La Verdad

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Categoría: cuentos de hadas
Como vaca sin cencerro

 

Hace 20 años en Puerto Rico con  Carlos Morales y Alexis y el cartel del ciclo que organizé sobre Pedro Almodóvar




El mundo se divide en dos tipos de seres humanos. Los que amamos a Almodóvar y sus detractores. Nunca encontré término medio. Aquel que confiesa su indiferencia, lo señala como alguien sin ningún talento (?). Uno se puede sentir agredido por la estética punk de sus primeros filmes, por mostrar sin afeites la prostitución, las adicciones, el sexo; Uno puede, en fin, ser incapaz de soportar el naturalismo de algunos fotogramas, pero, señores, Almodóvar ha creado un universo, una cosmogonia particular, una forma de ver e interpretar la vida y eso requiere talento y esfuerzo.

Mucha gente se queda en la superficie de su estética. Los colores chillones, por un lado, esa dirección de arte impecable que convierte su fotografía en imágenes atemporales, y la visión del extrarradio, por el otro. Otros se agarran a sus frases. Un baluarte indispensable que sus fans convertimos en parte de nuestro discurso habitual: “estar como vaca sin cencerro”, “dar la campaná”, “no me chilles que me sube el azúcar” y “Horroroso, horroroso” (el modelito de la señora).  Luego están aquellos gritos desesperados con los que todos nos hemos sentido identificados en alguna ocasión: “¿Hay alguna posibilidad por pequeña que sea de salvar lo nuestro?”.
Por encima de frases y colores, Almodóvar ha sabido retratar como nadie el mundo femenino y la solidaridad entre mujeres. Se ha reconciliado con su raíces y ha conseguido que volvamos al “pueblo”. Él, como tantos artistas, mantuvo una relación conflictiva con su lugar de origen. También ha salvado a los psicópatas, capaces de cualquier cosa por amor (“Tengo 23 años y 50.000 pesetas y estoy solo en el Mundo”. Átame); salva a los yonquis, víctimas de sus adicciones; Redime a esos artistas, puro egoísmo y narcisismo, retratados con diáfana claridad: Lola en “Todo sobre mi madre”; Becky del Páramo “Tacones lejanos” .

Las relaciones entre madres e hijos son, sin embargo, donde considero que Almodóvar se muestra más auténtico, más brillante y eterno. La culpabilidad de aquellos padres triunfadores que dejan abandonada la crianza en pos del triunfo:  “el éxito no tiene sabor ni olor y cuando te acostumbras es como si no existiera”.  La culpabilidad de una madre que pierde a su hijo en el día de su cumpleaños; la culpabilidad, en fin, de aquella otra a la que se le escapa una realidad demoledora y cruel que ocurre ante sus ojos. Al mismo tiempo, Almodóvar mata al padre, eso tan freudiano. Y lo hace en más de una ocasión.

Hace justamente 20 años organicé un ciclo sobre Pedro Almodóvar en Puerto Rico, ayudada por tres gloriosos amigos gays. Blocckbuster me dejaba las cintas,  imprimí  20 carteles que diseñé yo misma y visionamos las pelis en la Casa de España de aquella islita. Todos se enamoraron de Almodóvar, incluso aquellos habitantes conservadores que relacionaban a nuestro país con Lorca pero en absoluto con aquel rompedor cineasta manchego.

El éxito de Almodóvar radica en su insobornable ser y estar sobre el mundo. Nunca hizo un cine para agradar a las masas. Su parte más amable: esos diálogos divertidos; esa Chus Lampreave imprescindible en su filmografía (“es lo que tenemos las testigas, que no podemos mentir”) también conforman su idiosincrasia. Y el sentido trágico de la vida a la que contempla con tolerancia, con la sabiduría propia de los estoicos; que confía en la bondad de los desconocidos y que perdió el miedo hace mucho tiempo: “Al no tener fe, ya no creo en Dios ni en el infierno. Si no creo en el infierno ya no tengo miedo. Y sin miedo soy capaz de cualquier cosa”.

