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Categoría: amigos
Flores del más allá

calderon

 

 

Hace cinco años murió mi amigo Juan Carlos Calderón. Quienes le amamos tenemos presente esta fecha, como la de su cumpleaños. De una forma natural, agradecidos de haber compartido tanto.

En estos días a todos nos llegó alguna flor del más allá. Pero es que nunca se va. Una canción suya suena cada minuto en alguna emisora del mundo. O en la música de algún spot, esos anuncios que patrocinan tu programa y serie favoritos. ¿Casualidad?

Calderon, Cacalos llamado así por sus seres queridos, por mí, tuvo —tristemente— una conciencia muy precoz de la muerte. De la suya, de la su hijo Juanín incluso. La premonición llegó en forma de letra. Esa canción se llamaba El pequeño Chopin. Quién sabe si por su genio creador o por una manía terrible pensaba obsesivamente en ella.

Como por arte de magia, ayer asistí a un concierto en el que el magnífico violinista belga Wibert Aerts interpretaba, precisamente, el Concerto fúnebre (Hartmann). Otra flor, me dije. En esas sincronías me encuentro siempre a Calderón. En vida podía llegar a ser muy pesado y gruñón… y le adorábamos por ello. Por su encantadora insistencia, por ese afán de sentirse imprescindible y hacerte sentir imprescindible;  una vez traspasado el plano de los mortales aparece cuando  tiene que estar. Ni antes, ni después. Como la estrella que era, que sigue siendo.

Casi por arte de magia,  esta semana unos auriculares nuevos se rompieron y me obligaron a escuchar los arreglos puros de Mediterráneo. En las grabaciones antiguas, el karaoke funciona así: Serrat muy lejos, los arreglos, muy contundentes. Confieso que se me saltaron las lágrimas. Les invito a que prueben el ejercicio. Callen a Serrat. Como dirían los americanos: Fucking great!

En las grabaciones antiguas todo era orgánico y nada digital. En ese soundtrack suena un ruido extraño. Es como un crujido, como la aguja del tocadiscos que raspa impertinente el vinilo. A saber qué cosa sería: ¿Un papel arrugado? ¿La grabación de un lápiz sobre el papel de partitura?. Me vinieron a la mente las gamberradas de Cacalos. En el primer disco de Luis Eduardo Aute  “Diálogos de Rodrigo y Ximena” (1968) se grabaron los latidos del corazón y por ahí andan, entre guitarras eléctricas y melotrones. Estas cosas me las contaba porque me consideraba una arqueóloga musical, dado que me interesé por una “antigualla”como él.

Ese ruido extraño era otra flor, otro guiño póstumo de aquel que siempre fue un mago con la música y sus maravillosas letras. Él hizo magia de sí mismo, de su vida, de sus relaciones con los demás. Todo lo que tocaba se convertía en oro, le recriminaban chistosamente: “Nada de rey Midas del Pop, que trabajo como un cabrón”.  Él era un mago y creaba su destino. Nunca se rendía.

A eso me enseñó Calderón. A valorarme y no rendirme. A casarme con mis sueños. A ser fiel a mi misma por encima de todo.  A ser adolescente eterna, y abandonar la eterna responsabilidad de ser la hermana mayor. Me enseñó el valor de la familia, de los amigos, de los amores que nos brinda Dios. A sentirme segura. Los que le importamos algo siempre lo supimos. Nos quería y lo demostraba. Calderón era capaz de ver lo mejor de los demás, tu tesoro escondido a los ojos del mundo, pero nunca a los suyos. Su magia era tener la conciencia exacta de la grandeza que reside en el fondo de los corazones

En los días importantes, su energía siempre está ahí y nos revela tesoros escondidos en la pista secreta de sus canciones.

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Ese milagro llamado amor

 

 

 

 

Hablemos de amor.

Ni de sexo, ni de muñecas hinchables con inteligencia artificial. Ni de vibradores con blue tooth que rastrean al usuario y que, atención, se ponen en marcha solos sin tu consentimiento. Tampoco entremos en si esta intromisión en tus genitales es acoso. Dejemos a un lado si el sexo no consentido entre una pareja consolidada es violación o no (que sí, que lo es).

No. Hoy no toca.

