La Verdad

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Categoría: Plazas
Trabajo sólo los días soleados

 

Así lo dice, con mucha calma, a todos los que se paran y curiosean en su negocio. Y claro, como está en Londres, intuimos que tendrá muchos días libres. Pero no lo juzguen de gandul, por favor.

Hay una razón “escrita” que justifica este horario laboral. Regenta una librería abierta al público dentro de un barco amarrado en uno de los canales del Támesis. De ahí que cuando vamos paseando y nos detenemos en el muelle, comprendemos el porqué de su jornada de trabajo tan sui generis. Sale el sol: “Voy al trabajo”.

Ha sabido aprovechar cualquier rincón del barco para darle un uso literario. La cubierta hace las veces de estantería donde pone “los más vendidos” o “las últimas adquisiciones”. Y claro es comprensible que, en caso de lluvia, sus existencias peligren. De ahí que cierre la cubierta y espere a que mejore el tiempo. No es otra cosa que el principio de prudencia en la custodia del negocio.

El capitán-librero anima a saltar al interior por la escalerilla. Una vez dentro, el camarote es la versión de los hermanos Marx pero repleta de libros. Los libros-joya están en la cabina del capitán. Toda una sabiduría de marketing a la hora de gestionar la eslora, medida en este caso, en milímetros cuadrados.

Ya les decía yo que este librero, lejos de ser un gandul, tiene muchas millas literarias recorridas y, ahora, las comparte en este anclaje.

Este paseo por Londres por “los hijos del Támesis” tiene un no sé qué de relax que al final, cuando uno llega a este escaparate al aire libre que es esta librería hace que todos nos paremos ante ella. Y, ya saben, del curiosear al comprar hay un instante nada más. 

Y más aún en el caso de libros, que este instante de la “primera vez” que se lee una contraportada te puede atrapar de tal manera que, por favor, lleven cuidado que estos paseos por los canales no tienen quitamiedos, y no quisiera yo que el embelesamiento en la lectura les llevará a un chapuzón.

Pese al espacio tan reducido, tan solo tiene unos tres metros de cubierta aproximadamente, su dueño ha sabido “estirar el espacio” y hacerse con una cómoda y amplia <<zona de lectura>>. Les cuento su truco. img_9141

Junto a este barco-librería hay un banco en el paseo. Este librero te anima a que si algún libro te gusta, te sientes tranquilamente y… ¡a empezar la lectura! Sí, ahí mismo, sin necesidad de pagarlo antes. Cuando yo pasé, este banco estaba repleto.

Lo mejor es comenzar la ruta a la altura King Cross. Más que nada porque por allí se encuentra la biblioteca Británica, que es el alma mater de este barquito-librería. Y ya, puestos en esta ruta cuasi literaria, seguir el curso de estos canales hasta Camden Town. A esta zona le llaman “la pequeña Venecia”. La comparación es muy atinada. Uno se deja llevar por la imaginación y… entre libros y canales, vaya que sí, que se puede confundir un poco.

Siguiendo el curso de este paseo por el Canal Regent, hay una parada casi obligada: Granary Square. No es tan turística como Picadilly o Trafalgar pero, justo al caer la noche tiene lugares para cenar al aire libre; la plaza en sí tiene una fuente luminosa de esas que, como los libros, emboban… Vaya que se crea un ambientillo propio de una novela con su historia de amor y todo. Lo digo porque este lugar es el sitio favorito de un amigo porque ligó mucho en esta plaza. Tanto, que cada vez que alguien le pregunta qué visitar en Londres, es lo primero que recomienda.

Serán cosas del amor a la lectura, digo yo.

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Posaderas y un ósculo un poquito más arriba

 

¿Se animan a un viaje hasta “los límites de la honestidad”? No se alarmen ¡por favor! Nada de cometer un delito. Seguimos aquel juego lingüístico cervantino y con él llegaremos a cuatro lugares que se encuentran justo… “donde la espalda pierde su honesto nombre”. ¡Ejem! Ya me entienden.

