Grecia es el origen del pensamiento occidental. Y en el corazón de su legado filosófico se halla el imperio del Logos, de la razón. La historia del pensamiento europeo ha sido la constatación continua del menosprecio de las emociones, del rechazo de la pasión como un estado cognitivo inferior del individuo. La estructura lógica que hoy se infiltra en cada región minúscula de la realidad a través del imperio de la economía tiene su remoto origen en el pensamiento de la Grecia clásica. Paradójico.
Y he aquí que, después de 2500 años, la más impactante redención de las pasiones vivida en Occidente sucede precisamente en Grecia. El referéndum del pasado domingo ha traído un resultado mucho más demoledor que el de las urnas: el de que la lógica europea no es infalible. La única verdad posible no es la impuesta por el racionalismo económico. Los griegos han demostrado que las pasiones constituyen una alternativa socialmente plausible, y que los paradigmas lógicos no constituyen un absoluto.
Lo curioso de todo es que, pese a la rotundidad del fracaso del modelo racional, los analistas occidentales siguen mirando con desprecio y aire de superioridad la rebeldía emocional. Se tapan los ojos para no ver el agujero que se ha abierto en el centro de sus políticas de la lógica. Y, ciertamente, como esta insensibilidad hacia las pasiones sociales no se corrija y los gestores occidentales no empiecen a contemplar las emociones dentro de sus prioridades, el agujero cada vez será mayor e imposible de moderar. Todavía no nos hemos dado cuenta de que el XXI es un siglo esencialmente apasionado, y que la insistencia en el racionalismo anacrónico solo va a traer una mayor violencia y desprecio hacia las instituciones.