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Juan José Ríos

La i de innovación

Sin polarización, una España mejor

“La calidad de una democracia se mide por la de sus gobernantes, pero también por la de los gobernados. Todos tenemos una responsabilidad (…)  Necesitamos una sociedad civil empoderada, pero tenemos que ser realistas. Nadie nos va a empoderar, tenemos que empoderarnos nosotros” (Miriam González Durántez, fundadora del movimiento social apartidista España Mejor)

Hace unos días disfruté escuchando la brillante y carismática intervención de Miriam González desplegando sus argumentos, que comparto plenamente,  sobre “El papel de la sociedad civil en el fortalecimiento de la democracia” y participando en el animado coloquio posterior, moderado por Juan Antonio Megías, Presidente del Real Casino de Murcia, donde se celebró el acto.

Me había hecho eco en mi libro “Metamorfosis y Concordia” de la interesante iniciativa de movilización social  de Miriam—casada con Nick Clegg,  viceprimer ministro británico  en el Gobierno de Cameron— pero descubrí en directo a una convincente oradora con un discurso de una calidad expositiva  fuera de lo común, motivando el empoderamiento de la sociedad como solo los grandes líderes saben hacerlo.

Durante las dos horas que duró el acto se desgranaron temas como la corrupción, la separación de poderes,  los nacionalismos, la ínfima calidad de los debates parlamentarios—caracterizados por las faltas de respeto, la ausencia de respuestas a preguntas concretas o la importancia del relato por encima de la verdad de los hechos—, la colonización de las instituciones, la importancia de la educación, los asesores gubernamentales—el número, cualificación y justificación— o la eficiencia de los servicios públicos.

Con respecto  esta última cuestión—el buen funcionamiento y la necesaria transformación de las Administraciones Públicas— remarcó Miriam González que es una reivindicación que no tiene ideología, que nos interesa a todos pero, en mi opinión,  quizá habría que apostillar que el modelo de Estado benefactor que preconiza la izquierda difiere del paradigma de Estado posibilitador, más próximo a los ideales liberales y conservadores. El tantas veces citado caso de éxito de Suecia es un ejemplo de consenso entre los dos grandes partidos y los sindicatos nórdicos digno de imitar en la  lucha contra burocracia, el control de la deuda pública y en pro de la sostenibilidad del estado del bienestar.

 

 

Por mi parte, en mi breve intervención en el coloquio puse el foco en dos aspectos concretos: i) la importancia de la transparencia y de la rendición de cuentas de instituciones y gobernantes en la democracias liberales y ii) El preocupante aumento de la polarización afectiva—rechazo visceral al otro—en nuestro país,  porque implica un sentimiento de odio hacia quien piensa diferente, que puede llegar a crispar las relaciones personales, laborales e incluso familiares.

Como recojo en mi libro (perdón por la autocita): “La política domina nuestras emociones de forma preocupante, convirtiendo la crispación en una estrategia electoral que los partidos intentan explotar. Pero, ¿qué consecuencias tiene esto? La primera es la parálisis democrática. Cuando el adversario se convierte en enemigo, el diálogo se vuelve imposible. La segunda es la fragmentación social: familias divididas, amistades rotas, comunidades enfrentadas. Y la tercera, pero no menos importante, es la desafección ciudadana. Muchos se alejan de la política por hastío, dejando el espacio público en manos de los más fanáticos. Por si fuera poco, un reciente estudio del Banco de España señala que la polarización afectiva no solo genera conflicto social, sino que perjudica el crecimiento económico al dificultar la estabilidad institucional necesaria para atraer inversiones e influir en las decisiones individuales de consumo y de ahorro.

La fragmentación mediática, las redes sociales— que fomentan cámaras de eco—, la desinformación y el papel de ciertos comunicadores y líderes políticos populistas, son las principales causas del auge de la polarización afectiva, una forma de peligroso tribalismo identitario que tanto erosiona la democracia”

Pero nosotros, los ciudadanos, también tenemos gran parte de culpa.  Somos corresponsables por tolerar y no repudiar a líderes políticos que siembran el odio, que alientan la crispación, que levantan muros entre nosotros; por dejarnos manipular, por no pensar críticamente. La polarización sólo beneficia a los promotores de la misma y perjudica a la sociedad en su conjunto. ¿Vamos a asumir estas nefastas consecuencias expuestas  sin hacer nada ?

