Aprendí a jugar al ajedrez a los 12 años en el desaparecido Club del Guía de Cieza, donde la persona que me introdujo en el juego, bastante mayor que yo, me hizo comprender, a fuerza de dolorosas derrotas, la famosa frase de Philidor, primer campeón mundial oficioso de este juego: ” los peones son el alma del ajedrez”.
Con el tiempo, a fuerza de practicar, fui descubriendo la necesidad de perfeccionar mi técnica y, como entonces no existía Internet, no había más opción que aprender de los mejores jugadores reproduciendo sus partidas, recogidas en libros específicos.
En época de vacaciones había tardes en las que me enfrascaba en sesiones que podían durar hasta 4 ó 5 horas, disputando partidas en la magnífica sala de ajedrez del también desaparecido Casino de Cieza. Era excesivo, lo reconozco aquí (aprovechando que no me lee mi mujer), pero este entretenimiento tiene una componente adictiva de la que, a veces, cuesta trabajo sustraerse.
Siempre dentro de un nivel modesto, fui aprendiendo las ortodoxias de este juego, que muchos consideran un deporte, entre ellos el COI, y otros, los menos, una ciencia y hasta un arte, pero es indudable que el ajedrez estimula la mente , tiene aplicaciones terapéuticas , educativas, y pautas aplicables al mundo de los negocios, con la ventaja adicional de que se puede practicar a todas las edades.
Mi ídolo era Pillsbury, el genio del ataque, el mejor ajedrecista americano de todos los tiempos, junto a Morphy y Bobby Fischer. A pesar de su corta carrera (murió a los 33 años), consecuencia de una vida disipada que mermó sus logros, Pillsbury fue un renovador que aportó una combatividad, un talento creativo y una confianza en sí mismo inusuales en los jugadores de principios del siglo XX.
Dotado de una prodigiosa memoria y de una fértil imaginación, fue el más extraordinario jugador a ciegas de todos los tiempos, siendo capaz de recrear , con absoluta precisión, el desarrollo de las numerosas partidas jugadas simultáneamente bajo esta modalidad y comentarlas con sus contrincantes, una vez finalizadas.
Tiene fama la dificultad del juego del ajedrez, pero el GO, el milenario juego de origen chino, a pesar de la simplicidad de sus reglas, parece ser más complejo todavía. Con todo, el juego considerado como el más difícil del del mundo es Magic: El Encuentro , ideado por el matemático Richard Garfield en 1993.
Siempre me ha intrigado cómo se elaboran los programas informáticos de juegos, en especial el del ajedrez. En 1950, Claude Shannon estableció las bases para este propósito: i) Escoger un código numérico que represente las posiciones, las piezas y los movimientos ii) Encontrar una estrategia de selección de las mejores jugadas y iii) Traducir esta estrategia en órdenes elementales para que las ejecute el ordenador.
La moneda de cambio suele ser el modesto peón. Una reina vale 9 peones, una torre, 5 y un alfil o un caballo, 3. O sea, que puede interesar, según la posición, cambiar una reina por dos torres.
Por su papel en el desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA) el ajedrez se considera en este ámbito algo así como la “drosophila meganolaster“, la conocida mosca de la fruta, especie de experimentación genética que ha permitido grandes descubrimientos en el campo de la biología.
Por cierto, en octubre de 2015, Google diseño el AlphaGo, el primer programa de IA capaz de derrotar al campeón del mundo de esta especialidad, como antes Deeper Blue había conseguido vencer a Kasparov en 1997. Sin embargo, de momento no se ha conseguido que ningún ordenador pueda jugar al Magic, dada su complejidad computacional.
Quizá, los avances de la Computación cuántica lo consigan, como ya han hecho posible la aparición del Ajedrez Cuántico, para acabar de complicarlo, sobre el que nos ilustra nuestra campeona Sabrina Vega.
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