Amor: eso que el corazón ansía dolorosamente”, explica Coetzee. Hay una línea muy delgada que separa la atracción del amor, la amistad del amor, la hermandad del amor, la paternidad-maternidad del amor, el miedo a la soledad del amor, la ansiedad del amor, la adicción del amor, la complacencia y autocomplacencia del amor, la lástima del amor, la vanidad del amor, el narcisismo del amor. ¿Y quién es el guapo que traza la frontera? ¿Quién se atrevería a poner etiquetas y nombres a los sentimientos? Nadie en su sano juicio pero, ay de los osados. Los que juzgan y etiquetan. Los que tienen esa certeza inmensa y envidiable. Los que eliminaron la palabra duda de su diccionario. Tienen suerte, sí. Si se conforman con confundirlo todo y alimentarse de todo y nada a  la vez.

Esa línea frágil, camaleónica; esa línea sutil y terrible que nos diferencia entre ir bien vestidos o disfrazados (Anne Wintour). Entre hacer el ridículo o sucumbir al éxtasis de saberse amado y de amar. Todo al mismo tiempo. Ese extraño milagro que en ocasiones sucede.

El amor carece de líneas, de mapas, de manual de instrucciones y nadie puede erigirse en maestro. Las respuestas acerca de tan arcano concepto las iremos hallando poco a poco, si somos hábiles, si nos alcanza la vista para encontrar las migas de pan que el destino nos arroja.

Hoy nadie habla de amor. Las relaciones nacen capadas. Como algunos móviles que sólo reciben llamadas pero que te impiden realizarlas.

Salimos con gente pero sin compromiso. Salimos pero sólo risas (buenas son). Salimos pero no salimos de nosotros mismos. Nos quedamos en nuestra burbuja confortable ¿Para qué esforzarse en escapar de uno y encontrar al otro? Es una aventura que también requiere cierta dosis de osadía. Sobre todo si se derrumbó sobre ti algún diluvio que otro y te dejó empapado, aterido de frío, muerto de tristeza, bajo la lluvia.

Explica Erich Fromm: «En el acto de amar, de entregarse, en el acto de penetrar en la otra persona, me encuentro a mí mismo, me descubro, nos descubro a ambos, descubro al hombre.» No puedo estar más de acuerdo pero ¿Cuántas veces encontramos un partenaire en esa misma sintonía? La precariedad también campa a sus anchas en el mundo afectivo. La incertidumbre se recrea en las relaciones humanas de todo tipo donde nada es para siempre y donde la desconfianza, el temor y miedo al rechazo son las protagonistas de este baile del desastre.

El otro debería ser entusiasmo, ilusión, alegría, futuro, renovación. Y el uno con el otro todo un alegato contra la desidia y el pesimismo. ¿Cómo salir de este círculo?

Quizá comenzando a hablar sin tapujos del amor. El amor con mayúsculas. Nuestra máxima aspiración. Abandonar los miedos y lanzarse a la aventura de otra galaxia distinta de la tuya. Escribir la palabra amor sin vergüenza y apostar por las relaciones humanas —que pueden fracasar incluso—por encima de nuestra confortable pero aburrida superficie de humanos vacíos que, a fuerza de olvidarse del amor y de amar, terminan por convertirse en piedra y consiguen que el corazón sea un músculo tumefacto, putrefacto y triste.

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Compañeros de piso

 

 

 

Decían Masters and Johnson que un matrimonio sin sexo es poco matrimonio. Esta afirmación que parece de cajón no es compartida por un gran número de personas. Cuando digo esta frase en algún foro de chat o grupo de whatsapp levanto ampollas. Literalmente.

Detesto estos memes cursis que proclaman que el amor en pareja es compartir, cuidar y apoyar y no son besos, sexo o pasión. Los detesto porque son falsos. Si usted está en una pareja moribunda o cadáver desde hace 15 años, tales afirmaciones le convienen para mantenerse en su zona de confort. Desean pensar que con perpetrar un polvo marital protocolario cada 6 meses, o tres semanas como mucho, es suficiente para mantener a salvo la relación. Es posible. Pero ¿De qué forma?

Cada pareja es un mundo, justifican. Cierto es, puntualizaría Yoda. Pero yo que tengo menos arrugas, y alguna que otra experiencia vital, pese a todo, les digo: las parejas que tornan su actividad en compañerismo estudiantil derivarán peligrosamente por una senda de escapismo. Porque el vacío es insalvable y enfrentarlo muy incómodo.  Estamos bien, proclamará su monólogo interior. Estamos bien pero cada uno, poco a poco, casi sin notarlo comenzará por vivir un destino, unas fantasías y unos deseos no compartidos. Poco a poco, el muro se engrosa, vamos que se hace gordo de narices. Poco a poco, las palabras más escasas.

