La Verdad

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Categoría: Casos legales
Las dos Cartagenas, ¡cuánto saben de leyes y, de tesoros!

 

Una travesía atlántica que nos lleva de una Cartagena a otra. Viajamos con aquello tan aventurero de “en busca del tesoro” Y, de los de verdad, con sus monedas de oro relucientes.

Nos tenemos que “sumergir” en las profundidades marinas. ¿Se animan? Era un decir. Pueden estar tranquilos que para este viaje no necesitaremos escafandras.

Cerca de Cartagena de Indias hay un galeón español hundido, el San José. Hace justo un año unos investigadores dieron con él. Y claro, fue verlo y se dispararon cual si fueran cañones por banda, todas las alertas del derecho internacional.

Oro parece y oro lo es

Se trata de un barco de bandera española hundido en la costa colombiana y… ¡a rebosar de lingotes de oro! La pregunta inmediata es: ¿Quién ostenta los derechos de propiedad: España o Colombia? El buque era español pero… ¿lo sigue siendo al hundirse? Ahora está junto a la costa colombiana. Entonces: ¿Colombia puede tener mejor derecho de propiedad sobre él por estar en su litoral?

En este caso: Sí es oro todo lo que reluce. ARQUA

Si aplicamos la conocida regla de la inmunidad soberana, da igual dónde se encuentre un buque, “en cualesquiera aguas donde esté” se mantienen todos los derechos de propiedad del Estado que tenía cuando estaba operativo. Pero “aviso a navegantes”: esta regla se contiene en la Convención de la Unesco que no está firmada por Colombia por lo que, se antoja a priori un poco complicado que quede obligada por un pacto que no ha firmado. Y en principio podría responder, educadamente por supuesto, con aquello tan marinero de “vete al carajo” si le exige que aplique un precepto que no ha ratificado.

Con la venia de su Señoría

Dicen los entendidos que se avecinan grandes tormentas legales. Incluso los hay más expertos –y más pesimistas también- que hablan hasta de maremotos judiciales. Todo en sentido figurado, no se alarmen. Vaya que aquello de “al abordaje”, se traducirá en este contexto en largas sesiones ante los Tribunales para determinar qué Estado es el legítimo propietario de este galeón que de momento está tranquilo con todas sus riquezas en las profundidades marinas colombianas dónde un día de esos en los que se enfada Poseidón, allí quedó hundido.

Un precedente judicial: La Fragata Nuestra Señora de las Mercedes

Hace poco charlaba con uno de estos expertos y me dijo que la tendencia es optimista. Vaya que parece ser que el maremoto se podría quedar en una marejadilla no más. Me cuenta que ya los Tribunales han estudiado un caso parecido, el famoso “Caso Odyssey”: Toda una “odisea” judicial.

En otros países sí son legales las empresas dedicadas a buscar tesoros. Se pueden quedar con el botín a cambio de dar un porcentaje de lo recuperado al Estado. Y el objeto social de la empresa americana Odyssey era el de cazar tesoros. Todo, como les digo, perfectamente legal en su país que sí lo permite. Cuando hemos visto las películas de Indiana Jones, ¿quién no ha querido ir en la expedición con un arqueólogo de éstos?

Parte del botín. ARQUA. Cartagena

Pero en España este trabajo freelance del cazaterosos no es posible. El Código civil desilusiona un poco a todos los estudiantes de Derecho cuando dice aquello de que los tesoros valiosos no serán del dueño de la finca, sino del Estado. Eso sí, incluye algunas compensaciones económicas, que este código es muy equitativo.

Así las cosas, cuando la Fragata Mercedes cayó en la trampa de los ingleses y terminó en las profundidades marinas cerquita de Huelva, la empresa americana, con sus artilugios de geolocalización de la más alta precisión, la encontró y, claro también “sus riquezas”. Pero el Estado español ganó la batalla legal. El Tribunal declaró que el botín era propiedad del Estado español. En el juicio se acudió a la regla de la inmunidad soberana ya que la fragata era (y seguía siendo) de bandera española.

