La Verdad
img
La ‘solución murciana’ de Cifuentes
img
Joaquín García Cruz | 15-04-2018 | 12:53| 0

La presidenta madrileña no está imputada. No aún. Al margen de esto, su caso es políticamente calcado al de PAS, porque Ciudadanos así lo ha querido, y es seguro que correrá la misma suerte

La literatura y la historia están repletas de apelaciones a la épica de la resistencia. Camilo José Cela mandó tallar en el frontispicio de su casa de Iria Flavia la leyenda ‘El que resiste, gana’, la misma enseñanza vital que le ofreció en 1987 a Felipe de Borbón en su discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias: «En España -y os lo digo, Alteza, porque sois joven y español-, el que resiste, gana». Pero esta vocación, que tan patriota parece, de aguantar siempre hasta el final deviene empecinamiento enfermizo cuando un gobernante la traslada al terreno político para no apearse del machito. Aunque Mariano Rajoy encarna un ejemplo inmejorable de supervivencia frente a cualquier adversidad, nadie duda ya de que Cristina Cifuentes pende de un hilo finísimo que está a punto de romperse. La suya es una figura cadavérica desde que Ciudadanos exigió al PP que adoptara la ‘solución murciana’ para salir de la crisis, la misma vía por la que Fernando López Miras entró a reemplazar a Pedro Antonio Sánchez, hace justamente un año: algo así como ‘quítalo, y designa a otro, o lo quito yo y pierdes también el Gobierno’. La expresión ‘solución murciana’ que han puesto a volar estos días Albert Rivera y José Manuel Villegas para comparar la crisis de Madrid con la de Murcia está en realidad forzada y hasta sacada de contexto en su parte sustantiva, toda vez que aquí se impulsó debido a que PAS estaba imputado por el Tribunal Superior de Justicia, por cuatro supuestos delictivos en el ‘caso Auditorio’, al igual que sucedió después con la senadora Pilar Barreiro, investigada en ‘Púnica’ por el Tribunal Supremo. Ambos debían cesar en aplicación del punto 1.1 del pacto de investidura suscrito entre el PP y Ciudadanos y por eso su partido los dejó caer. Cristina Cifuentes, sin embargo, no está imputada. No aún. Pero Ciudadanos la ha colocado también en la diana por la gravedad de las sospechas que se ciernen sobre ella en relación a documentos falseados y porque mintió en sede parlamentaria.

Al margen de esta diferencia, que no es baladí y a la que la presidenta madrileña todavía se aferra («yo no he incumplido el pacto de investidura»), el ‘caso Cifuentes’ reproduce casi a la perfección el ‘caso PAS’. El proceso resulta idéntico. Ciudadanos aprieta y el PP empieza respaldando a su dirigente en cuestión, convencido de que Rivera no querrá acompañar a PSOE y Podemos en una moción de censura, pero al final se echa a temblar y termina abandonándolo a su suerte para mantener el poder.

La resistencia tiene un límite, como se verá pronto en Madrid. Al PP de Murcia le costó 45 días de agonía, una crisis institucional de gran calado (la más grave de los últimos 25 años en la Región) y un daño reputacional difícil de restañar. La batalla de Murcia fue un campo de pruebas para Ciudadanos del que la formación naranja se siente hoy orgullosa, y de ahí su invocación en los medios nacionales a la ‘solución murciana’ a raíz de que estallara la crisis de Cifuentes. También la dirección nacional del PP debió de aprender algo del sufrimiento que le deparó PAS, a la vista del entusiasmo decreciente con el que empieza a defender a la dirigente madrileña. En Murcia, los populares se equivocaron de cabo a rabo. Sostuvieron a PAS hasta lo indecible, con campañas ridículas de admiración personal en las redes sociales, quizá embaucados por su propio líder. Una y otra vez repetían que los de Rivera habían pactado en secreto un gobierno tripartito con PSOE y Podemos, y que había que evitarlo a toda costa porque eso constituía «un peligro para la Región», pero, en sus conversaciones privadas con Miguel Sánchez, el jefe y portavoz parlamentario de Ciudadanos, lo que PAS planteaba a su interlocutor era otra cosa: «Sé que no te atreverás a apoyar una moción de censura y a darle la Comunidad Autónoma al PSOE. Me amenazas en público, pero no te atreverás a hacerlo». Así, pero con expresiones de cariz tabernario (según recuerda hoy Miguel Sánchez) se defendía el expresidente ante su particular ‘cobrador del frac’ en las reuniones que ambos mantuvieron para gestionar la crisis. A una de ellas, la que Miguel Sánchez preparó en torno a unas migas con tropezones en un bar de su pueblo (El Moral), acudió PAS con un acompañante inesperado: Fernando López Miras, a la sazón vicesecretario general de Organización del PP y diputado regional. Su presencia allí, y su designación posterior como presidente por el propio PAS (sin que el partido tuviera siquiera la ocasión de pronunciarse), viene a constatar que Pedro Antonio Sánchez manejaba ya un ‘plan B’, contra lo que el PP reiteraba públicamente.

También Rajoy esconde un ‘plan B’ para Madrid -aunque lo niegue-, consciente de que no podrá sostener a Cristina Cifuentes y de que esta caerá, arrastrada por su máster y empujada por Ciudadanos. Una vez más, resulta incomprensible el tancredismo de Rajoy y sorprende que el PP no haya designado ya a otro candidato que le permita conservar el Gobierno de aquella comunidad, antes de que Rivera le imponga finalmente ‘la solución murciana’ o permita incluso que el socialista Ángel Gabilondo ocupe el puesto de Cifuentes. Tal vez los mandatarios populares no aprendieron lo suficiente de aquella interminable crisis en la que les sumió PAS, si bien puede que la explicación de su torpeza sea más sencilla y no responda a la épica española tan del gusto de la literatura, sino a la pura vanidad de las personas. A Esperanza Aguirre se le preguntó el martes pasado, en la comisión del Congreso que investiga la financiación del PP en Madrid, por una eventual dimisión de Cristina Cifuentes, y Aguirre respondió, con la ironía que le caracteriza y quizá también encantada de las vicisitudes de quien llegó al cargo envuelta en la bandera de la regeneración: «Yo dimití tres veces, pero dimitir es fatal en este país. Lo que se lleva es resistir».

La Asamblea subvenciona al Cemop: las encuestas con intención de voto volverán en junio

Final del apagón demoscópico. La Mesa de la Asamblea Regional ha dado el visto bueno a la financiación de los barómetros del Cemop (Centro de Estudios Murcianos de Opinión Pública), a los que el Gobierno de Pedro Antonio Sánchez había cortado las alas porque no le gustaron los resultados de su último trabajo, el de 2015, con intención de voto y su correspondiente cocinado. Después de darle muchas vueltas al asunto, los grupos parlamentarios aprobaron el 14 de marzo subvencionar a la Universidad de Murcia con 30.000 euros para la realización por parte del Cemop, este año, de dos estudios barométricos. El primero de ellos verá la luz en junio, a partir del trabajo de campo que los encuestadores realizarán en mayo y en el que se analizará la valoración de los líderes políticos y las expectativas del nuevo partido de Alberto Garre. La segunda entrega llegará en invierno, muy cerca ya de las elecciones municipales, autonómicas y europeas.

Ver Post >
Una terna para la Cámara
img
Joaquín García Cruz | 25-03-2018 | 05:36| 0

Miguel López (Grúas París), Patricio Valverde (Estrella de Levante) y Javier Yelo (Huertas) componen la triple apuesta de Albarracín para la Cámara de Comercio. Y a Cobacho le han ofrecido suceder a Luján en el Consejo Económico y Social.

Y a hay una terna de la que saldrá, con toda probabilidad, el presidente de la Cámara Oficial de Comercio de Murcia y, por ende, del Consejo Superior de Cámaras de Comercio de la Región. Miguel López Abad (Grúas París), Patricio Valverde (Estrella de Levante) y Javier Yelo Huertas (Grupo Huertas Automoción) son –por este orden– los tres candidatos de José María Albarracín, el presidente de la patronal Croem, para suceder al frente del órgano cameral a Pedro García Balibrea. La Croem aporta 12 de los 46 vocales del Pleno de la Cámara, por lo que corresponde a la confederación empresarial tomar la iniciativa y patrocinar a los candidatos de su preferencia, con los que Albarracín está hablando y cerrando flecos este mismo fin de semana. A la vista de la composición del plenario de la Cámara, donde todo parece una balsa de aceite, un integrante de la terna en cuestión será refrendado como presidente de las cámaras –si nada se tuerce antes– el próximo 10 de abril, cuando se constituya el nuevo y muy renovado Pleno de la corporación. Aun en el caso de que ningún otro aspirante ajeno a este trío se presentara a la elección, la ley estipula que el presidente del órgano cameral deberá someterse a la votación en las urnas por parte del plenario, y también que el dirigente electo elegirá ese mismo día, casi sobre la marcha, a los integrantes del Comité Ejecutivo.

