La Verdad

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Categoría: mujer
En cierto punto

 

 

El otro día se me acercó una señora muy sigilosa para preguntarme dónde estaba el punto G. Podía haberle contestado como hablaban los surrealistas. Le podría haber dicho: en cierto punto. Y no le mentiría ¿Verdad?

Hablar de sexo ante amas de casa que sobrepasan la cincuentena es algo muy rico . Se aprende. Para explicar donde se halla cualquier elemento de la geografía humana, un dibujo es lo gráfico, lo fácil, lo evidente pero, ante la imposibilidad de tener uno a mano —con un lenguaje de manos entre flamenco, simiesco y grotesco— traté de poner fin a su duda.

El ser humano se mueve con especial soltura por entre lo desconocido y lo misterioso. Quizá lo que no salta a simple vista nos emociona e intriga más que otros atributos tan o más sexuales que el tan famoso y pregonado Punto G ¿Pero yo me lo puedo palpar? Pues depende del dibujo de sus entrañas. De lo largos que sean sus dedos… Depende. Todo es en cierto punto.

Como la noté algo angustiada por sus relaciones sexuales con el marido de toda la vida intenté tranquilizarla: esto no es el salto de pértiga, lo importante, amiga, es pasarlo bien ¿Ha probado a pedir que la bese en el cuello? Quizá eso la excite más que el saber que su esposo anda perdido entre sus grutas buscando tesoros. ¿Será suficientemente hábil para encontrarlos? ¿La herramienta será la adecuada?

El kamasutra explicaba cómo no todos los hombres son compatibles con todas la mujeres. Hay órganos sexuales que encajan como un puzle y otros que no hay forma, vaya. Todo es ortopédico y más complicado que una pirueta de El circo del sol.

Pero más allá de los genitales buceemos precisamente ahí, en ese cierto punto, esa complicidad que se tiene o no se tiene, que se tuvo o se perdió, y que es la base de la diversión y el juego entre las sábanas. Si convertimos hacer el amor ,o follar en una gymkana, estamos perdidos.

-Pero es que yo con el clítoris voy muy bien

-Pues mejor para usted, si eso le satisface, fantástico.

-Claro que lo otro no lo he probado

Como ya discurríamos en esas intimidades, en confianza le comenté que el orgasmo “con clítoris” como decía ella es estupendo pero, personalmente prefiero gozar por cuantos más sitios mejor.

La sonrisa de picardía era indescriptible: “lo del clítoris está bien, amiga, pero lo otro es el premio gordo. No sólo eso, que si se relaja puede encadenar un orgasmo con otro. Vamos, que es mi experiencia, pero sin obsesiones ¿vale?”

No sé cómo le irá a esta señora y su marido. El caso es que me encantó esa frescura a la hora de comentar esas intimidades. Las mujeres de cierta edad son la antítesis de la mojigatería. Los que consideran que nuestra Región es retrógrada, que se asomen por algunas asociaciones de amas de casa. Quizá les pregunten algo que no sabrán siquiera responder.

Mi sueño es ser como la Streisand en los “Padres de ella” y enseñar a todo el mundo a disfrutar de su sexualidad con alegría, sin complejos y sin miedos. Y si son parejas mucho mejor. Y si sobrepasan la cincuentena, mejor aún.

Igual que un mapa de Murcia no huele a Murcia; es un dibujo sobre un papel; una abstracción que jamás podrá recoger las emociones de una tierra, sus playas o sus cielos increíbles; que alguien sepa exactamente donde se encuentra ubicado el punto G es sólo fundamental en la sexualidad y sexuación de una persona… hasta cierto punto

 

Imagen de ALI CABELLO

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Sobrevivir al genio

 

 

 

 

Todos los amores matan. Siempre. El auténtico amor es una fuerza transformadora que arrasa con antiguos hábitos, que nos hace valientes, osados, que detesta el Status Quo y que anhelará con vehemencia dinamitar el orden establecido. Pero hay amores que incluso sobrepasan esa barrera. Hay mortales que difícilmente encajan en la estructura básica que nos es común: huesos, vísceras, corazón, pasiones, celos, odios, posesión. Hay mortales dotados con el don de los dones. La fuerza creadora.