Estas dos ciudades, valen su peso en oro

Hoy esta maravilla se puede ver en el Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena: monedas de oro, de plata, en sacos… ¡un tesoro en toda regla! Y es que, cuando se habla de tesoros, las dos Cartagenas tienen muchos, y no sólo me refiero a los botines de los barcos hundidos. Hay otros que se ven también, sin necesidad de inmersión. Basta pasear por estas ciudades. Yo tengo pendiente aún la visita a Cartagena de Indias, pero todo se andará… O buceará, según proceda. Porque hay otra regla de la Convención que declara la conveniencia de dejar el patrimonio allí dónde se encuentre. ¡Pleitos tengas!

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La tarjeta de embarque, ese documento de alto voltaje

 

El verano además de las típicas imágenes de sol, playa, paella, chiringuito y luna llena, también nos deja otras menos atractivas: las de las colas y retrasos en los aeropuertos.

Y eso que somos pasajeros obedientes donde los haya. No nos queda otra que imitar el recorrido de las ovejas. Ahí estamos: al menos 45 minutos antes con nuestra tarjeta de embarque y el NIF o pasaporte.

Pero, ¿qué pasa si no hemos podido imprimir la tarjeta de embarque? Algunas compañías aéreas lowcost vieron “margen de negocio” (¡ejem!) en estos casos de problemas con el tóner de la impresora, además de jugar a la lotería en pleno vuelo.

Recorremos tres ciudades españolas: Barcelona, Madrid y Córdoba. Concretamente visitamos sus tribunales. Se abre la sesión: ¡Audiencia Pública! 

Salas de embarque donde se está tan cómodo que hasta se puede perder el avión si uno se queda dormido.

Cláusulas sospechosas

Un Sr. encontró un viaje baratísimo a Cerdeña para pasar unos días de mayo. Previsor donde los haya, hizo el listado de cosas que iba a necesitar: bañador, gafas de bucear… Hasta imprimió la tarjeta de embarque. Pero, hete aquí que en el último momento olvidó cogerla.

Al presentarse en el mostrador el despiste le suponía una penalización de 40 euros. Recurrió y el primer juzgado le dio la razón. La compañía aérea no contenta con el resultado, apeló. Y en esta segunda instancia, ahora sí la Audiencia Provincial de Barcelona declaró que este Sr. sí tenía que pagar la penalización de 40 euros. Entendían sus señorías que no era abusivo este cobro porque cuando le damos a la peligrosa tecla “acepto”, en el largo listado de obligaciones que asumimos (sin leer y en letra pequeña), ahí estaba la de: “imprimir tamaño A4 e individual para cada vuelo…”.

Eso sí no fue pacífico resolver este tema, los magistrados estuvieron un buen rato deliberando ya que hay un voto particular en la sentencia. Uno de los jueces decía que cuanto menos era una “cláusula sospechosa”, pues para ser equitativa debería llevar aparejado un descuento para aquellos pasajeros que sí la llevaran impresa. Y la compañía sólo contemplaba un recargo, nunca una bonificación.

Ocho apabullantes abusos

Anulada la cláusula por la que si no acudíamos velozmente a recoger la maleta de la cinta, teníamos que pagar por almacenaje.

En Madrid las cosas fueron diferentes. En este juzgado, en lugar de discutir, sus señorías al principio hicieron números y rebajaron la penalización a 15 euros (cosas de la independencia judicial). Pero más tarde, cambiaron de parecer y dieron un paso grande al ver que las compañías aéreas habían subido el baremo de la penalización a 70 euros. Y fue otro juzgado de Madrid el que paró el carro (el avión, mejor dicho).  Anuló ocho cláusulas abusivas. Entre ellas la penalización de 40 euros en los casos de no llevar impresa la tarjeta de embarque. Otro coste era la demora en recoger la maleta de la cinta de embarque (que también habíamos tecleado pagar por “almacenaje” si nos retrasábamos). Pero ahí somos todos muy rápidos en llegar a la cinta y, sí también en empujar un poquito.