Albarracín quiere más mujeres

Caras nuevas en la patronal

Los cambios en la Cámara de Comercio no serán los únicos en el tejido socioeconómico. También están a punto de producirse en la Croem, donde Albarracín recabó y obtuvo la semana pasada la unanimidad de su Junta Directiva para presentarse a su segundo mandato en la cúpula, que será el último posible, debido a una reforma de los estatutos que él mismo impulsó. De hecho, prevé no finiquitarlo. A la asamblea electoral que lo aclamará, a finales de abril o en la primera semana de mayo, el industrial del pimentón llevará una lista de 25 miembros para el Comité Ejecutivo, en la que habrá más mujeres y más juventud que ahora. Estarán en ella Manoli Marín (Mujeres Empresarias), Ana Belén Martínez (Mercadona), Carlos Recio (tesorero), Miriam Fuertes (hija de Tomás Fuertes), José María Tortosa (Empresa Familiar) y Vicente Valcárcel (El Corte Inglés), amén de los tres vicepresidentes natos, que son los responsables de la patronal en Cartagena y Lorca y el de la federación que más aporta económicamente a la caja común (la del Metal).

El barco de los empresarios navega empopado, tras sobreponerse a un temporal que lo dejó astillado pero no lo hundió. Con la economía regional creciendo por encima del 3%, los viejos conflictos entre asociaciones y federaciones ya olvidados, enjugada la deuda financiera de dos millones que Albarracín se encontró al llegar, y el liderazgo de su timonel fuera de toda duda, la patronal prepara los fastos de su 40 aniversario. La Moncloa ha confirmado la presencia de Mariano Rajoy en la asamblea electoral, y la CEOE, la gran patronal española, estudia elevar al ámbito nacional la celebración del Día del Empresario, ‘made in Murcia’, que este año empezará a conmemorarse cada 2 de octubre en la Región. Será laborable.

El exrector tiene una oferta

Cobacho medita sobre la presidencia del Consejo Económico y Social

Es muy probable que el exrector y catedrático de Derecho José Antonio Cobacho ocupe la presidencia del Consejo Económico y Social (CES), que José Luján dejó vacante para ganar las elecciones al rectorado de la UMU. Mañana se confirmará. O no. El CES tiene la buena costumbre de adoptar sus decisiones por unanimidad, como hace siempre con la aprobación de los dictámenes, pero –a fecha de hoy– Cobacho es la persona de consenso. Se lo está pensando, porque le cuesta abandonar el Consejo Jurídico y por lógica debería hacerlo. Será este lunes cuando acepte o decline su nominación, que goza del visto bueno del propio Luján, de los empresarios y, se supone, también de los sindicatos (un tercio de los votos) y del Gobierno regional, al que corresponde formalizar la propuesta. Bastaría con el visto bueno de dos tercios de los 21 vocales del Consejo, pero Cobacho, que está por el ‘sí’, no aceptará si echara números y detectara resistencias.

Un mal precedente en el Puerto

López Miras se toma con calma la remodelación del Gobierno

Parece que el jefe del Gobierno regional mantendrá en ascuas a sus nueve consejeros hasta después de las Fiestas de Primavera. No es habitual que un presidente anuncie una crisis de gobierno (y Miras ha confirmado que la hará) pero la posponga varias semanas. Eso mata de los nervios a cualquiera, y puede desmotivar a quienes están en el Ejecutivo y se sienten en el disparadero, ya sea con razón o arrastrados por la rumorología. López Miras, sin embargo, ha comunicado en su entorno que será tras las vacaciones cuando quite y ponga. Pero Miras empieza a resultar imprevisible, así que apenas se filtra nada al respecto. En el reciente congreso del PP, demostró el disimulo que imprime a sus decisiones, ocultando hasta ultimísima hora la composición del Comité Ejecutivo del partido, incluso a los propios interesados. Con este precedente, anticipar en qué términos remodelará el Gobierno regional resulta un ejercicio de pura elucubración. Hay solo señales, y no son seguras. Por ejemplo, que mantendrá a Juan Hernández, el consejero de Empleo, Universidades y Empresa, del que se sabe –eso sí se sabe– que empresarios con mando en plaza han pedido al presidente que siga dentro, al igual que le han sugerido que agrupe en una sola cartera Empresa, Empleo y Medio Ambiente (competencias ahora desperdigadas), que Educación absorba Universidades y que Fomento se despegue de Presidencia. Nadie sabe por dónde tirará el presidente, y menos aún a quiénes destronará. Quizá esto último –los nombres del baile– importe menos. Nos fijaremos más en ver si aplica un criterio de meritocracia y elige para su gobierno a los mejores danzantes del salón o, por el contrario, ajusta cuentas de partido y coloca a correligionarios sin el perfil idóneo solo para recompensarlos o bien para desagraviarlos, como ha hecho con el nuevo presidente de la Autoridad Portuaria, en un gesto –quizá la primera pifia de su mandato– que no se compadece con ‘el nuevo PP’ que quiere liderar. Es posible, por qué no, que Joaquín Segado se convierta en el mejor presidente en la historia del Puerto de Cartagena (el cuarto de España por volumen de mercancías), pero en su currículo no consta otra ocupación que la política ni más merecimiento que el de ser el presidente local del partido.

Ver Post >
López Miras se la juega
img
Joaquín García Cruz | 18-03-2018 | 09:31| 0

Todo está atado y bien atado en el PP, pero el presidente se enfrenta desde hoy al reto de hacer de ‘su’ congreso un proceso purificador o reducirlo a un remedio democrático

Con Franco también se votaba. De las tripas del Régimen salían de vez en cuando hornadas de concejales y procuradores a Cortes en representación del sindicato vertical y de los cabeza de familia y las mujeres casadas (las solteras no contaban), para prestar a la Dictadura la apariencia de un parlamentarismo homologable. Aunque eran una farsa, muchos españoles de buena fe creían en la bondad de aquellas elecciones, cuyos resultados no dejaban un resquicio a la sorpresa porque todo estaba tan atado y bien atado como en el congreso regional del PP que hoy se dispone a legitimar, en presencia de Mariano Rajoy y posiblemente por aclamación, el liderazgo, la presidencia del partido y la candidatura autonómica de Fernando López Miras.

Los populares tienen en su mano hacer del congreso un acontecimiento histórico para el PP, conforme al mantra que sus dirigentes repiten machaconamente desde que Miras lo convocó por sorpresa y aventuró que sería «una fiesta democrática». Pero corren a la vez el riesgo de reducirlo a un paripé que atufe. De momento, los prolegómenos no podrían resultar más desalentadores. La primera vuelta, que dejó en la estacada a un militante iluso de Torre Pacheco, Antonio Garre, y convirtió oficialmente a Miras en candidato único, ha puesto frente al espejo a un partido incapaz de movilizar a sus afiliados, que no han mostrado el menor entusiasmo por participar de una decisión tan importante como la de elegir a su jefe. De los 37.445 supuestos militantes, se registraron para poder votar en la primera vuelta 1.430, de los que únicamente 1.174 votaron al final; 1.067 de ellos apoyaron a Miras y 92 a Antonio Garre, según un escrutinio oficial que, para colmo, ni siquiera cuadra en los sumandos porque olvida los votos nulos y en blanco. La dirección del partido intenta justificar tamaña desidia en el hecho cierto de que los afiliados del PP no están acostumbrados a votar y muy pocos se encontraban al corriente de las cuotas, explicaciones que dicen poco y mal de una organización que lleva más de veinte años engrasada. Además, el partido ha ocultado deliberadamente, pese a la insistencia de los medios de comunicación, los resultados de las votaciones en cada uno de los municipios, lo cual resulta de una opacidad más propia de una república bananera que de una formación política moderna. Se ha podido averiguar, pero a la rebatiña, que López Miras barrió a su adversario en Murcia, Cartagena y Lorca, y que perdió en Torre Pacheco, y también que en seis de los 45 municipios no se llegó a votar porque no había ningún afiliado al corriente en el pago de las cuotas. ¡Ninguno! Al parecer, ni siquiera los presidentes locales del partido, sus alcaldes y los concejales cumplían con la obligación de abonar la cuota, y tampoco aprovecharon el plazo extraordinario del que disponían para ponerse al día en los recibos. Y no hablamos de aldeas aisladas en el quinto pino, sino de municipios populosos como Mula, Librilla, Ceutí, Albudeite, Villanueva y Lorquí, que reúnen alrededor de 1.500 afiliados y que no estarán representados hoy en el congreso con los 26 compromisarios que se les había reservado. Cuesta imaginar, a la vista del desinterés manifiesto de las bases, que los 36.000 afiliados que no se molestaron en inscribirse para ratificar o bien rechazar a su líder, vayan a construir con sus aportaciones «el nuevo PP» al que con tanta ilusión fueron llamados por López Miras al grito de «un afiliado, un voto».

Aunque resulte doloroso admitirlo, el cónclave de hoy será finalmente, en lo esencial, un calco de los dieciséis anteriores, a los que los delegados llegaban siempre con el pescado vendido y la única misión de acatar sin rechistar y vitorear al que mandaba.

