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Juan José Ríos

La i de innovación

Ajedrez cuántico

Aprendí a jugar al ajedrez a los 12 años en el desaparecido Club del Guía de Cieza, donde la persona que me introdujo en el juego, bastante mayor que yo,  me hizo comprender,  a fuerza de dolorosas derrotas, la famosa frase de Philidor, primer campeón mundial oficioso de este juego: ” los peones son el alma del ajedrez”.

Con el tiempo, a fuerza de practicar, fui descubriendo la necesidad de perfeccionar mi técnica y, como entonces no existía Internet, no había más opción que aprender de los mejores jugadores reproduciendo sus partidas, recogidas en libros específicos.

En época de vacaciones había tardes en las que me enfrascaba en sesiones que podían durar hasta 4 ó 5 horas, disputando partidas en la magnífica sala de ajedrez del también desaparecido Casino de Cieza. Era excesivo, lo reconozco aquí (aprovechando que no me lee mi mujer), pero este entretenimiento tiene una componente adictiva de la que, a veces, cuesta trabajo sustraerse.

Siempre dentro de un nivel modesto, fui aprendiendo las ortodoxias de este juego, que muchos consideran un deporte, entre ellos el COI,  y otros, los menos,  una ciencia y hasta un arte, pero  es indudable  que el ajedrez  estimula la mente , tiene aplicaciones terapéuticas , educativas, y pautas aplicables al mundo de los negocios, con la ventaja adicional de que se puede practicar a todas las edades.

Mi ídolo era Pillsbury, el genio del ataque, el mejor ajedrecista americano de todos los tiempos, junto a Morphy y Bobby Fischer. A pesar de su corta carrera (murió a los 33 años), consecuencia de una  vida disipada  que mermó sus logros, Pillsbury fue un renovador que aportó una combatividad, un talento creativo y una confianza en sí mismo inusuales en los jugadores de principios del siglo XX.

Dotado de una prodigiosa memoria y de una fértil imaginación, fue el más extraordinario jugador a ciegas de todos los tiempos, siendo capaz de recrear , con absoluta precisión, el desarrollo de las numerosas partidas jugadas simultáneamente bajo esta modalidad y comentarlas con sus contrincantes, una vez finalizadas.

Tiene fama la dificultad del juego del ajedrez,  pero el GO, el milenario juego de origen chino, a pesar de la simplicidad de sus reglas,  parece ser más complejo todavía. Con todo, el juego considerado como el más difícil del del mundo es Magic: El Encuentro , ideado por el matemático Richard  Garfield en 1993.

Siempre me ha intrigado cómo se elaboran los programas informáticos de juegos, en especial el del ajedrez. En 1950, Claude Shannon estableció las bases para este propósito: i) Escoger un código numérico que represente las posiciones, las piezas y los movimientos  ii) Encontrar una estrategia de selección de las mejores jugadas  y iii) Traducir esta estrategia en órdenes elementales para que las ejecute el ordenador.

La moneda de cambio suele ser el modesto peón. Una reina vale 9 peones, una torre, 5 y un alfil o un caballo, 3.  O sea, que puede interesar, según la posición, cambiar una reina por dos torres.

Por su papel en el desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA) el ajedrez se considera en este ámbito algo así como la “drosophila meganolaster“, la conocida mosca de la fruta, especie de experimentación genética que ha permitido grandes descubrimientos en el campo de la biología.

Por cierto, en octubre de 2015, Google diseño el AlphaGo, el primer programa de IA capaz de derrotar al campeón del mundo de esta especialidad, como antes Deeper Blue había conseguido vencer a Kasparov en 1997. Sin  embargo, de momento no se ha conseguido que ningún ordenador pueda jugar al Magic, dada su complejidad computacional.

Quizá, los avances de la Computación cuántica lo consigan, como ya han hecho posible la aparición del Ajedrez  Cuántico, para acabar de complicarlo, sobre el que nos ilustra nuestra campeona Sabrina Vega.

 

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Sobre el autor

Si tuviera que definirme en pocas palabras diría que me considero catalizador, promotor de cambios. Dentro de un espíritu inquieto y de sana rebeldía, me gusta definir las actuaciones dentro de un marco que las dote de coherencia. Me importa mucho el entendimiento personal. Mi mundo, hasta los 26 años, se ceñía exclusivamente al ámbito educativo. Estudié Matemáticas y la salida inmediata era la enseñanza. Nunca pensé que podría dedicarme a algo diferente. Me tocó vivir la eclosión de los ordenadores personales de la década de los 80. Empezaron a dotarse los centros educativos de PC ́s. Fui uno de los profesores de Informática de este primera ola. En esta época, junto a un amigo, adquirí mi primer ordenador personal (carísimo) para uso empresarial. Empecé a conocer el mundo de la empresa. En la década de los 90, me cautivó el Informe Bangemann, como marco inspirador de la Sociedad de la Información. De la mano de Juan Bernal, Consejero de Economía y Hacienda, fui Director General de Informática de la Comunidad de Murcia. Fue una etapa apasionante y creativa donde abordamos proyectos como la Red Corporativa de Banda Ancha, la adaptación al euro y el año 2000, la implantación de SAP o la realización de uno de los primeros proyectos de ciudad digital de nuestro país (Ciezanet). Compaginé, durante muchos años, la docencia con el desempeño de puestos de responsabilidad en empresas regionales del sector TIC. En 2009, como profesor, puse en marcha un proyecto innovador cuyo objetivo fundamental era comprometer a los padres en la mejora del rendimiento educativo de sus hijos (proyecto COMPAH). Empecé a familiarizarme con el mundo 2.0 y a emplear estos recursos en mis clases. Como admirador de Morris Kline, soy un amante de las aplicaciones de las Matemáticas al mundo real como elemento motivador de su estudio por parte de los alumnos. Mi primer contacto con las metodologías de la innovación (Design Thinking) se produjo en 2010, de la mano de un consultor, Xavi Camps, que me hizo ver que la creatividad y la innovación son la base de la prosperidad de las organizaciones y que estos atributos se pueden entrenar y perfeccionar. Desde entonces, soy un apasionado de la innovación como concepto transversal. Creo profundamente en la innovación pública. Las instituciones no pueden seguir funcionando casi como en el siglo XIX. Deben transformarse, en el contexto del paradigma de Gobierno Abierto, para convertirse en organizaciones centradas en los ciudadanos, transparentes, sostenibles, eficientes, ligeras y facilitadoras de la actividad empresarial y de la creación de empleo de la mano de iniciativas como el Open Data. Como ciudadano me preocupa especialmente la sostenibilidad de la sanidad pública, y de las pensiones, ahora que voy viendo cada vez más de cerca la edad de la jubilación. No sé contar chistes pero me divierte el humor surrealista y los juegos de palabras, que a menudo sufren familiares y amigos. He trabajado como asesor de innovación en la CARM (2012-2016). Actualmente he vuelto a mis clases en el IES Alfonso X El Sabio, soy Director Adjunto de la Cátedra Internacional de Innovación de la UCAM y participo en un proyecto empresarial.


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