La Verdad

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Categoría: Transporte público
Aeropuertos, ¡qué lugares!

 

El mundo está de nuevo dividido en dos grandes bandos y, no sólo futbolísticamente hablando. ¿Cuáles son las catedrales en el siglo XXI? Unos –los del balón- lo tienen claro: los estadios. La respuesta para otros: los aeropuertos. Como les digo, he ahí la cuestión urbanística que los enfrenta.

Hace poco el arquitecto de la famosa T.4 desvelaba todos los secretos del proyecto. Uno de ellos, bien bonito, era la utilización del bambú, planta flexible y resistente a la vez. Pero sincero, Richards Rogers reconocía la excesiva amplitud del espacio interior. Vaya que a nada que uno se descuide con su café y libro, puede llegar a perder el avión, aunque su puerta de embarque esté… ¡en la misma terminal!

El día que todo cambió

Hubo un momento crucial en el que todos los aeropuertos sufrieron un “giro copernicano”.  Fue toda una acrobacia de marketing. Les cuento cómo fue la voltereta, digo, la estrategia. Estos edificios ya contaban con todas las tiendas abiertas. Pero había un problema. Los pasajeros que llegaban, iban directos a las cintas para recoger sus maletas y en cuestión de unos diez, quince minutos máximo, ya las tenían y, camino al hotel o a casa.

aeroredLa idea fue: “tenemos que lograr que todo este grupo de pasajeros de llegada, pase sí o sí por la zona de tiendas para que puedan comprar o tomar algo en los restaurantes”. Primaba hacer caja. Poca compasión con su prisa por abrazar en destino. Tampoco con el sufrimiento del jet-lag. Y sólo después de “haber hecho el paseíllo del consumo”, ya sí, permitirle que recoja sus maletas. Compasión tardía la del nuevo diseño de los aeropuertos, como ven.

Así las cosas, sin apenas darnos cuenta, vamos siguiendo cual rebaño estos recorridos de flecha por aquí y por allá y, los que vienen como los que van ahora pueden encontrarse en el trasiego de la zona comercial del aeropuerto. Sálvese quien pueda.

Y el día que me perdí dentro de un aeropuerto. Y eso que era de los pequeños.

Yo que me estudié concienzudamente este cambio de ecuación se ve que no hice bien los deberes, pues en un aeropuerto pequeño de Portugal, recién llegada, cómo será que llegué a perderme en todo el trajín de tiendas. Gracias a la ayuda de la señora de la limpieza pude escapar y dar con la salida. Me veía ya como el protagonista de “La Terminal”. No vayan a pensar que soy demasiado peliculera por favor.

Pero siempre hay un toque humano.

Dentro de este laberinto comercial sutil de los aeropuertos, hay también recovecos humanos. Uno de ellos es una iniciativa reciente denominada “Relatos de Aeropuertos”. Sus creadoras empezaron observando a las personas que allí estaban e imaginaban qué historia habría detrás de cada una. Yo creo que todos alguna vez nos hemos visto inmersos en este juego de la observación en los lugares de tránsito. Se dieron cuenta de que podían rescatar esas historias, y pasaron de mirar a charlar con estos pasajeros. Unos días del mes se van a la T.4 con su cámara, se acercan y los entrevistan. Trocitos de estos ratos de conversación los cuelgan en su página web.

(..) Tan gratos para conversar.

Y en este recorrido humano por los aeropuertos, siempre nos quedarán los abrazos de Carlos del Amor que llegan cada año unos días antes de Navidad con sus reportajes en la puerta de llegada para compartir ese momento del encuentro de familiares y de amigos que llevan meses largos –a veces hasta años- sin verse y que a más de uno nos han hecho llorar.

(..) No hay como el calor del amor ‘al llegar’.

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¿A Vd. también le dijeron que los taxis en Londres eran negros?

