La Verdad

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Categoría: Aeropuertos
No me llames D. Francisco, llámame Paquito

 

A ver en qué familia no hay algún miembro con un diminutivo. Y más en las nuestras que, por tradición, repetimos el nombre del abuelo, que pasa al hijo, al nieto… Y aquel D. José queda, generaciones después, en un “Joselito”, joven que, lo quiera o no, cuando cumpla la mayoría de edad, seguirá con el diminutivo. Y es posible que le dure hasta la edad de la calvicie y/o la jubilación, porque como encierra una gran dosis de cariño, pues ahí queda.

En muchas ciudades también pasa igual que en nuestras familias. Hoy viajamos con los apodos. El aeropuerto de Bilbao es conocido como “La Paloma”. Es uno de los pocos aeropuertos que se pueden ver desde lo alto. Está ubicado en un valle, casi escondido entre montañas y, las carreteras de acceso que bajan permiten verlo (digo: verla) “a punto de volar”, con “sus alas extendidas”, que son las salas de embarque. ¡Una preciosidad! Y, tan sólo una ese de diferencia. Muy atinado el sobrenombre, tratándose de un aeropuerto donde todo allí, “sale volando”. 

Mis favoritos son los apodos que utilizan en Andalucía. “La Manquita” en Málaga alude a la Catedral, a la que le falta una de las dos torres. El aprecio por este defectillo es tan grande, que hay algunos proyectos de reconstrucción (están aún en fase de borrador) que contemplan la construcción de esta segunda torre (en su día faltó dinero para poder alzarla) y, no terminan de cuajar, pues ¿cómo la llamarían entonces?

En Sevilla, muy querido también es “El Paquito”. Puente de estructura muy similar al Golden Gate de San Francisco y que, al ser un poco más pequeño, “este hermano gemelo” requiere el uso del diminutivo. A un amigo sevillano se le rompió el coche justo en mitad del puente a altas horas de la madrugada. “Estoy en mitad de El Paquito”, le dijo al servicio de la grúa. No hizo falta añadir ningún dato más. A los cinco minutos allí estaba la camioneta, como angel caído del Cielo.

“La Seta” sin embargo, no es tan querida. En la plaza de la Encarnación todo sevillano recela de este “puzzle gigantesco”, por el material (que ha dado problemas en otros emplazamientos); por el elevado coste y, porque la ven demasiado rompedora con el entorno. A mí me encanta este “patito feo” arquitectónico. Es una gozada pasear por él y ver Sevilla desde lo alto, en un ángulo de 360 grados.

En Londres, uno de los sitios donde todos queremos hacernos la foto es en “La Torre Reina Isabel II”. ¿Qué no saben dónde está? Con este nombre, imposible que alguien en la calle nos pueda indicar dónde se encuentra. Me refiero al “Big Ben”. Ahora sí que todos sabemos de lo que estamos hablando. Nos vamos entendiendo.

Hay una leyenda muy graciosa sobre el origen de este sobrenombre. El capataz de esta construcción se llamaba Benjamín Hall. Ben para los amigos. Era muy dicharachero y también, entrado en carnes. Sobre todo en su anatomía, la zona de sus posaderas era la que más sobresalía. Le gustaba contar a la prensa todo el progreso de las obras. Los periodistas, en esta relación cercana y en tono de guasa, hacían chirigotas con este ingeniero peculiar. Cuando la torre ya alcanzaba su punto más alto, a la hora de colocar una de sus campanas, ésta tenía una redondez que recordaba a las formas de… ¡ejem! el trasero del gran Ben. Y de ahí el apelativo “Big Ben” que perdura hasta hoy. 

Big Ben forever

Y llega un momento en la vida en el que uno se arma de fuerza, “le da la vuelta a la tortilla” y dice a toda su gente que ya no es Paquito, que le llamen Francisco. Unos, sí lo consiguen. El Big Ben me temo que lo tiene más complicado. Y además, gracias a él, podemos conocer a quien fue su jefe de obras.