Oviedo, vista al fondo

Comenzamos “a lo grande”.

La primera parada, en Oviedo, en la calle Pelayo donde se encuentra la famosa estatua “Culis Monumentalis” de Úrculo. Aquí el latín se deja traducir fácilmente. Recuerdo que cuando paseábamos, un amigo me dijo que esta calle te arrastra, quieras o no, hacia  “el  monumento”. Vaya que tiene una “vis attractiva” –que también dirían los latinistas-, que te hace cambiar la ruta inicial y evitar cualquier otra trayectoria distinta que no sea la línea recta. Convendrán conmigo que es fácil entender las muchas razones por las que Woddy Allen cayó seducido por el embrujo ovetense. Y es que, esta ciudad es de las que atrapan a todo visitante.

Coimbra, nalga con mucho ritmo

Nalgas al son de la música

En Portugal tenemos otra parada con nalgas bellas, en este caso, unidas al mundo de la música. Escondida en una pequeñísima plaza de Coímbra, callejeando por el casco histórico, se puede admirar una estatua en forma de guitarra muy sexy y, por partida doble, esto es, se mire por delante o por detrás. En la foto, por aquello de no ser demasiado indiscreta he puesto la parte trasera nada más.

Yo la descubrí porque vi a un señor dando una vuelta en redondo por la plaza con una gran sonrisa pícara. Y la curiosidad –y la intriga por saber la razón de su sonrisa- me alertó del secreto que aquella guitarra tenía. Para más inri, se trata de una guitarra típica portuguesa que, como saben, en su forma, es más curvilínea y abombada que la española. Sobran las semejanzas para inspirarse. Éstas, saltan a la vista.

Madrid, atención a las zonas más brillantes de la estatua

La felicidad que transmite una hermosa posadera

Este recorrido por el mundo trasero nos lleva a Madrid. Ahora menos escondida. Es un lugar muy fotografiado: la estatua de Botero en la Plaza Colón y que también es fácil que nos haga sonreír.  Pues sí, a falta de playa, ella parece que está tomando el sol. Y tranquilamente además. El dato gracioso es prestar atención a qué partes de la estatua son las que están más brillantes. Vaya que se nos van las manos.

Barcelona, donde una dama desnuda posa sin que nadie la visite

Pero ahora sí que sería un delito –con su agravante y todo- hacer un recorrido por zonas vinculadas con esta parte de la anatomía humana y no detenernos en Barcelona, tierra de “culés”. Qué buena fotografía, digna de estar en el museo por supuesto. En ella, los aficionados, todos alineados en lo alto de un muro, con sus cuerpos hacia delante, a modo de contrapeso y, también para no perder el equilibrio, y con los culos respingones.

La última parada de este tour tan sexy, la hacemos en Barcelona, con los glúteos de una buena moza que pese a estar en la transitada Plaza Cataluña, es toda una desconocida y eso que tiene mucha sensualidad y belleza. Es una dama con una postura parecida –pero más sugerente, dónde va a parar- a los de los “culés”. La cosa es que, estando a tiro de piedra de la futbolera fuente de Canaletas… pues eso que las posaderas de esta bella dama pasan desapercibidas.

Helsinki, diseño de una silla muy amorosa por la espalda

Ósculos también por la espalda

No quería yo terminar este recorrido sin un ósculo a modo de despedida que, como no, también lo es por la parte trasera del cuerpo humano. Pero ya, saliendo de la zona peligrosa de las lumbares y subiendo a las dorsales.

No es el sillón rojo besucón de Dalí, pero tiene su puntito amoroso también. Tomen asiento –¡qué mejor silla!- si esta ruta se les antojó larga. Y lo dicho, el viaje termina hoy con una silla-beso del Museo del Diseño de Helsinki.

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¡Agárrense que vienen curvas!

 

Reconozco mi pasión por los lugares que saben comunicar sin necesidad de palabras. Sobre todo cuando lo hacen los museos. Con un poquito de inteligencia por aquí y un toque de humor por allá, consiguen hacer entender un mensaje utilizando, en este caso, piezas de arte. Y lo mejor de todo, comprensible sin necesidad de saber idiomas ni de ser un experto en Picasso o Kandinsky.