Y del silencio a la mentira hay un paso.

La pareja real debe compartir sus miserias, sus mentiras, sus miedos, sus fracasos, sus ensoñaciones con otros lechos, o sus realidades manifiestas con otras personas. Y ese es un primer paso para que esos dos —que se ven quizá únicamente a la hora de la cena— puedan retomar aquello que les unió hace diez, quince o veinte años atrás.

Pero vamos al sexo que es lo que molesta sobremanera. ¿Qué pasa con las parejas de ancianos que permanecen juntas? Me preguntan. No pasa nada. Aunque a usted le desagrade la visión de dos cuerpos desgastados, plagados de huellas del tiempo, aunque a usted le escandalice, la gente mayor practica sexo. De acuerdo, no se enredarán en intricadas posturas del Kamasutra pero sus ratos de regocijo —como explicaba una mujer muy sabia y cercana— los tienen.

¿Qué pasa con los parapléjicos o mal llamados discapacitados?

—¿Qué pasa?— Les pregunto yo.

No pasa nada, que también practican sexo cuando pueden y encuentran al partenaire adecuado. Igual y igual que homos y heteros de toda clase y condición.

El gran error es creer que todo el sexo es coito. El sexo tiene mil caras. Las palabras lo son, las sensaciones, los juegos de la piel. De hecho, las terapias de Masters and Johnson para prevenir la eyaculación precoz y la falta de erección proponen erradicar el coito durante un tiempo. Prohibición expresa para aliviar la presión, la ansiedad y la angustia de si llegaré, si me mantendré, sin conseguiré una relación sexual completa y normal. Esos pensamientos también son erróneos. Nada es normal. Normal es un programa de la lavadora.

La relación completa sexual no se define en ningún lugar, cada uno la construye con sus herramientas, opciones, decisiones y elecciones.

Pero no se engañen. Cuidar y acompañarse es muy saludable, nadie lo niega, pero eso no es el amor de pareja. Como practicar el coito esporádicamente con una misma persona tampoco convierte el evento en una relación de pareja.

Entiendo que en este mundo de prisas y sobresaltos cueste tanto encontrar el equilibrio pero mentirse a uno mismo y mentir a los demás no es justo para nadie.

Ustedes mismos. El tiempo pasa. Y no perdona.

Foto de  Katharina Shumskaya

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Muera el amor

 

 

 

¿Os acordáis de la famosa canción de Rocío Jurado? Parece que alguien me la ha metido en vena por vía subliminal. De un tiempo a esta parte todos los tíos me parecen sosos, aburridos, feos o muy feos. Llega la hora de la cita y comienzan los bostezos, la pereza monumental, las pocas ganas de arreglarse para nadie. Total ¿Para qué?

El amor que nos venden en el cine, ese donde los dos llegan juntos al orgasmo, se da unas pocas veces. No digo que no exista. Incluso yo he vivido en carne propia eso de conseguir ese goce brutal del uno con el otro al unísono. Una temporada me dio por bautizarlo como “follación sincronizada”. Pero ya está. Se acabó. Porque después de todo eso lo que viene siempre son sinsabores, decepciones, promesas rotas o relaciones que se mantienen por un interés crematístico.

Como dice una compañera del máster es que los orgasmos tienen mucho tirón. A las mujeres nos dan un orgasmo y nos ponemos el mundo por montera. Y qué verdad es ¿Pero qué pasa con los hombres? Pues que en general sois unos mataos. Y el orgasmo os gusta, pero la comodidad os fascina. Algunos raros son capaces de romper su rutina por un amor verdadero pero si falla, pues ponen fin a la vida amorosa. El otro día conocí a un príncipe encantador que me confesó ser un Don Juan. Hay que llegar a unos elevados niveles de desencanto para auto colocarse esa etiqueta.

Me he tropezado con un video que os recomiendo. Apenas dura tres minutos y se titula “True romance”. Y sentí envidia de mi misma algún tiempo atrás. Los protagonistas se besan en todos los sitios inimaginables: en medio de una manifestación, entre cables, por supuesto en el coche, en las estanterías de un supermercado, en la cornisa de un edificio. Son besos reales: con mucha lengua, con saliva, con barbas, con sudor. Ese es el amor explícito, salvaje y maravilloso que cualquiera añora, no la comedia barata de Hollywood que ya nadie se cree.

