La Verdad
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En Turín no venden paraguas

 

Y no es porque no llueva. Bueno, a ver, si Vds. buscan con paciencia, seguro que sí encontrarán algún pequeño negocio en el que lo puedan comprar, pero la cuestión es: ¿Lo utilizarán? Y ahí es donde yo quería llevarles.

Yo lo entendería si fuera una ciudad donde escasea ese maná líquido del cielo como pasa en Murcia que, cuando nos regalan un paraguas, se nos escapa aquello de “pero si ya tengo uno”. En otras ciudades del Norte una amiga me cuenta que allí sí se regalan paraguas a mansalva –cosa de ser prácticos, claro-. Para ellos es un complemento más de vestir y los combinan con los bolsos o zapatos.

Soportales kilométricos

turinred1Turín tiene aproximadamente unos dieciocho kilómetros de paseo bajo soportales y además, varias galerías acristaladas. Así que si uno se anima a dar un paseo y, de repente, se pone a llover, nada alterará su plan inicial si era ir a una librería o tomar el típico café turinés “bicchieri”. Podrá ir tranquilamente de una calle a otra, por muy lejos que esté, siempre bajo techo y llegar a por su libro o su café sin haberse calado lo más mínimo.

Así estaba yo, que no contenta con el café, quería probar también el postre típico “bonet” y me propuse llegar hasta el lugar donde los hacían más ricos, eso sí, sin salir de este paseo porticado, aunque tuviera que dar rodeos. Como estas calles son tan bonitas, lo agradecía y todo. Y así fue como recorrí casi la ciudad entera, sin salir del cobijo de los soportales.

Por fin cuando llegué al lugar para pecar (el chocolate es siempre un pecado) el dueño se acercó para decirme que había elegido bien este lado de la acera. Porque aunque ambos lados de una calle estén porticados, sólo en uno de ellos, el que sigue el camino más próximo hasta llegar al Palacio Real, tiene mayor caché al ser precisamente el que utilizaba la familia real años ha. Y sí, casi como una reina me sentía yo ya con tantos placeres.

Parking junto a la vivienda, pero ajustado a las necesidades de la realeza

Y es que esta ciudad fue diseñada para las necesidades de espacio de la familia real. Prueba de ello es que si uno se sitúa en pleno centro: en la Plaza Castello, ahí ya se ve rodeado de edificios que fueron palacios: Madama, Real… En este último, como intuyen, tenía la vivienda habitual la familia Saboya. Y estas zonas con arcos eran apropiadas al tamaño de los carruajes.

Suelos casi palaciegos

Muchas ciudades italianas compiten silenciosamente en estos paseos bajo los arcos. Bolonia gana en kilometraje porticado. En otras, por ejemplo en Génova, el pavimento en estas zonas resguardas de la lluvia simula alfombras y juega con diseños que, aunque no haya peligro de engancharse con el paraguas de otro viandante, sí de tropezar directamente con él, de tan absorto que uno camina, entretenido mirando el suelo.

El cielo de Turín.

turinred3Pero pese a todas las bondades que aportan estos paseos por la ciudad sin mojarse en un día de lluvia, uno no puede dejar de ver el cielo de esta ciudad. Eso sí que sería un verdadero pecado.

Y si desde el suelo alzamos la vista, la mejor sorpresa en Turín es verla rodeada por Los Alpes nevados. Hay dos miradores en lo alto, ahora ya sí, a cielo descubierto.

A uno de ellos se accede desde el interior de una gran cúpula en un ascensor que parece volar solo hasta lo alto, con unos finos cables nadas más de sujeción. Es la Mole Antonelliana, el ícono de la ciudad (la reconocerán fácilmente porque aparece en las pequeñas monedas de dos céntimos). Bueno -que no quisiera yo ofender a los amantes del balón-, la Juventus también compite, pero desde otro frente como símbolo de Turín. Otra mirada panorámica lo es desde el Monte de los Capuchinos.

Porque puede que en Turín no necesitemos paraguas al estar sabiamente resguardada de la lluvia, pero esta visión de Los Alpes blancos custodiando la ciudad les dejará sin palabras.

En los dos lugares, los soportales y las montañas, uno puede ver… hasta el infinito.

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Los tiene bien puestos, los pilares

 

En una ocasión acudieron desde Corea del Sur unos ingenieros de caminos con el solo propósito de estudiar in situ el uso inteligente del espacio que se hace en Andorra. Donde, no ya el metro cuadrado, el milímetro también cuenta.