Muy cerca tenemos una buena muestra: Los valencianos con sus fallas, rozan la perfección en esto de la narración de historias a través de figuras. Ya les digo, sobran las palabras ante los Ninots.

La línea curva en su máxima expresión

Con el círculo viajamos un poco más lejos, a Helsinki, concretamente al Museo del Diseño. Una de sus exposiciones las dedicó al inventor Eero Aarnio, gran amante de la línea curva. Y no piensen mal, por favor.

Este museo es de los que saben narrar sin palabras. Les cuento algunos de sus “trucos lingüísticos”: Antes de entrar, vas caminando tranquilamente por la calle y junto a la fachada “sin mediar palabra”, nos atrapa. ¡Vaya que si lo hace! La plaza que está junto al museo ya tiene unas réplicas de algunas piezas del museo colocadas sabiamente.

Al verlas, uno se pregunta: ¿Qué hacen aquí estos perritos tan monos? Así que, si uno iba caminando distraído, caerá enseguida en la cuenta de que el edificio que casi se pasaba por alto, “esconde” algo bonito. Bien es cierto que el edificio ya en sí lo es. Pero muchas veces, los que somos despistados corremos el riesgo de estar justo en el sitio y no darnos cuenta. Estos perritos hacen las veces del famoso: “Pasen y vean”.

Cuando “la joya de la corona” sale a tu encuentro.

En muchos museos la pieza más valiosa está casi escondida. Hay que recorrer plantas, salas, etc. para dar con ella. No sé si también les ha pasado a Vds., yo he llegado a perderme en estos laberintos de arte en más de una ocasión buscando una obra que me interesaba. No sucede así en el Louvre con “La Gioconda”, donde una multitud con sus cámaras nos avisa.

En este museo la cosa cambia: Es la pieza maestra la que tranquilamente se pasea a tu lado. Sí, como si fuera un visitante más. La joya de la corona es la famosa silla-bola. Hollywood tiene escenas curiosas –y muy sexys- con este sillón.

A su aire por el Museo. Y es que, con esas curvas... imposible pasar desapercibida!!

Su autor, Eero Aarnio logró sin ninguna línea recta, idear un cómodo asiento con apoyabrazos, reposacabezas y, por supuesto, su pie de apoyo. La belleza de la línea curva es la gran protagonista del sillón, que casi te abraza y te cobija a la vez. Hasta se puede jugar al escondite en ella y todo. ¡Cuánto ingenio Sr. Aarnio!

En el museo han sabido darle “la vuelta a la tortilla”: es ella, la silla-bola la que avanza contigo por las salas. Sí, en sentido literal. Para lograr este “recorrido del balón” a sus anchas por todas las salas, lo han colocado sobre una pequeña plataforma (redonda, como no podía ser menos) que se mueve con un sensor incorporado que detecta la presencia de los visitantes y, se va apartando para no chocar con ellos o con las columnas.

Esta colocación magistral permite verla por todos los datos y hasta parece estar dotada de vida propia, con este ir y venir a su antojo por el museo. Estuvimos las dos juntas un buen rato. Yo me entretenía haciéndola variar de dirección tan pronto detectaba mi presencia.

Vd. puede ser un artista, láncese.

El “broche final” está pensado para que ningún visitante –niño y adulto- se marche sin probar sus dotes como artista. Y es que, entre tanto diseño tan minimalista, siempre surge aquello de: ¡Esto lo haría cualquiera! Pues… dicho y hecho. Hay una sala especial para poder diseñar, colorear y dejar la obra expuesta en la pared. Uno sale sintiéndose casi un artista.

La despedida también, sin mediar palabra.

