Tocqueville, Concordland y la Guerra Civil
RTVE ha lanzado un ciclo de cine con motivo de los noventa años transcurridos desde el comienzo de la Guerra Civil española, un conflicto fratricida que continúa apareciendo con sorprendente frecuencia en nuestra conversación política.
Que una sociedad recuerde su pasado no es cuestionable. Al contrario: conocerlo, reconocer a las víctimas y analizar las causas de esta tragedia constituye una obligación moral y cívica. El problema comienza cuando el pasado deja de servir para comprender y se convierte en un generador de polarización en el presente.
Aquí resurgen las tesis de Alexis de Tocqueville, cuando afirmaba que una democracia no se sostenía únicamente sobre buenas leyes e instituciones. Requiere también una determinada clase de ciudadano: que participe, que se asocie con otros, que contraste las opiniones dominantes y que conserve cierta independencia frente al Estado, los partidos y, sobre todo, frente a las pasiones que puede suscitar su propio bando.
El temor de Tocqueville era una sociedad formada por individuos cada vez más aislados, preocupados por sus asuntos privados y dispuestos a delegar completamente la vida pública. Ese ciudadano pasivo resulta especialmente vulnerable a quienes pretenden movilizarlo mediante el miedo, el resentimiento o la identificación de un enemigo.
El Dr. Eduardo Nolla, reconocido experto en el pensamiento de del jurista francés, nos ilustra acerca del concepto de despotismo suave:
Por eso su pensamiento enlaza tan bien con la propuesta de Concordland, que no se concibe con la pretensión de que todos pensemos igual. Tampoco propone una reconciliación basada en olvidar las injusticias, relativizar los hechos o concluir cómodamente que todos tuvieron la misma responsabilidad. Sería una forma de buenismo tan ingenua como inútil. La concordia democrática exige algo mucho más difícil: aprender a discrepar sin convertir al adversario en enemigo.
La Guerra Civil constituye una magnífica prueba de este principio. Podemos y debemos discutir sobre la República, el golpe de Estado, la represión, el franquismo, la Transición o las actuales políticas de memoria. Pero deberíamos preguntarnos también qué ocurre cuando trasladamos las categorías de 1936 a los ciudadanos de 2026.
¿Tiene sentido seguir calificando indiscriminadamente de «facha» a quien sostiene posiciones conservadoras o de «rojo» a quien simpatiza con las ideas de izquierdas? Esas palabras poseen un significado histórico que debemos conocer. Utilizadas como etiquetas contra el adversario democrático, dejan de esclarecer y empiezan a excluir.
Y aquí aparece una regla esencial de Concordland: las responsabilidades no se heredan. Nadie debería responder por sus abuelos, por la historia de la organización política a la que vota ni por la etiqueta que otro decida imponerle. La responsabilidad corresponde a personas y actos concretos. Una democracia puede juzgar severamente su pasado sin fabricar culpabilidades colectivas en el presente.
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¿Cómo administrar entonces una memoria traumática? Propongo seis verbos: conocer, reconocer, reparar, responsabilizar, reintegrar y aprender.
Conocer toda la verdad histórica de la forma más objetiva posible. Reconocer la dignidad de todas las víctimas sin falsear las diferentes responsabilidades. Reparar aquello que todavía pueda repararse. Responsabilizar a quienes cometieron los actos, sin transmitir sus culpas a generaciones posteriores. Reintegrar plenamente en nuestra comunidad política a todo adversario que respete las reglas democráticas. Y aprender del pasado para impedir que sus horrores se repitan.
Pero Tocqueville añadiría algo fundamental: no podemos dejar esta tarea exclusivamente en manos de gobiernos y partidos. El ciudadano responsable debe preguntarse ante cualquier relato político: ¿qué hechos conozco realmente?, ¿qué se está omitiendo?, ¿se pretende comprender el pasado o movilizarme contra alguien?, ¿se está intentando cerrar una herida o mantenerla abierta porque resulta políticamente rentable?
Y existe una prueba todavía más exigente: aplicar esas preguntas también a quienes sentimos más próximos. Detectar la manipulación del adversario es fácil. La verdadera independencia cívica comienza cuando somos capaces de detectarla en nuestro propio bando.
Quizá no lleguemos nunca a compartir una interpretación idéntica de la Guerra Civil. Tampoco es necesario. Una democracia madura no necesita ciudadanos que estén de acuerdo sobre todo su pasado. Necesita ciudadanos capaces de construir juntos el futuro a pesar de interpretarlo de manera diferente.
Ese es, precisamente, el territorio de Concordland. La concordia no exige que dejemos de discrepar. Exige que dejemos de odiarnos por discrepar.
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