Cuando uno ha vivido ese amor y sale mal resulta que le pasa como al príncipe encantador, como a mi. Que ya nos hemos blindado. Que simulamos divertirnos pero en el fondo nos sabemos de memoria el guión de esa película. De hecho, la hemos protagonizado varias veces . ¿Quién es el valiente que se atreve ahora a ir a pecho descubierto con un corazón palpitante al aire?

Un video como el de “True romance “puede motivar. Quizá exista alguna terapia de cincel, pico y pala para desbloquear esa coraza. Miraré algún tutorial de Youtube que uno encuentra de todo.

Es posible que encuentre el valor necesario para desterrar toda mi educación judeo cristiana y me convierta en ágama. Los ágamos rechazan el amor, se rigen por la razón como máxima autoridad decisoria, reintegran las relaciones al ámbito de la ética. Su prédica también incluye el rechazo al concepto de género y al concepto natural de belleza (para ellos es un concepto construible). La agamia sustituye la sexualidad por erotismo, los celos por indignación (que me da la risa) y la familia por agrupación libre

No sé si, con tantos pájaros cinematográficos y musicales en mi cabeza, podré desprogramar todo el romanticismo que me han inculcado y que tanto me gusta y me inspira.

Queridos lectores del punto G: Ante los desengaños y sinsabores ¿Serían capaces de elegir algo como la agamia? ¿Serían capaces de vivir a base de folla amigos?

Ojalá pudiera, de verdad. Mi vida sería más fácil. Pero, como cantaban los Panchos, lo dudo.

Rocío Jurado tiene la culpa.

 

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Ese no es el gallo

Esta semana me contaron una bonita historia con final feliz. Él casado, ella casada pero no entre ambos. Se conocen, se enamoran. Ambos tienen dos hijos de sus respectivos matrimonios. Inician una relación. La relación prospera en la clandestinidad un tiempo pero se percatan de lo importante que es su amor. Hace más de 30 años decidieron romper su estabilidad familiar e iniciar un camino juntos. Hoy, después de 30 años, permanecen juntos.

Los comienzos fueron duros, sobre todo en la España de hace tres décadas y, en muchas ocasiones, en el hogar que compartían se juntaban los vástagos de él y de ella en plan “míos, nuestros, vuestros”.

Esta historia contada al calor de un vino, con la serenidad de los años transcurridos, me hizo sentir quizá un poco de envidia porque hacer algo así  hoy es casi inconcebible. El amor de ahora no mueve montañas. Es un amor conformista, lineal, cómodo. Casi comida de rancho.

Hay muchas historias alrededor nuestro pero apenas encontramos este tipo de relación heroica, hermosa, valiente. Nos quejamos de la proverbial cobardía masculina. Detestamos generalizar pero sólo hay que observar el panorama: cada día hay más mujeres solas que, hartas de esperar un tipo de relación algo más comprometida e involucrada, dicen adiós, e incluso renuncian para siempre a la posibilidad de una pareja.

Mi amiga Patricia Díaz tiene un dicho cuando el hombre falla: ese no es el gallo. Pero ni gallo, ni polluelo ni calimero. De un tiempo a esta parte no escucho ni una historia con final feliz y, me vais a perdonar, pero soy una romántica. Me gusta que el amor triunfe, que sea más fuerte la convicción de que hay que comerse la vida a “bocaos”, como dice Rosa Montero, que el terror al cambio.

En estos momentos, tirar sólo hacia adelante cuesta más que quizá hace 10 años. La vida está muy cara, el trabajo es escaso y los sueldos no crecen al ritmo de los salarios y eso, no nos engañemos, mantiene unidas a muchas parejas.

Pues les digo una cosa: no se está nada mal sólo. Incluso se está mejor.

En esta semana plagada de eventos literarios, me quedo con algunas historias contadas al calor de una copa de vino, con la frase“Ni pena ni miedo”, del poeta chileno Raúl Zurita, que fue excavada en la zona desértica de Antofagasta y que mide medio kilómetro de ancho y tres kilómetros de largo. Rosa se ha tatuado esta palabra justo debajo de su nunca. También hay pájaros de tinta preciosos que surcan sus brazos, para recordarle su propia fuerza y resurgimiento tras una tremenda operación de espalda.

Castigar el cuerpo porque él te castiga, dice. Ordenarle: aquí mando yo.