Y es que este pequeño país se hace grande cuando de ingeniería se trata. Vaya que ha sabido transformar en arte la famosa máxima: “En arquitectura todo lo que no es metro es holgura”. Se pueden ver rotondas “voladoras”, totalmente construidas “en el aire”, sin estatuas que despisten en el centro. También edificios que sobresalen de las pendientes de las montañas. Por ejemplo el Centro de Congresos. Tan bien construido, que uno cree que está sobre tierra firme. Yo tardé varios días en darme cuenta.

O, la Oficina de Turismo que está en un puente voladizo sobre el río. Su emplazamiento es singular donde los haya. Yo les preguntaba a las chicas si no temían ver cómo el cauce venía hacía ellas con tanta velocidad. Casi se podía sentir el agua sobre sus pies. Pero ellas no estaban tan preocupadas como yo. Será que al ser una de secano… 

Con los cimientos “al aire”

Hay un detalle muy curioso de estas reglas de la arquitectura andorrana. Les cuento. Algunos inmuebles no se cortan, nada de timidez, dejan ver todos sus “cimientos”. Y… ¡qué bien armados están! Roca viva en la planta baja.

Lo mejor de este paseo es que constituye toda una “clase” de arquitectura. Siguiendo la avenida principal (la calle de las tiendas como la llamamos los turistas), a pie de acera, hay colocadas en las fachadas unas placas, perdón debí decir “chuletas” -que seguimos en clase- que explican el material que se utilizó; cómo se llevó desde la montaña al valle, etc. El granito es el que domina la mayoría de las viviendas y casones del paseo.

Transparencias cristalinas

Pero Andorra también se ve “tras el cristal”. Uno de los edificios que más llama la atención es el alzado del balneario Caldea. Su singular skyline emerge entre dos montañas y, entre el verde o el blanco, según lo veamos en temporada de nieve o no, no pasa desapercibido.

Al final del recorrido nos tenemos que quitar el sombrero. Porque Andorra está situada en un antiguo valle glaciar, esto es, muy estrecho. Con lo que el desafío que ya de por sí lo era, aún es mayor si cabe. Y nosotros, los turistas, que pensábamos que es el paraíso de las compras. Y lo que nos encontramos es… ¡la maravilla de la arquitectura y la ingeniería juntas! 

En arquitectura los retos siempre atrapan.

Tengo que reconocer que soy de las que admira la labor de los ingenieros y más aún cuando hay un desafío de la naturaleza por medio. Pero, contradicciones tiene la vida, fueron ellos, los ingenieros coreanos, quienes en aquella visita se quedaron paralizados cuando fueron a comer y vieron los platos con pan tostado, tomates partidos y ajos. Miraban este manjar y no sabían qué hacer. ¿Cómo se puede paralizar uno ante una sencilla acción de restregar el tomate? Me contaba la guía que estaba con ellos que les explicó a los coreanos cómo hacerlo y… ¡quedaron entusiasmados del aprendizaje!

Regresaron pues, con la lección bien aprendida. Y no sólo me refiero a la arquitectura que vieron. Sino al modus operandi de restregar el ajo y el tomate. Y es que este manjar tan típico de la zona, como la arquitectura, también atrapa a todo visitante. Los coreanos no se libraron de esta “trampa” gastronómica.

Y es que pasear por Andorra es toda una clase magistral (masterclass se dice ahora) de arquitectura. Bueno sí, el placer de ir de compras también tiene su puntito de gracia. No sé yo si también sucumbieron a él los ingenieros coreanos.

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Metamorfosis nocturna… en la ciudad

 

Muchas ciudades tienen una “doble personalidad”. Son totalmente distintas cuando las vemos iluminadas por la noche. Tanto es así que, si pasamos de día y luego otra vez por la misma calle, por la noche, nos podemos hasta despistar. El lugar es casi irreconocible.

Y más aún cuando viajamos que nos entra el ansia de querer “conocerlas a fondo” y por eso nos gusta también verlas a oscuras. Entiéndanme, con las luces encendidas.

Con “el canto del ruiseñor”

Ese momento cuando aparecen las primeras farolas tiene especial encanto en esta transformación urbana que les cuento. Hay casos llamativos y muy famosos como los abusos del neón en las céntricas calles de Tokio, que dicen los expertos que provoca casi una catarsis en el paseante. 