La creatividad puede ser una maldición para quien la padece. De hecho, diría sin ambagajes que lo es. Es una amante sin género que suele dar lindos hijos pero que deja innumerables víctimas en el proceso de creación.  El creador siempre andará con un leitmotiv en su vida. Alrededor de él construirá su cosmogonía particular y entonces, aparece la musa. Ese ser que Nabokov llamó Lolita, pero que se nos presenta a lo largo de la historia bajo otros nombres, otros rostros,otras anatomías. El creador se enamorará una vez y ciento de ella.  Le quitará todos los afeites que no encajan con su imagen ideal. Quizá unos tacones, quizá unos pendientes de perlas. Porque ella siempre es fresca y juvenil. Y llevará el pelo largo y jeans. Y detestará verla enfundada en un traje de noche aunque le resulte evidentemente hermosa. Porque ella no tiene ya derecho a ser ella. Ella nació, alguien la puso en este mundo pero una vez tocada por su mano ya no es ella. Es quien el creador decide que sea. Y se agarrará a una mirada de fuego, a una sonrisa limpia, a unos labios carnosos, a unos pechos casi adolescentes y recortará todo lo que le sobra.

El creador necesita a su musa pero, qué duda cabe,  todas las musas son respondonas,inteligentes. No se limitarán al papel que el creador se empeñará en darles.  La Elisa Doolittle de Pigmalion, le enseñará unas valiosas lecciones al profesor de fonética que vive una vida en su perfecto mundo de dialectos, diptongos, consonantes y vocales. Porque la existencia es mucho más rica. La florista del Covent Garden, que pisa el suelo, que se mancha los pies con el rocío de la mañana, que conoce todos los secretos de la calle, también posee otra fuerza creadora: la de la supervivencia. Y aunque el creador suele estar en su torre de marfil, en su bastión inexpugnable, finalmente se rendirá a los encantos de su musa –después de todo, está enamorado de ella– e incluso la escuchará y se dejará influir.Y de pronto, llega un punto en el que desconocemos de quién es el terreno que pisa cada uno. Quién influye a quién.

Como escribió un compositor amigo mío, llega ese momento: el de “Ya soy tú de tanto tú”. Y ahí se desdibujan las fronteras.

El genio creador es, ante todo eso, un genio. O sea, la mayor parte del tiempo, intratable. Será un mentor de su musa, la adorará, creará en torno a su figura, Incluso la supervisará, estará en todo momento pendiente de su cotidianidad: qué come, cuántas horas duerme, cómo y con quién;  cuáles son sus sueños, qué hace en su tiempo libre (que cada vez será menos porque él se ocupará de ir tejiendo a su alrededor horas de conversaciones, momentos robados, incluso besos y sexo robados, entre cuatro paredes, en la soledad de los creadores, en lo más alto de la más alta torre); guiará sus pasos cada día pero sin saber ni cómo ella también hará lo propio con él.

El genio, que la mayor parte de las veces es algo misántropo, que adora la soledad, se volverá manso a su lado, dulce y tierno pero también un rayo vengativo cuando la musa sobrepase esos límites en los que fue creada. Desde luego, no harán eso de comer dos veces por semana sin ganas de comer. Será cuando sea. Quizá todos los días de una semana mañana y noche. Quizá una vez cada dos meses. Porque entre el genio y la musa siempre media el destino, el muy cabrón,que se entromete, quizá muerto de celos.

Hay muchos ejemplos de musas con creadores.El más reciente, si nos atenemos a los rumores, el de UmaThurman con Tarantino. Pero también hubo otras parejas como aquella conformada durante unos breves años por Orson Welles y Rita Hayworth. En el rodaje de La Dama de Shangay el iluminador pedía cortar la secuencia: “¡Por favor, maquillaje, Miss Hayworth está sudando!”.  A lo que Welles respondía: “Miss Hayworth no suda, resplandece”.

