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La bomba demográfica

El futuro Plan Regional de Familia debería ser una buena oportunidad para encarar, con el consenso de todos los partidos políticos y los agentes sociales, la grave amenaza que supone la progresiva caída de la natalidad

Uno de los rasgos más acentuados de la vida contemporánea es que nada parece destinado a perdurar. La cultura de lo instantáneo, fugaz, desechable y obsolescente marca hoy más que nunca el devenir de nuestras sociedades. Esa sensación de temporalidad afecta también a nuestra propia visión de la condición humana y del mundo en el que vivimos. Pero como decía la filósofa Hannah Arendt, aunque hemos de morir no hemos venido solo a esto, sino a iniciar algo nuevo. Arendt insistía en que la natalidad es la gran oportunidad que nos permite actuar. «Cada nacimiento nuevo es como una garantía de la salvación en el mundo, es como una promesa de redención para aquellos que ya no son un comienzo». Sin embargo, la tendencia es justo la contraria. Como bien es conocido, España se desliza peligrosamente por una pendiente demográfica, configurándose una sociedad donde somos menos y cada vez más viejos.

En la Región no estamos tan cerca del abismo, pero la tendencia es igualmente preocupante. Si los aspectos filosóficos nos dejan fríos, atendamos a algo más prosaico: de seguir la caída de la natalidad nos podremos encontrar que en diez o quince años faltará población activa. Y de no cambiar las cosas, en treinta sería difícil evitar la quiebra del sistema de pensiones. La media de hijos por mujer en la Región fue bajando de 3,2 desde los años 70 a justo la mitad en la actualidad. No solo es una consecuencia de la recesión. Subyacen cambios sociales más profundos y de largo recorrido, como la incorporación de la mujer a la vida laboral en un contexto donde aún es muy complicado conciliar trabajo y familia. En los años 80 ya nos alejamos de lo que los expertos llaman tasa de reposición biológica, que garantiza el reemplazo generacional. Lo más dramático es que las encuestas del CIS revelan cómo la mayoría de la población desearía tener más de un hijo, pero las circunstancias económicas y la ausencia de una política de ayudas hacen desechar esa posibilidad. Queda mucho camino por recorrer. La oferta de plazas en las guarderías públicas, por ejemplo, sigue igual en la Región que hace 16 años y los centros subvencionados que ofrecen una alternativa complementaria no han terminado de asentarse. Entre la caída de la propia natalidad y la política de precios, que ahuyenta hoy a parejas jóvenes con salarios precarios, ni la red pública ni la privada incentivan las condiciones para los nuevos nacimientos. La creación de una Consejería de Familia y el nuevo giro más social del Gobierno de Pedro Antonio Sánchez está teniendo efectos positivos, sobre todo si se compara con lo anterior, pero todavía está lejos de haber dado una respuesta eficaz a este problema. El futuro Plan Regional de Familia, actualmente abierto a las sugerencias y reclamaciones de los murcianos, es una buena oportunidad para sentar las bases de una política más decidida y eficiente, en la que es necesario el mayor consenso político y la participación de los municipios, los agentes sociales y los expertos en este complejo tema. No va a ser fácil porque al punto de inflexión no se llegará solo con exenciones fiscales y ayudas públicas.

Las soluciones tampoco van a llegar de forma aislada a la Región si el ‘suicidio’ demográfico al que se encamina todo el país no forma parte del debate público. Puede que sea uno de los problemas más graves de la sociedad española y también uno al que menos caso se le hace. No deja de ser chocante por el peso tan relevante que en la sociedad española tienen las familias, toda una malla de seguridad en los peores momentos de la crisis. Basta recordar el escaso debate sobre la caída de la natalidad en la última campaña electoral para certificar que es un tema secundario en la agenda política. Lamentablemente no cabe esperar demasiado en la nueva cita a las urnas con los mismos candidatos que han protagonizado uno de los más tristes fracasos de la política al no lograr finalmente un pacto de gobierno. Pero no es de extrañar cuando cada cual interpretó el mensaje de cambio de la manera más oportuna para sus intereses. Quizá habrá que decir más alto y más claro que lo que pide la ciudadanía son pactos para alcanzar grandes acuerdos de Estado en asuntos como el que hoy nos ocupa en ’La Verdad’.

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