Lección magistral en El Batel

Algún día nos preguntaremos, desde el infierno, por qué desaprovechamos a gente como Francisco Jarauta

Cuando el desmoronamiento social ya no tenga vuelta atrás, y llegue el lloro y el crujir de dientes, habrá que preguntarse desde el infierno por qué desaprovechamos a gente como Francisco Jarauta. Quizá la respuesta se contenga en la lúcida lección magistral que el profesor nos regaló el otro día en El Batel: «Hemos dejado el presente en manos de contables». Es verdad. Nos gobiernan contables, obsesionados por cuadrar los números, y una tribu de políticos empeñados en aferrarse, o en encaramarse, al poder. «Encuentro a muchos tontos al servicio del PP y del PSOE», advertía ayer mismo en su conversación con Antonio Arco el editor Mario Muchnik, menos comedido que Francisco Jarauta.
No es infrecuente que los gobernantes caigan en la tentación de despreciar el talento que pulula a su alrededor para rodearse de aduladores que les bailan el agua. Mientras que las mejores universidades del mundo reclamaban escuchar a Jarauta, aquí la clase dirigente se tapaba los oídos, y le colgaba etiquetas -algunas, indecorosas- con las que acallar su verbo clarividente. Se le ignoraba, como en su día se orilló a Miguel Espinosa, reconocido por la literatura como uno de los grandes narradores del siglo XX en España, pero a quien en Murcia se fustigó con denuedo porque su crítica social resultaba insoportable para la clase acomodada sobre la que tanto ironizaba el novelista de Caravaca. En 1990, ocho de los catorce diputados del PP votaron en la Asamblea Regional contra la concesión a Francisco Rabal del título de Hijo Predilecto de la Región debido a su ideología comunista. Era un rojo entre azules, y eso pesó más en aquellos mediocres parlamentarios que la murcianía militante y la proyección universal del actor. Al poder le asusta el pensamiento crítico, no lo quiere a su lado. No hay sitio en las instituciones para los librepensadores, como tampoco un espacio para la discrepancia.
Jarauta evocó a Sócrates en su plática de El Batel, para advertir de que la filosofía no da respuestas pero sí ayuda a formular los interrogantes necesarios para mantener la dignidad en momentos en los que la incertidumbre acongoja tanto. Tal vez deberíamos aprovechar la sugerencia, tomar nota de la lección magistral del profesor, y preguntarnos qué hacer en el futuro para conseguir entre todos que intelectuales de la talla de Francisco Jarauta y Miguel Espinosa nos ayuden con sus luminosas reflexiones a salvar a la sociedad, como Platón a la ‘polis’, antes de que ésta caiga definitivamente en manos de los contables.

Dos años después de aquel 11-M

Tú caminas por Lorca y observas que los pájaros han vuelto a anidar y las campanas de San Francisco y San Mateo repican de nuevo, que los niños disfrutan de su infancia en los jardines, y que la Corredera mantiene su bulla. De no ser por el enjambre de grúas, los edificios apuntalados en el casco histórico y los manchurrones de espray que aún recuerdan sobre algunas fachadas qué suerte corrió cada casa (negro, demolición; rojo, desalojo), de no ser por estas huellas -más arquitectónicas que vitales-, se diría que Lorca se ha restablecido ya de sus dos tragedias consecutivas, los terremotos de mayo de 2011 y la riada de septiembre de 2012. Las parroquias acogen otra vez multitudinarias bodas y comuniones, el comercio recobra el aliento, y en Semana Santa se vio a los lorquinos jalear apasionadamente a sus vírgenes con la devoción de siempre.
La recuperación asombrosa del patrimonio histórico, con el palacio de Guevara visitable otra vez, las butacas renovadas del Teatro Guerra esperando su reestreno por fin cercano, y un magnífico parador de turismo en lo alto del castillo, ayudan a completar este vistazo bucólico a la vida cotidiana de Lorca, que sin embargo resulta ser un espejismo cuando, además de caminar por sus callejuelas y ver pájaros, niños y tiendas abiertas, se adentra uno en la conversación y en el alma de su gente. Lorca está rasgada todavía por el dolor, y no solo por el dolor indeleble de quienes perdieron a sus padres y a sus hijos. También sigue en ruinas el ánimo de otros muchos damnificados que se quedaron sin casa y aún hoy (¡dos años después!) viven de prestado. Las heridas que causaron los sismos de aquel 11 de mayo supuran todavía, y corren el riesgo de infectarse, en gran parte debido a la lentitud de una administración elefantina que en todo este tiempo se ha revelado incapaz de taponar las hemorragias. ¿Dónde está el Plan Lorca, con su generosa consignación presupuestaria, que Rajoy anunció y que en su momento sí aprobó el Gobierno de España para Galicia tras la catástrofe del Prestige? ¿En qué lugar del camino se quedaron las ayudas comprometidas por un real decreto para pagar dos años de alquiler y de las que solo ha llegado el dinero de cuatro meses? ¿Cómo se explica que ayer mismo se pusiera nuevamente en cola a los vecinos para exigirles la documentación de siempre? ¿Quién sufragará la demolición del centenar largo de edificios declarados en ruina económica y que siguen en pie?
¿Por qué tantas preguntas flotan aún sobre los escombros? ¿Por qué nos hemos olvidado tan pronto de Lorca?

