La Verdad

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¿Quién robó las joyas de la Fuensanta?
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Antonio Botías | 21-09-2008 | 10:59| 0

Los pasos protocolarios del sacristán, como cada mañana desde hacía tantos años, resonaron en el inmenso silencio frío de la Catedral. Eran las siete menos cuarto de la mañana. Comenzaba la ronda de rigor por el templo. Al alcanzar la puerta de la sacristía, cuando descubrió que había sido forzada, sintió que el corazón se le salía por la boca. Acaso eso le impidió gritar. Al menos, hasta que alcanzó las vitrinas del museo. Estaban vacías. Acababa de producirse el robo del siglo.

El robo de las coronas de la Fuensanta y del Niño se produjo en enero de 1977, junto cuando se celebraba el 50º aniversario de su coronación canónica. Junto a estas piezas, los ladrones arramblaron con otras 22 obras de arte, incluidas un anillo y una cruz pectoral del Cardenal Belluga, cuyo valor total se calculó en unos 300 millones de pesetas de la época. Aún hoy, su paradero es un misterio.

Sólo la corona de la patrona lucía 5.872 piedras preciosas, entre brillantes, diamantes, zafiros, esmeraldas, rubíes y topacios. Junto con la del Niño, con 1.749 piedras, fueron costeadas por suscripción popular. La relación de donativos ocupó en su día 200 páginas en cuarta, en apretada tipografía del cuerpo ocho.

El descubrimiento del robo conmocionó todo el país. Se establecieron controles en los puertos, aeropuertos y puestos fronterizos para evitar que las piezas salieran de España. Entretanto, la Policía reconstruía el iter criminis de los hechos. Les bastó con seguir el rastro de candados y rejas cortadas a soplete.

Una escalera desconocida

Los ladrones accedieron al interior del templo entre las doce y las tres de la madrugada, a través de la puerta del Pozo, desde donde subieron a la Torre y recorrieron las bóvedas de la Catedral, hasta alcanzar la capilla de los Vélez. A ella descendieron por una espléndida escalera de caracol, entonces casi desconocida para la mayoría de los murcianos. Luego asaltaron el museo, seleccionaron qué piezas robaban, en su mayoría cuajadas de piedras preciosas, y desandaron el camino.

Las joyas no disponían de otra medida de seguridad que unos barrotes, aunque el Cabildo de la Catedral había manifestado en diversas ocasiones su preocupación por ello, y no estaban aseguradas. El joyero Julio Torres, uno de los encargados de valorar lo robado, declararía: «Han robado el corazón de Murcia; lo de menos son los millones». El obispo Roca Cabanellas, de viaje en Madrid, adelanta su regreso.

Unos días más tarde, los inspectores de la Brigada de Investigación Criminal detuvieron en Elda a Juan Gil, responsable de un robo de alhajas en Salamanca, sin bien quedó en libertad sin cargos. Otras líneas de investigación, sin éxito, se centraron en los trabajadores que intervenían en la restauración de la capilla de Los Vélez y en algunas pistas que apuntaban al norte de España como lugar de destino de las joyas robadas.

Si algo resultó evidente al concluir la investigación fue que los autores del robo eran especialistas, que sabían cómo y cuándo actuar y que sólo se apropiaron de piezas repletas de piedras preciosas, quizá para desmontarlas. El resto del episodio, cuando ya han pasado treinta años, continúa siendo una incógnita absoluta a la espera de soluciones.

Aún sucedería otra detención en la época, ya casi anecdótica, mientras caía una importante red de ladrones de alhajas, que tampoco pudo vincularse al robo en Murcia. Así fue pasando el tiempo y la actualidad de la noticia se desvaneció, como acaso sucediera con las joyas de la Fuensanta que quizá hoy adornen otras gargantillas y anillos cuyos dueños luzcan sin saber el inmenso tesoro que en ellas hay engarzado.

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Las profecías de la Iluminada
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Antonio Botías | 21-09-2008 | 10:57| 0

En Murcia, contra todo pronóstico lógico, llovió cera en el verano de 1900. O, al menos, eso aseguraron las decenas de fieles que seguían las predicaciones de Francisca Guillén, conocida por La Iluminada de La Algaida, en Archena. Y aquel repentino chaparrón hizo brotar cruces de los campos, que luego ascendieron al cielo como una bandada de abubillas alocadas. Estos supuestos prodigios constituyen el fenómeno más extraño acaecido en la Región durante todo el siglo XX; hechos que atrajeron la atención de la prensa nacional y que acabaron teñidos de sangre y misterio.

