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Pilares que se derrumban

Vía Tumblr (posted by @f–o–r–e–v–e–r)

Repartimos el peso de la vida en pilares. Un gato, el gimnasio, la abuela, el trabajo como repartidor de pizzas. Cualquier cosa. Tantos pilares como sea necesario. Cada pilar te ancla al suelo y te da una base firme para crecer hacia el cielo. Sujeta tu espacio y lo acota. Son los perímetros de la zona de confort, si eso existe. El problema viene cuando hay pocos pilares, o solo uno. Si flaquea, se te cae la casa encima.

Si puedo darte un consejo es este: enamórate de ti mismo y ten tantos pilares como puedas. No los menosprecies ni construyas al tuntún. No radiques parte de tu ser en lugares erróneos. No te equivoques. Es cuestión de vida o muerte. De vida plena o muerte por aplastamiento.

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Yo no soy como tú

Imagen de la serie Por trece razones (Netflix), sobre el suicidio de Hannah Baker

Hace poco acabé de ver Por trece razones (Netflix), una serie muy en boga que retrata los motivos por los que Hannah Baker, una sana y lozana adolescente, decide finalmente suicidarse tras una campaña de acoso y derribo centrada en rumores sobre su promiscuidad, principalmente. Aquí no hay alerta spoiler por dos motivos: 1) la serie es ya de dominio público, 2) el primer fotograma de la serie es este, su taquilla llena de flores tras su muerte.

Por primera vez, o quizá no por primera pero sí la más directa, se pone en la palestra el potencial dañino de los rumores y la presión sobre las chicas cuando empiezan a desarrollarse. A esas edades, hay que llevar mucho cuidado con lo que se hace y dice, o rápidamente te tachan de guarra y derivados. Y en este caso, Hannah era más bien santurrona, pero ¿qué pasaría si no lo fuera?

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Haz lo que te dé la gana

Me encanta cantar. Lo adoro. En el coche aprovecho para trabajar con célebres grupos en las segundas voces de sus canciones. Ellos no lo saben, pero conmigo descubrirían una nueva manera de interpretarlas. A veces me imagino en un escenario tocando el banjo -aunque no sé hacerlo- con Mumford and Sons, entonando keep the earth below my feet. Nota: no es que sea mi grupo favorito, es que me compré Babel en Fnac de oferta y lo dejé puesto para siempre. Y aquel año pasaba un par de horas diarias al volante.

El único problema es que canto de pena. En serio. Una muestra de amor sincero es que alguien me soporte mientras canto. Que no coja una navaja suiza y me la clave en las cuerdas vocales.

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La historia académica y laboral de Pepito (Grillo)

Ilustración de Adrián Peñalver (Instagram: @egolastres)

En la entrevista que salió publicada en la versión impresa de La Verdad la pasada semana me hacían una pregunta: ¿qué post le gustaría escribir? Y yo contesté que uno sobre la mejora de las condiciones laborales a los jóvenes de hoy en día, por aquello de la explotación a la que nos vienen sometiendo. Así que coincidiendo con el Día del Trabajo me he dicho: ¿por qué no? ¿Por qué no escribir ese artículo?

¿Solo porque no tenga absolutamente nada que ver con la realidad?

Bueno, y qué. Usemos la imaginación.

Esto va a ser parecido a las soluciones de los crucigramas, que están escritas del revés. Para entender el sentido del texto habrá que darle la vuelta por completo.

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La manzana eco de Eva

Hace unas semanas me planté con cara de póker delante de un cuadro. No entiendo mucho de arte, así que en los museos me dedico a pulular hasta que algo me llama la atención, y éste lo hizo. Era Adán y Eva, de Jacob Jordaens. Al leer la descripción saqué el móvil de inmediato para hacerle una foto y que no se me olvidara, cuando un guardia del Thyssen me chistó y tuve que hacerlo: saqué la libreta que llevo siempre en el bolso para hacerme la guay. Anoté algunas cosas en caligrafía casi ilegible, como una criminal. Eva sentada: “no toda la culpa fue suya”.

Al parecer, el tal Jordaens estaba harto de que se representara a Eva de pie en la tradición pictórica para reflejar su posición activa en la comisión del pecado original. Por eso, la dibujó sentada.

¿Y Adán? También sentado. O sea, que la culpa fue un poco de los dos. Y ya está.

En nombre de las mujeres de todos los tiempos, gracias, Jordaens, por rebajarnos la condena.

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El tiempo no cura, sólo anestesia

El tiempo no cura, sólo anestesia.

– Doctor, doctor, ¿qué me receta para curar este mal?
– Tiempo, querido paciente. Tiempo.

Un médico titulado, uno de verdad, con su licenciatura y su MIR y todo lo demás, jamás pronunciaría esta frase. En lugar de tiempo, recetaría algunos analgésicos, ansiolíticos, antibióticos, antihistamínicos o lo que fuera. Algo que empezara por a- o por anti-. Algo que calmara las emociones lo suficiente para sedarnos transitoriamente hasta que el mágico Señor Tiempo empezara a realizar sus funciones. Hasta que el potente Cuerpo se acostumbrara al dolor y fabricara los tejidos necesarios para combatir el mal.

En esa frase radica el mayor peligro de nuestro saber popular: el tiempo todo lo cura. Los que creen firmemente en ella se aferran a un factor externo a nosotros mismos, una unidad de medida que nos aleja del problema. Es frustrante darse cuenta de que la gente encara los problemas atendiendo sólo a estas dos medicinas: el tiempo y el espacio. No son nada de por sí, nada más que las dimensiones en que viajamos.

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Sobre el autor Andrea Tovar
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