La Verdad

img
Carta a los lobos de ‘La Manada’: si queréis ser hombres, primero sed personas
img
Andrea Tovar | 27-11-2017 | 09:53

Vía Tumblr (fuente: shithowdy)

Vía Tumblr (fuente: shithowdy)

No os conozco. Lo único que sé de vosotros es lo que las noticias de vuestros procedimientos judiciales desvelan: un conjunto de hechos probados y vuestros comentarios al respecto, a través de un grupo de Whatsapp. No me cargo la presunción de inocencia, ni yo ni nadie que opine sobre lo que ya se sabe. No hay que esperar a la sentencia de un juez para escamarse con la brutalidad de vuestro modus operandi.

Sé que, antes de protagonizar los incidentes de los Sanfermines, metisteis en un coche a una chica inconsciente. Que grabasteis un vídeo manoseándole el pecho y que os mofasteis de ello en ese chat que recibe de título ‘La Manada’. Sé que tan culpables de aquello sois vosotros como los amigos que os animan a actuar así desde sus respectivos teléfonos móviles. Sé que, aunque tenéis rostro humano, os consideráis lobos. Y eso sois, lobos. Vosotros y todos aquellos que os disculpan o que desvictimizan a quien recibe esas conductas animales.

Sé que también entrasteis en un portal con una chica de dieciocho años y que la penetrasteis. Cinco hombres adultos, cinco penes invadieron la intimidad de aquella chica que ahora está siendo objeto de análisis exhaustivo en aras de determinar si hubo o no consentimiento. Vosotros decís que sí, que en su silencio había aprobación -en el vídeo que le grabasteis, se oye que le decís «no chilles, no chilles»-. Que su lloro, al abandonar el portal por fin y encontrarse con un policía, fue una patraña. Que su posterior denuncia es falsa. Que ella quería lo que sucedió. Lo ansiaba. Que aquello formaba parte de su propio deseo. Una orgía donde participara ella sola, frente a todos vosotros, que podíais fácilmente doblegarla por la fuerza, a ella y a su voluntad. El hecho de que uno de vosotros le robara el móvil no es muy indicativo de una sintonía especial entre iguales.

Los jueces han admitido como prueba una foto que ella subió a Instagram de un maniquí con una camiseta que rezaba «Hagas lo que hagas, quítate las bragas». La frase es de una participante del reality show Acapulco Shore y más tarde, Super Shore. Quien la dice es una chica mexicana, Karime, que vive una sexualidad abierta y sin tapujos, bisexual y libre. A vosotros os parecerá que eso es muy representativo del consentimiento de la chica. Que esa niña de dieciocho años desea ir sin bragas por la vida, con quien sea, cuando sea. Con todos vosotros, si se tercia. Eso mismo se han debido plantear los jueces para aceptar como prueba la foto en cuestión.

Pensaréis que el hecho de que la chica salga a tomar cerveza o vaya de viaje con sus amigos significa que no la habéis traumatizado lo suficiente. Eso concluiría también la agencia de detectives a la que contratasteis para evidenciar su perfecto estado. Pensaréis que una chica, después de lo que según ella sucedió en ese portal, debería encerrarse en casa y sufrir de por vida el estigma a que le habéis sentenciado. Vosotros sois los jueces. Los lobos. Esa chica no merece los rayos de sol ni las risas. No debe hacer nada para estar mejor. Ni denunciar, ni contarlo, ni tratar de mirar hacia delante.

Estaréis blasfemando contra ella. No caeréis en la cuenta de que cómo viva cada una su sexualidad es una decisión propia e intransferible, y en ningún caso puede ser juzgada por nadie, porque ella deberá ir conociéndola conforme crezca. Ese es un derecho inalienable de todo individuo. También de las mujeres. Esa chica tiene derecho a practicar sexo o no hacerlo, con quien le dé la gana y cuando le dé la gana. Lo único que hace falta es su consentimiento expreso, mostrado a través de un deseo sexual claro. Es el único requisito. No se os pasará por la cabeza que, de haber gozado hasta entonces de la bendición de una sexualidad libre, como Karime o como cualquier otra mujer emancipada de los convencionalismos, es casi un hecho que le habéis despojado de ello.

Ojalá no.