Todo comenzó el día en que Francisca, con 25 años de edad, una humilde aldeana sin más conocimientos que los aprendidos en el hogar, que compartía con 6 hermanos, se arrodilló frente a su casa, alzó los brazos al cielo y, supuestamente, entró en éxtasis. Al principio, los parroquianos creyeron que había perdido el juicio; pronto se convencieron de que algo extraño le ocurría a la muchacha.

Analfabeta, nadie se explicaba la razón de que hilara tan bien sus discursos. Estas intervenciones, que comenzaban a ser multitudinarias, se centraban en criticar el pecado que, en su opinión, atenazaba al mundo.

Más sorprendentes resultaban sus profecías que, en gran medida, se vieron cumplidas después de su muerte. Entre ellas, Francisca advirtió de que una guerra en España «enfrentará a hermanos contra hermanos», que «una gran sequía azotará esta tierra», que «los hombres y las mujeres no se distinguirán por sus ropas» y que «llegará un tiempo en que veamos el pan tirado por las calles y, en su lugar, se comerán bizcochos». Más escalofriante resultó el anuncio, aún hoy no cumplido, de una guerra nuclear.

Los periódicos nacionales atacaron a la Iluminada desde el principio. El Español tildaba el caso de «escándalo increíble» y La Época recomendaba el ingreso en un manicomio. Ella seguía predicando, en trances que inquietaban a la autoridad eclesiástica. Hasta que enfureció. Francisca se atrevió a advertir de que «dice Dios que me creáis porque sus ministros no cumplen con su deber».

El enfado del obispo

La reacción del obispo de Orihuela fue inmediata al conocer que la Iluminada lamentaba que, por la situación del mundo, «Dios está para tomar un camino». «El camino del manicomio es el que debe tomar esta mujer», sentenció el prelado. Entretanto, nuevos supuestos prodigios extendían la fama de Francisca. Así, los diarios informaron de que «cayó del cielo una lluvia de oro y plata», que la muchacha identificó como «trozos del manto de la virgen»; trozos que el propio cronista aseguró haber visto. No todo fueron críticas. El Diario de Murcia publicó un crónica, el 1 de julio de 1900, donde exigía respeto para «esta pobre loca». Entre otras razones, porque «demencia peor que la locura es no respetar a quien la padece; abultando con mil patrañas lo que decía». Además, el Diario se preguntaba: «¿Por qué esta pobre mujer no había de poder condenar tanto desprecio a la Ley Divina?».

El aljibe familiar se convirtió en una improvisada fuente milagrosa cuyas aguas, según Francisca, sanaban cualquier dolencia. Aunque no fuera esto lo más curioso. Algunas de las recetas y consejos que daba la Iluminada a los enfermos que hasta Lorquí acudían en busca de remedio pronto se hicieron célebres. Fue el caso de un hombre a quien recomendó, para sanarle un miembro tullido, que cociera plumas de pavo blanco y raíz de perejil. Después de tragar esta pócima debía masticar la cabeza de un alfiler negro. A otro desgraciado le indicó que durmiera ocho días en el tejado, con los brazos en cruz. Pese a todo, siempre planeó la sospecha de que la joven nunca hizo estas prescripciones, sino más bien sus detractores.

La situación llegó a tal extremo que el Gobernador Civil ordenó su ingreso en el manicomio, el día 27 de junio, el mismo día en que una tormenta causó grandes riadas en toda la Región. Un mes duró su reclusión, tanto como la polémica por un internamiento que muchos consideraban inapropiado. Cuentan que Francisca se comprometió a no predicar más; pero lo cierto es que pronto anunció un nuevo trance, esta vez vigilado por la guardia municipal de Archena. El enfrentamiento fue inevitable y se saldó con decenas de lisiados, la muerte de un hermano de Francisca y de un guardia, que dejó viuda y tres niños.

Francisca y su familia se refugiaron en la casa, donde velaron el cadáver del hermano. Fue necesario que el juzgado ordenara a la Guardia Civil derribar la puerta para acceder a la casucha. Y aquí se acabó la romería. Nada se supo de la Iluminada hasta 32 años después, cuando La Verdad publicó un breve sobre el suicidio de una mujer en Lorquí, que se arrojó a una acequia. Tenía 57 años. Desde entonces se mantiene el rumor de que fue asesinada.

De Francisca se olvidó la historia hasta 1963, cuando se produjo una terrible explosión en el polvorín Archena. Muy pocos recordaban que también lo había predicho la Iluminada.