 

¿Y los autobuses de dos pisos, rojos? A mí también. El caso es que yo me lo creí, a pie juntillas. Y no pecamos de ingenuos los que sucumbimos a estos colores tan peculiares del transporte urbano londinense. Hubo una época en la que nadie nos mintió. Y el “street view” de antaño se repartía entre estas dos tonalidades.

Pero llegó un momento en el que el dilema era mantener la tradición o, dejarse tentar por el poder de la publicidad. “Ser o sucumbir, he ahí la cuestión”, que –hablando de Londres-, diría el gran Shakespeare. 

Y no fue pacífico el tema. Pero, ¿qué publicista no quiere que su anuncio “esté rodando” por todos lados y que se pueda ver a todas horas? Es el summum de todo cartel.

Es muy entretenido esperar en los semáforos londinenses y, como por confusión, miramos a los dos lados, sin saber muy bien por dónde vendrá el taxi, la variedad de la gama en estos giros rápidos de cabeza que hacemos, es variadísima: los hay pintados enteros de rosa; otros, anuncian chocolatinas y es que… ¿a quién no le amarga un dulce?

Este tema de la publicidad es uno de los grandes coqueteos del turismo, visto desde una perceptiva económica. Sucede en todos los destinos, no sólo en Londres. El punto de inflexión es delicado porque cuando el peso se inclina en demasía hacia los euros –libras en este caso-, muchas tradiciones, en esta balanza pecuniaria, llegan a perderse.

Otras veces sí se mantienen las tradiciones, haciéndonos ver a los turistas que todo sigue igual. Pero es sólo una performance. Les cuento un caso curioso y muy conocido: La Ceremonia del Cambio de Guardia. Todo un retrato sociológico digno de una tesis doctoral: colas larguísimas; gente abrazada a la verja para no perder esta pole position; por supuesto, empujones, etc.

Antes, en la época en la que los taxis eran negros y autobuses, rojos, este cambio de guardia se hacía todos los días. Ahora, con la excusa (¿) de que hay menos turismo, sólo se realiza en días alternos. Y claro, resulta difícil de entender que si se trata de un trabajo de vigilar un palacio, es decir, esos que día sí y día también; llueva o truene, hay que estar en sus puestos, entonces ¿por qué sólo se hace esta ceremonia unos días sí y otros no?

Un experto me dijo que el Cambio de Guardia era un “teatro de la seguridad”. Que se mantiene sólo por tradición, a la vista del gran contingente de gente que atiende impaciente.

Y ello se entiende –me seguía contando este experto- porque estamos inmersos en el “gran hermano social”, con cámaras de vídeo vigilancia, vallas, sanciones, etc. Y estos guardias han pasado a ocupar sus puestos cómodamente detrás de estas pantallas.

En esta “batalla” entre mantener las tradiciones y el poder arrasador del business, aún podemos encontrar algunos lugares en Londres que no han sucumbido a la tentación de la publicidad, que ya lo dice la máxima: “quien controla el pasado, controla también el futuro”. Por ahora, las hamacas de los parques siguen siendo las típicas de rallas verdes y blancas.

No quisiera yo dar ideas a publicistas, que a mí me encanta pasar un ratico en estas hamacas a la orilla de este “mar de hierba” londinense (a falta de playa, toca consolarse). Y ya, si sale el sol, no les digo más, el ratico se alarga seguro.

Y, si llueve, habrá que buscar un autobús o un taxi y… que venga la publicidad rodando a nuestro encuentro.

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¡Beethoven al tren!

¿Se imaginan escuchar un concierto de piano mientras esperan en una estación? Y gratis. Podría ser hasta peligroso porque si nos quedamos embelesados con la melodía, corremos el riesgo de perder el tren. Pero… ¿qué viaje no tiene su riesgo? Así que en la ruta de hoy ponemos música de fondo.