Me quedo también con la cara de ese otro amigo que enterró a su esposa hace cosa de un mes que siente alivio por ella, por todos. Porque cuando amas a alguien detestas verle sufrir.

A veces olvidamos por qué permanecemos al lado de alguien o por qué decidimos que ya no más.

Pero, tranquilos, que la vida siempre está ahí para recordarte tantos ejemplos que sobreviven a la desidia, al miedo, al auto sabotaje. Y que lo del final feliz es siempre algo subjetivo.

Quizá ese hombre que amabas, que se involucró contigo y con el que hubieras caminado un buen trecho de tu vida, no era el gallo. Te lo inventaste. Quizá te habrías aburrido de él al cabo de un año y quizá, en el fondo él llevaba razón, cuando insistía en magnificar su insignificancia.

Hoy es insignificante después de todo. Ese no era el gallo.

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Tinder bueno

 

 

 

Veamos. Esta semana he estado probando una red social de ligoteo que se llama Tinder. La cosa es un poco como un mercao de carne. La aplicación te busca chicos compatibles contigo y te los va presentando uno tras otro, como una sucesión de diapositivas: este sí, este no…en plan Chimo Bayo.

Hay varias cosas que he deducido tras este divertido e intenso trabajo de campo. Tinder es para ligar, ligar. O sea, nada de hacer amigos, nada de hablar en plan tranqui. Cuando hay interés, las propuestas son de lo más variopintas. Desde los que te invitan a probar una experiencia swinger,  a los que te dicen de subir a las antenas en bicicleta. “Sudar, jadear, pedirme que pare hacerlo todo con ropa puesta”, decía él. Tenía gracia el joío.

Como juego y primera toma de contacto no está mal.  A esto hemos llegao. Ya pasó el tiempo de los boy scouts, de las alegres pandillitas juveniles y de las verbenas de pueblo. Como decía el otro día el humorista Kalderas: el tinder es la verbena de pueblo de hoy.

Qué verdad más grande.

Los defensores del mundo antiguo insisten en que lo importante es verse y tocarse. Y también descubrir al otro y sus habilidades sociales en vivo en directo. Yo estoy de acuerdo. Quedarte en el terreno de lo puramente virtual es mortalmente bostezante y la prueba del algodón siempre van a ser los olores, las caricias, las risas, el ingenio y el encanto del cara a cara y del cuerpo a cuerpo.  Pero a herramienta práctica para contactar no le ganan todos los paseos que los mozos y mozas del pueblo se den por el Tontódromo de cada lugar.

Además, qué pereza. Súbete en los tacones, ponte toa guapa y luego, aguanta a los cuatro moscones pesaos toda la noche. Vamos, que no me pillan.

Siempre he tenido muy claro que nunca encontraré a un gran amor cerca de la barra de un bar.

En el gimnasio, puede; aprendiendo alguna disciplina, puede; dando una charla o recibiéndola, puede; en una entrevista de trabajo, puede pero…en un bar, de noche, pasadas las dos de la madrugada, lo único que me puedo encontrar  es la caca de algún perro, un chicle pegoteao, colillas, restos de Gin Tonic y camareros con camisetas ajustadas a lo Marlon Brando. Puaj.

Tinder, además, ejercita la agudeza visual. No os podéis imaginar la rápido que puedo llegar a pasar las diapositivas. En décimas de segundo decides si alguien “te interesa” o no. Este sí, este no, este no, este no, este ni de coña, este sí. Tus amigas: “pero dale a ese, ese es mono”.

¿Esta aplicación supone la ley del mínimo esfuerzo? Es posible. No tienes que salir de casa ni adaptarte al horario y preferencias de nadie. Yo creo que todo depende del after-tinder, igual que el after-love. Del flechazo se puede pasar a la ignorancia absoluta en cuestión de horas.

Creo que es un buen remedio para matar esos minutos tontos de espera tan frecuentes en nuestro día a día.  También otro modo de ejercitar y re ejercitar eso de la autoimagen. Da gusto saber que todavía estás en el mercado. Así como recurrir al rollo epistolar, muchos siglos después de que Choderlós de la Clós escribiese Las Amistades Peligrosas.

El peligro del Tinder es lo falsamente fácil que resulta todo. La comodidad máxima que puede suponer llamar al folleteo de dos semanas “relación” y también, claro, esos perfiles de mentira que sólo se abren para cotillear.

Aunque de eso también hay mucho en la vida real

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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