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Muera el yanqui marrano
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Antonio Botías | 21-09-2008 | 10:55| 0

A comienzos del siglo XX, en esta Murcia de azahares ya invisibles habitaban unas 25.000 almas, mal contadas. Pese a ello, se consideraba la sexta ciudad de España, porque en el cómputo se atendía también a los murcianos de pedanías. Apenas hacía cuarenta años que el ferrocarril había atronado por vez primera la estación de El Carmen, lo que acercaría la prensa madrileña.

En la ciudad proliferan las tertulias, y algunas adquieren gran fama. Es el caso de las ubicadas en El Arenal, junto al actual Ayuntamiento de Murcia. Entre ellas, La Puerta del Sol. Los periódicos La Paz y el Diario de Murcia se repartían los escasos lectores, aunque muy influyentes, de la sociedad. Junto a ellos, El Semanario Murciano y Heraldo de Murcia, diarios adscritos a diferentes partidos políticos. Por último, Las Provincias de Levante.

Si antes del inicio de la Guerra los diarios, por regla general, se hacían eco de las corruptelas de la Restauración, junto al caciquismo imperante y la miseria que atenazaba a tantos españoles, el hundimiento del acorazado Maine, en febrero de 1898, provocaría un giro patriótico sin precedentes. A partir de la fecha, los redactores cargarían las tintas contra Estados Unidos y los gritos de «¿Viva España!» y «¿Patria!» ocuparían decenas de titulares.

Fue entonces cuando, de forma peyorativa, se denominaría a los americanos yankees, a quienes se acusaría de mentir al culpar a España de la voladura del Maine, uno de los detonadores de la contienda. «¿Guerra, guerra, guerra!» clamarían los diarios murcianos como si, en lugar de a miles de kilómetros, Cuba estuviera poco más allá de Sangonera.

La situación la retrató de forma magistral el Diario de Murcia en la crónica de una manifestación. «Bastaba ver la enseña gloriosa, roja y amarilla, a cuya sombra han muerto heroicamente tantos soldados, y bastaba oír esa Marcha de Cádiz, consagrada ya popularmente como Himno del Honor Nacional, para que los corazones latieran y se sublevaran en el alma de los sentimientos guerreros contra ese pueblo norteamericano, que nos ultraja y provoca».

Con bandas de música

Murcia se vuelca con la guerra. En plazas y calles se organizan manifestaciones, con bandas de música incluidas, que confluyen ante el Consistorio; se suceden veladas patrióticas y suscripciones para recaudar fondos, que se envian a los soldados españoles.

El dueño y director de El Diario, Martínez Tornel, encabezaría campañas similares; pero no olvidará denunciar que los auténticos perdedores de la contienda ya eran las familias murcianas que enviaban a sus hijos al lejano frente. Y no todos tenían la obligación de hacerlo. Según la Ley, cualquier mozo podía librarse del reclutamiento si pagaba 1.500 pesetas, el presupuesto de muchos hogares humildes, juntos, en toda una vida.

«De esas casas humildes, como las de La Alberca, salen las compañías que forman los batallones de nuestros bravos soldados», escribe Martínez Tornel. «Los pueblos, cuanto más pobres son, más contribuyen con el tributo de la sangre, dando a sus hijos al Ejército», añade disgustado.

El convencimiento, tan pueril como catastrófico, de que la Guerra estaba ganada llenó los diarios de frases pomposas, de las que luego se arrepentirían. Por ejemplo, frente a la derrota en Cavite, cuando El Diario advirtió de que España se había enzarzado en una batalla sangrienta, «sin medir las fuerzas del enemigo, sin tomar ninguna precaución de prudencia».

Poco a poco, la sociedad española entenderá la magnitud del desastre y su consecuencia: la pérdida de las colonias. Los diarios publicarán las lista de fallecidos y heridos, estos últimos aquejados de graves enfermedades tropicales de por vida.

Las familias se dirigirían a Martínez Tornel para que se interesara por sus hijos. El periodista enviaba los nombres a Madrid, desde donde daban cuenta, a veces después de meses, del paradero del desaparecido. Incluso en marzo de 1898, según cuenta El Diario, llegó a Murcia un soldado cuyos padres lo tenían por muerto desde hacía muchos meses.

Las mismas páginas que antaño animarán a los murcianos a defender la patria, aparecerán repletas de suscripciones para los afectados, para quienes se piden ayudas estatales o empleo. De nuevo, las críticas a los políticos y su falta de previsión sazonaron crónicas y artículos. Y la rutina en esta ciudad de provincias, que bullía entre aguardiente en los cafés tertulia, regresó pronto, acaso demasiado, incluso antes que los cadáveres de muchos de sus hijos.