Pero ese no es el PP que López Miras quiere. Cuando lanzó la convocatoria del congreso extraordinario, del que solo estaban enterados Mariano Rajoy y José Ballesta (a quien confió su organización), él no solo intentaba sacudirse el sambenito de que era un presidente enchufado al pinganillo de su antecesor, un antojo de Pedro Antonio Sánchez, un interino en el cargo, un hombre de paja, un dirigente sin legitimación democrática. Aspiraba a mucho más. Me consta su propósito sincero de darle la vuelta a la organización, modernizarla, sacarla del ensimismamiento institucional antes de que sus vicios terminen por corroerla, desactivar a la vieja guardia del museo, transmitir a su gente que las primarias no tienen por qué ser un atributo exclusivo de los adversarios ni un capricho de la nueva política, sino una exigencia social inesquivable; y quería también combatir el miedo a una derrota electoral del que ya se han contagiado amplios sectores del PP. López Miras, de cuya fortaleza política dudan muchos aún, dentro y fuera del partido, se proponía hacer tabla rasa, porque, si bien el proceso precongresual se ha visto plagado de despropósitos, contaminado por la injustificable ocultación de los recuentos de los votos, ninguneado por la apatía de los propios afiliados y (debido a todo lo anterior) despojado de antemano de la credibilidad necesaria, lo cierto es que esta de hoy en Murcia será la primera vez que el PP saque las urnas en España. Y lo hará ante los ojos de Mariano Rajoy, que puede optar entre soltar una parrafada pensada para lucirse en el telediario de las tres o, antes al contrario, tomar nota de la iniciativa de López Miras, ponerla en valor y extenderla al resto del territorio nacional como un plato más del menú que está obligado a cocinar si no quiere ser engullido por Ciudadanos en 2019, que es lo que todas las encuestas vaticinan. La grandilocuencia de los términos que López Miras viene usando en sus declaraciones previas (‘regeneración moral’, ‘futuro’, ‘principios y convicciones’…) solo se explica desde su íntimo convencimiento de que está en su mano pasar a la historia, al igual que solo por una férrea determinación de romper con el pasado se pueden entender los rimbombantes enunciados de las seis ponencias que los compromisarios despacharán esta mañana en un santiamén y sin tomar conciencia de sus contenidos (‘proyecto Región 20-30’, ‘millenials’, ‘libertad e igualdad’…). Menos aún se comprendería, de no ser por el afán reformista de López Miras, su propuesta de imponer un Código Ético a los afiliados y los altos cargos de un partido que tantas veces ha asistido connivente, cuando no complaciente, al pisoteo del Código Penal por parte de algunos de sus compañeros.

López Miras se enfrenta desde hoy al reto de sacar al PP regional del sofá en el que sestea, y al desafío de seducir a sus afiliados -con hechos, mejor que con palabras- para que lo acompañen en su viaje regeneracionista, de tal suerte que el congreso que está a punto de convalidar su liderazgo sea, de verdad, el principio de un proceso purificador y no un decepcionante remedo democrático. Ellos verán.

Ver Post >
El rector se va, y todos felices
img
Joaquín García Cruz | 11-03-2018 | 07:02| 0

José Orihuela (que votará a Pedro Lozano) se toma un año sabático para regresar a sus fundamentos matemáticos. La UMU sigue en pie, más o menos como estaba. No ha saltado por los aires, contra lo que algunos temían

El ‘peligroso’, ‘atrabiliario’ y ‘podemita’ José Orihuela, ganador de las elecciones de 2014 al rectorado de la UMU, por sorpresa y por solo 32 centésimas de ventaja sobre Juan María Vázquez (que era el favorito y el candidato anhelado por el sistema), concluye su mandato dejando la UMU como estaba, más o menos. No la ha dinamitado desde dentro, contra lo que muchos se temían a la vista de sus discursos incendiarios, ni ha revolucionado finalmente los campus, en parte porque está por nacer el rector (y van ya once, sin contar a los dos comisarios regios) que sea capaz de sacar de sus casillas a una institución anquilosada y endogámica poco dada a las aventuras, y en parte también porque José Orihuela se ha percatado, cuatro años después, de que el universo donde él mejor se mueve está en la pizarra y las tizas de colores, lejos de las ceremonias académicas y de la templanza diplomática necesaria para gobernar la Universidad. A Orihuela le espera un año sabático, en el que dejará la impartición de clases y se pasará el tiempo yendo y viniendo a la Politécnica de Valencia al reencuentro de la topología geométrica de espacios infinitos, el Espacio de Hilbert, los análisis computacionales y otros fundamentos matemáticos que le hacen feliz y cuya comprensión no está al alcance de los mortales. Antes, a mediados de abril, entregará los atributos del rectorado a José Luján o a Pedro Lozano, los dos sobrevivientes de la primera vuelta. Orihuela no votó por ninguno de ellos. Hasta la máquina del café se habría enterado de sus preferencias si hubiera depositado el nombre de cualquiera de los cinco aspirantes iniciales en la mesa de solo un puñado de electores donde le tocaba votar, así que participó únicamente en el proceso de renovación del Claustro. Pero el día 15 votará por Lozano (aunque cree que éste tiene las de perder frente a Luján), porque el decano de Química lleva en la candidatura al gerente de su equipo rectoral. (¡Ay, su equipo, cuántas desafecciones ha sufrido en tan poco tiempo, bien fuera por el autoritarismo de Orihuela, como cuentan quienes lo abandonaron, bien a causa de gestiones deslucidas, según la versión apócrifa del rector!). Luján, además, se proclama delfín y admirador de José Antonio Cobacho, el cordial discrepante (dejémoslo así) de Orihuela desde que éste le sucedió en La Convalecencia. El rector cree que ganará Luján, vistos los resultados del primer envite, pero él votará a Lozano. No siempre apostó a caballo ganador. Hijo de un concejal de la etapa franquista, Orihuela (59 años) se crió en una familia de derechas, fue alumno de los maristas y se dejó seducir en las urnas por la Alianza Popular de Manuel Fraga y después por la UCD de Adolfo Suárez, hasta terminar votando al PSOE. Y ahí sigue.
A su llegada al rectorado, sin embargo, se encendieron tantas alarmas en Murcia –porque se le creía un insurrecto– que fue llamado enseguida a capítulo para tantear sus intenciones. El mismo mes en que dio el campanazo con su victoria frente a Juan María Vázquez (abril de 2014), llegó también a la presidencia de la Comunidad Autónoma Alberto Garre, aún en el PP, que citó a Orihuela en un bar de la plaza Belluga, a la hora de la siesta, para conocerse. Actuaron de emisarios el exrector José Antonio Lozano y Adolfo Fernández, pero aquella primera reunión resultó fallida por la incomparecencia de Garre. Después se llevaron bien. Garre desbloqueó desde la presidencia el plan de financiación de la UMU que permanecía atascado en la Consejería de Educación, de la que era titular Pedro Antonio Sánchez (PAS). Meses más tarde, durante la solemne celebración de la fiesta de Santo Tomás de Aquino, Orihuela agradeció públicamente la intervención personal de Garre, y lo alabó en su discurso, por lo demás hipercrítico hacia el poder, en su línea habitual. Al término de la ceremonia, PAS se acercó al rector y le dijo, también en su línea: «Que sepas que soy persona que ni olvida ni perdona».
José Orihuela, a quien se recordará por el ruido extramuros, está satisfecho de su gestión de cuatro años, que acaba de plasmar en un voluminoso resumen colgado ya de la web de la UMU. Regresa a sus abstracciones matemáticas, a la pizarra y las tizas de colores, y se va feliz –dice–, especialmente después de que haya salido indemne de una denuncia que tenía un origen genuinamente laboral pero se llevó al terreno penal porque allí era donde más daño se le podía causar. Se va feliz él, y se quedan felices y más tranquilos quienes temían que el inobservante Orihuela pudiera haber volado una institución que está fuertemente cimentada y parece a salvo de extravagancias.

Víspera de la primera huelga feminista
Reunión de mujeres sin carné en el PP

Miércoles pasado, más o menos 24 horas antes de que decenas de miles de mujeres participaran en una de las manifestaciones más exitosas que se recuerdan en Murcia, como colofón a la primera huelga feminista de España. Sede del PP. La consejera de Transparencia, Participación y Portavoz, Noelia Arroyo, reúne a una veintena de mujeres para pedirles consejo y críticas (que también las hubo). La mayoría de ellas no están afiliadas al partido, y muchas jamás habían pisado la sede de González Adalid. Allí estuvieron, además de la propia consejera, la médico y exconsejera de Sanidad Encarna Guillén, y las directoras generales del Gobierno regional Alicia Barquero y Miriam Pérez Albaladejo, Carmen Gil, presidenta de Famdif (Federación de Asociaciones de Personas con Discapacidad Física y Orgánica); la periodista Isabel Franco; Fuensanta Martínez, directora de Comunicación del Colegio Oficial de Farmacéuticos; Silvia Serrano, presidenta de Fremud (Federación Regional de Asociaciones de Diabéticos); dos directivas de la asociación de consumidores Thader;Natalia Cano (Asociación Murciana de Compliance); Yolanda Paredes, presidenta de ATA (Asociación de Trabajadores Autónomos); la farmacéutica Conchita Chamorro; Judith Sarabia, diseñadora y empresaria de estética; la restauradora Mary Orenes; Manoli Marín, presidenta de OMEP (mujeres empresarias) y la abogada Ana Fructuoso, entre otras.
El PP no hizo, que se sepa, comunicado ni declaraciones acerca de esta reunión.