Para vosotros, lobos del mundo, existen dos tipos de mujeres: las santas y las putas. Están vuestras madres, hermanas y amigas –si tenéis de eso último-, que son intocables, que no albergan deseo sexual, que muestran recato y fidelidad hacia un mismo hombre, o castidad total. Creeréis que las primeras son puras y beatas, no como las segundas, que son poco menos que animales, aunque vosotros mismos os concedáis tal título: sois lobos. Lobos frente a corderitos indefensos, a alimañas que no merecen respeto ni consideración. Os colocáis delante de una mujer, aprovecháis su embriaguez, la subís a un coche o la invitáis a un portal, y entonces invadís su cuerpo sin pudor, jactándoos, azuzándoos entre vosotros.

Sois muy hombres por hacerlo así. Sois muy lobos.

Las segundas, las putas, no merecen que les preguntéis si quieren intimar, ni que os percatéis de si les está gustando o ha dejado de apetecerles, si en algún momento quisieron empezar lo que vosotros forzasteis, unidos ante la presa, fuertes, tan hombres.

Qué hombres sois. Qué masculinos.

Si pensáis en vuestras madres, hermanas o amigas, en su caso, y las imagináis sometidas a las indecencias, a los improperios, a las desfachateces, a las perrerías, con que envolvéis vosotros a las putas, ¿qué sentís? Más allá de vuestra testosterona, si hay algo, apelad a ello: ¿cómo reaccionaríais si otros hombres, con otros rostros y otros nombres distintos a los vuestros, pero con la misma intención y fuerza, hicieran eso que vosotros hacéis a las mujeres que para vosotros son santas y merecen devoción y cariño?

¿No se os ha ocurrido pensar que no existen tales categorías? Que el mundo no se divide en dos, y las mujeres tampoco. Que ningún cuerpo es distinto a otro, ni ningún corazón. No hay santas ni hay putas. Hay mujeres. Mujeres completas, que son mucho más que un trozo de carne, que un conjunto de órganos y genitales, con un alma y unos sueños, con tantos otros seres amados, con un pasado y un presente que destrozáis, un futuro que marcáis con el hierro candente de vuestra ansia y dominación.

Si una mujer dice sí, no quiere decir sí a todo. Puede decir sí a montar en un vehículo o a entrar en un portal. Si una mujer dice sí a esas cosas, no es más que porque sigue creyendo en eso que vosotros aniquiláis: la confianza en el ser humano, y eso incluye a los hombres, tal y como deberían ser. Una mujer puede decir sí y, al ver en qué consiste aquello, decir no.

Si la violencia es tal de hacerla entrar en estado de shock, la mujer puede no decir nada. Su silencio no equivale a un sí. La incapacidad de defenderse, en esos casos extremos, no es aprobación, y mucho menos, deseo y reciprocidad. Es un estado psicológico que quizá no habéis experimentado porque jamás habéis topado con alguien capaz de hacer trizas vuestro cuerpo, vuestra mente y vuestra alma, si aún la tenéis.

Yo estoy convencida de que en algún momento la tendríais. El alma. Que no siempre fuisteis lobos, porque nacisteis puros del útero de una madre. Una mujer os abrió las puertas del mundo, y se os ha olvidado el respeto sagrado que deberíais tener a ambas cosas: a los úteros y a las propias madres. A todas las mujeres. Debió acumularse algo en vuestro interior, durante muchos años, algo que hiciera que os convirtierais en lobos y dejarais de ser hombres.

Sin embargo, me permito recordaros una cosa muy sencilla. A vosotros y a todos aquellos que, sin llegar tan lejos, han acosado a una mujer, han abusado de ella, se han vanagloriado de sus conquistas, las han insultado. A todos aquellos que dividís el mundo entre putas y santas y actuáis en consecuencia, sin más miramientos que la visión de vuestro pene enfebrecido, tengo una cosa que recordaros.

Si queréis ser hombres, primero tenéis que aprender a ser personas.

Sobre el autor Andrea Tovar
De momento, veinticinco primaveras o un cuarto de siglo, según se mire. Me resulta complicado pitar cuando conduzco, así que vuelco esa ira sobrante aquí. Sin embargo, me gustan más cosas de las que me disgustan: me gusta gesticular cuando hablo, la gente que se sienta en el suelo y los helados de Stracciatella, por ejemplo. El pelo me cambia de color según los posts que escribo. Puedes leer mis relatos en la web de la revista literaria RSC (Relatos Sin Contrato). Para más info de lo que hago, sígueme en Instagram: @atovv

Etiquetas

Otros Blogs de Autor