¿Le ha gustado el Museo? Encuestas sin necesidad de papel ni bolígrafo

Incluso al salir el museo te pide tu opinión. Te pregunta: ¿Qué le ha parecido?”. Y de nuevo, lo vuelve a hacer “sin mediar palabra”. Buen ingenio los de marketing: Al entrar, el ticket contiene una pegatina y en la pared de la escalinata de salida del museo hay pintadas unas caras gigantescas (a modo de emoticones). Desde el ceño fruncido hasta la sonrisa gigante. Y uno puede colocar esta pegatina según le haya gustado más o menos. El museo tiene así su encuesta y, el visitante que muchas veces no sabe qué hacer con la entrada, puede darle un uso provechoso.

Hoy no me queda otra que hacer mutis por el foro a modo de despedida. Ya me entienden. Y es que, ante el arte, sobran las palabras.

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Toledo, verso a verso

 

Nada de paso a paso,

sería algo prosaico en este caso.

Durante un fin de semana, esta ciudad tiene una métrica especial: la poesía, la razón de “la venida y estada en esta tierra”. 

Poesías en plazas a la hora del vermut

Si a Toledo le sobran razones para visitarla, añadimos una más: el Festival Voix Vives. Y prepárense que el recorrido no es sólo horizontal, sino que se descubre la ciudad literalmente “de arriba abajo”: Los poemas se pueden disfrutar en terrazas, azoteas, balcones, escaparates, junto al río… En fin, que toda la ciudad está “hecha un poema”. O, como destacó la directora del Festival, jugando con las sílabas, en To(le)do, “todo es poesía”.

De viva voz

El Festival se celebra de viernes a domingo, normalmente a principios del mes de septiembre. En él más de 130 poetas se reúnen para recitales, encuentros, talleres. Todo ello combinado con música, danza, teatro… La ciudad ya ha previsto toldos y hamacas para que el momento sea de deleite y comodidad. Hasta golosinas en unas mesitas pusieron en un balcón.

Así, cuando los poetas recitan en una azotea, se une el aliciente de poder ver el atardecer tocando sobre todos los tejados toledanos; cuando el poeta está en un baño árabe, allí al remojo uno cree que está en el mismísimo paraíso acuático. Si Vds. van acompañados y a su partenarie no le gusta la poesía, no se preocupen “aunque dello no me aprovechara, con la vista dello me consolara”, y es que esta ciudad solo con verla, apasiona.

Las hamacas y la poesía, puro deleite

Poemas por doquier

Toledo tiene la muralla y, “al otro lado no la necesita, para eso tiene el Tajo”, dicen orgullosos sus habitantes. Dentro de estas coordenadas se desarrolla el Festival. Desde las “Cuatro calles”, hasta Zocodover, en cualquier recoveco, terraza, plaza, allí suena un poema. A la pena de ser ciego en Granada, se une ahora la de ser sordo en Toledo justo los días de este Festival.

Incluso en las calles más estrechas, sí en esas en las que estirando los brazos podemos dar la mano a los vecinos de los dos lados, sorprendentemente, en ellas también, hay cabida para unas sillas para la escucha. Los transeúntes también encantados.

Conocí a una chica que repite ya varios años. Me contaba que hay tantas actividades, que ella se tiene que hacer un planning para poder elegir e ir a las que más le gustan. Y la verdad es que para los que vamos de fuera, como la ciudad es un poco (¡qué digo poco!) laberinto, se complica el ir “de aquí acullá”, porque es fácil perderse. Así me sucedió varias veces.

Ante este trajín por las “angostas calles”, cosa buena es acudir a los voluntarios para que en este dédalo toledano, nos hagan de lazarillos. No se pierdan un bonito botón de muestra de cómo estos chicos se integran en el fin de semana poético. Por su atuendo los reconoceréis: una camiseta blanca en la que por detrás está el logotipo del festival y, por delante cada uno de ellos ha escrito una poesía.

Hasta las tantas

Lo mejor sin duda es la posibilidad de ver los lugares más bonitos de Toledo al son de los versos: que si la Escuela de Traductores se abre para proyecciones; la Sinagoga del Tránsito deja entrar un torrente de luz que se mezcla con el recital.