Les dejo que me voy a tomar “una marinera” en “El Tontódromo”. ¿Mande? que diría un turista en Murcia. Pero sólo el primer día.

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“Gracias”, una palabra de largo recorrido

 

.- ¿Qué vas a ir a Egipto en agosto? ¿Con el calor que hace? Entre asombro y alarma, era lo que todos me preguntaban cuando les decía que iba a la boda de mi amiga Nagwa.

Después de entrar en todos los pasadizos de las pirámides; de bucear en el Mar Rojo; de aprender a regatear con verdadero nivel… tocaba regresar. Tenía que coger un primer vuelo doméstico Sharm El-Sheikh-El Cairo que aterrizaba en un pequeño aeródromo egipcio. Y después, ir en coche al aeropuerto internacional para tomar ya el avión de regreso a España.

.- “Nada más aterrizar del primer vuelo, estará esperándote un señor con una pizarra con tu apellido. Te llevará en coche hasta el aeropuerto internacional”.  Me indicaron en la agencia de viajes cuando contraté este traslado.

Aterricé y había varios chicos con pizarras con apellidos escritos con tiza. En ninguna estaba escrito el mío.

Esperé y, poco a poco este pequeño aeropuerto iba perdiendo su trasiego: algunas luces se apagaban, las tiendas bajaban sus persianas… Sólo quedaba un chico con una pizarra en la que estaba escrito a mano otro apellido.

Me dijo que sí conocía la agencia pero que no había visto a ninguno de sus empleados esa noche por allí. También me comentó que en unos minutos este aeropuerto se cerraría: el vuelo que yo había tomado era el último de ese día.

Se ofreció a llevarme en su coche al aeropuerto internacional. Su cliente probablemente habría perdido el vuelo ya que no aparecía. El dilema era esperar en un aeropuerto casi vacío ya o, irme con aquel desconocido.

Acepté su ofrecimiento. Al despedirnos en el aeropuerto internacional me dio su tarjeta: “Por si tienes algún problema”; Insistía: “Estaré encantado de poder ayudarte de nuevo”.

Unos minutos después, cuando me encontraba en el mostrador de facturación llegó corriendo un señor mayor. Esa noche había un partido de fútbol de esos importantes en El Cairo que había colapsado (aún más si cabe) el tráfico. “Yo no entiendo mucho de fútbol”, se excusaba de corazón. Me quedé un rato largo hablando con él. “Con el dinero que gano por los traslados y los ahorros que mi mujer y yo tenemos, podemos pagar la universidad a nuestros hijos”.

Él no me lo dijo pero después de nuestra conversación intuí que si me quejaba a la agencia por su retraso, lo despedirían ipso facto. Otro dilema más. Por supuesto, puse la cruz en “servicio excelente” cuando me enviaron el formulario de satisfacción.

Llegué ya amaneciendo a España. Ordenando los papeles vi la tarjeta de visita del chico joven que me había ayudado casi como un ángel caído del cielo en el traslado al aeropuerto internacional y con las prisas y líos de maletas no recordaba si le había dado las gracias. Ante la duda, le envié un mensaje. Recibí otro de respuesta: “Este es el mensaje más bonito que jamás he visto en mi vida al despertar”.

Y es que la palabra <> en todos los idiomas en los que pronuncie, siempre provoca efectos mágicos. El último párrafo quería dedicárselo a Vds., lectores, y darles las gracias por “recorrer tantos kilómetros de lectura” en estas crónicas.

Y ya, el próximo “destino juntos” lo será en 2107. ¡Feliz Navidad!

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La tarjeta de embarque, ese documento de alto voltaje

 

El verano además de las típicas imágenes de sol, playa, paella, chiringuito y luna llena, también nos deja otras menos atractivas: las de las colas y retrasos en los aeropuertos.

Y eso que somos pasajeros obedientes donde los haya. No nos queda otra que imitar el recorrido de las ovejas. Ahí estamos: al menos 45 minutos antes con nuestra tarjeta de embarque y el NIF o pasaporte.

