El yate es a la corrupción política española lo que la aceituna es al martini. Le da un sabor especial y un toque ornamental de inspiración mediterránea a golferías de baja estofa perpetradas por presuntos delincuentes de cuello blanco, amantes de los habanos, el champán, el lujo y los billetes. No son pocas las corruptelas que se han urdido o festejado en despampanantes barcos de recreo, pero el caso ‘Umbra’ proyecta esas imágenes que muchos imaginaron pero nunca vieron. En esta fotonovela desvergonzada y cutre, una especie de ‘remake’ de ‘La escopeta nacional’ de Berlanga con aires marineros, aparecen de compadreo nada menos que quienes eran en 2004 el concejal de Urbanismo de Murcia, el jefe de planeamiento del Consistorio, un intermediario al servicio de promotores y un constructor. Según la fiscalía, celebrando la luz verde a un resort de 3.800 casas del anfitrión del fiestorro. Todos ellos, imputados, siguen amparados por la presunción de inocencia hasta que un juez decida sobre el asunto, aunque eso no les blinda de la náusea social suscitada por unas fotografías que, por sí solas, son lacerantes e injustificables. A nadie le puede extrañar que el último barómetro del CIS señale como principales problemas a la corrupción y a una clase política que parece incapaz de solucionar el paro y la crisis. Ya no es solo por esa abundancia transversal de presuntas tramas en partidos e instituciones. También por la respuesta tibia y decepcionante que los partidos ofrecen ante nuevas revelaciones de este aluvión de inmundicia. Pocos asumen sus responsabilidades políticas, pese a ser conscientes de que eso aumenta el desafecto social, paraliza las instituciones democráticas y las condena a una grave crisis reputacional. Por regla general, los esfuerzos se vuelcan en diseñar cortafuegos mientras se entona el discurso de las ‘causas generales’ y los ‘juicios paralelos’. Lo vemos con la ‘Gürtel’, los ‘ERE de Andalucía’ y aquí con la ‘Umbra’. Ni todos los políticos son iguales ni todos los casos de corrupción son equiparables, pero a la hora de encararlos hay pocas diferencias porque la prioridad colectiva siempre fue salvarguardar o conquistar el poder. Ya sabe, al enemigo, ni agua. Ocurre que ahora está en juego la supervivencia de la especie, no ya solo de la tribu, como apuntan los sondeos. Y en esa clave se entienden también hechos positivos protagonizados en las últimas semanas por los grandes partidos. Los acuerdos en la Asamblea Regional entre PP y PSOE sobre empleo juvenil y emprendedores, o los escenificados entre Rajoy y Rubalcaba sobre política europea, fueron posibles porque ambas formaciones arrostran ahora la imperiosa necesidad de demostrar que son útiles a una sociedad que está cansada del juego del rodillo parlamentario y de la férrea oposición, y donde crecen peligrosamente los sentimientos antisistema. Los más avispados saben que, como sucede en la naturaleza, en la vida pública también actúan las fuerzas evolutivas que tienden a eliminar lo superfluo.