Ser musa, sin duda, enaltece el ego, te coloca en un pedestal del que ya nadie podrá bajarte pero, también es insufrible en ocasiones. Los mortales normales y corrientes no te inmortalizarán en cuadros ni canciones pero, al menos, te dejarán respirar y ser como eres.

Sobrevivir al genio requiere de una fuerte personalidad y de la elasticidad necesaria para absorber como una esponja todo lo positivo que una relación así sin duda te aportará, sin poner en peligro la propia esencia y, en ocasiones, la cordura.

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Trincheras sentimentales

 

 

El amor es una tensión constante. Un tira y afloja. Lo más parecido a una guerra. En el amor hay acuerdos, preacuerdos, rupturas, alto el fuego, rendiciones, concesiones, armisticios, intercambios, zonas francas, daños colaterales, herencias envenenadas, mochilas cargadas de pasados oscuros y granadas de mano. Esas que te explotan en la cara cuando menos lo esperas. Algunas minas escondidas en el surco de una sábana pueden dejarte herida de por vida.

Así es la cosa, como dirían en el Caribe. Lejos de vidas armónicas y finales felices, el auténtico amor, el que está vivo, el que transpira y respira es un constante tira y afloja. Un juego de fuerzas para mantener a flote esa sensación maravillosa, irrepetible que sólo sucede unas pocas veces en la vida. No sólo eso, ya lo escribí en alguna ocasión. Ese amor irrepetible suele arrasar con el status quo anterior e implantar uno nuevo. Es una fuerza destructiva que construye, como a veces lo son las guerras (salvando todas las distancias).

Un amigo me habló hace poco del Puente de Glienicke, también conocido como puente de los espías. En este lugar, los agentes secretos se intercambiaban información y hasta vidas humanas durante la II Guerra Mundial. Imaginad el frío invierno, este puente fronterizo entre Berlín y Postdam y la ingente actividad desplegada en ese punto en concreto. Una actividad a la que eran ajenos la gran mayoría de los habitantes de Berlín. En la guerra, como en la vida, hay personas que son como ese puente, momentos que simbolizan el espacio neutro (ni pa tí, ni pa mi) pero también, la tolerancia, la posibilidad de evolucionar a mejor, la paz y la concordia, incluso en el fragor de la batalla.

Quizá debiéramos buscar a lo largo de los días, ese momento-puente y hacer intercambio de todo eso que llevamos dentro. Porque si las guerras surgen porque alguien toca los cojones de más ( tú me secuestras a tres niños y yo masacro a tu población), los malentendidos en el amor surgen: a) por tonterías sin importancia y b) por tragar y tragar y aguantar y aguantar. Lo que sucede es que, en el segundo caso, cuando hay un estallido las consecuencias son terribles. Todavía tenemos mucho que aprender.

Si en las guerras hay estrategias, en el día a día debería primar la asertividad. Es decir, soltar lo que sientes: tu enfado, tu malestar, incluso tu alegría, pero con naturalidad. Y con naturalidad decir que NO a determinadas peticiones, actitudes demandas. ¡¡Cuánta energía ahorraríamos!!

Las relaciones son algo demencial, sentencia mi amiga Teresa :”Escúchate, escúchame. Si piensas con frialdad en las palabras que usamos, en lo que nos contamos ¡¡es de locos!!”. Pero bendita locura. Lo cierto es que llegamos a este mundo sin saber nada de la vida y sin educación sentimental. En el colegio nos enseñan a hacer raíces cuadradas —a ver para qué narices quiero yo saber la raíz cuadrada de 198 a la hora de enfrentarme con un atasco mañanero, por ejemplo — pero nadie nos enseña a expresar, a identificar los sentimientos: el miedo, la ira, la rabia, la paz, el terror, la saña, la simpatía, el enamoramiento, la atracción. Aunque claro, cada sentir es único e intransferible. Cada uno encaja las relaciones amorosas en una estantería distinta de sus emociones, de sus delirios, de sus aspiraciones.

