Hace un par de semanas asistí a una charla que me sorprendió de manera especial. El ponente fue un empresario de éxito, Rafael Juan, Consejero Delegado de Dulcesol, compañía líder en el sector alimentario español, con una facturación que supera ampliamente los 300m€ anuales.
Este reconocido industrial valenciano, químico de formación, acudió a la Cámara de Comercio de Murcia, a instancias de la activa Cátedra de Responsabilidad Social Corporativa (RSC) de la UCAM, dirigida por mi amigo Víctor Meseguer, quien tuvo el detalle de invitarme.
Rafael comenzó su presentación relatando brevemente la historia de su empresa familiar, comentando con toda humildad el fracaso de algunas iniciativas de su padre, fruto de su inquietud y resaltando la visión y creatividad de su madre (inventora de las famosas magdalenas cuadradas Gloria), que, a su avanzada edad, todavía sigue interesándose por la marcha del negocio.
Tras un rápido repaso a las cifras y atributos corporativos de la empresa, en los que no abundaré por ser fácilmente accesibles por los lectores interesados, Rafael, con una gran claridad expositiva, y sin el menor atisbo de afectación, fue desgranando las claves que han hecho de Dulcesol un imperio empresarial.
Al principio, reconozco que esperaba un discurso que incidiera únicamente en las actuaciones de Dulcesol en materia de RSC, incardinadas en las típicas áreas económica, social y medioambiental, y sobre el impacto que generan las actividades de la empresa entre sus empleados, consumidores, clientes y sociedad en general.
Pero sin dejar de contemplar estas actuaciones como una prioridad para una empresa socialmente responsable como la suya, y sin restarles un ápice de importancia, lo que me llamó especialmente la atención de Rafael Juan fue su conocimiento en materia de innovación y sobre todo, la aplicación práctica de conceptos teóricos cuya implementación no resulta nada sencilla.
Si la RSC y la innovación en general se consideran un tándem de competitividad imbatible, sin duda, Dulcesol me parece un ejemplo de libro, digno de estudio, de emulación y de reconocimiento en estas materias.
Sus inobjetables resultados económicos son la parte visible y la consecuencia de una estrategia que apuesta decididamente por la internacionalización y por la innovación en todas sus vertientes: tecnológica y operativa, de producto, de servicio y sobre todo por la implantación de una cultura innovadora, aspecto diferencial de las organizaciones que se sitúa en la cumbre de la famosa pirámide de Hamel.
Instalar la cultura de la innovación sistemática en Dulcesol pasa inevitablemente por impulsar la motivación y el compromiso de los empleados, por movilizar la inteligencia colectiva.
Un gran reto que ha superado Rafael, a tenor de su testimonio, aplicando grandes dosis de liderazgo y desterrando en parte, no sin dificultades, los arcaicos paradigmas jerárquicos, típicos de la sociedad industrial.
En sus propias palabras: “Ninguno de nosotros es tan inteligente como todos nosotros juntos”. “Quiero que los empleados se lleven los problemas de la empresa a casa, que piensen sobre ellos”.
Al son del discurso sereno de Rafael, fuí reconociendo, aplicados con éxito, muchas de las recomendaciones y conceptos teóricos recogidos en la literatura especializada en materia de innovación: el liderazgo, la organización dual, la orientación a cliente, la vigilancia tecnológica, la creatividad, la apuesta por el talento, la motivación, el trabajo en equipo, la tolerancia al fracaso, la redarquía, la holocracia, el intraemprendimiento,…
En particular, me consta, porque lo citó expresamente, que compartimos la admiración por Frederick Laloux y su libro: “Reinventar las organizaciones”, que me sirvió de inspiración para un post.
Definitivamente, Rafael Juan, que, además es de los pocos empresarios que tiene un blog propio, y que acaba de poner en marcha un Centro de Innovación Nutricional es un innovador de libro.
Juan J. Ríos Piñera (Web personal)
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