En el lenguaje vulgar, en nuestra tierra al menos, se asocia la palabra “estupidez” a antipatía. Sin embargo, la acepción correcta es la dificultad para comprender,  para actuar con lógica, caracterizada por la falta de pensamiento crítico y la tendencia a ignorar la experiencia. Según expertos como Carlo Cipolla, se define por causar daño a otros o a uno mismo sin obtener beneficio propio.

Para el pensador alemán Dietrich Bonhoeffer, la estupidez no es falta de inteligencia. Es algo más peligroso: la renuncia a pensar por uno mismo. Resumiendo telegráficamente su teoría: “Cuando la sociedad se polariza, las personas dejan de evaluar argumentos y la conversación se convierte en combate.  La polarización no es solo que la gente discuta más. Es que discute peor. Menos argumentos, más emociones. Menos matices, más trincheras. Repetimos lo que dice nuestro grupo, no lo que pensamos. La polarización necesita eso: identidades rígidas, emociones fuertes y discursos simples. Y algunos actores descubren que dividir es rentable. La indignación moviliza más que la reflexión. La estupidez solo puede superarse mediante un acto de liberación: recuperar la autonomía interior, el juicio propio. Pensar por uno mismo es un acto de resistencia democrática”.

La polarización no es solo un problema político: es un desafío moral. Y la defensa de la democracia pasa por reconstruir la capacidad colectiva de pensar por cuenta propia. Si queremos una España mejor para todos, ¡no nos dejemos polarizar, no seamos estúpidos!

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Sobre el autor

Si tuviera que definirme en pocas palabras diría que me considero catalizador, promotor de cambios. Dentro de un espíritu inquieto y de sana rebeldía, me gusta definir las actuaciones dentro de un marco que las dote de coherencia. Me importa mucho el entendimiento personal. Mi mundo, hasta los 26 años, se ceñía exclusivamente al ámbito educativo. Estudié Matemáticas y la salida inmediata era la enseñanza. Nunca pensé que podría dedicarme a algo diferente. Me tocó vivir la eclosión de los ordenadores personales de la década de los 80. Empezaron a dotarse los centros educativos de PC ́s. Fui uno de los profesores de Informática de este primera ola. En esta época, junto a un amigo, adquirí mi primer ordenador personal (carísimo) para uso empresarial. Empecé a conocer el mundo de la empresa. En la década de los 90, me cautivó el Informe Bangemann, como marco inspirador de la Sociedad de la Información. De la mano de Juan Bernal, Consejero de Economía y Hacienda, fui Director General de Informática de la Comunidad de Murcia. Fue una etapa apasionante y creativa donde abordamos proyectos como la Red Corporativa de Banda Ancha, la adaptación al euro y el año 2000, la implantación de SAP o la realización de uno de los primeros proyectos de ciudad digital de nuestro país (Ciezanet). Compaginé, durante muchos años, la docencia con el desempeño de puestos de responsabilidad en empresas regionales del sector TIC. En 2009, como profesor, puse en marcha un proyecto innovador cuyo objetivo fundamental era comprometer a los padres en la mejora del rendimiento educativo de sus hijos (proyecto COMPAH). Empecé a familiarizarme con el mundo 2.0 y a emplear estos recursos en mis clases. Como admirador de Morris Kline, soy un amante de las aplicaciones de las Matemáticas al mundo real como elemento motivador de su estudio por parte de los alumnos. Mi primer contacto con las metodologías de la innovación (Design Thinking) se produjo en 2010, de la mano de un consultor, Xavi Camps, que me hizo ver que la creatividad y la innovación son la base de la prosperidad de las organizaciones y que estos atributos se pueden entrenar y perfeccionar. Desde entonces, soy un apasionado de la innovación como concepto transversal. Creo profundamente en la innovación pública. Las instituciones no pueden seguir funcionando casi como en el siglo XIX. Deben transformarse, en el contexto del paradigma de Gobierno Abierto, para convertirse en organizaciones centradas en los ciudadanos, transparentes, sostenibles, eficientes, ligeras y facilitadoras de la actividad empresarial y de la creación de empleo de la mano de iniciativas como el Open Data. Como ciudadano me preocupa especialmente la sostenibilidad de la sanidad pública, y de las pensiones, ahora que voy viendo cada vez más de cerca la edad de la jubilación. No sé contar chistes pero me divierte el humor surrealista y los juegos de palabras, que a menudo sufren familiares y amigos. He trabajado como asesor de innovación en la CARM (2012-2016). Actualmente he vuelto a mis clases en el IES Alfonso X El Sabio, soy Director Adjunto de la Cátedra Internacional de Innovación de la UCAM y participo en un proyecto empresarial.


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