Otro lugar convertido casi en un museo al aire libre para ver estas primeras luces es la ciudad de Andorra La Vella. Justo al anochecer, “se despiertan” –lumínicamente hablando- “Los 7 poetas”. Es un escultura formada por siete hombres que parecen estar sentados “en el aire” con los brazos sujetándose las piernas. Se iluminan con distintos colores en lo alto de unos postes. Lo mejor es descubrirlos casi por azar.  La noche y el arte van de la mano.  Y con mucho arte, valga la redundancia.

Andorra, en sus primeras luces de la noche

El artista, Jaume Plensa, quería que en los paseos por la ciudad, mirásemos todos hacia lo alto. Nada de ir cabizbajos. Y que reflexionáramos, que también se puede hacer con la cabeza erguida. Y lo ha conseguido con estos pensadores. Pero también es verdad que lo tenía muy fácil porque esta ciudad tiene mucha belleza blanca y verde en sus montañas. Así que, un paseo por Andorra y el dolor de estirar el cuello casi van en un tándem.

Luces y… ¡a cenar!

Hay ocasiones en las puede resultar muy complicado poder ver una ciudad encendida. Pues requiere trasnochar mucho. Así sucede en algunas ciudades bálticas en verano, donde pasada la hora de la Cenicienta, aún es de día. Un poco apagado eso sí. Es la sensación de un atardecer que se queda un rato bien largo ahí, posado en el cielo, sin llegar a desaparecer. Sin dejar entrada a la noche.

En las terrazas de los bares en las zonas más céntricas han ideado un sistema muy curioso para que sepamos que estamos cenando y no comiendo. Les cuento el truco. Encienden –siendo aún de día- pequeños faroles y lámparas para “engañar” visualmente a los comensales –sobre todo los que vamos desde otras ciudades-.

Estaba yo un buen día (digo, noche) cenando con unos amigos estonios en Tallin. Ella me contaba que nada más terminar sus estudios, por razones de trabajo, se tuvo que trasladar en pleno mes de julio a EE.UU. Su avión aterrizó a media tarde y, quedó sorprendida cuando apenas un rato más tarde ya era completamente de noche. Cosa que ella jamás había visto antes en su vida. Y es que las sorpresas son en ambos sentidos. Para nosotros, que el día perdure hasta bien entrada la madrugada. Para ella, que de repente hubiera caído la oscuridad en cuestión de minutos.

Helsinki, en el largo trance del día a la noche. Fotografía tomada en verano a las 2.30am

Luces y… ¡a comprar!

Lo que sí está siendo cada vez más bonito es la iluminación de las ciudades en los días previos a la Navidad. En Londres el edificio de los almacenes Harrods se envuelve cual sí él mismo fuera todo un regalo. Qué sabía asimilación de los del marketing para esconder en todo un inmueble el verbo “comprar”.

Hasta que cante la alondra.

Incluso ya en las grandes ciudades hay una nueva moda turística: recorridos en autobús para ver la iluminación por todas las calles. Estas “metamorfosis lumínicas navideñas” encierran su dosis de peligro pues, de tan bonitas, cuesta decir aquello tan romántico de: Pare que yo me bajo en la próxima, ¿y usted?

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Es un “tipo” muy legal

Ya lo creo. Con él hoy viajamos a África. Nuestro “guía” es un souvenir.

Nada de imanes ¿eh? Tampoco de tacitas con mensajes. El nuestro es muy curioso. Contiene una norma legal para regular la convivencia pacífica entre vecinos. ¡Ah! Y también es un reloj. Sí, sí, todo esto… ¡en tan sólo un pequeño souvenir!

Son muchísimas las razones por las que África fascina. Una de ellas que a mí me gusta mucho -por la proximidad de costumbres que supone con España, sobre todo con el Sur y el Levante-, tiene que ver con la agricultura y más concretamente con el reparto del agua para regar entre vecinos.

En Túnez, ya cerca de la frontera con Argelia compré este souvenir que es todo un manual de derecho de aguas. Estábamos una tarde paseando por un pueblo tunecino y en las afueras, junto al río vimos estos cántaros que… ¡seguían aún siendo utilizados!

En especial en zonas donde el agua escasea, el control y uso de agua siempre ha sido motivo de enfrentamientos y discusiones entre vecinos. Los derechos de riego se heredaban de los padres.  Y para poner un poquito de orden en los usos y aprovechamientos del agua de los pozos, tenían sus propias leyes.

Una de ellas, es la que contiene nuestro souvenir. Estos recipientes, según su tamaño,  hacían las veces de medición del tiempo de riego. Cada propietario, según fuera la extensión de su  propiedad, podía usar el botijo de mayor o menor cabida.