Menuda maraña ¿Verdad? Por eso son tan importantes los puentes. Sólo los espías saben qué se cuece sobre ellos. Sólo los implicados acuden a ese punto intermedio, con frío, con miedo (ni pa tí, ni pa mi) para salvar el tesoro irrepetible del amor.

 

Foto de Henry Cartier-Bresson

 

 

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El latido nipón

 



Grabados  de Hokusai  (El imaginativo grabado El sueño de la mujer del pescador)

Estoy consternada. Resulta ahora que lo más in es lamerse las córneas. Que cuando un morenazo te mira fijamente desde la otra punta de la calle no se fija en tus piernas. Que ese guiño entre escrutador y curioso. Esa mirada al acecho de una pieza, busca algo más recóndito. Ese suculento manjar escondido bajo tus párpados: la córnea. Sí, usted se ha quedado como yo al escuchar semejante disparate. De una pieza. Pero qué grima. Los chupeteos son cosa de cuidado. No todo el mundo sabe cómo, ni el cuándo ni en qué zonas exactas, pero lo de chuparnos las córneas mutuamente, oiga, un ascazo. Aparte del escozor y la conjuntivitis salvaje que se puede contraer.
Con lo bonito que es besarse en los párpados. Y besar las lagrimitas del otro y los besitos de mariposa. Pues no.  Eso son mariconadas en el Japón. Tanto como admiro la cultura nipona, con lo rico que está el shushi y el wasabi  y luego mira que son frikis con el tema del erotismo. Para empezar, los japoneses lo tienen todo en la cabeza. Esto es, que follar, follan poco. Hacen otras cosas más raras: compran  bragas usadas en los denominados burusera; acuden a salones rosa pindaro (una especie de prostíbulos donde se practican exclusivamente felaciones) o anda locos con las fantasías de colegialas y colegiales. ¿Por qué les ocurre esto? Porque, al igual que sucede en nuestra cultura judeo-cristina, para ellos, el tema del sexo es tabú, con la diferencia de que  son introvertidos hasta el punto de hablar aspirando hacia dentro. Son circunspectos y silenciosos, mientras que nosotros somos expansivos y lo “cascamos” todo. Lo que no nos enseñan en casa, lo aprendemos en los corrillos adolescentes (algo peligrosísimo, claro. Recordad la cantidad de mitos, mentiras y leyendas que circulan en esas conversaciones). Las dudas no nos carcomen, las expulsamos en busca de un feed back inmediato. Máxime hoy día con las redes sociales. El sol, la calle, las terrazas, el pálpito del mediterráneo es explosivo. El carácter nipón es implosivo. He ahí la gran diferencia.
Para ellos el contacto físico es algo antinatural. Pero es que ni palmaditas, ni abrazitos, ni nada. Aunque en su caso, es algo relacionado con la educación y no con la religión. De hecho, la monogamia es una “moda” importada de Occidente. Sólo hemos de detenernos en sus deliciosos grabados eróticos, los denominados Shunga. Auténticas obras de arte con los maestros Hokusai y Utamaro como máximos exponentes y la recreación de escenas absolutamente explícitas con parejas del mismo y distinto sexo; con tríos, con la imagen penes y vulvas enormes pintadas en un afán didáctico. Por tanto, el sexo, aunque tabú, es importante para la cultura japonesa. Mucho más que para nosotros.
El japonés parece que va por la vida protegiéndose del mundo pero cuando dice de lanzarse al ruedo es apasionado, fogoso, imaginativo, exquisito, sofisticado, refinado e incluso temerario, tal y como podemos ver en el film “El imperio de los sentidos” (Nagisa Oshima, 1976). La dimensión sexual de un país tan peculiar, tan dominado por el afán de superación en el trabajo, no es baladí aunque es triste que el concepto de erotismo y sexo excluya en tantas ocasiones la interacción humana. Me pregunto si aquí vamos a lo mismo. A un refinamiento tal, que elimine la propia vida, los fluidos y los sudores.   A una virtualidad comodona y aburrida. Al placer solitario de los onanistas. Me respondo que no, que, por suerte, vivimos en un país lleno de bares, de gente ruidosa y tocona y que eso nos salva siempre. Incluso de esta maldita crisis.

