Lo más vanguardista, imprevisible e innovador que tiene Murcia en este momento es su gastronomía y, concreta y sorprendentemente, los diversos proyectos que se están activando en torno a la cocina oriental y japonesa. El último y fantástico ejemplo: el denominado Club Gastronómico El8, situado en la octava planta del Edificio Hispania de Murcia.
De acceso exclusivo solo para socios, la propuesta atrapa desde un principio mediante la sugerente participación del paisaje urbano en la experiencia gastronómica. La Gran Vía se suma a los platos casi como una coreografía diseñada ad hoc. El tráfico es vivido desde el interior del local como algo rítmico, con una composición estética perfecta que parece tornar lo aleatorio en programado y acompañar experiencialmente cada plato.
Por su parte, la propuesta gastronómica en sí misma apuesta por un discurso conocido: cocina japonesa de fusión. Habitualmente, siempre que se habla de “fusión” cargas de inmediato los bolsillos de omeprazol. Lo híbrido se suele entender en términos casi exóticos, como una combinación de estereotipos que cohabitan de manera agonistica. Apenas hay comprensión, cuidado de las identidades. Pero en el caso del Club El8 la fusión es un ejercicio de alteridad por momentos brillante. Los nigiris, el futomaki, el tartar, el maki constituyen asombrosas historias de sabores lentos: nada es inmediato. No hay principio pirotécnico. Cuando parece que todo ha pasado, que el paladar ha olvidado, retorna la memoria del sabor. A destiempo. Cuando menos te lo esperas. Salpicando la monocromía inicial de apuntes y trazos de una sutileza casi infinitesimal.
El gran fraude de la cocina lenta es que se resuelve en sabores rápidos. Dilata los procesos de producción pero no acierta a la hora de estirar los tiempos del consumo. Y cada día que pasa la demanda que una vez realizó Maffesoli adquiere más importancia: “en tiempos de urgencia hay que aplicar una estrategia de la lentitud”. En el caso de El8 los sabores llegan tarde. Pero en la espera crecen, se tornan verdaderos, adquieren una profundidad infinita. Se revelan representantes de una magnífica “cocina de la paciencia”. Eclosionan después del olvido. Un lujo.