Así el cántaro mayor tamaño daba derecho a una hora de riego; y otro de una cuarta parte, permitía regar quince minutos. Ya les digo, funcionaban casi como… ¡auténticos relojes!

Mucha sabiduría

Y es que un botijo siempre ha sido un invento lleno de sabiduría. No sólo para convertirlo en una ley para uso de agua, sino también, como una forma de mantener una buena temperatura. A mí uno de los usos que me sorprendió hace años fue la denominada “nevera del desierto”. Ganó el premio a los <>.

Botijo convertido en todo un arte. Exposición en Murcia

Un chico nigeriano, alfarero, Mohammed Bah Abba lo ideó. Dos vasijas redondas: una grande y otra más pequeña que se mete dentro; Arena entre las dos que se humedece y… ¡se pueden conservar dentro de la pequeña alimentos perecederos! Todo un frigorífico sin instalación eléctrica.

Y mucho arte también

Y es que el mundo de los botijos… da mucho de sí. Hasta, en ocasiones, ha servido “de lienzo” para pintores. Si es que también es… ¡todo un arte! Los de la foto, hasta con un toque de humor y todo.

El botijo, ¡qué gran invento! Y, además, por todo el mapamundi. Y es que la inteligencia no entiende de fronteras.

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¿Qué le regalo a Ayako?

¿Por qué los japoneses no pagan las bolsas en los supermercados? Tienen un truco, mejor dicho, un arte. ¡Vamos a descubrirlo!

Nuestros trucos navideños

Seguro que en alguna ocasión hemos visto esas encuestas (sobre todo cuando se aproxima la Navidad y pululan las estrategias para el consumo) que formulan una disyuntiva a la hora del regalo. La pregunta suele ser: ¿Prefiere Vd. regalar o, que le regalen? Y según sea una u otra la opción, ya nuestra personalidad queda afectada por ello. Y uno hasta puede llegar a sentirse egoísta si lo que quiere es que le regalen.

A la hora de hacer un regalo a algún amigo extranjero la cosa puede complicarse un poquito. Ya no se trata de que nuestra psicología sea el de una persona más o menos generosa; Es que, como no llevemos cuidado, ¡la amistad puede peligrar!

Ay de aquel mozo que le regale un anillo de diamantes a su novia japonesa y no lo envuelva bien…

Si el amigo a quien tenemos que regalar es japonés, hemos de tener presente algunas reglas de cortesía. En Japón, el envoltorio de un regalo representa el cincuenta por ciento de su valor. Una joya mal envuelta, ya les digo, pierde su cotización ipso facto.

La prueba de envolver un balón. ¡Sálvese quien pueda!

¿Quién no se ha visto en la dificultad de envolver algún regalo? Es famosa la prueba con la que unos centros comerciales retan a los trabajadores que (también en época navideña) contratan para envolver los regalos y evitar así colas en las cajas a la hora de pagar. Cuando les ponen delante una pelota, si se escapa y sale rodando en el intento de envolverla, estos candidatos tendrán difícil poder firmar el contrato.

Arte japonés de envolver

Arte japonés de envolver

Muchas navidades me he visto en una tesitura parecida cuando he tenido que hacer regalos a amigos japoneses y, después de encontrar algo bonito, me tocaba superar el trance de envolverlo bien para que el contenido no perdiera su valor.

No acaba ahí el problema. También es importante el momento de abrir el regalo. Nosotros, destrozamos el papel, en las ansias de saber qué es lo que hay dentro. Este “destrozo” no lo verán jamás en Japón. Es más, si abrimos de esta guinda el regalo, puede resultarles un poquito ofensivo. Allí la delicadeza es tal, que hasta el momento de abrirlo tiene su ritmo pausado.

Y es que hay todo un arte en la tarea de hacer, envolver y desenvolver regalos. Cómo será que hasta tiene su nombre y todo: Furoshiki

No se asusten, para simplificar todo y para llevar a buen término este momento, les dejo una “chuleta” por si se ven en el trance de envolver algún detalle, para que puedan plasmar en él la delicadeza japonesa.

Más que un simple pañuelo

Este arte de envolver tiene largo alcance. Ahora  ya casi estamos acostumbrados a pagar por las bolsas de plástico en los supermercados. Sepan que en Japón, el Ministerio de Medio Ambiente ya recordaba que este arte del furoshiki también sirve para transportar objetos, pues un sencillo pañuelo cuadrado lo pueden convertir en una bolsa.

Tomen pues, buena nota que este furoshiki puede causar furor, ya que nos puede servir también para ahorrarnos unos céntimos. Hay que ver… ¡estos japoneses lo listos que son!