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Los amores que no fueron

 





Todos tenemos alguna historia similar. Esa que no acaba en nada, esa que sólo es real en nuestra mente. Cuando soñamos.  Lejos de los reproches, del desgaste de la cotidianidad, de las malas caras y las ojeras mañaneras. Del mal aliento. Un affaire ideal que ganará por goleada a las otras aventuras, a las pedestres.  A las que llegan con el impulso de lo primario, con su efervescencia pero también con sus inevitables desilusiones ¿Quién no ha sentido una punzada en su estómago al recordar unos ojos? ¿Esos ojos en los que uno se miraba tanto y que  decían sin palabras mucho más de lo que el verbo pueda expresar?. 

Es un limbo de amores posibles. De emociones y energías que se quedarán por siempre atrapadas en un halo de insatisfacción, de suspiros furtivos.  Son amores de nombres, de frases grabadas a fuego en nuestra mente. De momentos, incluso de canciones que flotan en el aire pero que jamás se materializarán. Acaso un  beso. Una mano en la rodilla. Una caricia en el pelo. Un piropo dicho al oído. Con la boca muy pequeña.


A veces ese amor ideal era nuestro mejor amigo y el terror se apoderaba de nosotros. Prefieres que sea tu amigo a que no sea nada, absolutamente nada. A que considere traicionada su confianza si le confiesas que detrás de cada palmadita en la espalda, de cada guiño cómplice, lo que existía en verdad era un deseo furibundo. Una curiosidad eterna por conocerle en la intimidad. Cómo serían sus jadeos o el estertor de su placer. Conocerle en esa zona donde todos somos vulnerables. A menos de un palmo de su distancia de seguridad.


Qué contradicción ¿verdad? El empuje de los instintos es poderoso, apabullante pero también destructivo. Hace añicos las imágenes del amor atrapado en nuestra cabeza, en las secuencias que dibujamos antes de irnos a dormir: ambos en una isla, como Deborah Kerr y Burt Lancaster; o paseando bajo un paraguas por los adoquines del viejo París. En Nueva York, revisando los anaqueles de la biblioteca pública. O, simplemente, juntos en un lecho de sábanas blancas, en una piscina inmensa, en una cabaña aislada del mundo. O la postal de ambos con las manos unidas sobre una mesa y dos martinis  en alguna terraza de Santorini. El mar, al fondo. ¡Ah, las imágenes!.


Cuántas veces ese flechazo llega en un momento y situación inapropiados. Sabes que existe, que algo hay.  Es imposible eludir la electricidad, la magia de algunas situaciones pero, ah, no puede ser. Todo se complicaría sobremanera. Y sucede eso que conocemos tan bien. Ese silencio de “tú sientes lo mismo que yo pero aquí nadie dice nada”. Y pasa de largo. Y ya nunca volverá a darse en el mismo modo

Poco a poco, la vida nos convierte en piedras. Cada vez que dejamos pasar un posible amor se nos acumula una capa de tristeza e impotencia. La piel dura, no es aquella metáfora de Truffaut. Es un manto de epidermis muerta. La necrosis de los impulsos que acallamos con un manotazo castrador y desdichado ¿A dónde van los besos que no damos? se preguntaba Víctor Manuel. Yo sé dónde. Alimentan a unos súcubos que viven de nuestro desdén. Algunos son gordos como camiones. Por eso hay mañanas en las que nos cuesta tanto caminar.

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Capital erótico para todos

 

Las mujeres vivimos un momento extraño. Por un lado,
sentimos un retroceso evidente en nuestras conquistas sociales pretéritas.
Conocemos ejemplos de chicas cuyos novios les autorizan, o no, abrirse una
cuenta de Facebook, incluso si lucir, o no, minifalda. Vamos, que en lugar de
novios lo que tienen las pobres son hombres de Cromagnon.  

