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Juan José Ríos

La i de innovación

Recordar sin volver a combatir

Tocqueville, Concordland y la Guerra Civil 

RTVE ha lanzado un ciclo de cine  con motivo de los noventa años transcurridos desde el comienzo de la Guerra Civil española, un conflicto fratricida que continúa apareciendo con sorprendente frecuencia en nuestra conversación política.

Que una sociedad recuerde su pasado no es cuestionable. Al contrario: conocerlo, reconocer a las víctimas y analizar las causas de esta tragedia constituye una obligación moral y cívica. El problema comienza cuando el pasado deja de servir para comprender y se convierte en un generador de polarización en el presente.

Aquí resurgen las tesis de Alexis de Tocqueville, cuando afirmaba que una democracia no se sostenía únicamente sobre buenas leyes e instituciones. Requiere también una determinada clase de ciudadano:  que participe, que se asocie con otros, que contraste las opiniones dominantes y que conserve cierta independencia frente al Estado, los partidos y, sobre todo, frente a las pasiones que puede suscitar su propio bando.

El temor de Tocqueville era una sociedad formada por individuos cada vez más aislados, preocupados por sus asuntos privados y dispuestos a delegar completamente la vida pública. Ese ciudadano pasivo resulta especialmente vulnerable a quienes pretenden movilizarlo mediante el miedo, el resentimiento o la identificación de un enemigo.

El Dr. Eduardo Nolla, reconocido experto en el pensamiento de del jurista francés, nos ilustra acerca del concepto de despotismo suave:

Por eso su pensamiento enlaza tan bien con la propuesta de Concordland, que no se concibe con la pretensión de que todos pensemos igual. Tampoco propone una reconciliación basada en olvidar las injusticias, relativizar los hechos o concluir cómodamente que todos tuvieron la misma responsabilidad. Sería una forma de buenismo tan ingenua como inútil. La concordia democrática exige algo mucho más difícil: aprender a discrepar sin convertir al adversario en enemigo.

La Guerra Civil constituye una magnífica prueba de este principio. Podemos y debemos discutir sobre la República, el golpe de Estado, la represión, el franquismo, la Transición o las actuales políticas de memoria. Pero deberíamos preguntarnos también qué ocurre cuando trasladamos las categorías de 1936 a los ciudadanos de 2026.

¿Tiene sentido seguir calificando indiscriminadamente de «facha» a quien sostiene posiciones conservadoras o de «rojo» a quien simpatiza con las ideas de izquierdas? Esas palabras poseen un significado histórico que debemos conocer. Utilizadas como etiquetas contra el adversario democrático, dejan de esclarecer y empiezan a excluir.

Y aquí aparece una regla esencial de Concordland: las responsabilidades no se heredan. Nadie debería responder por sus abuelos, por la historia de la organización política a la que vota ni por la etiqueta que otro decida imponerle. La responsabilidad corresponde a personas y actos concretos. Una democracia puede juzgar severamente su pasado sin fabricar culpabilidades colectivas en el presente.

Archivo:Vista de ruinas de la época de la guerra civil - Belchite - Aragón - España - 04 (14578611754).jpg

¿Cómo administrar entonces una memoria traumática? Propongo seis verbos: conocer, reconocer, reparar, responsabilizar, reintegrar y aprender.

Conocer toda la verdad histórica de la forma más objetiva posible. Reconocer la dignidad de todas las víctimas sin falsear las diferentes responsabilidades. Reparar aquello que todavía pueda repararse. Responsabilizar a quienes cometieron los actos, sin transmitir sus culpas a generaciones posteriores. Reintegrar plenamente en nuestra comunidad política a todo adversario que respete las reglas democráticas. Y aprender del pasado para impedir que sus horrores se repitan.

Pero Tocqueville añadiría algo fundamental: no podemos dejar esta tarea exclusivamente en manos de gobiernos y partidos. El ciudadano responsable debe preguntarse ante cualquier relato político: ¿qué hechos conozco realmente?, ¿qué se está omitiendo?, ¿se pretende comprender el pasado o movilizarme contra alguien?, ¿se está intentando cerrar una herida o mantenerla abierta porque resulta políticamente rentable?