No hay nada más lindo que la familia unida

Y llegamos al pasajero cordobés que acudió al “juez de su domicilio” (también fue anulada la cláusula que nos obligaba presentar la demanda allí donde esta compañía tenía su domicilio social). En este caso, le exigían que mostrara el DNI de su hijo de 3 años para poder embarcar. Al no llevarlo, el hijo tenía que quedarse en Córdoba. Se le denegaba el embarque por falta de documentación.

Y con arreglo a la legislación española puesto que se trataba de un vuelo interno entre dos puntos de territorio nacional, el menor español no está obligado a tener este documento en época de guardería. Por lo que no se le podía exigir ninguna identificación (por supuesto sí a sus padres). La indemnización que este señor cordobés logró fue elevada, ya que al negarle el pasaje a su hijo, toda la familia no embarcó. Y la compañía tuvo que abonar el coste de toda la familia.

Eso sí, las apariencias en los aeropuertos también pueden resultar engañosas porque ahora como nos dejan volar con un segundo bolso, nosotros inocentes pasajeros pensamos: ¡qué generosas las compañías! Pero el click del acepto sigue ahí, peligroso botón dónde los haya.

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El “caso Vueling” y un bocadillo de jamón

 

Y llegó la revolución del mundo aeronáutico. Hace unos años lo notamos en tres hitos:  se abrió a la libre competencia con nuevos operadores que entraron en el mercado; fusiones de empresas (nuestra querida Iberia entre ellas) y surgieron las low-cost. ¡Bienvenidas al espacio aéreo!

“Se pasó de un transporte caro y elitista, a otro barato y de masas”, así resumen muchos expertos este cambio legal.

Puerta de Embarque especial para familias

Pero, había un límite en esta liberalización: No podía serlo en detrimento del consumidor. Había que protegerlo. Y de ahí, la normativa que tenemos de “derechos de los pasajeros”.

Hay un listado de incumplimientos frecuentes por parte de las aerolíneas (como son la denegación del embarque, el famoso overbooking, los grandes retrasos, etc). Algunos supuestos ya tienen hasta su nombre propio: Caso Melendi; Casi Kate Moss, etc.

Hoy les cuento el ya conocido como “caso Vueling”. Yo lo he sufrido en primera persona.  Concretamente el “derecho de asistencia o atención”. Anunciaron debidamente el retraso (sí cumplieron con el derecho de información). Viajaba en el mismo vuelo el equipo femenino senior de tenis de mesa de Corea. Todas las deportistas, nada más enterarse del retraso, se pusieron a hacer ejercicios de estiramientos utilizando los asientos de la puerta de embarque. Los restantes pasajeros nos dirigimos como cosacos al bar; Era la hora de la cena y allá que nos marchamos, abandonando este “gimnasio improvisado”.

La ley dice literalmente que, en estos casos de grandes retrasos, “la aerolínea debe ofrecer comida y refrescos suficientes de manera gratuita”. Normalmente se entregan vales canjeables en los restaurantes del propio aeropuerto.  Yo los he recibido en otras ocasiones por parte de Vueling. Pero no fue así en esta última ocasión.

Edificio cual torre de control. Universidad de Alicante

El precepto es un poco ambiguo. Dice que este ofrecimiento de comida y bebida ha de serlo de forma “suficiente”. Así que, si hay un gran retraso y no nos dan los tickets (que sería lo suyo), tendremos que ir al bar y, aquí entra en juego el mundo apasionante de los “conceptos jurídicos indeterminados”.