Que se vayan a freír espárragos

«El lenguaje político está diseñado para hacer que las mentiras suenen como verdades, y que el crimen resulte respetable, dando así apariencia de solidez al mismo viento».
(George Orwell)

Soraya Sáenz de Santamaría, preguntada el viernes pasado por los nuevos impuestos a los coches y los depósitos bancarios, y por la escalada fiscal del tabaco y el alcohol, corrigió al periodista: «No hemos aprobado nuevos impuestos, sino novedades tributarias». Ya se había lucido en su momento la vicepresidenta del Gobierno al ‘vender’ el copago farmacéutico como ‘un recargo temporal de solidaridad’, en otro singular requiebro eufemístico digno del inigualable Zapatero, que fue capaz de llegar al día de las elecciones sin pronunciar una sola vez la palabra ‘crisis’. Zapatero retorció la sintaxis hasta destrozarla con términos inadecuados y políticamente fraudulentos como ‘desaceleración transitoria’, ‘desaceleración acelerada’ (que es el colmo de la perífrasis) y fruslerías por el estilo.
La crisis está dando mucho juego lingüístico. Sería interminable la retahíla de ejemplos. Artur Mas habla de ‘tique moderador sanitario’ para referirse al euro por receta que se paga en Cataluña, y la ministra de Empleo, Fátima Bañez, confunde el exilio económico con la ‘movilidad exterior’. Cristóbal Montoro anunció la amnistía fiscal como ‘incentivación de la tributación de rentas no declaradas’, y defendió el incremento del IVA y el IRPF aludiendo a una ‘ponderación de impuestos en clave europea’. Valcárcel convierte en ‘salvación del Trasvase’ la disminución de los caudales trasvasables. Ángela Merkel traduce ‘austeridad’ por ‘medidas de ahorro’. Mariano Rajoy llama a los recortes ‘reformas estructurales’. El secretario de Estado de Empleo declara que la última EPA viene a probar que «se invierte la senda», cuando quiso decir (o tendría que haber dicho) que España sufre una tragedia de 6.202.700 parados. Si el PIB baja, el gobernante de turno explica que «el dato arroja un crecimiento negativo», algo que resulta metafísicamente imposible. Y así hasta el infinito.
Habría que recordar a los políticos aquel dicho gallego de «al ‘queixo’ en Francia le llaman ‘fromage’, pero todo el mundo sabe que es ‘queixo’». Da la impresión de que nos consideran tontos, y siente uno la tentación de mandarlos a freír espárragos, dicho sea también como un eufemismo.