Pero, ¿qué pasa si no hemos podido imprimir la tarjeta de embarque? Algunas compañías aéreas lowcost vieron “margen de negocio” (¡ejem!) en estos casos de problemas con el tóner de la impresora, además de jugar a la lotería en pleno vuelo.

Recorremos tres ciudades españolas: Barcelona, Madrid y Córdoba. Concretamente visitamos sus tribunales. Se abre la sesión: ¡Audiencia Pública! 

Salas de embarque donde se está tan cómodo que hasta se puede perder el avión si uno se queda dormido.

Cláusulas sospechosas

Un Sr. encontró un viaje baratísimo a Cerdeña para pasar unos días de mayo. Previsor donde los haya, hizo el listado de cosas que iba a necesitar: bañador, gafas de bucear… Hasta imprimió la tarjeta de embarque. Pero, hete aquí que en el último momento olvidó cogerla.

Al presentarse en el mostrador el despiste le suponía una penalización de 40 euros. Recurrió y el primer juzgado le dio la razón. La compañía aérea no contenta con el resultado, apeló. Y en esta segunda instancia, ahora sí la Audiencia Provincial de Barcelona declaró que este Sr. sí tenía que pagar la penalización de 40 euros. Entendían sus señorías que no era abusivo este cobro porque cuando le damos a la peligrosa tecla “acepto”, en el largo listado de obligaciones que asumimos (sin leer y en letra pequeña), ahí estaba la de: “imprimir tamaño A4 e individual para cada vuelo…”.

Eso sí no fue pacífico resolver este tema, los magistrados estuvieron un buen rato deliberando ya que hay un voto particular en la sentencia. Uno de los jueces decía que cuanto menos era una “cláusula sospechosa”, pues para ser equitativa debería llevar aparejado un descuento para aquellos pasajeros que sí la llevaran impresa. Y la compañía sólo contemplaba un recargo, nunca una bonificación.

Ocho apabullantes abusos

Anulada la cláusula por la que si no acudíamos velozmente a recoger la maleta de la cinta, teníamos que pagar por almacenaje.

En Madrid las cosas fueron diferentes. En este juzgado, en lugar de discutir, sus señorías al principio hicieron números y rebajaron la penalización a 15 euros (cosas de la independencia judicial). Pero más tarde, cambiaron de parecer y dieron un paso grande al ver que las compañías aéreas habían subido el baremo de la penalización a 70 euros. Y fue otro juzgado de Madrid el que paró el carro (el avión, mejor dicho).  Anuló ocho cláusulas abusivas. Entre ellas la penalización de 40 euros en los casos de no llevar impresa la tarjeta de embarque. Otro coste era la demora en recoger la maleta de la cinta de embarque (que también habíamos tecleado pagar por “almacenaje” si nos retrasábamos). Pero ahí somos todos muy rápidos en llegar a la cinta y, sí también en empujar un poquito.

No hay nada más lindo que la familia unida

Y llegamos al pasajero cordobés que acudió al “juez de su domicilio” (también fue anulada la cláusula que nos obligaba presentar la demanda allí donde esta compañía tenía su domicilio social). En este caso, le exigían que mostrara el DNI de su hijo de 3 años para poder embarcar. Al no llevarlo, el hijo tenía que quedarse en Córdoba. Se le denegaba el embarque por falta de documentación.

Y con arreglo a la legislación española puesto que se trataba de un vuelo interno entre dos puntos de territorio nacional, el menor español no está obligado a tener este documento en época de guardería. Por lo que no se le podía exigir ninguna identificación (por supuesto sí a sus padres). La indemnización que este señor cordobés logró fue elevada, ya que al negarle el pasaje a su hijo, toda la familia no embarcó. Y la compañía tuvo que abonar el coste de toda la familia.

Eso sí, las apariencias en los aeropuertos también pueden resultar engañosas porque ahora como nos dejan volar con un segundo bolso, nosotros inocentes pasajeros pensamos: ¡qué generosas las compañías! Pero el click del acepto sigue ahí, peligroso botón dónde los haya.