Y existe una prueba todavía más exigente: aplicar esas preguntas también a quienes sentimos más próximos. Detectar la manipulación del adversario es fácil. La verdadera independencia cívica comienza cuando somos capaces de detectarla en nuestro propio bando.

Quizá no lleguemos nunca a compartir una interpretación idéntica de la Guerra Civil. Tampoco es necesario. Una democracia madura no necesita ciudadanos que estén de acuerdo sobre todo su pasado. Necesita ciudadanos capaces de construir juntos el futuro a pesar de interpretarlo de manera diferente.

Ese es, precisamente, el territorio de Concordland. La concordia no exige que dejemos de discrepar. Exige que dejemos de odiarnos por discrepar.

 

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Sobre el autor

Si tuviera que definirme en pocas palabras diría que me considero catalizador, promotor de cambios. Dentro de un espíritu inquieto y de sana rebeldía, me gusta definir las actuaciones dentro de un marco que las dote de coherencia. Me importa mucho el entendimiento personal. Mi mundo, hasta los 26 años, se ceñía exclusivamente al ámbito educativo. Estudié Matemáticas y la salida inmediata era la enseñanza. Nunca pensé que podría dedicarme a algo diferente. Me tocó vivir la eclosión de los ordenadores personales de la década de los 80. Empezaron a dotarse los centros educativos de PC ́s. Fui uno de los profesores de Informática de este primera ola. En esta época, junto a un amigo, adquirí mi primer ordenador personal (carísimo) para uso empresarial. Empecé a conocer el mundo de la empresa. En la década de los 90, me cautivó el Informe Bangemann, como marco inspirador de la Sociedad de la Información. De la mano de Juan Bernal, Consejero de Economía y Hacienda, fui Director General de Informática de la Comunidad de Murcia. Fue una etapa apasionante y creativa donde abordamos proyectos como la Red Corporativa de Banda Ancha, la adaptación al euro y el año 2000, la implantación de SAP o la realización de uno de los primeros proyectos de ciudad digital de nuestro país (Ciezanet). Compaginé, durante muchos años, la docencia con el desempeño de puestos de responsabilidad en empresas regionales del sector TIC. En 2009, como profesor, puse en marcha un proyecto innovador cuyo objetivo fundamental era comprometer a los padres en la mejora del rendimiento educativo de sus hijos (proyecto COMPAH). Empecé a familiarizarme con el mundo 2.0 y a emplear estos recursos en mis clases. Como admirador de Morris Kline, soy un amante de las aplicaciones de las Matemáticas al mundo real como elemento motivador de su estudio por parte de los alumnos. Mi primer contacto con las metodologías de la innovación (Design Thinking) se produjo en 2010, de la mano de un consultor, Xavi Camps, que me hizo ver que la creatividad y la innovación son la base de la prosperidad de las organizaciones y que estos atributos se pueden entrenar y perfeccionar. Desde entonces, soy un apasionado de la innovación como concepto transversal. Creo profundamente en la innovación pública. Las instituciones no pueden seguir funcionando casi como en el siglo XIX. Deben transformarse, en el contexto del paradigma de Gobierno Abierto, para convertirse en organizaciones centradas en los ciudadanos, transparentes, sostenibles, eficientes, ligeras y facilitadoras de la actividad empresarial y de la creación de empleo de la mano de iniciativas como el Open Data. Como ciudadano me preocupa especialmente la sostenibilidad de la sanidad pública, y de las pensiones, ahora que voy viendo cada vez más de cerca la edad de la jubilación. No sé contar chistes pero me divierte el humor surrealista y los juegos de palabras, que a menudo sufren familiares y amigos. He trabajado como asesor de innovación en la CARM (2012-2016). Actualmente he vuelto a mis clases en el IES Alfonso X El Sabio, soy Director Adjunto de la Cátedra Internacional de Innovación de la UCAM y participo en un proyecto empresarial.


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