El ditirambo de Rajoy
La hipérbole nunca vista en política

De Rajoy es ya, con todo merecimiento, el ditirambo más exagerado, y vacuo a la vez, que jamás se haya visto en la política española. Lo hizo el pasado día 5 en Badajoz, al referirse a la necesidad de alcanzar con el PSOEun acuerdo sobre financiación autonómica: «Yo puedo asegurarles que haré todo lo que pueda y un poco más de lo que pueda si es que eso es posible, y haré todo lo posible e incluso lo imposible si también lo imposible es posible».  ¿Alguien da más?

Ver Post >
Políticos y políticas
img
Joaquín García Cruz | 04-03-2018 | 09:56| 0

Después de siete días de paro en la construcción, los ladrillos volaban por la Gran Vía de Murcia y las ‘lecheras’ de la Policía Nacional ululaban por las calles adyacentes a la caza de huelguistas y manifestantes, en aquel marzo convulso de 1977. Los derechos de huelga y asociación sindical aún no estaban reconocidos en España, de modo que hubo despidos, arrestos y algún herido. Por increíble que hoy parezca, los miles de obreros que exigían mejores condiciones laborales y desafiaban en la calle al orden establecido tenían delante a una lideresa: la ugetista Mari Carmen Lorente. Su figura nunca fue reconocida suficientemente en el sindicalismo ni en el PSOE, partido al que se afilió también y del que fue concejal en Murcia durante la primera corporación democrática (elecciones de 1979), con José María Aroca de alcalde. Mari Carmen Lorente llevó lejos su lucha personal por la igualdad en los años ochenta, al punto de acabar con la sacrosanta tradición de que las mujeres no pudieran tripular carrozas en el Entierro de la Sardina. Ella lo hizo. Se plantó en la cabeza del desfile y exigió subirse a la carroza que cada año sacaban los concejales. Recuerdo vivamente, porque yo estaba allí, las palabras con que retó a los directivos de la Agrupación Sardinera: «No me dejáis porque soy mujer. ¡Pues también soy concejal, pijo, y esta es la carroza de los concejales!». El Entierro salió tarde, pero salió, y con una mujer por primera vez en lo alto de la carriola repartiendo juguetes a manos llenas: la única mujer protagonista en un festejo reservado históricamente a los hombres. Mari Carmen Lorente no fue la única que desbrozó caminos en la política regional. La doctora y también concejal de Murcia Elvira Ramos abanderó en 1976 el Movimiento Democrático de Mujeres desde su puesto en el Comité Central del PCE, cuando de sexismo no se hablaba en las tribunas ni en los bares pero algunas ya militaban en el feminismo. Marxista hasta el tuétano, Elvira Ramos culpaba de la marginación femenina a «los intereses del capital», y no tanto a la resistencia de una sociedad masculinizante que, ya en 1982, se permitió frivolizar con el atractivo físico de la diputada socialista por Murcia Carmela García Moreno llamándola ‘Miss Congreso’ en las revistas del corazón y en los corrillos de las instituciones, algo afortunadamente impensable hoy. A su manera, la derecha también alumbró pioneras en la vida pública regional, como Josefina Alcayna, delegada de Educación con UCD en la España todavía rancia de 1980, y a quien tocó presidir, rodeada siempre de hombres, la mesa de contratación que adjudicó la construcción de numerosos colegios públicos. O Lourdes Núñez Salinas, concejal en Murcia con Alianza Popular (AP), situada por Juan Ramón Calero en la secretaría general, esto es, como número dos de una formación inequívocamente conservadora. Calero, por cierto, fue quien metió literalmente en la política a Luisa Fernanda Rudi, después alcaldesa de Zaragoza, presidenta de Aragón y presidenta del Congreso.

Queda mucho por recorrer para alcanzar la equiparación de la mujer en el pináculo de las instituciones, pero en Murcia se abrió un buen tramo del camino con la elección de la primera presidenta autonómica de España, la socialista María Antonia Martínez, quien durante su breve mandato en el palacio de San Esteban (1993-95) coincidió con otra mujer en la Delegación del Gobierno, Concepción Sáenz. Ninguna otra región estuvo dirigida entonces por dos mujeres a la vez. Son buenas credenciales para una comunidad pequeña de la que salió la primera mujer en la historia de la Real Academia Española (Carmen Conde, 1979) y que mucho antes, durante la Segunda República, había dejado también en manos de mujeres alcaldías importantes como la de Beniel (Carmen Segura Chaserot, 1933).

¿Y actualmente? Rosa Peñalver preside la Asamblea Regional, lo que la convierte en la segunda autoridad de la plaza. Ella, sin embargo, es la excepción, como lamentó el miércoles durante su emotiva intervención en el congreso MU y MU. Hay otras mujeres en los organigramas de la vida pública, quizá más que nunca, pero no reúnen más poder porque no ejercen desde la cima, si bien las quince alcaldesas que hoy se asoman a las páginas de ‘La Verdad’ constituyen otros tantos islotes, respetadísimos y meritorios, en el archipiélago de la política murciana. Serán dieciséis pronto, cuando Diego Conesa ceda la vara de mando de Alhama a su concejal de Educación, Mariola Guevara, para dedicarse por completo a la secretaría general del PSOE. Dieciséis de cuarenta y cinco es una proporción esperanzadora, aunque lejos aún del horizonte deseable. Pedro Antonio Sánchez (PAS) apuntó más alto que nadie en la batalla por dar visibilidad a las féminas, y lo hizo desde un partido, el PP, que no cree en las listas cremallera (chico-chica-chico-chica) ni se impone la paridad en sus candidaturas y órganos directivos. PAS formó en julio de 2015 el Ejecutivo autónomo con más mujeres de España: seis de nueve consejerías fueron para ellas. Tres años después, en Murcia gobierna el presidente autonómico más joven del país, Fernando López Miras, pero lo hace con la mitad de mujeres -solo tres- de las que se sentaban en el gabinete de su antecesor.

En cuanto a la estructura de los partidos, la derecha no termina de asumir para sus cargos representativos la paridad de género, que para la izquierda constituye, sin embargo, un imperativo categórico. Al Comité Ejecutivo Regional del PP pertenecen 16 mujeres y 36 hombres, en tanto que el Comité Autonómico de Ciudadanos incluye a 5 mujeres y 13 hombres. Al otro lado de la raya, el PSOE está dirigido desde su Comisión Ejecutiva Regional por 17 mujeres y 18 hombres, y Podemos se gobierna con un Consejo Ciudadano Autónomico de 20 mujeres y 19 hombres.

Es de suponer que este relato meramente numérico quedará obsoleto pasado un tiempo, cuando ya no resulte necesario reivindicar (porque sea una realidad) la equiparación de hombres y mujeres en la política. Entonces se verá que la igualdad se habrá conseguido no porque digamos ‘miembros y miembras’ y ‘portavoces y portavozas’, y tampoco por una buena colección de eslóganes, sino por el coraje personal y el empuje colectivo de quienes, como Mari Carmen Lorente y tantas otras luchadoras, abrieron caminos que parecían inextricables en aquella Murcia pacata de la transición.