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Corinna, el regreso de la “Ex”

 



Los ex siempre vuelven. La mayoría, a desestabilizarte.  A joder, vamos. La testosterona les empuja al regreso, a conquistar el terreno perdido,  a sembrar una batalla campal en tus sábanas, en tu vida. Después de cuatro o cinco encuentros de sexo reconciliatorio, la que se arrepiente de verdad eres tú. No lo pueden evitar, lo llevan en los genes.  Es el tango de los días. Cuatro whatsapp después de un encuentro fortuito por la calle y, hala, toda tu paz se escapa ¿Qué consigues tú? Nada ¿Qué consigue él? Salvaguardar su ego.
Corinna es mujer, así que sus estrategias son diferentes.  Protagoniza una segunda parte desde las portadas de los tabloides. Es como aquella canción de Marta Sánchez: “mírame bien y di lo que ves, esa mujer que perdiste una vez”. Pero como todos los ex, vuelve a joder y en el peor momento.  Cierto, es una ex con clase. Guapa y perfecta en sus fotos de estudio. Con cuatro joyones  impresionantes que contrastan con la simplicidad de una camisa blanca o un jersey negro. “Esto es caro, muy caro”, parecen decir. Con el botox repartido estratégicamente. Ni mucho ni poco. A punto de sobrepasar esa línea de mujer a topo Gigio. (Haré un inciso:  amigos del botox de todos los sexos, esos pinchazos que os dáis para eliminar el rictus nasogeniano os quedan fatal. Se os pone cara de roedor hinchado. Vosotros mismos).
Lo mejor de este personaje es su contradicción absoluta. Y ese descaro algo mari con el que nos dice: “Mirad qué buena que estoy, mirad qué señora tan estupenda”. Vamos, como aquello del Tomate: “Qué guapa soy y qué tipo tengo”. Si no fuera por la distinción que le otorgan sus cremas, sus títulos y sus relaciones ¿Quién sería Corinna?. Si no hubiese aparecido en una instantánea tomada en Bostwana ¿Qué carajo nos importaría?
Como todos los ex, Corinna no regresa por amor.  Nadie se cree su aviesa discreción, vociferada a voz en grito desde una portada del colorín, ni sus maneras de hada buena: “¡Eh, que yo no cobro!”, “¡Eh, que yo sólo quería ayudar!”. Corinna vuelve a por lo que es suyo, Corinna reclama su cetro porque es evidente que lo ha perdido. Ella es todo menos desinteresada.
Como los hombres,  ella busca otra cosa. Un gesto que le recomponga la autoestima y, quizá, las finanzas. Detrás de la mirada lánguida hay un afán de reconquista, igual que el de los machos cuando se encuentran con su ex por la calle, un día cualquiera, de forma fortuita, y les sueltan aquello de: “Qué guapa estás, cabrona”. Pero ella va más allá. Como escribí en una ocasión, las mujeres lo queremos todo. Ni bueno, ni malo. Así son las cosas. Corinna no se conformará con un polvo por los viejos tiempos. Ella busca nuestra aprobación puesto que no la encuentra en quien debería hallarla. Corinna quiere sacar matrícula y si hace algo de caja, mejor que mejor, que los tiempos están muy chungos, incluso para la nobleza.
¿Tiene derecho a resarcirse? Claro, cómo no. ¿Nos creemos sus estrategias? En absoluto. Los flashes de las cámaras, la perfecta luz, su sonrisa de Monna Lisa no nos engañan. Corinna es un mujer desesperada y, sobre todo, es una mujer que está hasta las meninges del papel que eligió en la vida. Ahora quiere ser prota, ahora quiere ser la reina, aunque sea del folletín. El capítulo I ha resultado sabroso y contiene todos los ingredientes de un buen guión. El leit motiv es claro: a chula no me gana nadie.

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Arquetipos, mafiosos y princesas (Porque nos encanta el cotilleo)

 




No busquéis ficción en las teleseries. Están en las páginas de los periódicos. Creíamos que nuestro país era serio y resulta que es un capítulo de Mortadelo y Filemón con micros ocultos en los centros de mesa y quién sabe si en la merluza con salsa verde. Ni zapatófono ni Ofelia. Aquí tenemos ex-amantes aterradas que deciden acogerse al sagrado de los medios, como si los medios nos protegiesen de algo. Cierto: no me gustaría estar en su pellejo; pero, ¿a qué viene ahora este acto de contrición? Todo  recuerda a las vetustas estrategias de Hearst, el magnate del amarillismo para distraer la atención de lo que realmente importa, una campaña orquestada por algún guionista maquiavélico que consigue un sueño casi imposible: tus personajes son pura realidad. “El cunnilingus y la psiquiatría nos han llevado a esto”, que diría Tony Soprano. Caemos como moscas en la red, enamorados de este rocambolesquismo de culebrón, donde todo es real pero falso. O francamente falso, como escribió Truman Capote. Porque, señoras y señores: nos encanta el cotilleo.

Confesad: ¿Quién no se ha preguntado que hacía esa rubia tan fina con Bárcenas? Ella parece un anuncio de Tous: elegante, discreta y estilizada. Luce melena Pantene y tiene pinta de ser perfecta por todos sus costados, “because I’m worth it”(susurra escondida bajo su flequillo).

