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Todo a cien

Cuando escribía mis primeros artículos un cuarto de siglo atrás, estaba generalmente aceptado que había una cifra mínima de palabras con la que se consideraba que podías sobrevivir en la vida, expresándote en un castellano principiante. La cantidad de idioma necesario para, por ejemplo, dar órdenes sencillas a los perros o incluso hacer memorizar frases a ciertos pájaros. La cifra mínima estaba alrededor de 500 palabras, que usaban con cierta soltura hasta los porteros de discoteca (400 de ellas para no dejarte entrar al local con calcetines blancos). Ahí, en las 500 palabras, se situaba el “borderline” que separaba los que usaban un español primario de los que, no alcanzando ese número de palabras, se consideraba que carecían de idioma articulado.

Pero las cosas han cambiado mucho en los últimos 25 años. El conocimiento de una excesiva cantidad de palabras en mi idioma ha sufrido desde entonces un gran descrédito social. Probablemente merecido: el franquismo abusó de su ridícula “prosa imperial”, donde parecía que todo el mundo hablaba como en la Roma de hace dos mil años para ponerse a inaugurar pantanos o casas baratas en polígonos. Algunos hemos ido desaprendiendo lo que habíamos aprendido en el diccionario, porque si usas el castellano que sabes eres sospechoso de algo (a mí en cuanto se me escapa alguna palabra de uso poco frecuente las chicas me miran con aprensión, preguntándome si soy de ésos que leen en el cuarto de baño). Todo el diccionario que necesitas hoy apenas consiste en saber que “osea” se escribe separado, o sea. No es un fenómeno totalmente negativo. Así, para que el público nos entienda, llegaremos a escribir como Flaubert, quien durante el agotador proceso creativo de “Madame Bovary” se ponía a gritar literalmente ante cada palabra, para asustarla y que su francés fuese lo más limitado posible. “Toda una mañana para poner una coma, toda una tarde para quitarla”, decía. Ahora quedaría repipi lo que hacía no sé si la periodista Pilar Urbano o su colega vaticana Paloma Gómez Borrero, que todos los días, al terminar sus tareas, estudiaba varias páginas del Diccionario de la Real Academia.

Según los optimistas sin escarmentar, el castellano es un idioma de extensión relativamente modesta que cuenta con unas ochenta y tantas mil palabras vivas, de las cuales el ciudadano medio usa teóricamente una octava parte. Una octava parte son más o menos diez mil palabras. Anda, anda. Ya que lleguen a cien. En el ambiente de la calle usar hoy más de cien palabras se considera hipocresía, como lo que decía Stendhal del llamar “corcel” a lo que se ve que es un caballo. Cien palabras escasas, y cada día descendiendo entre la juventud. Un perro podría entender prácticamente toda una conversación entre dos españoles medios. Flaubert estaría maravillado: con mucha más facilidad que él con el francés, hemos conseguido que el castellano acabe siendo un “nanoidioma”.

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Sobre el autor

José Antonio Martínez-Abarca. Nació una vez en un sitio tan bueno como otro cualquiera. Es lo que antiguamente solía llamarse un "columnista de prensa". Ha publicado demasiado sobre demasiados asuntos en diversos periódicos; pero guarda pocos recuerdos de ello, como si le hubiese sucedido a otro. Puede que, en efecto, fuera otro. Esto es lo primero que escribe sin aplicar la autocensura. Todos los lugares y hechos de este diario serán reales. Sólo se ocultarán algunos nombres por una doble cortesía: hacia el pudor de las señoritas y hacia el vigente Código Penal. Pretendo sólo salvar lo que de valioso hay en cualquier pequeño infierno cotidiano, para hacerlo llevadero y a veces sublime.


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