En cada curso académico y por estas fechas, imparto a mis alumnos el tema sobre los mecanismos fisiológicos de la deglución, una de las funciones más primitivas del mundo animal, al que pertenecemos.
El hecho de deglutir con normalidad es algo que iniciamos voluntariamente pero que finalizamos de una manera refleja y, por tanto, involuntaria. Para ello es fundamental que esta función se realice de una manera perfectamente coordinada para que el bolo de alimento pase al esófago sin que entre en las vías respiratorias, lo que en Murcia se conoce como “el irse por lo vedao”.
Cuando en el Neolítico, el hombre cazador decide dejar de formar parte de la naturaleza para intentar dominarla, se convierte en un ser sedentario, agricultor y acaparador de alimentos. A partir de entonces, el acto de sentarse en la mesa para comer con la familia, amigos o socios de negocios cobra una gran importancia y repercute en el estatus de bienestar, placer o éxito en la vida.
Uno de los casos más conocidos de catástrofe gastronómica en la Historia de la Música fue la crisis de llanto que agitó a Rossini cuando se le cayó al lago Como un apetitoso pavo relleno de trufas durante una excursión.
En el mundo de la ópera se dan muchas circunstancias donde se celebra un acontecimiento alrededor de una buena cena (como la que Don Giovanni prepara al Comendador) o en un brindis, donde la ingesta de alimentos o bebidas se hace de una manera natural e inconsciente, al estar concentrados en la felicidad del momento.
La deglución de alimentos es crucial para los niños. Así en la ópera Hansel y Gretel de Humperdink, la comida está tan presente a lo largo de la partitura, que es el motor de todo lo que le sucede a sus personajes.
La traviata de Verdi empieza con una fiesta donde se conocen los dos personajes principales (Violetta y Alfredo) en un bullicioso brindis que refleja la importancia que tiene el goce en la vida. En La Boheme de Puccini, los personajes van a comer al Café Momus, donde la música acompaña las especialidades y aromas propios del parisino Barrio Latino.
Las tabernas y hosterías son lugares donde concurren los personajes de óperas como Cavalleria Rusticana, Carmen o Los cuentos de Hoffmann, donde las onomatopeyas deglutorias son más que evidentes: “Glou! Glou! Glou! Glou! Glou!”
Hay óperas donde es clave que el personaje trague con normalidad para que sucedan (o dejen de suceder) cosas. El brebaje con el que Sigfrido olvida a Brunhilda en el Ocaso de los dioses o el filtro de amor que desinhibe la pasión latente entre Tristán e Isolda no tendrían ningún efecto si los tres seres wagnerianos no tuviesen intactos sus mecanismos deglutorios.
El elixir de amor que vende el charlatán que se hace llamar Doctor Dulcamara y que no es otra cosa que vino de Burdeos no tendría sentido si no hubiese clientes tan ilusos como Nemorino con capacidad de beberlo con normalidad.
La maldad de Yago no sería tan implacable si Casio, el fiel capitán de Otello, no pudiese tomar suficiente vino de Chipre para mostrarse como un incompetente militar borracho y agresivo ante los ojos de su valedor.
Las alteraciones de la deglución conllevan déficits nutricionales que acaban mermando la salud de los personajes de las óperas. Así, los pacientes que sufren melancolía, desequilibrios mentales, demencias o delirios, ven alterados los instintos de nutrición y saciedad hasta el punto que se abandonan hasta la debilidad extrema.
Lady Macbeth que, en un momento dado, brinda con vino y lo utiliza para añadirle el somnífero destinado al rey Duncan, al final sufre tal trastorno mental que finalmente el delirio e insomnio alteran irreversiblemente su apetito e instinto de supervivencia.
Otro icono tan célebre como creíble de la locura es Lucia di Lammermoor cuya fragilidad psíquica aderezada con la presión del entorno la sumerge en un delirante trance de fatales consecuencias.
Sir Jonh Falstaff, el particular personaje de la última ópera de Verdi, representa el culto al placer que genera la comida y, sobre todo, la bebida en abundancia. En una cómica escena, mira su barriga y la acaricia al tiempo que se reafirma en su filosofía de vida: “Este es mi reino. Lo engrandeceré”.