A Bárcenas le pones un chándal y es el típico chulo poligonero con reloj de oro, medallones, camiseta imperio y puro sempiterno. Su asombroso parecido con Fat Tony (el mafioso de “Los Simpson”) ha ocasionado más de un comentario. Sus patillas, al estilo Pauli Gualtieri (“Los Soprano”) le confieren ese aire intimidatorio de ojo morado, color 500 euros. Yo me he contestado a esa pregunta: lo que hacía esa rubia con Bárcenas era vivir de puta madre. Tanto es así que a ella ni le iban ni le venían sus negocios. Yo creo a Rosalía Iglesias: ¿Para qué se iba a preocupar ella de esas fruslerías? Estar guapa y radiante lleva mucho esfuerzo, sacrificio y tiempo.

El caso de María Victoria es diferente. Las amantes siempre llevan el peso de la culpa aunque no quieran. Por cultura, por genética, estamos condenada a ser María de la O “que desgrasiaita tú ereh teniéndolo tó”. Es un círculo vicioso y adictivo. Tú mientes, me lo cuentas, te desahogas. Yo miento. Nos engañamos, pero al final me libero y lo suelto todo delante de una cámara. Dentro de nada, la tendremos en “Sálvame”. Consuelo Hormigos ya se ha ido a “Mira quién salta”. La cadena de culpabilidades al final desemboca en nosotros, público inepto que engulle lo que le echen. ¿Por qué? Porque nos encanta el cotilleo. Y como la cotidianidad es muy aburrida, a ese caldo de despropósitos siempre se suma la ficción, que mezclada con la realidad hace un buen cocido. Las cosas como son.

Cuando pase el tiempo, Bárcenas no será ese tipo que llevaba una presunta contabilidad B del PP. No. Será el arquetipo mafioso, chulesco que nos cautivará por su caradura inenarrable. Dentro de una década, Undargarin vivirá en otro país. Quizá siga con Cristina; pero en nuestro fuero interno será el arquetipo del truhán que desfloró a la princesa (con su boca de fresa) y la hizo morder el polvo. Noveleros; que sois unos noveleros.
Y al final, todos se irán de rositas. Harán suya otra famosa frase de Tony Soprano: “No pagaré. Sé demasiado sobre extorsión”. Pero la culpa es nuestra: porque nos encanta el cotilleo.

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De Sosoman a Peter Pan







Adoro a los inmaduros. Tal y como está el patio, los prefiero. Sabes a lo que atenerte. Son alocados Peter Pan pero les gusta arriesgar. Desconocen el sentido del compromiso pero te entretienen. A estas alturas de mi vida sólo quiero reírme. ¿Y vosotras? ¿Y vosotros? Esto es un suspiro. Mañana estás en la decrepitud: sarmentoso, matusalénico, con el tembleque propio de los años. ¿Y cuántos momentos de felicidad te llevas? Ese es el balance que cuenta.



Además, Peter Pan nunca ha tenido malicia. Nunca podría ser un Bárcenas y quedarse con el botín. Eso es más propio del capitán Garfio. Peter siempre estará enamorado de Wendy. Irrumpirá en su mundo para enamorarla, para enseñarla a volar. Tonteará con las sirenas, se entretendrá con los niños perdidos, pero regresará a ella, una y otra vez. Realiza esa tarea titánica de intentar entrar en la vida de otros. Por eso enamorar es tan trabajoso, tan digno de admiración. Alguien deja a un lado sus inquietudes para ocuparse de las tuyas. Lo explicaba muy bien Girard: “aquel al que empiezas a amar pertenece siempre a otros; tú eres el extraño, eres el ladrón que viene a llevarse lo que no te pertenece y puedes ser rechazado por esos otros y por el mismo objeto de tu amor”. 



En este mundo sin tiempo, de pronto, alguien, decide emplear el suyo para descubrirte, para instalarse en tu espacio (aunque sea por unas horas). De acuerdo, no lo hace gratis. Si es hábil, tú también perderás algo, o mucho, de tu valioso tiempo pero, a la postre, lo ganarás.

Por eso, en el fondo, muchas siguen enamoradas de Peter Pan. Aunque sepan que es un tipo con el que no llegarán a nada; aunque le presupongan aventurillas, aunque tengan que cuidar de él en muchas ocasiones y no porque se sientan sus madres. Es simple agradecimiento.



La inocencia es un bien tan escaso que hay que preservarlo. Nos tomamos tan en serio a nosotros mismos que olvidamos el sentido lúdico de la vida. Y sin eso, queridas, queridos, estamos perdidos.