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El “caso Vueling” y un bocadillo de jamón

 

Y llegó la revolución del mundo aeronáutico. Hace unos años lo notamos en tres hitos:  se abrió a la libre competencia con nuevos operadores que entraron en el mercado; fusiones de empresas (nuestra querida Iberia entre ellas) y surgieron las low-cost. ¡Bienvenidas al espacio aéreo!

“Se pasó de un transporte caro y elitista, a otro barato y de masas”, así resumen muchos expertos este cambio legal.

Puerta de Embarque especial para familias

Pero, había un límite en esta liberalización: No podía serlo en detrimento del consumidor. Había que protegerlo. Y de ahí, la normativa que tenemos de “derechos de los pasajeros”.

Hay un listado de incumplimientos frecuentes por parte de las aerolíneas (como son la denegación del embarque, el famoso overbooking, los grandes retrasos, etc). Algunos supuestos ya tienen hasta su nombre propio: Caso Melendi; Casi Kate Moss, etc.

Hoy les cuento el ya conocido como “caso Vueling”. Yo lo he sufrido en primera persona.  Concretamente el “derecho de asistencia o atención”. Anunciaron debidamente el retraso (sí cumplieron con el derecho de información). Viajaba en el mismo vuelo el equipo femenino senior de tenis de mesa de Corea. Todas las deportistas, nada más enterarse del retraso, se pusieron a hacer ejercicios de estiramientos utilizando los asientos de la puerta de embarque. Los restantes pasajeros nos dirigimos como cosacos al bar; Era la hora de la cena y allá que nos marchamos, abandonando este “gimnasio improvisado”.

La ley dice literalmente que, en estos casos de grandes retrasos, “la aerolínea debe ofrecer comida y refrescos suficientes de manera gratuita”. Normalmente se entregan vales canjeables en los restaurantes del propio aeropuerto.  Yo los he recibido en otras ocasiones por parte de Vueling. Pero no fue así en esta última ocasión.

Edificio cual torre de control. Universidad de Alicante

El precepto es un poco ambiguo. Dice que este ofrecimiento de comida y bebida ha de serlo de forma “suficiente”. Así que, si hay un gran retraso y no nos dan los tickets (que sería lo suyo), tendremos que ir al bar y, aquí entra en juego el mundo apasionante de los “conceptos jurídicos indeterminados”.

Si yo me pedí una cerveza y un bocadillo de jamón, ¿Me pasé, abusé de mi derecho? ¿Habría sido “suficiente” con un botellín de agua y un montadito de chorizo? Ando inmersa en un gran dilema: si me niegan la convalidación de mis tickets del bar (que tengo bien guardados), entonces: ¿acabará mi caso en los tribunales y será un juez quién decida qué es una cena “suficiente”? La queja, mientras tanto, sigue su curso camino del juzgado.

Casi a pie de pista

Pero no todo son desgracias. En otra ocasión, como consecuencia del overbooking sufrí un cambio de clase. Y hete aquí que me ubicaron en primera. De turista a primera, eso sí que no me supuso ningún contratiempo. El Sr. venezolano enchaquetado que había en el sillón (que no asiento) de al lado, al verme venir tan contenta (yo creo que tuvo que notar mi falta de experiencia en estos grandes y desconocidos espacios del avión), me dijo que la palabra “no” no existía en primera clase. Así que cuando la azafata nos preguntaba: “¿Les gustaría tomar…?”, antes de que terminara la frase, ya tenía nuestra respuesta afirmativa. Casi contestábamos a la vez, pues hasta nos hicimos grandes amigos. Y es que yo, ante un buen consejo, sucumbo con facilidad.

Bueno, quiero que sepan que si al final me validan mis tickets del bar y un juez me dice que mi cena sí fue “suficiente” y me reconocen el derecho a la compensación económica, quedan invitados a un bocadillo de jamón pero, esta vez, de pata negra. Que, desde que viajé en primera clase, le he cogido el gustillo a los pequeños placeres culinarios. Y no acepto un “no” como respuesta.