Si yo me pedí una cerveza y un bocadillo de jamón, ¿Me pasé, abusé de mi derecho? ¿Habría sido “suficiente” con un botellín de agua y un montadito de chorizo? Ando inmersa en un gran dilema: si me niegan la convalidación de mis tickets del bar (que tengo bien guardados), entonces: ¿acabará mi caso en los tribunales y será un juez quién decida qué es una cena “suficiente”? La queja, mientras tanto, sigue su curso camino del juzgado.

Casi a pie de pista

Pero no todo son desgracias. En otra ocasión, como consecuencia del overbooking sufrí un cambio de clase. Y hete aquí que me ubicaron en primera. De turista a primera, eso sí que no me supuso ningún contratiempo. El Sr. venezolano enchaquetado que había en el sillón (que no asiento) de al lado, al verme venir tan contenta (yo creo que tuvo que notar mi falta de experiencia en estos grandes y desconocidos espacios del avión), me dijo que la palabra “no” no existía en primera clase. Así que cuando la azafata nos preguntaba: “¿Les gustaría tomar…?”, antes de que terminara la frase, ya tenía nuestra respuesta afirmativa. Casi contestábamos a la vez, pues hasta nos hicimos grandes amigos. Y es que yo, ante un buen consejo, sucumbo con facilidad.

Bueno, quiero que sepan que si al final me validan mis tickets del bar y un juez me dice que mi cena sí fue “suficiente” y me reconocen el derecho a la compensación económica, quedan invitados a un bocadillo de jamón pero, esta vez, de pata negra. Que, desde que viajé en primera clase, le he cogido el gustillo a los pequeños placeres culinarios. Y no acepto un “no” como respuesta.

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Viajar, ¡qué estrés!

 

¡Hay que ver lo que engañan esas fotos de playas tranquilas y tumbonas bajo las palmeras! Prometen un relax de esos en los que uno no sabe en qué día de la semana está. Pero, lo que no advierten es que para llegar a disfrutar de este edén paradisiaco, primero estaremos al borde de un ataque de nervios, casi rozando el infarto. Y también, cerquita del borde de la ley. Sí, sí, les cuento.

Cuba. ¿A relaxing beach? Fotógrafa: Ana Baizán

¿Qué hay detrás de estas imágenes idílicas?

Les presento a un nuevo “amigo” en nuestros viajes: el estrés de compra.

A la hora de comprar un billete de avión o reservar una habitación de un hotel, muchos portales introducen lo que ya se denomina un “estrés de compra”. Se trata de “animar” al usuario a que se decida. Y a ser posible de forma rápida, sin titubeos.

Tú estás tan tranquilo en la intimidad del cara a cara a escasos sesenta centímetros de distancia de la pantalla de tu pc, mirándola fijamente, pensando que si esta ruta aérea, que si aquel hotelito de la foto… y, ¡zas! salta de repente en la parte inferior “un intruso” que rompe la privacidad: una pestaña que te dice (como si fuera una voz en off en la distancia): “en este momento tres personas están mirando la misma habitación que Vd”. O, en otra variante: “la última habitación de este hotelito se ha reservado hace tres minutos”. La secuencia de advertencias es muy amplia. Y claro, justo en ese momento y sin darte cuenta, la prisa ya la tienes metida en el cuerpo.

La letra pequeña… ¿quién puede con ella?

Pero no acaba ahí la tensión emocional. A la ilusión inicial con la que empezamos a ver los portales de reservas y buscadores se sube la presión sanguínea un poquito más.Pues, con las prisas, hemos cumplimentado todos los datos personales y, queda aún una prueba más: una última cruz, la del “acepto”, ahí está la clave de todo. Con ella siempre nos toca pagar y asumir obligaciones.