Un rincón sonoro junto a las vías

Les cuento el caso francés. Tiene dos muestras bien curiosas. Una de ellas es una bonita iniciativa que se creó hace unos años por la Compañía Nacional de Ferrocarriles de Francia (la versión francesa de RENFE) en la idea de amenizar estos ratos de espera en las estaciones, más allá de tomar un café au lait con su acompañante fiel, el croissant. De tan bonita, aún perdura y se ha extendido por muchas estaciones. En ellas, en un rincón, hay un piano y cualquier viajero se puede animar a tocarlo. Sobre algunos pianos hay colocado un cartel al puro estilo de Casablanca: “Tócalo. Es tuyo”.

Acordes en los andenes

Joven tocando el piano en la estación de Périgueux (Fotografía de SNCF)

Recorrí la costa atlántica francesa pero no tuve la suerte de que alguien lo tocara mientras esperaba. Sí me contaba un jefe de una estación de Aquitania que los tocan en muchas ocasiones. Vaya, que el sentido del ridículo no lo tienen tan acentuado y que son muchos los viajeros que transforman las estaciones en salas de conciertos, abarrotadas de público, hasta feliz por tener que esperar en caso de retrasos.

Me he tenido que consolar con el vídeo famoso de dos chicos que no se conocían y que improvisaron una pieza a cuatro manos. Qué forma tan bonita de hacer nuevos amigos en las estaciones. Estos desconocidos no tienen nada que ver con aquellos “Extraños en un tren” con los que Hitchcock disfrutaba asustándonos.

Un abecedario gigante con su puntito de inteligencia

Hay otro detalle que también podríamos copiar, éste ya de orden práctico. Seguimos en Francia. En sus estaciones hay una pizarra nada más entrar que te indica según cuál sea tu vagón, dónde se parará exactamente.

En este mapa, cada número de vagón se relaciona con una letra del alfabeto. Se evitan así las pequeñas aglomeraciones que se forman cuando viene el tren y estamos todos corriendo (y chocando) para buscar dónde paró el nuestro.

Prisas y pisotones

En ocasiones en nuestras estaciones hay personal asignado para facilitar esta tarea y por aproximación más o menos podemos salir airosos de este trance: “Póngase Vd. después de la tercera columna”. Pero yo no sé si a Vds. también les pasa que luego cuando voy por el andén no sé si me dijo, antes o después de la columna; era la tercera pero contando también la de la escalera… en fin que este sistema provoca algunas dudas, tantas que más de una vez me he subido al vagón equivocado. Y también debo reconocer que he dado algún pisotón en las carreras por encontrar mi vagón, sin querer eso sí.

Con lo fácil que resulta ir caminando tranquilamente por el andén antes de la llegada del tren. Que nuestro vagón según el mapa es la letra “S”, pues nosotros bien obedientes ahí que nos paramos con nuestra maleta. Y, justo ahí, ni un metro más lejos, se abre la puerta del tren.

¡Vale copiar!

Ahora que empezamos curso escolar, qué felices nos habría hecho escuchar esta frase en boca del profesor. Porque claro, la cuestión no es sólo copiar, sino saber de quién debemos copiar. Y este modelo francés roza el sobresaliente en las asignaturas de música y lengua ¿no les parece? Así que, ¿por qué no estirar el cuello y mirar sus folios, perdón, quise decir sus andenes y, mejoramos nuestras estaciones? Y, ojo al dato que en muchos casos la copia puede incluso superar al original. Mira que si Renfe leyera este post…

 

PD.  Les dejo el enlace para que vean lo fácil que resulta tocar, sin ensayar y, hasta con la mochila puesta. París, un piano, dos desconocidos mientras esperan el tren

 

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Un “suspenso” con sobresaliente

 

La palabra “suspendido” que tantos sustos nos dio en la época estudiantil hoy será la protagonista de nuestro viaje. Es más, quedará convertida en arte.

Con ella nos vamos a un rincón que está a tiro de piedra de Tel Aviv. ¿Me acompañan? Es una zona que roza el sobresaliente.