Harta estoy de esos tipos tan responsables. De los sosoman que jamás han roto un plato, ni un huevo, ni un corazón, ni nada de nada; que perpetran un sabor neutro en las vidas ajenas. En otras palabras: ni chicha, ni limoná.



Harta de los pretenciosos y grandilocuentes, de los sacabarrigas de coche caro que siempre es del banco; de los trascendentes, de los divinos, de los grandes hombres de mundo. Creedme; hoy todo es mentira. Vivimos en el mundo de las apariencias. 



Me engancha la gente sin pretensiones. Son transparentes. Son lo que ves.

Por eso, Peter Pan siempre es irresistible. Sólo quiere volar. Ni hacerte reina de Saba, ni ser el padre de tus hijos, ni ponerte un piso (qué cosa tan antigua, tan machista pero es lo que hizo Julián Muñoz con la Pantoja, no lo olvidéis), ni besar el suelo que pisas. Vamos, que un tío que bese el suelo me dará mucho asco. Qué decir de los pelotas irredentos, los sumisos mugrientos. Me provocan primero el bostezo, la ira después.



Si estáis enamorados en San Valentín: mis felicitaciones, es un estado de gracia imposible de mantener en el tiempo pero maravilloso mientras dura. Alberoni lo explica así de bonito: “el enamoramiento profundo es la única situación donde la experiencia de lo sagrado está omnipresente en la vida cotidiana. Los celebrantes, al unirse, encienden ese fuego sagrado, invadidos por la divinidad”. Grandioso ¿verdad? Pues no, yo creo que tener a Peter Pan es aún mejor: la diversión está garantizada.

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El enemigo de las rubias

 



No dejo de preguntarme qué haría Alfred Hitchcock con Cospedal. Porque aunque todos sepamos que es peliteñida, siempre ha sido rubia. No me malinterpretéis, que no le deseo ningún mal a la secretaria del PP; pero, la verdad, es que la encuentro propia para un remake de “Los pájaros”; por lo de las gaviotas más que nada. A mí siempre me han dado terror. No sé cómo estuvieron para poner al bicho en el logo de un partido. Las gaviotas pican. Las gaviotas visitan los estercoleros. Las gaviotas te sacan un ojo y se quedan tan panchas.



Pero vuelvo a Hitchcock. Cuán importantes son las madres en nuestras vidas. En este caso, creó a un genio. También a un tipo asocial obsesionado con los crímenes, los estrangulamientos, los cuchillos, las esposas, las mordazas y los muertos que van y vienen. Riéte tú del hortera de Grey. 

Cierto: el cineasta era un gordito resentido con las guapas que le daban calabazas, que eran todas. Desde Joan Fontaine hasta Ingrid Bergman. Desde Grace a Tippy Hedren, a quien le llegó a exigir que estuviera sexualmente disponible (Tururú, le dijo la otra); pero una cosa le hemos de reconocer: nunca dejó de intentar conquistarlas. Inasequible al desaliento ideó fórmulas diversas para someter a sus primeras estrellas. Las hacía brillar primero; les bajaba los humos después. Ahora te coloco la primera en los títulos de crédito. Ahora te dejo encerrada toda la noche en el estudio y tu miedo resultará más creíble. De acuerdo; sus métodos eran deleznables, pero qué grande es “Marnie la ladrona”, cómo nos fascina Kim Novak en “Vértigo”. De Grace nada que añadir. Fue maravillosa antes y después de Hitchcock. Definitivamente, nunca fue de este mundo.



Alfred y su esposa, Alma, eran un tándem perfecto. Profesional, eso sí. Iban a misa los domingos, fueron padres de una niña, Patricia, e incluso compartían las tareas domésticas: “Mi esposa cocina todas las noches. Yo le ayudo a fregar los platos”. Eran una clase de pareja que funcionaba pese a todo. Ella era guionista antes que él, entendía el negocio, la técnica. Juntos preparaban las escenas. Quizá incluso estemos ante otro ejemplo de genio no tan genio. Quizá sin Alma, Hitchcock no habría sido lo que fue.



Total, que detrás de los grandes creadores tenemos a dos tipos de mujeres: las que los aguantan e incluso los alumbran, y las musas que los inspiran. Ambos papeles son desagradecidos. Las consorte-soporte al menos comparten la fortuna de sus esposos. Las musas se quedan sin nada, salvo el brillo. Y ya se sabe que todo eso se lo come el inexorable paso del tiempo. Visto de este modo, la madre de Alfred fue su primera y gran musa. Una medusa que le obligaba, cada mañana, a responder preguntas poniendo al niño a los pies de su cama, un ritual que se prolongó hasta la edad adulta.