Costa Rica. Naturaleza al borde del agua

Y he aquí que si uno se lee pacientemente toda la letra… ¿pequeña? ¡Diminuta! de la reserva en cuestión, cuando hayamos terminado de leer y vayamos a teclear en el “acepto”, la habitación o vuelo que queríamos reservar, habrá sido ya “aceptada” por otro viajero (estresado) que no leyó las condiciones jurídicas del anexo y puso la cruz rápidamente. Además de nerviosos, nos entrará una sensación de haber perdido una ganga por leer todo aquello que, a ver quién se acuerda ya del relax de aquella tumbona frente al mar con la que soñábamos.

La aceptación mediante un clic

Y yo, que soy adicta a las leyes, leo que en los contratos de compraventa (y en otros muchos más) el consentimiento se debe prestar de forma pausada, libre y nunca, ¡bajo presión!

Entonces, la cuestión que no me dejar dormir tranquila es: Si hay que reservar un vuelo o una habitación sin prisas, estos “estrés de compra” de las webs de viajes y alojamientos ¿son legales?

Un coche eléctrico baratísimo

Y aquí les cuento el caso famoso del Sr. Jaouad El Majdoub, un concesionario de automóviles alemán que encontró un coche eléctrico baratísimo en un portal de venta de vehículos. La web quiso dejar sin efecto “el acepto” que velozmente había tecleado el señor alemán.

Una vez superado el estrés... camino del paraíso

La discusión por la ganga llegó hasta el Tribunal Superior de Justicia de la Unión Europa que dictó Sentencia favorable al comprador. El Tribunal precisó que este clic del acepto sí sirve siempre y cuando el portal de venta permita imprimir y guardar el texto con todas las condiciones antes de la compra del billete o la reserva del hotel.

Y esta posibilidad de imprimir y guardar antes, ni siquiera los más cautelosos pueden hacerlo porque muchas webs no lo permiten. Y es que como ven, el botoncito del “acepto” tiene mucha enjundia legal. Pero, por favor, no se estresen.

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Es un “tipo” muy legal

Ya lo creo. Con él hoy viajamos a África. Nuestro “guía” es un souvenir.

Nada de imanes ¿eh? Tampoco de tacitas con mensajes. El nuestro es muy curioso. Contiene una norma legal para regular la convivencia pacífica entre vecinos. ¡Ah! Y también es un reloj. Sí, sí, todo esto… ¡en tan sólo un pequeño souvenir!

Son muchísimas las razones por las que África fascina. Una de ellas que a mí me gusta mucho -por la proximidad de costumbres que supone con España, sobre todo con el Sur y el Levante-, tiene que ver con la agricultura y más concretamente con el reparto del agua para regar entre vecinos.

En Túnez, ya cerca de la frontera con Argelia compré este souvenir que es todo un manual de derecho de aguas. Estábamos una tarde paseando por un pueblo tunecino y en las afueras, junto al río vimos estos cántaros que… ¡seguían aún siendo utilizados!

En especial en zonas donde el agua escasea, el control y uso de agua siempre ha sido motivo de enfrentamientos y discusiones entre vecinos. Los derechos de riego se heredaban de los padres.  Y para poner un poquito de orden en los usos y aprovechamientos del agua de los pozos, tenían sus propias leyes.

Una de ellas, es la que contiene nuestro souvenir. Estos recipientes, según su tamaño,  hacían las veces de medición del tiempo de riego. Cada propietario, según fuera la extensión de su  propiedad, podía usar el botijo de mayor o menor cabida.

Así el cántaro mayor tamaño daba derecho a una hora de riego; y otro de una cuarta parte, permitía regar quince minutos. Ya les digo, funcionaban casi como… ¡auténticos relojes!

Mucha sabiduría

Y es que un botijo siempre ha sido un invento lleno de sabiduría. No sólo para convertirlo en una ley para uso de agua, sino también, como una forma de mantener una buena temperatura. A mí uno de los usos que me sorprendió hace años fue la denominada “nevera del desierto”. Ganó el premio a los <>.

