la tormenta. Si tras ella alcanzamos otro punto de reposo, aparece un nuevo tema brillante que nos hace reconciliarnos. Creo que su intención es no dejar al oyente acomodarse en un ≪afecto≫, como en la vida misma”. 

Nos adentramos en algunos momentos sublimes de la composición. Uno de ellos es el segundo movimiento, un Andante cantabile lleno de lirismo. Para Silvia Márquez “es magistral la variedad y el juego rítmico del acompañamiento de las cuerdas, bien con semicorcheas, con tresillos sincopados o con alternancia de melismas de fusas. El resultado es un andante sin respiro, que mantiene al oyente en vilo hasta el final”. 

Me encantaría seguir hablando con Silvia y Antonio sobre la sublime coda con la que termina este segundo movimiento, pero tenemos que irnos al Molto allegro con el que finaliza la Júpiter (ver vídeo adjunto), un movimiento que Clares etiqueta como de arquitectónico y lleno de energía aunque para él es también “intelectual y complejo sobre todo en la fuga final a ocho voces de la coda. No es un movimiento de simple fiesta, sino una fiesta interesante donde la repetición del motivo inicial, el contrapunto, las inversiones de ese motivo y sus contrarios, son un auténtico reto para un oyente que desea comprender todo lo que Mozart le cuenta”. 

Para Silvia, el cuarto movimiento “es sencillamente magistral. Me parece un hito en la historia de la música. Comienza con un tema de cuatro compases a modo de ≪cantus firmus≫ en el que un motor de corcheas tímidamente sugerido es el presagio de 423 compases de un ritmo frenético”. Precisamente, esta parte del movimiento es, para la clavecinista y directora de La Tempestad, “un momento de exuberancia absoluta donde convergen de forma increíble el control del contrapunto –la dimensión horizontal barroca– con la armonía –la dimensión vertical clásica–“. Coincide con Antonio en que la coda es absolutamente apoteósica: “¡cinco temas en stretto al mismo tiempo y dispuestos en ocho voces que resultan todas ellas imprescindible!”.

Los músicos de La Tempestad ya tenían la experiencia de interpretar música sinfónica transcrita para formación de cámara siguiendo los arreglos de las Sinfonías de Londres de Haydn realizados por Johan Peter Salomon. Cuando llegó el momento de transcribir el Molto allegro de la Júpiter para los siete músicos de La Tempestad, Antonio y Silvia encontraron un escollo felizmente salvable: “Mozart aquí no nos permitía prescindir de alguna pequeña parte en el acompañamiento, porque los temas pasan de una voz a otra y era una especie de crimen dejar fuera del arreglo cualquier motivo o grupo de notas. Lo solucionamos utilizando la mano derecha del fortepiano como un instrumento independiente de los otros siete. De todos los arreglos que hemos tocado es la única vez que ha sido necesario recurrir a este método”. 

Para el futuro, Silvia y Antonio tienen que ponerse de acuerdo. Ante la cuestión sobre la siguiente sinfonía que les gustaría preparar para pequeño formato hay discrepancias, esperemos que solucionables: “A mí personalmente, me gustaría hincarle el diente a la Sinfonía en sol menor KV 550, de la que hay arreglos de la época que están muy bien y a los que podríamos darle nuestro toque” – afirma Antonio -. Sin embargo, Silvia tiene más presente que estamos en año Beethoven y está trabajando en el arreglo para violín y piano que hizo Hans Sitt de la Cuarta Sinfonía del compositor alemán: “Partimos de un material que es oro puro”. 

Antonio y Silvia, Silvia y Antonio, son dos de los mejores músicos afincados en nuestra región, con un impulso creativo y docente reflejado en multitud de conciertos y proyectos que se han visto paralizados por la pandemia que nos asola. Esta imparable pareja cree que “hay que aprovechar estos momentos, ordenar el pasado, reflexionar, organizar materiales y planificar el futuro. Esperemos que todo esto pase cuanto antes para lanzar nuevas ideas. Quizás nuestro futuro no se trazará sobre el mismo paradigma que veníamos utilizando, pero lo cierto es que el directo no tiene sustituto. Entre todos, encontraremos las formas de lograrlo, estamos seguros”. 

Y nosotros también, queridos amigos.

 

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por Carlos Escobar

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