La pregunta que me hago es: ¿De verdad creéis que hay alguien normal en el mundo del arte? La respuesta es: no. Es imposible. Sólo los demonios alimentan la creatividad. Sólo la transgresión permite evolucionar. La otra cuestión es: ¿Cuántas parejas normales conocéis? Pero, ¿de verdad las conocéis? ¿Qué porcentaje de vuestra personalidad es completamente neutra y empática? Queridos, todos llevamos un asocial dentro. Todos tenemos esa pesadilla en la que caemos y caemos. Y para terminar con los descreídos, esta gran frase de Alfred: “Hay una excesiva complacencia en el mundo. La gente no es consciente de que la catástrofe nos rodea”. Creo que se refería a nuestro país.

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El baile de los Obama

 


Decía Oscar Wilde que el baile es una expresión vertical de un deseo horizontal. De acuerdo, el agarrao entre Obama y Michelle no daba en principio para tanta intimidad ¿O sí? El frac, su apostura, la frase: “aquí tengo a mi cita”; Jennifer Hudson casi cantándoles al oído “Lets stay together” pero, sobre todo, la sincronía absoluta de sus bocas al tararear el inicio de la canción: “I’m so in love with you”. La complicidad entre ambos era algo innegable a pesar de la gran puesta en escena.
Veamos, en política de comunicación todas las imágenes que nos regala el poder son símbolos. Nada es casual. Eso sí, el tempo perfecto de la pareja presidencial es imposible de ensayar. Esto salió así porque los Obama se quieren, qué narices. Y bailan sin vergüenza, y pasean su felicidad delante de todo el mundo. Con una pareja así los americanos tienen motivos para sentirse optimistas e incluso orgullos. Algo envidiable, sin duda ¿O no?
Pues no. Los machos celtibéricos tienen un serio problema con el baile. Se les antoja algo cursi, del pasado, o se sienten demasiado torpes como para atreverse a dar dos pasos hacia delante y dos hacia atrás. Y si el baile sirviera como preámbulo de algo, prefieren saltárselo. Señores, nos hemos quedados sin caballeros, no quedan más que pavisosos y gañanes.
 Los chicos más galantes del mundo los conocí en Puerto Rico y ¿de dónde aprendieron esas maneras? De la
“madre patria”, como solían decir ellos. Nuestro género masculino se ha devaluado un tanto. Sólo hay que echar un vistazo a programas como Gandía Shore o ¿Quién quiere casarse con mi hijo? Mis amigas tienen razón: el mercado está fatal.
Todos los amantes del baile que he conocido son, por regla general: gays, guiris o de otra época. Queridos ¿Qué diablos os pasa? Sois unos acomplejados, unos tristes. Y pensar que mi abuelo Pepe “el gordo” era campeón de pasodobles. Y se las traía de calle. Al buen baile le acompañaba un físico imponente, cierto, pero la belleza por sí sola es un muermo.
Si un tipo te sabe llevar en el baile, lo hará bien los demás ámbitos de la vida; sentido del ritmo, imaginación, flexibilidad. Trasladadlo al campo que más os guste: el diálogo, la escritura, la música o la cama. Es el trío de la perfección para triunfar en la vida.
El paralelismo entre danza y sexo se ha estudiado mucho. Los biólogos lo comparan con los ritos de apareamiento. Peter Lovatt, psicólogo de la Universidad de Hertfordshire, Londres, asegura que algunas formas de baile constituyen el equivalente humano al cortejo de las aves. De entre los 15 videos de danzas masculinas que mostró a 55 mujeres, la gran mayoría decidió que quien les ponía de verdad era Tony Manero ¿Por qué? Una sacudida de pelvis
aquí, un caderazo allá les dicen a las hembras que ese macho no fallará en la
tarea imprescindible de la inseminación.
En la Universidad de Northumbria, Newcastle, van más allá. Han señalado las diferencias biomecánicas que distinguen a un buen, de un mal bailarín. Tener gracia de movimientos es inequívocamente atractivo para las féminas. Pero no sólo eso. Esas diferencias biomecánicas entre buenos y malos bailarines pueden emitir señales al sexo contrario sobre la calidad
reproductiva del hombre en términos de salud, vigor o fuerza.
En otras palabras, queridos, que cuando bailáis estáis mostrando la mercancía. Marcarse un bolero es la prueba del algodón para ver si hay armonía y sincronía con la persona elegida. Total, que si no bailáis, apergaminaos del mundo, peor para vosotros. Pero mucho peor.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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