Botijo convertido en todo un arte. Exposición en Murcia

Un chico nigeriano, alfarero, Mohammed Bah Abba lo ideó. Dos vasijas redondas: una grande y otra más pequeña que se mete dentro; Arena entre las dos que se humedece y… ¡se pueden conservar dentro de la pequeña alimentos perecederos! Todo un frigorífico sin instalación eléctrica.

Y mucho arte también

Y es que el mundo de los botijos… da mucho de sí. Hasta, en ocasiones, ha servido “de lienzo” para pintores. Si es que también es… ¡todo un arte! Los de la foto, hasta con un toque de humor y todo.

El botijo, ¡qué gran invento! Y, además, por todo el mapamundi. Y es que la inteligencia no entiende de fronteras.

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Un británico enamorado de España

 

 

Les cuento un caso legal verídico, con una historia de amor detrás, y un lío de leyes en conflicto. Tomen asiento.

El Sr. Dimas, británico, estaba enamorado de la costa levantina y también, de su segunda esposa, Dña. Vicenta. Vendieron todos sus bienes en el extranjero  y se quedaron a vivir en Jávea.

El Mediterráneo, desde la costa italiana

Era propietario de una casa con porche y jardín. Disfrutaban como auténticos españoles, con su paella dominguera y todo.

Un buen día el Sr. Dimas decidió hacer testamento y fue a una notaría cerca de su casa, en Teulada (Alicante). En su testamento, casi una declaración de amor, le dejaba todo su patrimonio a su mujer: la vivienda de Jávea. Vivían la mar de felices junto al Mediterráneo, hasta que un día, él falleció.

Su esposa, Dña. Vicenta se quedó con la casa según la voluntad de su marido. Pero, Dña. Elvira, hija del primer matrimonio del Sr. Dimas, entró en acción. Ella también quería la casa.

Como hija, era heredera legal según la ley española por la que forzosamente los hijos heredan a los padres. Ella pensaba que por derecho español le correspondía la casa de Jávea. Ya les digo, era un inmueble precioso.

¿De quién es la casa: de Dña. Vicenta o Dña. Elvira?

El asunto que enfrentaba a Dña. Vicenta y a Dña. Elvira  terminó en los despachos de abogados. Y ahí comenzaba el lío de leyes.

a.-) Según la Ley británica, existe libertad absoluta a la hora de hacer testamento. Uno puede dejarle los bienes a quien desee. Luego: El Sr. Dimas, que era británico, había actuado correctamente y la heredera era Dña. Vicenta, su mujer.

b.-) Según la Ley española, los hijos heredan forzosamente a los padres. Era, pues, Dña. Elvira la heredera. El Sr. Dimas tenía la condición de “residente” en España.

c.-) Pero, a su vez, en un apartado especial, la Ley británica, “retornaba” a la Ley española, cuando “los bienes estuvieran en España”. Luego por este reenvió de retorno, se llegaba a la prevalencia del derecho español (ya que la vivienda estaba en España), lo que daba derecho a la hija a quedarse con ella. Y así fue finalmente como lo declaró el Tribunal Supremo. Elvira ganó la batalla legal y se quedó con la casa.

Son muchas las urbanizaciones en las que residen británicos ya en edad de jubilación que han encontrado en la costa levantina el paraíso con el que soñaban de jóvenes. Y, una vez que adquieren una casa, hasta rejuvenecen y todo. Yo voy con frecuencia a estas urbanizaciones y la verdad es que cuando hablo con ellos, están todos la mar de contentos en este “cachito de cielo” junto al Mediterráneo.

Pero los tiempos cambian. Ya ha entrado en vigor una nueva normativa para regular estos casos, tan numerosos, de nacionales que residen y tienen bienes en otros países. Ahora ya sí cada uno podrá elegir la ley que quiere que sea la que rija a la hora de su testamento.

La pena es que muchas veces las nuevas leyes llegan más tarde de lo que uno desea.

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