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Carlos Escobar

Música inesperada

Una fiesta para los oídos (III)

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El verano de 1905 fue uno de los más felices para los Mahler. Desde la llegada a Maiernigg en junio, justo el día del primer cumpleaños de Anna Justine, la familia disfrutó de los encantos de la villa construida a orillas del lago. Gustav era poco amigo de recibir visitas con el fin de preservar la intimidad durante las vacaciones estivales. Los paseos vespertinos con Alma y las dos niñas llenaban de momentos dichosos al matrimonio, de manera que no echaban de menos a nadie.

Una de las mañanas en las que Gustav jugaba en la terraza con Maria Anna, cayó en la cuenta de lo diferente que transcurría el veraneo con respecto al año anterior. En aquel momento, Alma estaba convaleciente tras un parto laborioso y decidió quedarse en Viena para cuidar del bebé y recuperarse con tranquilidad. Mahler se marchó solo a las orillas del Wörthersee durante esas siete semanas de junio y julio de 1904 para componer con tranquilidad los Kindertotenlieder sobre poemas de Fiedrich Rückert, la Sexta Sinfonía y dos movimientos nocturnos (Nachtmusik) de lo que sería, más adelante, su Séptima Sinfonía.

Durante su retiro en Maiernigg, el maestro imaginó su nueva obra con cinco movimientos de los cuales los tres centrales escribiría de una forma libre y tendrían un claro carácter nocturno. La ironía sería el ingrediente común de los tres, especialmente del punzante, demoníaco y provocador scherzo, que aunque todavía estaba sin componer, llenaría de sombras al canto a la noche.

Para escribir la primera de las Nachtmusik de la Séptima Sinfonía, Mahler se inspiró en una pintura de Rembrandt que había visto en una visita al Rijksmuseum de Amsterdam. El cuadro era conocido popularmente como “La ronda de noche” y representaba una escena de una compañía de arcabuceros. A Gustav le impresionó el aire grotesco de unos personajes marcadamente desdibujados y que parecían desfilar al ritmo de su canción “Revelge”, que él recreaba interiormente como una danza rústica donde se entremezclarían cantos de pájaros y cencerros de vacas.

En Mahler, un compositor cuyo tiempo estaba por llegar, la ironía tan presente en esta Séptima Sinfonía retornaría a las salas del Rijksmuseum cuando se restauró “La ronda de noche”. La limpieza del oxidado barniz del cuadro, testigo del paso del tiempo, devolvió a la pintura su luz original que realmente evocaba una escena diurna.
continuará….

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por Carlos Escobar

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