Mejor sin Belén Esteban

Reconforta saber que la tele sobrevive en España sin necesidad de exhibir las petardadas de Belén Esteban. Eso demuestra que todavía se puede confiar en este país. Hubo sociólogos que se atrevieron a retratarla como ‘la princesa del pueblo’ cuando la ex de Jesulín lograba un 25% de ‘share’ derrochando ordinarieces. Explicaban que conectaba con la gente, y aventuraban incluso que obtendría muchos votos si se presentara a las elecciones. Qué barbaridad. Me queda la duda de si aquella proliferación de ‘realities’ con ‘cameos’ baratos y el hedor que salía de la pantalla no tuvo su parte de culpa en el éxodo masivo de nuestros jóvenes universitarios, el exilio creciente que la ministra de Empleo ha llamado ‘movilidad exterior’ en una hipérbole rayana en el cinismo.
La TV ahora va por otros derroteros. La crónica social interesa más. Programas como ‘Salvados’ o ‘El Intermedio’ cosechan audiencias estimables a base de ponerle cara a la crisis y de darle voz al verdadero pueblo, a la gente que sufre el paro y la hipoteca y no cree en falsas princesas operadas. Todavía queda mucho por hacer hasta alcanzar una televisión de calidad, pero los audímetros marcan una tendencia esperanzadora, en el sentido de que el mal gusto parece replegarse en el mando a distancia, si bien todavía muy lentamente. Eso, de día y en ‘prime time’. Las madrugadas son de juzgado de guardia: se han apoderado de ellas las brujas, las ruletas, los usureros, el póker, los bingos y otras invitaciones a la ludopatía y a la zafiedad que están arruinando a mucho infeliz y arrinconando en su cuarto a adolescentes desorientados. Un periódico tan influyente como ‘The Guardian’ pintaba recientemente un panorama desolador de España: «Los niveles de lectura son muy bajos, el fracaso escolar es muy alto, y el desprecio por la cultura, colosal». Añadía que somos, con Grecia, el país de Europa que más TV consume (¡cuatro horas y media por persona y día!), y lo ilustraba con el dibujo de dos tazas de retrete acopladas sobre un sofá frente al televisor.
Al recoger ayer el Premio Cervantes, José Manuel Caballero Bonald propuso cómo reaccionar frente a una sociedad que el poeta ve «zaherída por una renuente crisis de valores»: «leer un libro, escuchar una sinfonía, contemplar un cuadro…». También de la telebasura conviene protegerse, al igual que de la sociedad amenazante contra la que previene Caballero Bonald, aunque solo sea para no seguir -al menos, en esto- a la cabeza de las estadísticas más vergonzosas de Europa.

Valcárcel, sí; Valcárcel, no

Aunque no habría por qué creerlo, parece que esta vez va en serio, que tiene razones para acomodarse en Bruselas

Valcárcel sabrá perdonarme la indiscreción. Hasta los secretos de Estado se desclasifican pasado un tiempo, y esto que me dispongo a desvelar tuvo lugar, después de todo, en un acto público. Eran los días del descorche, cuando crecíamos al ritmo de China, aquella época que nos parece ya remota, más por cuánto se ha descolorado la vida que por el tiempo realmente transcurrido. Los días aquellos en que de la huerta brotaban pimientos de oro.
El caso es que me tocó cenar en la misma mesa a la que se sentaban Valcárcel y José María Aznar. Del menú no me acuerdo bien, pero sí del vino, un Nido excelso que maravilló al el expresidente del Gobierno, hecho como está su paladar a los mejores caldos del Duero. Señoras embutidas en piel se acercaban a fotografiarse con Aznar, quien las atendía con autógrafos, galantes palabras y una sonrisa hierática que, aun no siéndolo, parecía impostada. A la altura del segundo plato, una de las comensales quiso agasajar al de Valladolid con una declaración admirativa que cortó el aire: «Le felicito por su coherencia. Usted prometió que no se presentaría a la reelección después de dos mandatos, y lo ha cumplido. Otros, no…» Valcárcel encajó la indirecta con deportividad. Aznar lo sacó además del apuro enseguida, revelando que fue él mismo quien le había pedido que encabezara una vez más la candidatura del PP por Murcia, pese a que Valcárcel se había comprometido públicamente a no hacerlo. El asunto quedó zanjado con otra sonrisa hierática de Aznar y otra copa de El Nido.
Corría 2007. Valcárcel estaba a punto de conseguir su cuarta mayoría absoluta consecutiva. No le costó mucho justificar la inconsistencia de su promesa. La gente me lo pide, el partido me necesita… Mi error no está en presentarme otra vez, sino en haber anunciado que no lo haría… palabras de político que se lleva el viento. Ahora, Valcárcel acaba de reiterar que no repetirá cartel en 2015, y que su deseo sería engrosar la lista del PP en las europeas de 2014. A la vista de su expediente en este terreno, no habría por qué creerlo. Sin embargo, presumo que esta vez va en serio, que tiene razones poderosas para buscarse acomodo en Bruselas, y que, por consiguiente, dejará la presidencia de la Comunidad Autónoma antes de agotar su mandato.
Mi pronóstico no tiene otra pretensión que la de formular un acertijo, pero, si me equivocara, no habría que darle a mi error más importancia que la que damos a las palabras de político que se lleva el viento.