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¿Dónde está mi maleta?

Hoy hacemos un recorrido para seguir las andanzas del equipaje estropeado y del que se pierde. Y ello nos llevará a la música y al arte. ¿Se apuntan a este “viaje” sui generis?

Ese momento en el que estamos deseando ver aparecer nuestra maleta; Ese otro en el que creemos que es la nuestra pero, cuando ya está cerca, nos damos cuenta de que era una muy parecida; Y… ese otro –ojalá nunca sean testigos de él- en el que la cinta de recogida de equipajes para en seco y… ¡hay unas tres maletas abandonadas! Pero ninguna de ellas es la nuestra. ¡Horror!

Ello supone tener que ir sin demora a poner la reclamación y, según qué compañía sea, nos darán un neceser con lo indispensable para pasar una noche. Yo he llegado a coleccionar estos pequeños maletines de emergencia. Incluso realicé un estudio comparativo para ver qué compañía era la más generosa, según la calidad del neceser en cuestión y lo que había dentro. Bien en cierto que en más de una ocasión, sí me sirvieron para salir de un apuro. Eso sí, en todas las ocasiones –que han sido muchas- mi maleta llegó al día siguiente. Tuve suerte.

No la tuvo igual un grupo de músicos canadienses. Les cuento un caso real que hoy en día se estudia en todas las escuelas de negocios más prestigiosas de EE.UU y Canadá.

El compositor, nada más aterrizar en Chicago, vio que su guitarra estaba rota. Puso la reclamación pertinente. Firmó una segunda. Y hasta una tercera queja llegó a escribir. Dicen que a la tercera va la vencida. Las dos primeras no tuvieron respuesta. Y esta última, después de un año de papeleos, sí la tuvo. Pero quedó en un no escueto. La compañía denegó cualquier tipo de indemnización (consideraba que había presentado la reclamación fuera del plazo de las 24 horas).

El músico transformó esta tristeza en una canción. Y lo hizo con mucho sentido del humor y con una melodía muy pegadiza. Yo cada vez que escucho la canción, me quedo un ratito tarareándola después. La canción se convirtió en un éxito. Sólo el primer día, ya fue escuchada por más de 150.000 personas.

Entonces ya sí, la compañía aérea, al ver el alcance que estaba tomando el asunto (cada día aumentaba exponencialmente el número de personas que escuchaba la canción), asumió su responsabilidad y ofreció una indemnización al músico. El cantante rechazó la suma que le ofrecían –e incluso recomendaba su donación-. Y mientras tanto el éxito de la canción continuaba aumentando.

Como les contaba, hoy en estas escuelas que forman a futuros empresarios de grandes compañías, explican lo que una empresa (en este caso era una compañía aérea) no debe hacer cuando se trata de atender a la clientela. Las pérdidas de la compañía aérea fueron elevadísimas por este incidente. Y, desde aquella guitarra rota, el funcionamiento de su departamento de atención al cliente es totalmente distinto. La música mueve montañas. Mejor dicho, las reglas de marketing. Y también en este caso, mueve a la risa, pues es imposible ver el vídeo sin sonreír. Hagan la prueba. Les dejo el enlace por si tienen curiosidad, aunque seguramente lo recordarán. watch?v=W2OlujL3_xo

Muchos de nosotros pensamos inocentemente que un candado que une los dos extremos de la cremallera de la maleta será una buena medida de seguridad. Pero en menos de tres minutos, con tan sólo un bolígrafo de esos que escriben fino o normal, se pueden abrir y volver a cerrar, sin dejar huella de la apertura. Lo digo únicamente por si se les perdiera la llave del candado. No vayan a pensar mal, por favor.