Los poemas comienzan a la hora del desayuno, y se alargan hasta la madrugada. Por la noche la cita es junto al río. Allí este año han sido poemas llenos de humor y sátira, cantautores, etc. Y, como no, destacando el valor de nuestra querida letra “ñ” que tanta personalidad nos da.

Este evento poético también tiene lugar en otras ciudades del Mediterráneo. La francesa Sète en la Costa Azul está casi hermanada en sonetos y rimas con la toledana. Lo digo porque la poesía, así esparcida por una ciudad, a mí me da que me está creando adicción.

El rincón de Cervantes, también invadido por la poesía

La ocasión la pintan calva

Así que si Vd. ya disfrutó de lo lindo de todos los pareados típicos veraniegos: granizado y bronceado. También si Vd. fue uno de los que se tuvo que conformar con un estío de cuartetos escuetos con las famosas 4.P: playa, paseo, pipas y parchís; Y no digamos si rozó el summum de la ensoñación: sombrilla en primera línea; yate del amigo; barbacoa sobre el césped, cine a la fresca… para todos esta despedida del verano con toque poético puede venir que ni pintado. Y a buen seguro hasta puede ayudar a hacer mejor el tránsito al mundo laboral.

Nuestro guía particular

Pues sepan Vuestras Mercedes que si desean recorrer una ciudad invadida por la poesía, nos vemos en septiembre. El pregonero que cómo habrán intuido nos ha guiado por esta ciudad, ha sido el genial Lazarillo de Tormes que bien la conocía y ya nos lo anticipó cuando decía que Toledo es lugar de fiestas y “desta manera se está tres días con paso acompasado, a papar aire, embelesado por las calles”.

 

 

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Confesiones de la torre de una Catedral

 

Puedo ver la huerta por todos los puntos cardinales. He sido testigo durante siglos de cómo la ciudad ha ido creciendo.

Estuve más de 200 años un poquico torcida. Pero luego, vino un arquitecto y con su escuadra y cartabón me enderezó. De no ser así, ahora podría competir –salvando las distancias- con la Torre de Pisa, porque aún -si se fijan bien-, se me nota la inclinación.

Los días con mucha visibilidad puedo saludar a la Catedral de Orihuela.

La Giralda y yo tenemos casi un duelo en la altura. Ella creció unos metros más. Pero yo estoy muy contenta porque, como la sevillana, soy también muy “bonica”. Estamos las dos “estilizadas” por la parte alta con unos balcones. Cosas de aligerar el peso, oí decir a los arquitectos.

Le hago un guiño al Museo D’Orsay. Tengo también un reloj que se puede ver “al revés”.

Sí, también soy un poco presumida. Y es que me pusieron ese “espejo gigante” en el edificio Moneo y no me resisto a coquetear con él. El imafronte es el que más tiempo se pasa mirándose. Claro que como lo tiene justo enfrente, pues…

Me gusta mucho el fútbol. Amo por igual al Atlético y al Real Madrid. Ahí no me puedo pronunciar. Será, tal vez porque el arquitecto Ventura Rodríguez que culminó mi linterna también diseñó las Plazas Neptuno y Cibeles.

Algunos días, sobre todo en primavera, me pongo un poco “tontica”: Es cuando el perfume del azahar de los naranjos de la plaza que está a mis pies me llega hasta la veleta. ¡A ver quién se resiste…! ¿Vds. me entienden verdad? Estilizada, perfumada… Un primor vaya.

También me he llevado algún que otro susto en mi vida. Tengo que confesarles que pasé un poco de miedo cuando la riada de Santa Teresa cubrió más de dos metros toda la base de la Catedral. Tengan en cuenta que quien les habla no sabe nadar. Pero… ¡resistí como si fuera pura roca! Oí decir a los canteros que tengo los cimientos muy bien puestos (¡ejem!). Hasta Víctor Hugo escribió en la prensa francesa para pedir ayuda para toda la ciudad. Aquello me conmovió tanto que casi se me saltaban las lágrimas cuando lo leí.