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¿La obra cumbre de Salzillo?
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Antonio Botías | 21-09-2008 | 10:54| 0

Cuentan que la noche se encendió en lágrimas de fuego que iluminaron, como un llanto estrepitoso de astillas celestiales, la ciudad entera. El horizonte velado de la amanecida huertana se rasgó en mil pedazos. Entre las llamas, aunque apenas durara un instante, sus ojos compasivos parecieron cuajarse de sollozos. Los querubines que la rodeaban, como si imploraran clemencia, abrazaban sus divinos pies, aunque la algarabía de gritos y maldiciones impedía escuchar sus voces diminutas y cristalinas. Sólo el dragón que uno de ellos hería, henchido de gozo, esbozó una mueca de victoria antes de convertirse en cenizas. Fue entonces cuando Murcia perdió su más preciado tesoro.

Sucedió en 1931. El miércoles 13 de mayo. El plano de san Francisco, donde brotan cada amanecida los aromas de la huerta que se condensan en Verónicas, aún mantenía la congregación que honraba al santo. Junto a sus muros, la desaparecida iglesia de la Purísima custodiaba una talla de esta advocación, obra de Francisco Salzillo. Era la Purísima Concepción. Muchos autores han mantenido que era la obra cumbre de Salzillo. Sin embargo, no existen demasiadas imágenes para sustentar esta afirmación. Ahora, el sorprendente hallazgo de un primer plano de la talla abre de nuevo el debate.

Seis meses de búsqueda

El programa municipal Murcia que se fue, dedicado a la recuperación del patrimonio histórico murciano perdido a través de los años, ha logrado rescatar del olvido dos fotografías inéditas hasta la fecha. Se han datado apenas dos años antes del incendio. En una de ellas se observa la talla completa de la Purísima, que está sin su característica corona, en el altar donde recibía culto.

El camarín de la Purísima, decorado por Pablo Sistori, atesoraba aquella talla que el escultor Benlliure sentenció como «la obra cumbre de Salzillo». No fue el único. José Tormo, en su Guía de Levante, al describir la pieza animaba a los viajeros con un exclamación: «¿Súbanse al camarín!. Otros se atrevieron a más.

El doctor Esténaga advirtió de que su factura era «más perfecta que la del Ángel y la Dolorosa» que aún atesora la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno. El inolvidable Fuentes y Ponte, erudito y apasionado conservador de nuestra Murcia, rubricó semejantes halagos en su obra Murcia Mariana. Hubo quien lo acusó de padecer miopía; pero lo cierto es que él si subió al camerín para tomarle medidas a la talla. Tampoco le faltaron cánticos y oraciones que extendieron el fervor y la fama de su belleza por la ciudad.

El descubrimiento de esta antigua fotografía, que hoy permite a miles de murcianos conocer la talla, supone un hallazgo de gran interés. Sobre todo, porque la instantánea permite apreciar detalles imposibles de percibir en el resto de fotografías existentes -acaso una o dos- porque casi todas fueron tomadas a distancia.

Las obras en la que fue iglesia gótica de la Purísima comenzaron en el siglo XV, bajo la protección de los Caballeros Concepcionistas. El templo, utilizado por los padres franciscanos que habitaban el convento contiguo, dio nombre a un hospital para sacerdotes que, en el año 1701, se levantó junto a la iglesia. Extinguida la orden de caballería, la Familia Fontes se encargó de perpetuar los cultos, no si antes establecer algún litigio con los franciscanos por la propiedad del inmueble.

Primer renacimiento

La iglesia de la Purísima tenía una sencilla portada de sillares de piedra, con una sola puerta, sobre la que se abría una hornacina, que custodiaba la talla de la Virgen en un retablo del primer renacimiento. Más arriba, había un hueco donde se volteaba la única campana del santuario. En el interior, compuesto por una nave, había ocho capillas. La primera de ellas, según se entraba a la izquierda, estaba dedicada a San Martín. En su interior se conservaron durante muchos años dos balas de cañón que fueron disparadas en 1706 por las tropas del archiduque contra la ciudad, que defendía el cardenal Belluga.

Tan bella era la imagen de la Purísima que ni Salzillo ni la familia Fontes se atrevían a ponerle precio. De hecho, pasaron algunos meses antes de que el escultor reconociera que la talla era un regalo. Entonces, los Fontes enviaron 12.000 reales en una caja de cartón, que también contenía varios obsequios, uno por cada miembro de aquella casa. Ahora, ochenta años después de que se fotografiara un primer plano de su rostro, los murcianos pueden valorar si realmente es la talla más soberbia de Salzillo.