Ver Post >
Expertos que no dan la cara
img
Joaquín García Cruz | 26-02-2018 | 11:20| 0

Los técnicos que colaboran con Ciudadanos en la Región no quieren que se desvele su identidad, en una pulsión más de la falta de libertad de expresión que parecía superada y que estos días nos retrotrae al pasado en España

Los expertos fichados por Ciudadanos tienen miedo a salir a la luz y que se les corte la cresta. Atraídos por el ‘cazatalentos’ Miguel López Bachero para desarrollar las propuestas programáticas del partido naranja en la Región, trabajan discretamente desde hace meses aportando sus conocimientos técnicos a la causa de Albert Rivera, pero rehuyen salir del anonimato. Que si son altos funcionarios recelosos de perder canonjías, que si profesionales expuestos a la desacreditación social en una región pequeña… lo cierto es que se muestran renuentes a que Ciudadanos desvele sus identidades, en lo que resulta otro de los síntomas de regresión en el ejercicio de la libertad de expresión que salpican a la sociedad española y que nos retrotraen a momentos preconstitucionales. La retirada por Arco de una obra de Santiago Serra, el secuestro judicial de un libro tras la denuncia de un exalcalde gallego ligado al narcotráfico en el relato, y la condena del rapero Valtonyc por el Tribunal Supremo a tres años y medio de cárcel por enaltecimiento del terrorismo e injurias a la Corona en las letras de sus canciones, reavivan estos días, más allá del inacabable y peliagudo debate sobre los límites de la libertad de expresión, viejos fantasmas que parecían olvidados, como la autocensura, que mucha gente se impone en las redes sociales (cuando no opta directamente por desertar de estas) para evitar el vilipendio público por parte de los patrocinadores de un buenismo de garras punzantes que hoy acobarda tanto o más que la ‘ley mordaza’ o que los atropellos normativos del franquismo. Los términos ‘presos políticos’, ‘presidente en el exilio’, ‘juicio sin garantías’ y otras expresiones derivadas de la declaración unilateral de independencia en el Parlament de Cataluña, y a las que se recurre inicuamente, no caben en la España actual, pero su mera acuñación nos devuelve a la prehistoria política, en la misma medida que lo hacen la prohibición de una inofensiva obra de arte, el secuestro de un libro y el encarcelamiento de un cantante, por provocadores y zafios que todos ellos pudieran parecernos. Es como si el país saliera bruscamente de la modernidad en la que se había encarrilado y regresara al pasado más oscuro, en una metáfora que se ve alimentada también por la reivindicación en la calle de unas pensiones justas y el clamor en favor de una equiparación salarial de hombres y mujeres, derechos ambos que creíamos consolidados, al parecer equivocadamente.

Los políticos seguirán aforados en Murcia, pese al acuerdo de la Asamblea

El mantenimiento de los aforamientos políticos es otra rémora histórica que se resiste a desaparecer. El pacto de investidura con Ciudadanos que sostiene al PP en el poder, en la Región y al frente de España, contiene entre sus numerosos preceptos la eliminación del privilegio que supone para gobernantes y cargos electos el hecho de que no se les pueda juzgar en un tribunal ordinario, como a cualquier mortal, sino que solo puedan ser encausados por salas especiales de los tribunales superiores de Justicia o directamente por el Supremo. Pero esta parte del pacto es de las que no se cumplen. Aunque los partidos dieron en la Asamblea Regional un primer paso en la dirección correcta, la eliminación del fuero, ‘rara avis’ en el resto de Europa, permanece encallada en Madrid, sin que haya la menor expectativa de que la iniciativa supere el trámite necesario en el Congreso, primero, y después en el Senado, donde el PP podría incluso frenarla con su mayoría absoluta, si quisiera. Visto el calendario, es seguro que decaerá al término de esta legislatura, por lo que quedará en papel mojado y sentar en el banquillo a un político, no digamos ya condenarlo, seguirá siendo algo infrecuente en la vida pública, casi una anomalía. El interés por eliminar los aforamientos es más retórico que sincero, y se entiende por qué al escuchar la transcripción del cordial interrogatorio al que Pilar Barreiro fue sometida ante la magistrada del Supremo en cuyas manos está hoy el futuro de la senadora.

‘Apagón sociológico’: presiones y cabos sueltos

La Asamblea se ha pronunciado, por fin, dispuesta a acabar con el ‘apagón sociológico’ en que la Región está sumida desde que el Gobierno de San Esteban cortó el grifo financiero al Cemop (Centro de Estudios Murcianos de Opinión Pública), que hasta 2015 se encargaba de elaborar las encuestas sobre intención de voto. Sin embargo, hay flecos sueltos aún. El Colegio Oficial de Ciencias Políticas y Sociología acaba de enviar una carta a sus colegiados, y al Parlamento, en la que recuerda su condición de «representante exclusivo de los profesionales de la sociología y de la ciencia política», valora positivamente que la Cámara impulse la realización de estudios demoscópicos y -aquí están los flecos- «se solicita a la Asamblea Regional la participación de este colegio oficial en la elaboración y seguimiento de dichos estudios».

La reclamación no obedece solo a la lógica corporativista. El Colegio está presidido por Amparo Albentosa desde que su candidatura ganó las elecciones a la Junta Directiva, también en 2015, después de que uno de los dos codirectores del Cemop, el sociólogo y exconsejero socialista Juan José García Escribano, se retirase de la pugna tras acusar a la Junta cesante, que encabezaba Javier Sierra, de irregularidades y de favorecer en el proceso al equipo de Amparo Albentosa. La consultora de Javier Sierra realiza también estudios demoscópicos y se toma el chocolate de espaldas al Cemop, del que la organización colegial no quiere que se atribuya en exclusiva las encuestas sufragadas por la Asamblea Regional. Los portavoces parlamentarios de PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos saben mejor que nadie cuántas llamadas y visitas han recibido desde un lado y desde el otro en las últimas semanas, antes de tomar la decisión de costear los sondeos electorales, e intuyen -con razón- que aún deberán capear más toros antes de que los encuestadores puedan salir otra vez a la calle.

Ver Post >
Quién teme a las encuestas
img
Joaquín García Cruz | 18-02-2018 | 06:47| 1

La Asamblea analiza si paga los sondeos de opinión pública que el Gobierno regional dejó de financiar cuando sus resultados no le gustaron. Desde entonces, estamos a ciegas en asuntos de gran interés social

El primer estudio sobre intención de voto del que se tiene conocimiento fue un fiasco. Lo realizó en 1824 un pequeño periódico local entre los 3.000 habitantes de Harrisburg, la capital de Pensilvania, y predijo erróneamente que Andrew Jackson derrotaría a John Quincy Adams en la lucha por la presidencia de Estados Unidos. Más recientemente, los muestreos demoscópicos fallaron también de forma estrepitosa en Reino Unido (a propósito del ‘Brexit’), en Colombia, que rechazó contra todo pronóstico un tratado de paz con la guerrilla de las FARC, y en Estados Unidos, donde las encuestas atinaron al vaticinar que Hillary Clinton sumaría más votos en términos absolutos que Donald Trump pero no tuvieron en cuenta que la preponderancia de la figura del compromisario en aquel sistema electoral terminaría abriéndole la Casa Blanca al magnate. Los desaciertos en España quedaron al descubierto durante las segundas elecciones legislativas de 2016, en las que Rajoy obtuvo 137 diputados, frente a la horquilla de 116 a 121 que fijaban los sondeos, y Ciudadanos sacó 32 escaños, lejos de los 40 que le asignaban las proyecciones.

En Murcia, la última encuesta sobre estimación de voto fue encargada y pagada por ‘La Verdad’ al Cemop (Centro de Estudios Murcianos de Opinión Pública) en 2015. Salió publicada el 18 de mayo, una semana antes de la cita con las urnas, y auguraba que el PP, encabezado por Pedro Antonio Sánchez, perdería la mayoría absoluta. El estudio erró en la atribución de escaños a los populares, que obtuvieron 22 frente a los 18-20 que se les suponía, y en el cálculo de los que obtendría Ciudadanos (9-11, frente a los 4 que cosechó finalmente). Pero el Cemop acertó en lo sustancial:el PP perdió la mayoría absoluta, que es de 23 diputados, y desde entonces gobierna la Región a trancas y barrancas, apoyado en la muleta de Ciudadanos y ninguneado a menudo por la oposición. El cabreo de una parte de la dirección del PP con el Cemop fue tan mayúsculo que desde lo más alto del partido se acusó a los dos profesores de la Universidad que lo codirigen (Ismael Crespo, catedrático de Ciencia Política, y Juan José García Escribano, profesor de Sociología) de haber ‘cocinado’ torticeramente la encuesta para desmovilizar a su electorado en favor de Ciudadanos, algo que la realidad desmiente por sí sola: la formación de Albert Rivera logró solo 4 de los 45 parlamentarios en liza, por lo que cuesta creer que se viera beneficiada en sus magros resultados por el sondeo del Cemop. Pero el malestar en las alturas del PP, y en algún despacho noble de San Esteban, no quedó en semejante tontería, sino que llegó al extremo de cortarle la financiación al Cemop –que no puedehacer su trabajo sin ayudas públicas–, pese a formar parte del equipo, entonces y ahora, Maribel Sánchez-Mora, a quien el propio Pedro Antonio Sánchez fichó como consejera de Educación y Universidades un mes después de la encuesta. Desde entonces, hace ya tres años, estamos a ciegas en Murcia, y no solo en lo relativo a la intención de voto. Aquel sondeo revelaba también la gran inquietud que la corrupción suscitaba en el electorado y la pobre percepción que se tenía del Gobierno regional, cuya gestión era tildada como ‘mala o muy mala’ por el 41,9% de las personas preguntadas.