Juan Bernal no quiere circo

Al rato de que los diputados regionales colgaran en internet sus declaraciones de bienes, la Red se convirtió en ese ‘circo’ del que se queja Valcárcel y del que Juan Bernal quiere huir. La furia de una sociedad justamente irritada con sus políticos se confundió en los foros con la mofa, el insulto y la injuria. Avatares inidentificables camparon a sus anchas en Twitter, y los trolls de siempre salieron de la gruta para comerse vivos a los parlamentarios, a unos porque atesoraban mucho patrimonio, y a otros porque declaraban poco y eran así sospechosos de mentir y hasta de robar. Enseguida el ruido se impuso a la bondad democrática de dar publicidad a las casas, los coches, las rentas y los préstamos de los gestores públicos.
Valcárcel contribuyó involuntariamente al escándalo, con su torpeza de presentar una cuenta corriente de 122 euros y una deuda hipotecaria de 645.315. Como era lógico, el presidente acaparó sin pretenderlo todos los titulares, sobre los que además echó pimienta al confesar después ante la Junta Directiva Nacional del PP -otra vez, innecesariamente- que era objeto de vituperios inadmisibles por haber divulgado su maltrecha economía familiar.
Juan Bernal se niega a formar parte de este espectáculo. El vicepresidente y consejero de Economía apela a su conciencia para rebelarse contra un acuerdo de la Asamblea Regional que suscriben los tres grupos parlamentarios y que sí han respetado los otros 44 diputados -incluido su jefe Valcárcel-, a quienes tampoco hace ilusión exponerse al vilipendio anónimo. Bernal está en su derecho. La conciencia es libre. Mostrarse en desacuerdo con Rajoy, que obligará en su proyecto de ley de Transparencia a que todos los altos cargos formalicen una declaración de bienes, y discrepar también del Congreso y el Senado, que ya lo hacen desde 2012, no lo convierte en peor consejero de Economía ni destruye su legítima convicción de que para nada sirve el desnudo patrimonial. A lo mejor lleva razón, y todo esto es un circo que sirve de alimento al populacho. Pero resulta que, además de consejero, Juan Bernal es diputado regional, y, como tal, cada día que pasa persiste en desacatar el mandato de la Cámara a la que pertenece y deja en peor lugar a su propio partido, el PP, del que es un ‘patanegra’ y uno de sus activos principales. Y eso sí se antoja políticamente inaceptable. Juan Bernal debe entregar cuanto antes su declaración de bienes, como ha insinuado que finalmente hará. O su acta de diputado.

Reunión secreta en La Moncloa

Yo, de Valcárcel, daría un puñetazo encima de la mesa de Rajoy. Y a ver qué pasaba

Será difícil que sepamos algún día si los comunicadores que asesoran a Rajoy son zopencos o perspicaces o si en realidad ni siquiera existen fuera de las tertulias y la imaginación popular. Cada vez me parece más verosímil la sospecha de que Rajoy siente aversión a los consejos de su gente y una incurable alergia al cuidado de su imagen pública. No se puede hacer peor. Se empieza por inadmitir preguntas en una rueda de prensa y se termina por reunirse en secreto con Artur Mas en La Moncloa. Me extraña mucho que un profesional de la comunicación le haya propuesto semejantes dislates. Estoy convencido de que eso es cosa de Rajoy, la encarnación de su arrogante terquedad.
Él sabrá. Quizá ahora tenga más tranquilo a Mas, que se veía acorralado por un déficit inabordable y, a la hora de la verdad, ha preferido un cheque antes que seguir con la retórica soberanista, lo cual sería una actitud muy catalana.
Pero también Rajoy ha vendido su alma al diablo, al prometer al “president” un objetivo de déficit y un modelo de financiación autonómica cocinados al gusto de Cataluña a cambio de que Artur Mas atempere su discurso nacionalista. Creíamos que el PP jamás negociaría determinadas bazas, como la que concierne a la unidad de España, pero ya se ve que en política cabe todo. Y peor aún: el acuerdo al que Rajoy haya podido llegar con Mas despierta y con razón el recelo de sus barones autonómicos (supongo que también el de Valcárcel), temerosos de que sus territorios pierdan los recursos de más que se lleve Cataluña después del conciliábulo de La Moncloa. No puede ser de otra forma -aunque llegado el momento vestirán el santo según convenga-, dado que en la caja común hay el dinero que hay. Murcia reclama con justicia otro modelo de financiación que ponga fin a la discriminación que sufre, y eso en absoluto exculpa a la Comunidad Autónoma de su lamentable gestión presupuestaria de los últimos años. Murcia solo pretende recibir del Estado los fondos necesarios para mantener abiertos los hospitales y las escuelas, que sin duda importan más que las banderas. Lo viene pidiendo desde que gobernaba Zapatero y también ante Rajoy, siempre con la callada como respuesta. Murcia es una región complaciente, muy del PP, y la más española de todas las regiones. Tal vez por eso no se atiende su exigencia, ni en éste ni en tantos asuntos.
Yo, de Valcárcel, daría un puñetazo encima de la mesa de Rajoy. Y a ver qué pasaba.