Pasamos de la música a la pintura. Para terminar, les contaré un caso –también real- en el que la maleta se convierte en una pieza de arte. Recientemente un artista español ha adquirido en una de las últimas subastas de objetos perdidos de Iberia (que centraliza los objetos extraviados de varias compañías aéreas que operan en España) un lote formado por… ¡más de 2000 maletas! Y en su exposición “Cartografía de un viaje” las ha transformado en puro arte.

¿Se imaginan Vds. que van a visitar una exposición y, entre las piezas, reconocen la que fue un día su maleta y que en un trayecto perdieron?

Las vueltas que da la vida, pues: ¿Quién diría que el equipaje extraviado podría dar tanto juego para ser exhibido como pieza de arte, o para inspirar una linda y divertida canción?

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El aeropuerto de Amsterdam tiene una “sala de espera” donde el tiempo “vuela”.

El aeropuerto de Amsterdam tiene un rincón especial, que es un pequeño lujo. Pero debemos tener cuidado porque si nos entretenemos demasiado en él, corremos el riesgo de perder el vuelo, porque este aeropuerto es… ¡de los grandes!

Está en el top ten del ranking mundial por el número de pasajeros/año. Se suma a ello el  dato derivado de ser “aeropuerto de enlace” al servir como escala en Europa de muchos vuelos internacionales (junto con los aeropuertos de Frankurt y Paris-CDG). Son muchos los años en los que ha recibido el premio al “Mejor aeropuerto del mundo”.

Estas grandes dimensiones obligan, como en otros muchos aeropuertos de parecidas extensiones, a indicar el tiempo que tardaremos en llegar a pie a cada puerta de embarque. Hechas estas advertencias de rigor -pues no quisiera yo que le cogieran el gusto a este rincón y que, por mi culpa, pudieran perder su vuelo–, paso a presentarles esta “sala de espera” peculiar al aire libre.

Los fumadores estarán de suerte pues pueden hacerlo en ella. También lo están los amantes del café y la cerveza, cuenta con un pequeño bar. Junto a este lugar se encuentra la zona de juegos infantiles. Así que, si la espera es larga y la familia numerosa, también puede ser una buena opción.

Hablamos, como ya se habrá intuido, de la “terraza panorámica”. En muchos aeropuertos me he encontrado –yo misma confieso que he llegado a hacerlo en alguna ocasión- con personas con las manos y cabeza pegadas a un cristal, para ver una maniobra de un avión. En esta terraza se puede ver todo el trasiego que hay en torno a un aeropuerto: su día a día, los movimientos de todos los trabajadores, las operaciones de carga y descarga… Mejor aún, no sólo verlo, sino también oírlo, pues las pistas de aterrizaje y despegue están a la vista desde esta terraza. Garantizado queda que en esta terraza no pasarán ni un minuto de aburrimiento.

En ella hay colocado un avión que puede ser visitado por dentro. Se trata de un avión real, nada de maquetas de cartón piedra. Sorprende lo pequeño que se ve el interior cuando no tiene asientos. Y lo mejor, en la cabina se explica para qué sirve cada botón. ¡Un poquito complicado se antoja el manejo de los mandos!

La ubicación de este aeropuerto es de las que desafían un poco a la naturaleza, lo que le da un plus a su valía. Está construido en un terreno ganado al mar. Son los llamados: “pólders holandeses”. No se podría entender la idiosincrasia de este país sin valorar su relación con el control y dominio del agua. ¡Qué mejor prueba de ello que sus canales! Pues bien, el aeropuerto no podía quedarse atrás en esta íntima relación tierra-mar. Cuando se estaba construyendo, se encontraron en las excavaciones muchos restos de embarcaciones de lo que entonces era franja marítima. De ahí el nombre del aeropuerto “Schiphol”, que significa literalmente: “madera de los barcos”.

Tiene otro dato más en estas singularidades. Es el aeropuerto más bajo del mundo. Está construido a unos cuatro metros y medio por debajo del nivel del mar.

Así las cosas… ¿Quién dijo que esperar nuestro vuelo en un aeropuerto era aburrido? Es más, si hay un pequeño retraso: ¡bienvenido sea! 

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