Y así, a ciegas, llegaremos a los triples comicios (municipales, autonómicos y europeos) de 2019, si la Asamblea Regional no lo evita antes. Los cuatro grupos parlamentarios analizarán en una próxima reunión de la Junta de Portavoces la petición que Ismael Crespo y García Escribano remitieron días atrás a la presidenta de la Cámara para que esta se encargue de financiar todos los años dos barómetros semestrales de opinión pública, a razón de 15.000 euros, y otros dos estudios más completos, antes y después de cada convocatoria electoral, que elevarían el coste total a 50.000 euros. Al cabo de varios meses jugando a la pelota por las reticencias de los populares, consta por fin la buena disposición de PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos, pendiente de que la plasmen en un acuerdo parlamentario adoptado por unanimidad, que es la condición impuesta por la presidencia de la Asamblea para embarcarse en el gasto. El Cemop plantea en su propuesta explorar la intención de voto en vísperas electorales, pero también evaluar cada seis meses la situación económica y la política, con una mirada retrospectiva y otra prospectiva a un año vista; preguntar por los problemas que aquejan a los murcianos; conocer y valorar a los líderes políticos; puntuar la gestión del Gobierno regional pero también la de la oposición, y escudriñar la confianza ciudadana en determinadas instituciones.

Las encuestas han sido incorporadas a la vida pública por las comunidades de Aragón, Baleares, Andalucía, Valencia, Canarias, Castilla y León, Navarra, Galicia y País Vasco, conscientes sus dirigentes de que aportan calidad democrática. También ponen de los nervios a los partidos, que suelen moverse a golpe de sondeos, como se aprecia estos días en la política nacional. Ciudadanos navega con viento de cola, y lo sabe por su triunfo en Cataluña pero también porque lo señalan todas las encuestas, tanto las que confeccionan empresas privadas como las que publica el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas). Sucede, sin embargo, que ni las unas ni las otras ofrecen información particularizada sobre el estado de ánimo en las distintas regiones, y cuando, de uvas a peras, los investigadores del CIS aterrizan en una autonomía como Murcia para rastrear la intención devoto, preguntan a 400 personas (600, a lo sumo), que son la mitad de las sondeadas por el Cemop en sus barómetros.

Las encuestas permiten a gobiernos y fuerzas opositoras orientar sus políticas, y a veces incluso reconducirlas. Basta recordar el esfuerzo del PP regional por adaptarse a una nueva realidad social con la celebración en marzo de las primeras elecciones primarias que el partido de Rajoy ensayará en España, en forma de un congreso extraordinario que tendrá por objeto reafirmar el liderazgo de Fernando López Miras, a quien su mentor Pedro Antonio Sánchez designó en su momento sin que a los 37.000 afiliados se les diera la oportunidad de legitimarlo. Pero estudios barométricos como los que el Cemop propone encierran otra virtualidad aún más importante para el común de los ciudadanos, porque no se limitan a aventurar cómo las distintas candidaturas se repartirán el voto, sino que reflejan también el sentir de la población respecto de asuntos polémicos que están en boca de todos. Nos permitirían, por ejemplo, saber si la Plataforma pro Soterramiento goza de un apoyo mayoritario en su reivindicación de que el AVEno llegue a Murcia hasta completarse el enterramiento de las vías, cómo delimitar en el Mar Menor el interés de los agricultores y la necesaria protección medioambiental de la laguna, hasta dónde nos parece que organizaciones como Podemos y Ciudadanos han satisfecho las expectativas que alimentaron en 2015, o si las primarias del PP responden a un intento sincero de profundización democrática o más bien a una operación cosmética.

Carecemos de respuestas para estas y otras preguntas, por lo que, mientras no haya encuestas confiables que nos ayuden, seguiremos corriendo el riesgo de que los mensajes interesados de los partidos terminen por engatusarnos o el ruido de las redes sociales nos ensordezca del todo.

Ver Post >
En los ojos de Urralburu
img
Joaquín García Cruz | 11-02-2018 | 12:41| 0

La radicalidad de su discurso le ocasiona miradas torvas y antipatías del lado más conservador, pero lo que peor lleva el secretario general de Podemos es que lo ataquen porque no es murciano

Que una y otra vez le recuerden que no nació en Murcia es lo que peor lleva Óscar Urralburu desde que se alzó con la secretaría general de Podemos, en febrero de 2015. De todos los improperios que el presidente de las cooperativas agrarias, Santiago Martínez, le soltó en la Asamblea Regional el pasado día 1, minutos antes de que la oposición aprobara en bloque las exigentes enmiendas a la ley de medidas urgentes para el Mar Menor, a Urralburu se le clavó, más honda que ninguna otra, la exclamación «¡ni siquiera eres murciano!», que Santiago Martínez repitió después en un corrillo con el presidente López Miras, sin que este se inmutara ante lo que Urralburu considera que fue una manifestación de naturaleza xenófoba.

El dirigente agrario espetó también a Urralburu, cara con cara y el índice levantado, que «estás jugando con la olla de mis hijos», que «cobras un sueldo de la Universidad, a veces dos al mes», y que «tú has dirigido todo esto», para insinuar que, si PSOE y Ciudadanos iban a suscribir las enmiendas -como finalmente sucedió-, lo harían empujados por Podemos, el partido que pretendía «cargarse» el sector agrícola. El vídeo de ‘La Verdad’ con este rifirrafe refleja uno de los momentos más tensos que se han vivido en el interior del Parlamento autónomo, con el líder de Podemos y la diputada María Giménez aguantando estoicamente las andanadas de Santiago Martínez, a quien Urralburu se limitó a contestar que dejara de hacer «teatrillo», pero reconcomido por dentro por el reproche de no ser murciano, que tantas veces ha escuchado en los tres últimos años.

Quienes presenciaron aquello aseguran que el portavoz del PP, Víctor Manuel Martínez, se alejó sabiamente del foco, y se sabe que Lucas Jiménez, el presidente del Sindicato Central de Regantes del Tajo-Segura, a quien las enmiendas de la oposición hacen la misma gracia (ninguna) que al presidente de las cooperativas agrarias, telefoneó al día siguiente a Óscar Urralburu para desmarcarse de Santiago Martínez. El secretario general de Podemos, docente de Secundaria en excedencia y profesor asociado en la Universidad de Murcia hasta que se liberó para dedicarse por completo a la política, mantiene fijado aún en su cuenta de Twitter el vídeo, por su contenido didáctico e ilustrativo de las malas artes. Después no ha vuelto a verse con el representante de las cooperativas, ni a pronunciarse públicamente al respecto de lo sucedido en la Asamblea, pero en privado cuenta que Santiago Martínez figura en el Registro Mercantil como administrador en varias empresas distribuidoras de nitratos y como apoderado en otras, una maldad sembrada ya en las redes sociales.

El líder de Podemos asegura que el propio presidente de la Comunidad Autónoma, de formas siempre blandas, le ha comentado en alguna ocasión que «tú no entiendes bien lo que pasa porque no eres de aquí». Sin acritud, pero dejándosela caer. Óscar Urralburu (Pamplona, 1971) vive en Murcia desde hace 25 años, tiene dos hijos nacidos en Murcia, en Murcia se doctoró en Bellas Artes y en Murcia se lanzó a la vida pública dirigiendo el sindicato asambleario Sterm, que en los años noventa agitaba con éxito las aulas contra las políticas educativas del PP. A la vista de su personal ‘curriculum vitae’, Urralburu no entiende cómo se le puede denegar su murcianía y por qué se le intenta desacreditar reprochándosele su origen navarro, salvo que sea, como parece, con la finalidad de desautorizar subrepticiamente su predicado político, por lo demás bien conocido: izquierdista del todo, de verbo mordaz, instalado en la radicalidad, provocador de biempensantes y engarzado en un partido de discurso frecuentemente agrio al que un 20% de los españoles mantienen su intención de votar, según la última encuesta del CIS, pero al que una buena parte del 80% restante ve como una amenaza para la democracia.

Cabría pensar que incluso en el terreno personal debe de ser incómoda la empresa de capitanear Podemos en una región que desde 1995 vota al PP mayoritariamente (y hasta 2015, con apoyos superiores al 60%) y en la que Podemos no se cansa de denunciar la existencia de ‘lobbies’ que supuestamente maniatan a los gobiernos de turno. Sorpresa. La pelotera con Santiago Martínez es el único episodio avinagrado de cierta intensidad que Óscar Urralburu ha sufrido en su relación con la patronal, los sindicatos, las otras fuerzas políticas -incluido el PP- y los numerosos colectivos e instituciones que discrepan abiertamente de Podemos y rechazan sus posiciones, pero sin llegar más lejos ni recurrir al oprobio personal en lo que podría llamarse una cordial disidencia. Uno de los cargos públicos más importantes del PP en la Región -y su familia- viven desde hace meses con protección policial porque los Cuerpos de Seguridad entienden que podrían ser presa fácil de algún desalmado, no viene al caso por qué. Urralburu no se ha visto ni por asomo en una coyuntura semejante, y de ahí que no salga de su asombro por el encaramiento que hubo de aguantar el día de las enmiendas a la ley del Mar Menor. Otra cosa es lo que sucede en los pueblos, donde Podemos se queja de que algunos alcaldes les niegan locales, de actitudes belicosas individuales en absoluto generalizables, y de poco más…, con una grave salvedad: al secretario general del partido en una localidad pequeña le envenenaron los perros en su casa de campo y le dejaron un aviso: «Tú serás el siguiente». Dimitió, asustado.