Escrache

Valcárcel fue el primero. Le hicieron escrache antes que a Esteban González Pons, al ministro Jorge Fernández Díaz y al remilgado Jorge Moragas. Las manifestaciones convocadas en Murcia por los sindicatos contra los recortes del Gobierno regional solían detenerse ante su casa de la Gran Vía, donde invariablemente tenía lugar una ‘performance’ con lanzamiento de huevos al edificio en el que viven Valcárcel, su familia y un vecindario atemorizado. En eso -en señalar- consiste el escrache, que estos días ha puesto de actualidad en España la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH). El diccionario de la RAE ofrece dos acepciones para explicar este palabro de origen argentino, con el que conviene familiarizarse porque nada indica que la tensión social vaya a ir a menos: ‘fotografiar a una persona’ y, ‘romper, destruir, aplastar’. Los primeros escraches de los que se tiene constancia llevan la firma de las víctimas de la dictadura de Argentina, que canalizaron su rabia contra las leyes de punto final que impedían juzgar a los genocidas señalando pública y ruidosamente dónde residían los culpables que se habían ido de rositas, para que por lo menos sintieran vergüenza. Los detractores de esta modalidad de acción directa se remontan sin embargo a la Alemania nazi, y recuerdan que Hitler también señaló en su día las casas de los judíos, marcándolas con una estrella de David para facilitarle la barbarie a la turba enloquecida, y sostienen que aquello, visto así, fue igualmente una forma de escrache. Para un debate menos apasionado queda la disquisición jurídica de si acosar a un político de la forma en que la PAH propone constituye un delito -de los llamados pluriofensivos-, a la luz del artículo 498 del Código Penal.
Pero esto último sería lo de menos, aparte de que nos llevaría a un debate estéril. La reflexión debe echarse por otros derroteros, y reviste dudas interesantes: ¿tiene derecho alguien a acosar a un político, a su familia y a sus vecinos, ‘señalando’ dónde vive aquél, por torpe, negligente o corrupto que pudiera ser? ¿Es cierto que no queda otra vía mejor para exteriorizar la indignación que la del escrache, o que una ley de punto final amenaza con dejar impunes las injusticias en España, al igual que en Argentina? ¿No debería un movimiento social responsable (la plataforma antidesahucios ha demostrado serlo) canalizar de otro modo menos arriesgado la desesperanza de quienes se ven despojados de su casa? ¿Quién garantiza que nadie, a un lado o al otro de la acera, perderá los nervios en medio de un escrache?