Pero no sólo eso: nosotras mismas adoramos las
fustas, los contratos de sumisión y convertirnos en las esclavas sexuales de
ese tipo llamado Grey que es un príncipe azul pero a lo sado. Las cifras son
incontestables. Se han vendido 31 millones de ese terrible mamotreto
pseudo-literario, con el susodicho amante bandido como protagonista.

Por otro lado, hay sociólogas que nos invitan a empoderarnos
pero valiéndonos de nuestras armas de mujer. El feminismo es, incluso para
muchas algo trasnochado. Catherine Hakim explica en su ensayo “Capital
erótico” que no abandonemos algo esencialmente nuestro. Un poder que
subyace debajo de nuestras faldas. Ella nos dice, incluso,
 que si estamos buenas, que no seamos tan
tontas de vestirnos de saco y saquemos partido a nuestras curvas
.

Según Hakim, nuestro capital erótico los suman los
siguientes elementos: el atractivo físico; el sex appeal, la gracia y el
encanto, la vitalidad, la buena presentación social (qué mona va esta chica
siempre) e incluso la performance sexual. O sea, que ni con nuestro chico
podremos relajarnos. Hemos de estar siempre compuestas y dispuestas a emular a
Mata Hari para sacar todo el provecho de estos dones
. La suma está muy bien
pero resulta agotadora ¿Siempre estamos correctamente vestidas, guapas,
graciosas y vitales? ¿No os resulta este capital que expone Catherine otro
pesado fardo que cargar en nuestras delicadas pero a la vez fuertes espaldas?
No sé vosotras pero hay días que estoy hasta las narices de ser tan mona, tan
correcta, tan vital, tan simpática y tan sexy. Y me dan ganas de mandarlo todo
a la mierda. Ya está, ya lo escrito. Porque es imposible querer y ser siempre correcta.

Pienso en ese personaje divertido que es Bridget Jones cuya
tercer entrega “Loca por el chico” está a punto de aterrizar en
nuestro país. La creación de la autora Helen Fielding bien podía ser alguna de
nosotras. Cuarentona, sextuitera y obsesionada por el número de followers.
Personalmente, las dos últimos adjetivos no me cuadran pero ¿Qué tienen de malo
unos tuits picantones? ¿Eso nos convierte en sextuiteras?
¿Escribir la palabra
follar nos arrastra a ese grupo de chicas que desde una perspectiva más
profesional entran a twitter para escribir de “eso” y sólo de
“eso?  ¿Y por qué hay sextuiteras y
no sextuiteros?
Esto es lo que no me explico. 

Cierto que nosotras aportamos
calidez, a veces disparates, a veces esa locura de chicas malas que da tanto color
a Twitter. Pero ¿Por qué no hacen los chicos lo mismo? Porque, no sé vosotras,
pero yo no encuentro chicos que de vez en cuando suelten una picantonería.
Pasamos de la crítica política a la burrada. No hay término medio. Miento,
sí lo hay. Encontramos algunos cursis que no te quiero ni contar. Porque cuando
un tío se poner cursi es de salir corriendo y no mirar atrás, no sea que nos
convirtamos en tuitestatuas de sal y debamos soportar sus rollos hasta la
eternidad
.

 

Como no soy Bridget ni la Hakim, desde este puntoG demando
que vosotros, chicos, también vayáis siempre monos, oliendo bien, con la
presentación adecuada y que también juguéis a eso del sex appeal, que da mucha
vidilla
. Eso sí, sin tocar, sin burradas. Cuando queréis sabéis. Os invito también
a usar vuestro capital erótico.

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Sobre el autor lolagracia
Periodista y escritora. Responsable de la empresa de Comunicación G Comunicación Creativa, gestora cultural columnista de La Verdad de Murcia y colaboradora de Onda Cero Murcia

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