Urralburu tiene, por tanto, razones sobradas para proclamar el carácter tolerante y hospitalario de una región en la que observa conductas caciquiles aisladas y residuos de un feudalismo minador del progreso, pero a la vez una región en la que -asegura- se les escucha con respeto, a él y a su gente, pese al radicalismo de sus postulados y a la visión que de Murcia proyectan, nada complaciente con el poder establecido y en la que Podemos señala una peligrosa dualización social derivada de un reparto desigual de las rentas, inferiores a mil euros para el 53% de la población activa; un Instituto de Crédito y Finanzas poco útil para el reflotamiento de empresas en apuros; un Instituto de Fomento que identifica con un mercado persa en el que las ayudas «van siempre a las mismas manos», en lugar de impulsar una movilización social de la economía; una Administración endeudada hasta las cejas; una agricultura obligada a teñirse de verde «por su propio bien, porque no se trata de un capricho de ‘hippies’ o ecologistas, sino de una exigencia de Europa»; una economía sumergida que alcanza al 25% del PIB (unos 10.000 millones de euros) y explica -en opinión de Urralburu- que vuelvan a comprarse «tantos cochazos»; una legión de buenos investigadores sin los recursos necesarios para sacar adelante sus proyectos; y un Gobierno que se niega a habilitar la Oficina Antifraude que esta misma semana ha vuelto a reclamar Podemos en la Asamblea y ha caído otra vez en saco roto por falta de aliados parlamentarios.

Esta es, más o menos, la Murcia vista con los ojos de Urralburu. Una visión radical, para muchos apocalíptica, que le reporta miradas torvas y antipatías del lado más conservador, aunque nada tan doloroso personalmente para él como que lo ataquen por no ser murciano.

Ver Post >
Cien días con Diego Conesa
img
Joaquín García Cruz | 05-02-2018 | 11:19| 0

Puede que no sea un líder carismático, pero el nuevo secretario general de los socialistas se ha ganado en tres meses el respeto del partido, incluso por parte de quienes perdieron el congreso y se mantienen, aún, al acecho

Escuchar, escuchar, escuchar. Desde que ganó las primarias frente a la diputada María González Veracruz, el secretario general del PSOE ha conjugado el verbo escuchar por encima de cualquier otro, y esta inclinación inmanente a prestar atención es con certeza el santo y seña de su mandato en los cien días de luces y alguna sombra transcurridos desde aquel 30 de septiembre de 2017 en que Diego Conesa se llevó el gato al agua por 2.485 votos frente a los 2.265 de su adversaria, que parecía tener ventaja pero se quedó con el regusto amargo de una derrota inesperada y la sospecha de que la Comisión Ejecutiva Federal (CEF) se había entremetido en favor del alcalde de Alhama.

No es Diego Conesa un líder carismático al que no quepa discutir sus decisiones, pero la carencia de ‘sex appeal’ político se ve suplida en su caso por altas dosis de sentido común. El hálito que su trayectoria desprende al cabo de tres meses dibuja una estela de coherencia y de mucho trabajo, más que una personalidad fulgurante, de la que tampoco pueden presumir los otros mandatarios de la Región, todos los cuales adolecen por igual de lo mismo -la falta de unanimidad entre los suyos-, quizá porque acaban de salir del nido y no terminan de cuajar, o porque los caudillajes se acabaron con Valcárcel y esto es lo que hay.

La bisoñez hizo que Conesa se dejara ningunear por el palacio de San Esteban cuando el nuevo presidente de la Comunidad Autónoma lo puso a la cola, por detrás de Ciudadanos y Podemos, en su primera ronda de audiencias a los dirigentes de los partidos con representación parlamentaria. Y una imprudencia -error inhabitual en él- le llevó a hablar de ‘socialistos’ para referirse a sus antecesores en el PSOE, en lugar de decir, simplemente, lo que quería decir: que se acabó el tiempo en el que un grupo reducido de la Ejecutiva regional decidía por los afiliados. La adjetivación, más propia de contrincantes que de compañeros, era innecesaria y estuvo a punto de incendiar el ánimo de muchos de los militantes que habían perdido su apuesta por María González y se mantenían, leales, en el letargo orgánico. Ahí siguen, por cierto, a la expectativa de lo que haga el secretario general. La primera prueba de fuego está cerca ya. Las elecciones que las trece agrupaciones locales de Murcia celebrarán en abril para elegir una ejecutiva municipal permitirán saber si la mitad del partido que en septiembre arropó a la diputada (50,64% de los votos) decide ajustar cuentas, o no, con la otra mitad que prefirió a Diego Conesa (48,8%). Todo dependerá de cómo el secretario general aborde el proceso, cuyo diseño ha encargado al veterano José Ignacio Gras y al que María González no piensa -hoy por hoy- concurrir personalmente, pero para el que exige una solución de consenso que respete su mayor influencia en el municipio, la misma demanda que planteará cuando las primarias para confeccionar las candidaturas municipales de 2019 lleguen a Cartagena y Lorca, feudos también de la diputada y donde Conesa se ha anticipado ya a garantizar la continuidad de los actuales responsables socialistas, en una señal inequívoca de su deseo de contribuir a la paz interna.

El caso es que el PSRM está tranquilo, en parte por el agotamiento derivado de contiendas aún recientes que le entumecieron las ganas de pelea, pero también y en gran medida porque el secretario general se ha ganado su respeto, más allá de algunas consideraciones críticas, como que le falta genio político, que el partido socialista no termina de imponerse como líder que es de la oposición, acogotado por un protagonismo superior de Podemos y Ciudadanos en la Asamblea Regional, y que quien está llamado a disputarle la presidencia autonómica al PP todavía no le ha puesto a Fernando López Miras los pavos a la sombra con mensajes de calado que entusiasmen al electorado. Pero estas sombras no alcanzan a oscurecer los primeros cien días de Diego Conesa, en los que el PSOE ha hablado de agua más que en veinte años, sabedor de que el agua da y quita votos en Murcia y de que está en condiciones, ayudado por los estragos de la sequía, de cogerle la delantera al PP. Diego Conesa se ha reunido con antiguos responsables socialistas de agricultura como Fuentes Zorita y José Luis Albacete, ha estudiado el legado que dejó el malogrado exconsejero Antonio León, ha debatido la situación al detalle con los sindicatos de agricultores, los regantes del Trasvase y los exportadores de frutas y hortalizas, ha montado una conferencia abierta del agua, y del agua debatirá el Comité Regional en su próxima reunión del 10 de febrero, a la que Conesa ha invitado a todos los ex secretarios generales del partido para que también ellos colaboren en la reconstrucción de un programa socialista plausible en materia de recursos hídricos.

Escuchar, escuchar y escuchar. Más de ochenta reuniones ha mantenido en este tiempo el mandatario del PSOE con grupos de la sociedad civil, entre los que ha encontrado un fuerte desencanto con las políticas del PP en la Región (donde gobierna desde hace 23 años), y a los que ha dejado, por lo general, la impresión de un político abierto, congruente y capaz. La Ejecutiva federal ha situado a Murcia entre sus objetivos prioritarios de cara a la triple convocatoria electoral de 2019 (municipales, autonómicas y europeas), convencida de que esta es una de las regiones con más posibilidades de reconquista, y en las que Pedro Sánchez más se volcará también personalmente para empujar a su gente hacia el poder.

Los socialistas de su pueblo conocen bien la tenacidad de Diego Conesa y la exigencia que imprime a sus proyectos. La candidatura a las municipales de Alhama que ganó en 2015 se formó después de seis meses en los que todos los afiliados que aspiraban inicialmente a integrarla tuvieron que asistir cada sábado a clases básicas de formación y comprometerse a patear la calle para buzonear puerta a puerta la propaganda socialista; un cordón sanitario que alumbró, en opinión de Conesa, la mejor lista posible. A eso se refería el secretario general del PSRM cuando torpemente habló de ‘socialistos’: «¿Cómo va a ser lo mismo que todos los afiliados participen, trabajen y dispongan de idénticas opciones para salir elegidos que una decisión tomada desde arriba por unos pocos dirigentes?». De ahí también su empeño en restituir mediante primarias la agrupación municipal de Murcia, que la Ejecutiva anterior troceó para evitar reinos de taifas que resultaran ingobernables. Diego Conesa tiene una máxima para explicar su acusada devoción por hacer primarias para todo: «Mil doscientos compañeros tienen más posibilidades de acertar que media docena de dirigentes».

Lo de escuchar es casi una obsesión para Diego Conesa, que se apunta una sorprendente frustración personal cuando se le pregunta por lo peor de su gestión al cabo de estos primeros cien días: «Quizá no he escuchado lo suficiente».