Ahorro en el supermercado

Tesage bukuro o cómo convertir un pañuelo en una bolsa

 

 

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Ruta por mercados madrileños

Visitar los mercados (y los supermercados) es una forma de conocer “el corazón” de las ciudades.  La propuesta de hoy es casi una “operación a corazón abierto”, pues nos vamos de ruta por tres mercadillos madrileños. ¿Se animan? Los dos primeros: gastronómicos y, uno tercero, que seguro les hará recordar aquel grito de: “¡Viajeros al tren!”.

Si la RAE definiera el Mercado de San Miguel  como “museo gastronómico”, no pecaría de exageración. A quienes se nos van los ojos detrás de un plato bien decorado o de una tapa convertida en “arte culinario en miniatura”, estamos de suerte, pues podremos recorrer el museo con la vista (ya nuestros pies la obedecerán y se unirán a ella). Este mercado es bonito por dentro y por fuera. De día y de noche. De nuevo: ¡sin exagerar! A la hora del aperitivo, cuesta encontrar sitio.

Se encuentra en el barrio de los Austrias, muy cerca de la plaza Mayor. Hay que ir sin prisa para aprender, por ejemplo, cómo comer un erizo de mar, probar los productos de temporada o confiar en que las flores son comestibles y, claro que sí, atreverse con este nuevo universo.

Cambiamos de barrio. La parada es ahora en Chueca, donde encontramos el Mercado de San Antón. Recorrerlo, ahora, es casi como hacer un “viaje gastronómico”. La elección es complicada: comida griega, turca, canaria… Desde unas atractivas piruletas de parmesano hasta, si vamos con más apetito, una hamburguesa. Y aquí de nuevo, la cosa se vuelve a complicar pues: tenemos que elegir entre más de… ¡30 tipos diferentes!  Este mercado tiene en la última planta una terraza al aire libre. En ella se puede tomar el aperitivo viendo todos los tejados y áticos del barrio, que tienen una media de cuatro alturas. Los que somos algo cotillas y se nos va la mirada, sólo un poquito, al interior de las casas, estamos de suerte.

Nuestra tercera visita es, ahora ya sí, en un museo en toda regla. El Mercado de Motores está ubicado dentro del Museo del Ferrocarril. El segundo fin de semana de cada mes, siguiendo las vías de los trenes, se colocan todos los puestos. La mayoría tienen un toque vintage. Hay también un rincón delicatessen donde ofrecen degustación de ensaimadas de Mallorca o anchoas de Santoña, entre otros muchos manjares.

No hay posibilidad alguna de aburrimiento.  Los amantes de la poesía se pararán seguro en el “momento verso”. Una chica con una máquina de escribir antigua escribe su poema, tan sólo con la palabra que le haya indicado el visitante. El precio es “la voluntad”. Recordemos que aquellas viejas máquinas de escribir tenían muy poquito margen de error. ¡Inspiración al sonido de las teclas!

Los que adoran las piezas únicas, aquellas dignas de colecciones o de gratos recuerdos, que vayan con tiempo, pues serán muchos los puestos en los que se paren a curiosear. Que si vinilos por aquí, bicicletas antiguas por allá.

Es de esos lugares donde uno no sabe a qué lado mirar. En una franja están los puestos y en la otra los trenes. Se pueden ver “las entrañas” de las locomotoras, los vagones y los coches. Hay algunas que están seccionadas, otros acristalados para poder ver todo el mecanismo de su complicado funcionamiento o cómo eran los compartimentos de entonces.

Me contaban los guías que Steven Spielberg quedó prendado de una de las vagonetas –concretamente una que cariñosamente la llaman: “el cangrejo”-. Tanto que la utilizó en una de sus películas (“Indiana Jones y la última cruzada”). A cambió donó una cantidad de dinero para el museo. Escenas fílmicas del “Doctor Zhivago” y de algunas series españolas también han sido rodadas en este museo.

Yo tuve que dejar el Museo del Ferrocarril/Mercado de Motores antes de lo que quería  –tenía que coger un tren, ¡coincidencias!-. Y al salir, pasé por uno de sus muchos rincones musicales. Dejé este fantástico lugar escuchando “A mi manera” por unos trompetistas que emocionaban a todos que se paraban junto a ellos.  Yo, si me paraba, perdía el tren.

Me esperaba otra estación también con solera: Atocha. Pero sus secretos, los desvelaremos en otra ocasión.

 

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Sobre el autor Inma

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