¡Un lugar con mucha historia!

Naranjo suspendido

El barrio donde se encuentra es de esos que da gusto ir caminando sin prisa: callejuelas estrechas, empedradas, pequeñas galerías de arte; casas de piedra; las calles tienen el nombre de los signos del zodiaco… Les hablo del lugar que está catalogado por ser el puerto más antiguo del mundo: Puerto de Jaffa.

Aparece mencionado en varias ocasiones en la Biblia (la más conocida es la historia de Jonás y la ballena que tuvo lugar justo en esta parte del Mediterráneo). A las razones citadas se une, pues, la histórica. ¡Imposible no ir!

¡Un puerto que, además de historia, rebosa arte!

Nuestro rincón está justo en el centro de una pequeña plaza. Se trata de una estatua suspendida por cables que la sujetan a los muros de las casas próximas. En esta obra se combinan dos elementos: la tecnología y la naturaleza. Y por supuesto, la mano del hombre que los aúna. En este caso, la del artista israelí Ran Morin. Su título: “el naranjo suspendido”.

Un árbol, que es que el que le da nombre, dentro de una gran tinaja. Y claro la pregunta que surge es: ¿Cómo se riega? Pues al estar suspendido en el aire, no tiene contacto directo con la tierra. Está todo pensado. Junto a los cables que sujetan la escultura, están perfectamente encajados (casi escondidos, hay que fijarse bien para verlos) los tubos por los que se riega el árbol. Pero los más curiosos tenemos aún una segunda pregunta: ¿Qué pasa cuando el naranjo crece? Es aquí cuando la obra artística está preparada para, por su parte superior, permitir que pueda ser trasplantado a un lugar –ya en tierra firme- donde pueda seguir creciendo y, en la tinaja se planta otro nuevo naranjo. Y así, la vida va pasando por este lugar.

Este rincón y la obra en sí tienen tanta belleza que casi todos buscamos hacernos una foto. Los más osados se colocan tumbados justo debajo de la tinaja. Cuando yo la vi, venía un colegio y todos los niños, al acercarse, comenzaban a balancearla. ¡Da mucho juego! Yo fui de las que también la balanceo para comprobar su resistencia.

Callejeando por Jaffa. Israel

Seguir caminando por las callejuelas de Jaffa tiene también más alicientes. Uno de ellos son las vistas de Tel Aviv y toda la franja de costa: Catorce kilómetros de playa ante nosotros.

Como les decía esta zona del viejo puerto está llena de arte. Y de vidilla artística por las noches. Incluso en una de las viejas naves el grupo Mayumana tiene la sede de sus ensayos. Ya les digo… ¡los pies se van solos! Me contaba un amigo israelí que él había tenido la oportunidad de asistir a uno de los ensayos. Yo no tuve tanta suerte.

Una vieja ciudad junto a la capital de Israel

Y es que pasear por una vieja ciudad que se encuentra tan sólo a unos minutos de una gran ciudad, son contrastes de esos que atrapan. Así que… ¡déjense atrapar! No hay peligro, Jonás salió vivo.

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.- Notas prácticas: ¿Cómo llegar? Es muy sencillo. Una de las opciones es alquilar una bicicleta y seguir el paseo marítimo. Otra, son los autobuses urbanos desde el centro de Tel Aviv. En unos quince minutos, se llega al centro de Jaffa.
.- Curiosidades de la zona: La Embajada de la Ciudad del Vaticano se encuentra también en este viejo puerto. En ella se alojó el papa Francisco. Es un edificio muy pequeño, parece casi una capilla adosada a la Iglesia de San Pedro.
.- Por la noche: Muchos bares –sobre todo los de la primera línea- tienen actuaciones musicales en directo.
.- Libros que mencionan la historia de este lugar: “Dispara, yo ya estoy muerto” de Julia Navarro.