Más humanidades y menos bricolaje

El mundo no se concibe sin el latín y el griego, como tampoco sin la filosofía

Hay latinajos fascinantes, que solo cultivan eruditos y ratones de biblioteca, pero también otros que resultan imprescindibles para moverse por el mundo. El ‘Extra omnes’ (¡todos fuera!), y el ‘Habemus Papam’, las letanías más escuchadas de estos días, orientan el rumbo de la cristiandad desde sus orígenes. Los nombres de fobias y especialidades médicas proceden del latín y el griego, que también dejaron prescrita en su monumental legado la imposibilidad de condenar a una persona sin todas las garantías debidas: ‘in dubio, pro reo’. No se puede estudiar Derecho o Medicina sin una inmersión previa en las mal llamadas lenguas muertas.
El mundo no se concibe sin el latín y el griego, como tampoco sin la filosofía, por más que las sucesivas reformas educativas hayan arrinconado estas materias en favor del bricolaje. Aquel mítico ‘rosa rosae’ con el que muchas generaciones se asomaron a la cultura clásica era, pese a la época miserable en que les tocó vivir, la base sólida de un sistema que sacó de las aulas promociones enteras de escolares sin faltas de ortografía y con la motivación necesaria para instruirse. Los niños anteriores a la Logse, la LOE y la Lomce eran además capaces de pensar por sí mismos. Sócrates, Platón y Heráclito de Éfeso fueron sus mejores guías para adentrarse en la vida del conocimiento. Jugaban a la guerra en latín, ataviados con una espada casera de madera, y supieron de Julio César y de los gladiadores con exclamaciones como ‘«Ave, Caesar, morituri te salutant»’, ‘Alea jacta est’, y otros aforismos a través de los cuales asimilaban -divertidos- nociones básicas de historia, geografía, escritura y filosofía. No está probado que aquellos niños fueran más ñoños que los de ahora, y sí, por el contrario, que escribían mejor y hablaban mejor.
Pero las humanidades están de retirada, por desgracia. Apena ver a profesores de Filosofía de Murcia recurriendo a un ‘flashmob’ para pedir que la asignatura se mantenga en el Bachillerato y la Universidad. Mientras esto sucede aquí, en Francia el Gobierno de Hollande acaba de situar las humanidades en «el núcleo de la excelencia académica y profesional», al descubrir su Centro de Análisis Estratégico (CAS) que el 65% de los alumnos que eligen Latín son de Ciencias, y que la ‘operación Fénix’, lanzada en 2006 por PricewaterhouseCoopers (PwC) para buscar talentos en los liceos, dio como resultado el fichaje, entre el alumnado de Letras, de cientos de brillantes ejecutivos por parte de empresas de base tecnológica.
Es para tomar nota. Más humanidades y menos bricolaje.

El beso de Rajoy a Cospedal

Tiene su morbo el beso de Rajoy a Cospedal para respaldar públicamente cómo ha gestionado el ‘caso Bárcenas’, y salvarla así, con la solemnidad que un beso televisado entraña, de morir desangrada ante su partido a causa de las feroces dentelladas del extesorero.
Ya veremos si el beso a Cospedal es como el beso de Judas, o como el del príncipe que acaricia tiernamente los labios de Blancanieves para rescatarla de un sueño venenoso. Lo que está claro es que no se parece al beso apasionado de Burt Lancaster a Deborah Kerr en ‘De aquí a la eternidad’ (el morreo de la playa), ni al del Hotel de Ville, para mí el más romántico de todos los besos conocidos. También podría ser esta carantoña de Rajoy un regate corto de los que se utilizan en el fútbol para ratificar a un entrenador en vísperas de darle la patada, aunque a mi entender se trata de un beso de mentira. Un beso impostado, interesado, como los de ‘Puro teatro’. Dejar caer a Cospedal equivaldría para Rajoy a reconocer su propio error, y reabriría heridas en un partido con antropófagos reconocibles y cosas más importantes de las que ocuparse. En situaciones de peligro, los políticos suelen reaccionar así, encerrándose en la cueva. Es el instinto tribal de supervivencia, la táctica del percebe, el ‘sostenella y no enmendalla’… A la misma hora en que Rajoy besaba a Cospedal en presencia de medio Gobierno y de los vicesecretarios del PP, Rubalcaba rechazaba la dimisión de su número tres, Óscar López, quien había tenido la inusual gallardía de asumir su responsabilidad por el «error» de Ponferrada, que es como el PSOE ha decidido llamar al disparate de apoyarse en un acosador sexual para encaramarse a la alcaldía que Nevenka Fernández hizo tristemente famosa.
A saber lo que Rajoy prepara en la cazuela donde ha echado el arrumaco. Aún no lo conocemos suficientemente en su faceta besucona, por lo que sería mucho aventurar en qué pensaba cuando posó su barba sobre la mejilla acicalada de Cospedal. Lo único seguro es que con su beso, lisonjero o no, traslada un mensaje equivocado a sus militantes, y a todos los españoles, que han visto a la secretaria general del PP titubear un día tras otro en las explicaciones que debía ofrecer, flaquear, desdecirse, e incluso responder con el silencio, hasta dar la impresión de que ella, y con ella su partido, se rendía ante Bárcenas.

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