Nunca imaginé que acabaría escribiendo un libro. Tampoco que publicaría cientos de artículos sobre diferentes temáticas, empezando por la educación, por mor de mis inquietudes como profesor o sobre la salud, motivado por mi estrecha amistad con Juan Madrid, endocrino cuya vocación divulgadora y modo de explicar la complejidad han supuesto un ejemplo constante para mí. Su ausencia me duele cada día.
Pero la mayoría de mis publicaciones han versado sobre la innovación empresarial y de las Administraciones Públicas, así como sobre economía y política en general, que constituyen el objeto del libro “Metamorfosis y concordia” que verá la luz en breve. En este caso, movido por la figura de otro buen amigo que ha ejercido una influencia decisiva en mi trayectoria profesional: Juan Bernal, autor del prólogo de esta obra, a la que añade gran valor. Nunca agradeceré bastante su confianza, su apoyo y la generosa valoración de mi persona y de mi trabajo.
Este ensayo que hoy anuncio tiene dos partes diferenciadas pero complementarias. La burocracia es necesaria como el instrumento operativo estable y neutral del Gobierno que aporta legalidad y control del poder político, al menos en teoría. Pero cuando se convierte en un fin en sí misma, empieza a obstaculizar la democracia, generando lo que podríamos llamar el “síndrome del Estado lento y opaco”: frenando inversiones, bloqueando reformas necesarias, impidiendo la participación ciudadana, fomentando la desconfianza en las instituciones y originando frustración social en definitiva, como consecuencia de una avalancha normativa imparable, un aumento desmesurado del número de funcionarios—con las consiguientes cargas impositivas—, una falta de visión integradora que parece imposible de corregir y una cultura insuficiente de claridad, evaluación y de rendición de cuentas, que son demandas democráticas irrenunciables.
«Intentar que un país prospere aumentando los impuestos es como creer que un hombre puede levantarse a sí mismo metido en un cubo, tirando del asa.» Winston Churchill
En la Parte I, “Guerra a la burocracia”, aporto las ideas que quiero compartir sobre la transformación―una auténtica metamorfosis― que, en mi opinión, deben sufrir las Administraciones Públicas cuyo ejemplo práctico más ilustrativo del éxito de la colaboración público-privada por lo que respecta al mantenimiento del Estado del Bienestar lo podemos observar en Suecia.
La Parte II, “Fortalecer la democracia”, trata de reforzar los principios que rigen el ideal democrático, amenazado por la polarización —5 millones de españoles han roto relaciones de amistad o familiares en 2025 por esta causa—, la corrupción y la desinformación. Un ideal que, como ciudadanos responsables, debemos no solo vigilar, sino también exigir y defender, siempre desde la concordia como elemento generador de convivencia.
Por esta razón he llamado Concordland a ese país utópico, regido por los mejores gobernantes posibles, donde impera la verdad, la transparencia, la rendición de cuentas, el empoderamiento ciudadano, la convivencia pacífica, la tolerancia–aceptar que el adversario pueda tener razón– y la austeridad responsable con las generaciones venideras. Un Estado donde no tienen cabida el odio, el sectarismo, el revanchismo o la corrupción. Casi nada. Por pedir que no quede…
En su discurso de Navidad de 2025, Felipe VI estableció unas “líneas rojas” que no deben cruzarse, haciendo un llamamiento a la convivencia democrática y la ejemplaridad de los poderes públicos, insistiendo en que la democracia es un proyecto compartido que requiere el compromiso de los ciudadanos con la libertad, recalcando que las ideas propias nunca pueden convertirse en dogmas ni las ajenas en amenazas.
Ronald Reagan ya advirtió algo que a veces olvidamos: que la libertad puede perderse en una sola generación. Como escribía recientemente Juan Ramón Calero en su columna dominical en La Verdad: “Para un demócrata, la política no debería ser la lucha por el poder sino por la supervivencia de la propia democracia”. O como decía, en esas mismas páginas, el flamante director de este diario, Víctor Rodríguez: “El papel de la sociedad civil adquiere una relevancia especial como vector de las aspiraciones y anhelos del conjunto de los ciudadanos, menesterosos de entidades que defiendan sus intereses”
En resumen “Metamorfosis y concordia” no es un alegato contra nadie sino a favor del ciudadano. Nace de estas tres ideas sencillas pero incómodas: que la burocracia asfixia al ciudadano, que los impuestos mal entendidos empobrecen a la sociedad y que la democracia no se hereda automáticamente… hay que defenderla cada día, tarea en la que todos debemos sentirnos concernidos.
Para terminar, comparto un vídeo del Dr. Sans Segarra que me ha gustado especialmente porque nos anima a no ser dogmáticos ni manipulables sino a sacar nuestras propias conclusiones para ser auténticamente libres.