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Érase una vez…

Dos historias que parecen un cuento, pero que son ciertas. La primera comenzó en Paris. La segunda, en México.  Las dos tienen mucho en común: En ellas, lo que fue una carencia a la hora de viajar, ha pasado a ser un negocio. Les cuento.

Se acercaba la Navidad. Por fin tendría unos días de vacaciones. ¡Qué ganas de dejar París y estar con su familia! Pero cuando fue a comprar un billete de tren, ¡ya no quedaban! Recurrió al autobús, y también, ¡todo vendido! Casi derrotado, ya se veía pasando solo la Navidad en París. Al final, a través de la cadena de conocidos y amigos (que a todos alguna vez nos ha sacado de algún apuro),  encontró plaza en un coche que -¡menuda suerte!- se dirigía a su mismo destino.

conversaciones viajeras

Cuando iba por la autovía se dio cuenta de que eran muchos los coches que iban casi vacíos. La mayoría con tan sólo el conductor. Pensó en cuánta gente habría tenido el mismo problema que él y, paradójicamente tantas plazas vacías en los coches. En este trayecto hacía su casa, tomó la decisión de crear una plataforma on line para dar solución a este problema. Él había tenido suerte pero se preguntaba cuánta gente se habría quedado en París, pasando sola la Navidad por no haber podido encontrar un billete, ni tampoco una plaza en alguno de esos coches que iban casi vacíos camino de la campiña francesa. Hoy a más de uno, el coche parlanchín blablacar nos ha sacado también de algún apuro. A su fundador incluso le ha permitido conocer “lugares de película”, pues en una ocasión coincidió en los asientos delanteros con un director de cine. En el trayecto que compartían, el director  le habló de una playa donde se podía correr. En ella se organizaban maratones sobre la arena y allí que fue a descubrirla.

Hablando de playas, nos vamos al lindo México. En este caso un señor quería pasar unos días en Playa del Carmen con su esposa. Buscaba un lugar que fuera muy especial. Fueron a la agencia de viajes y el señor (como seguro que a todos nos ha sucedido alguna vez) salió cargado de folletos con fotos magníficas. En su casa, los hojeaba tranquilamente con su mujer y le preguntaba por este y aquel otro hotel. Lógicamente ella elegía las opciones más caras y lujosas. Él, en su insistencia de querer encontrar algo con verdadero encanto (y también, a ser posible, algo más baratito), se puso a buscar por internet. Después de muchas, muchísimas horas mirando la pantalla, encontró un blog de una señora que, cosas de la vida, hablaba mal del hotel que había elegido su esposa.

Pensó que si existiera alguna plataforma en la que todos pudieran dejar opiniones y comentarios, él no habría estado horas y horas ante la pantalla. Y de ahí creó la web tripadvisor.

Hoy en día los sociólogos están ya estudiando el fenómeno denominado “sabiduría de las masas”, en el sentido de cómo nos pueda influir una opinión de un desconocido, de quién nada sabemos de sus gustos ni de sus preferencias, para guiarnos por él y tomar una decisión, según cómo le haya ido a otra persona (quien nunca nos fue presentada). También, desde otra perspectiva los analistas están preocupados por el grado de certeza que estos comentarios puedan tener, ya que pueden ser objeto de segundas intenciones.  Me comentaban los directores de comunicación de esta plataforma que tienen activadas alertas para detectar falsos comentarios (son conscientes de que el ser humano es más proclive a quejarse, que a manifestar su satisfacción por escrito). Pero también son muchos los directores de hoteles que me dicen preocupados que algunos clientes son propensos a añadir una queja aún sabiendo que están pidiendo algún servicio que no está incluido en la tarifa que ellos eligieron.

Y pensar que mi madre de pequeña me decía que no me montara en coche con desconocidos, ni que tampoco me fiara de ellos. ¡Cómo cambian los tiempos!