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La Perra Tula tiene bula
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Antonio Botías | 21-09-2008 | 10:50| 0

Fue el Año del hambre, no del hambre hipócrita que hoy provoca la tontuna de las dietas, sino del hambre exagerada, a lo basto, con mayúsculas; la desesperación que da el abrir la despensa polvorienta, mirar a las ratas y ellas, famélicas, mirarte a ti. Cuando se cumplen casi doscientos años de aquella fecha, pocos murcianos recuerdan que hubo un tiempo en que Murcia se despobló hasta el extremo de que la maleza cubría las calles. Y la culpa fue de la peste amarilla.

Los primeros indicios de que una epidemia rondaba la ciudad se conocieron en el otoño de 1811, cuando muchos murcianos cayeron enfermos sin causa aparente. Pronto se descubrió que la terrible peste rondaba Murcia. Y sus efectos fueron catastróficos en barrios enteros, como San Pedro o Santa Catalina.

En aquella época, sin demasiados conocimientos médicos para afrontar la amenaza, las autoridades ordenaron apostar guardias en las entradas de la ciudad, mientras lamentaban que las espléndidas murallas se hubieran derribado, lo que complicada el control de las idas y venidas de los ciudadanos.

Cualquier viajero sospechoso de estar enfermo tenía el paso prohibido y, si insistía en entrar, se le obligaba a observar cuarentena a las afueras de la urbe. Mientras, decenas de murcianos pudientes abandonaban sus hogares para refugiarse en los campos. Pobres y ricos, temerosos del contagio, pusieron en práctica la célebre máxima que se popularizó durante las epidemias de peste de la Edad Media: «Huir rápido, irse lejos y volver tarde». Y tantos fueron los que salieron a escape que no quedaron hombres cabales para gobernar instituciones como el Ayuntamiento de Murcia. Frutos Baeza recordará después que, al concluir la epidemia, «había crecido la hierba en muchas calles».

‘Espantá’ municipal

Esta lógica espantá obligó a organizar el Consistorio, cuyos cargos fueron ocupados por hombres que, aunque valientes y generosos, calibraron mal el riesgo: pronto morirían. Primero el alcalde, de apellido Veyán, y los regidores Gil de Pareja y López Mesas. La peste también se cobró la vida del deán de la Catedral y de una lista interminable de próceres.

Murcia agonizaba. Familias completas fallecían, dejando calles enteras vacías e infectadas, como sucedió con Madre de Dios y Bodegones. Esta última, como se había hecho antes con la calle del Contraste, fue tapiada en cuanto falleció la última vecina, una joven mujer que, aunque nadie lo supo entonces, tenía un bebé de apenas unas semanas.

Los obreros que levantaron dos paredes a cada extremo de la calle no escucharon el llanto de la pequeña, cuya muerte parecía tan segura como la de su madre. Sin embargo, una perrita que andaba por el barrio se acercó hasta la cuna y, con más conocimiento que muchas personas, comprendió que debía amamantar a la niña. Así lo hizo hasta que pasó la cuarentena y Murcia entera conoció la fantástica historia del bebé y la perrita, a la que llamaron Tula.

A Tula le tocó la lotería. Porque no había hogar murciano que no la recibiera como si el animal hubiera salvado de la peste a toda la ciudad. Unos huesos aquí, unas caricias allá, las sobras del guisado acullá… Tan popular se hizo este animal que quedó para la posteridad la máxima: «La perra Tula tiene bula».

Poco tiempo después de esta epidemia proliferarían en los diarios locales los primer anuncios publicitarios donde, curiosamente, ya aparecían testimonios de supuestos enfermos que hallaban mejoría tomando tan extraños productos.

Es el caso de las curas vegetales del abate Hamon -sólo le faltaba llamarse Jamón-. Uno de los testimonios que leyeron los murcianos de la época corresponde a un individuo de Gerona que asegura conocer «a un hombre de un pueblecito cercano que ha tomado 4 cajas del Abate Hamon número 3» y ha sanado. Eso sí, añade que «ha comprado 4 cajas, no por encontrarse enfermo otra vez, sino por miedo a sufrir» de nuevo la enfermedad.

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Sobre el autor Antonio Botías
Este blog propone una Murcia inédita, su pequeña historia, sus gentes, sus anécdotas, sus sorpresas, su pulso y sus rincones. Se trata de un recorrido emocionante sobre los hechos históricos más insólitos de esta Murcia que no vemos; pero que nos define como somos. En Twitter: @antoniobotias

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