Ver Post >
Ballesta, dos por el precio de uno
img
Joaquín García Cruz | 29-01-2018 | 09:23| 0

Domingo por la tarde, en casa de Roque Ortiz. «Si te vas tú, me voy yo». El alcalde de Murcia estuvo a un tris de plantearle a su partido el órdago de Felipe González al PSOE, cuando estalló el escándalo de Juan Guerra. Pero la cabeza le ganó finalmente al corazón

Martes, 23. Estaba insomne. Cambió la cama por el salón y leyó en la edición digital de ‘La Verdad’ la filípica de Fernando López Miras en los maitines del PP, la reunión semanal del Comité de Dirección del partido: «Si Roque Ortiz fuera un miembro de mi Gobierno, ya habría dimitido». Se repitió entonces la pregunta que le aullaba en la cabeza desde el domingo por la tarde: «¿Vale la pena seguir así?». De esta forma empezaba el día más largo y doloroso de la carrera política de José Ballesta, la jornada en la que debía servir en bandeja al PP la cabeza de su amigo y más estrecho colaborador en los últimos 25 años.

Domingo, 21. No era la primera vez que el alcalde de Murcia se entregaba a la duda. La tarde del domingo la pasaron juntos, en la casa del concejal, deshojando margaritas. Aún barajaban las opciones a su alcance para salir de la ratonera en la que ambos estaban atrapados por la baladronada de Roque Ortiz ante los pedáneos del PP, a los que transmitió sin pudor -y en presencia del alcalde, enmudecido- un estilo caciquil de hacer política, una exhortación a practicar el clientelismo para ganar votos a costa de los concursos públicos y de la libre concurrencia para entrar a trabajar en las empresas contratistas del Ayuntamiento. Un audio escandaloso. Transcurridos ya tres días desde la filtración de la arenga de Ortiz, la presión de la opinión pública y de la oposición se hacía insostenible. Las opciones eran, en aquel momento, cuatro: que dimitiera Roque Ortiz, que lo hiciera José Ballesta, que no se fuera ninguno o que se fueran los dos. Dos por el precio de uno. Con este órdago del 2×1 frenó Felipe González al PSOE cuando media España y la otra también le exigían que destituyera a Alfonso Guerra, su ‘número dos’, tras destaparse el escándalo del despacho oficial que su hermano Juan ocupaba en la Delegación del Gobierno de Sevilla sin merecimiento ni pasaporte. Del 2×1 de Felipe González hablaron también Ballesta y Ortiz en la tarde del domingo. El alcalde le ofreció su inmolación al amigo, quien lo frenó en seco: «Ni se te ocurra. Me voy yo y ya está». Pero Ballesta, una vez asumido que algún precio habría que pagar por la fanfarronada de su concejal, todavía no había descartado otra de las opciones posibles: la de irse él también. Fue cuando empezó a preguntarse: «¿Vale la pena seguir así?».

Lunes, 22. Las horas se le fueron al alcalde de las manos entre las muchas dudas y la pelea de la cabeza con su corazón desgarrado. Terminó agotado, pero apenas durmió, y en la vigilia se acordó de Flaubert: «Los dioses no estaban ya, y Cristo no estaba todavía, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en que el hombre estuvo solo». A lo largo del día, nadie le había puesto al tanto de la advertencia de López Miras en los maitines del PP, a los que asisten varios alcaldes, el delegado del Gobierno, los vicesecretarios del partido y Maruja Pelegrín, quien a su condición de secretaria general del PP une la de teniente de alcalde en el equipo de Ballesta. Nada le comentó, sin embargo, acerca de la reprimenda de López Miras. He aquí una clave interesante del costurón abierto en el PP por el ‘caso Ortiz’, que es consecuencia, para muchos observadores y algún que otro protagonista, del fuego amigo. Maruja Pelegrín era del equipo del anterior alcalde, forma parte de lo que podría denominarse la cuota camarista impuesta por el partido en la candidatura de Ballesta.

Martes, 23. El día más largo. Decisión tomada. Roque Ortiz se encierra en su despacho a las diez de la mañana, se pone al ordenador y redacta su carta de renuncia, precedida de media docena de borradores mil veces retocados. Encabeza su misiva con un manuscrito ‘Querido Jóse’ (el apelativo familiar de José Ballesta, con tilde en la primera sílaba del nombre de pila), y en ella abjura de ‘la nueva política’, por el atosigamiento incesante de los partidos de la oposición y el ruido ensordecedor de las redes sociales, al tiempo que reprocha al PP, aunque sin una mención expresa, que le obligue a dimitir en apenas cuatro días sin estar imputado, «no como otros», en alusión clarísima a Pilar Barreiro, que sigue en el Senado con sus cinco imputaciones judiciales a cuestas, y a Pedro Antonio Sánchez, que castigó al partido con una larga y estéril agonía antes de tirar la toalla.

Cinco de la tarde, más o menos. El alcalde convoca de urgencia por WhatsApp a sus once concejales en la sala municipal de la Junta de Gobierno. Roque Ortiz también acude, pero se niega a sentarse en su silla de siempre, a la derecha de Ballesta. «Ya no soy el primer teniente de alcalde». Aquello parecía un velatorio, con lágrimas incluidas. Ballesta lloró.

Ya de noche, abandonaron la casa consistorial en procesión que parecía la del silencio. Todos dejaron a Roque Ortiz a la puerta de su casa y, después, hicieron lo propio con José Ballesta. Antes, hubo que llamar al 061 porque Antonio Navarro, el edil de Urbanismo, se desvaneció a mitad de la reunión, sin mayores consecuencias. El WhatsApp del alcalde lo sacó de la cama, y no estaba para funerales.

Miércoles, 24. Suena el teléfono de la alcaldía. Llaman de la secretaría del presidente de la Comunidad Autónoma (y del partido), Fernando López Miras. Ballesta no se pone. Está muy ocupado preparando el Pleno del jueves, que la oposición iba a convertir, y se sabía, en un juicio sumarísimo (y justísimo) a Roque Ortiz por sus malas prácticas verbales, eso que su amigo el alcalde justifica con una apelación constante a su «carácter volcánico».

Roque Ortiz sí se ve con el presidente, que lo ha citado en San Esteban, quizá en un intento de humanizar su defenestración. Altos cargos del PP no terminan de explicarse el por qué del encuentro, que debio de ser un trago amargo para el uno y para el otro.

Allegados al exconcejal cuentan que a este, zaherido por la situación, se le ha pasado por la imaginación darse de baja en el partido. No hay constancia oficial.

Jueves, 25. Ha pasado una semana y Fernando López Miras y José Ballesta siguen sin hablar del asunto, desde que ambos se echaron las manos a la cabeza cuando el petardo les explotó en la cara, activado a distancia mientras ellos se paseaban por Fitur. Entonces, apenas tuvieron tiempo más que para tratar de digerir el susto.

El presidente se deshace en elogios públicamente hacia el alcalde de Murcia. «Es nuestro principal activo, y deseo que siga siendo el alcalde muchos años más». Desde el Ayuntamiento, sin embargo, se pone sordina a los reiterados llamamientos del Gobierno regional a la normalidad y a la negación de la crisis. No se responde con el mismo entusiasmo. Porque resulta evidente que ha habido una crisis y que ha sido de las peores posibles, una crisis de confianza entre los moradores de los dos despachos institucionales más influyentes de la Región.

La desconfianza venía de lejos. El paso de Ballesta por dos consejerías no chirrió en el PP, pero, ya en La Glorieta, el alcalde desplegó sus personalísimos modos; uno de ellos, la esquivez hacia los usos y costumbres de la vida orgánica de las formaciones políticas, que se nutre de reuniones sin fuste, visitas a los pueblos, doctrinarios y ordeno y mando. Ballesta no pertenece a ese mundo, y la primera y desagradable constatación de ello que se tuvo en el partido fue la negociación que acometió con Rafael González Tovar, sin encomendarse a nadie, para desbloquear los Presupuestos municipales de 2017. González Tovar ocupaba en aquel momento la secretaría general del PSOE, y tenía su escaño en la Asamblea Regional, no en el Ayuntamiento, por lo que, desde un punto de vista formal, no era el interlocutor apropiado para sacar adelante las cuentas municipales. Ballesta no informó a su partido de que se reuniría en un hotel con Tovar, a la sazón una bestia negra para el PP, y el partido tomó nota, como hizo meses después, cuando cientos de militantes y casi todos los cargos públicos populares pusieron en circulación el #yoconPedroAntonio, para acompañar en sus horas bajas al todopoderoso Pedro Antonio Sánchez, y Ballesta -cuentan- no se retrató.

Es difícil aventurar qué rumbo tomarán a partir de ahora las relaciones del alcalde de Murcia con la dirección del PP, más allá de las declaraciones de cortesía obligada. Hoy por hoy, Ballesta se muestra dolido, consciente de que no ha entrado aún en la fase de superación, y lo único cierto es que por su cabeza rondó, durante muchas horas de insomnio, la idea del ‘dos por el precio de uno’ y una pregunta que llegó a machacarle las sienes: «¿Vale la pena seguir así?».

Ver Post >

Etiquetas

Otros Blogs de Autor