 

 

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Londres para curiosos y tacaños

¿Se animan a dar un paseo por el centro de Londres? Eso sí, hay una alta probabilidad de que llueva. Como buenos previsores, cogemos el paraguas por si las moscas pero…  ¡Vaya! Justo al salir del hotel nos hemos cuenta de que nos hemos dejado la cartera.

¡Tranquilidad en el frente! No tienen que regresar a por ella. Nuestro paseo será totalmente gratis. Los tacaños (¡perdón, los que buscamos siempre cómo ahorrar un poquito) estamos de suerte. Pasaremos una mañana completa por el centro para prestar atención a ciertos detalles curiosos, de esos que aportan mucho significado y…. ¡sin gastar ni un euro!

Primero nos acercamos a ver el cambio de guardia. Encontrar un buen sitio, en ocasiones, resulta complicado. Es que la curiosidad tiene algo que contagia y… de ahí la gran multitud que se concentra sobre las 11.00. Esta ceremonia, como les digo es de las atrae a muchos turistas. La coordinación de los guardias que entran y los que salen, llama siempre la atención. El dato curioso lo encontramos en los alrededores del Palacio de Buckingham. El asfalto en todas las calles adyacentes cambia su tonalidad y pasa a ser rojo, por aquello de simular una larga alfombra real. Detalles de la realeza. Nosotros podremos decir con orgullo y satisfacción que también pisamos “la alfombra roja”.

Los parques de Londres son de esos lugares donde uno quiere estar sin mirad el reloj y sin prisas (y, a ser posible, sin que llueva). Los domingos en una esquina de Hyde Park (“speaker corner”) se da la oportunidad a quien lo desee de poder comentar –y criticar- los temas políticos en voz alta. Eso sí, hay un requisito legal que todos deben cumplir. Para poder criticar con legitimidad, no se puede hacer pisando directamente el suelo británico. Por esta razón, veremos a todos subidos a un taburete, una caja o cualquier otro utensilio que rompa la secuencia directa con la tierra. Cosa que por otro lado se agradece, pues con este requisito legal, los que estamos más lejos o somos más bajitos, lo tenemos más fácil para poder ver al orador.

Este parque es de esos que será muy difícil que nos quedemos en esta esquina, pues invita a entrar y perderse por él. Sí, lo de perderse lo digo en sentido literal, pues de tan grande, es fácil que no sepamos cómo regresar. Este recorrido sin rumbo a buen seguro nos llevará a la otra esquina del parque donde, justo al salir encontramos el Museo de Historia Natural. Y si empezamos nuestro paseo sintiéndonos “como reyes” pisando la “alfombra real” y hemos rozado la tranquilidad por el parque, ahora toca pasar un poco al ajetreo; Sí, sí, en sentido literal, que de todo (menos gastar dinero) hay en esta mañana londinense. En este museo, podemos experimentar un terremoto. Una de sus salas se mueve… ¡Madre mía que sí se mueve!  Menos mal que tiene agarraderas (yo me sujeté a ellas con fuerza) donde poder superar el trance.

Y ya, a estas alturas nos toca regresar al hotel porque, entre la caminata (que se me olvidó decirles que la alfombra roja mide varios kilómetros) y el susto del movimiento terrestre bajo nuestros pies, es probable que nos haya entrado un poquito de hambre y ahora –mal que nos pese- para estos menesteres, sí que vamos a necesitar el monedero.

¡Ah! un último dato más, también apto para curiosos. Si van con pequeños, no olviden buscar los “animales” que “viven” en el metro de Londres. No son peligrosos. Les dejo el elefante a modo de muestra. En este “hábitat subterráneo” conviven gatos, caracoles, tortugas… Peculiar, cuanto menos esta fauna del “tube” que sigue el ritmo de la manada al grito de: “Mind the gap”

Tuvimos suerte… ¡no llovió en nuestro paseo! Si lo llegamos a saber, nos hubiéramos dejado también el paraguas en el hotel junto con la cartera.

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