Me gusta mucho escuchar cuando acuden los profesores de geografía con sus alumnos a explicarles desde mis balcones: la huerta, los trazados de la ciudad, la parte medieval, etc. Siempre aprendo algo nuevo.

Pero no vayan a pensar que porque esté muy atenta soy una cotilla. Soy muy discreta: sé guardar muy bien un secreto. Tengo una sala en la que lo que cuentes por una pared, sólo lo oirá quién esté en la otra esquina en diagonal con la oreja pegada al muro. ¡Hagan la prueba! Por algo se llama la “Sala de los Secretos”.

Me gusta trasnochar, sobre todo en verano. Muchos me visitan buscando el fresco de las alturas y… ¡qué vistas! (Sí, también ¡qué brisa!). Siempre ver una ciudad iluminada al destello de la luna tiene mucha magia. Y más cuando se siente, además del embrujo lunar, la melodía de los cantantes callejeros que se ponen en la plaza. “A mi manera” es mi favorita. He observado que es la que más detiene a los paseantes. Y los hace más generosos con la gorra. 

A pesar de mi edad, me sé cuidar. Con mis casi 500 años tengo un corazón que palpita a ritmo de campanas. Cuando suena la grandota, Santa Agueda, me retumban todas las entrañas (las piedras, digo). Claro es que son más de seis toneladas en movimiento. Sólo su badajo pesa más de 200 kilos. Antonio Lechuga, el campanero me cuidó mucho tiempo. Sus grafitis aún están marcados en “mi epidermis”. La casa del campanero me gusta muchísimo: parece una palmera arquitectónica.

Sé un poquito de leyes de regadío. Hace siglos yo tocaba los cuartos. Después repicaban las parroquias y así, se regulaban los tiempos establecidos para regar las tahúllas de la huerta de modo equitativo con reparto por igual del uso del agua. Y es que detrás de un repique, casi siempre hay una advertencia legal.

Y sobre todo, cuando quienes me visitan, al llegar a lo más alto, exclaman: “De aquí a la gloria”, yo me contagio de felicidad al escucharlo.

Como habrán intuido por estas confesiones personales, soy sí ¡¡murciana!! por los cuatro costados.

 

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Conversaciones con mi jardinero

 

El destino de nuestro viaje nos lleva a un rincón en pleno centro de Madrid, al centro de arte CaixaForum. Y lo vamos a conocer a través de dos conversaciones.

Un rincón que se conoce a través de las palabras

Promesas que sorprenden.

Los arquitectos insistían una y otra vez, muy seguros de sí mismos: “Que sí, que vamos a crear una plaza diáfana, con una gran zona verde y, por supuesto vamos a respetar la idiosincrasia del edificio industrial antiguo”.

Los propietarios, escuchaban algo incrédulos, pues no terminaban de imaginar que en una zona de calles estrechas, sin ninguna plaza, sin zonas verdes y con una fábrica, fuera posible esta promesa.

Y se hizo el milagro tras aquella charla.

Finalmente el pliego con todas estas condiciones de futuro se firmó. Y los arquitectos cumplieron con lo estipulado. La sensación de estar en una plaza diáfana lo han conseguido liberando de construcciones toda la planta baja, con la sola excepción de la caja de escaleras. El edificio comienza en voladizo en la primera planta.

También respetaron las restantes cláusulas pues se ha mantenido la fachada de ladrillo visto de la antigua industria (una central eléctrica). Y lo mejor de todo, “ha brotado” un verdadero jardín allí donde nadie pensaba, donde no había terreno, donde la línea vertical no daba ninguna pista de que sería el parterre de un edén.

Conversaciones interesantes

Parece que estás caminando dentro de un diamante gigante.

El caso es que he visto muchas exposiciones interesantes en el interior de CaixaForum. Es casi una parada de esas obligadas cuando viajo a Madrid. El acceso por la escalera de caracol es una “auténtica joya” pues a mí siempre me parece estar en el interior de un diamante. Pero aún esta bonita acogida que te anima a entrar, sigo pensando que la verdadera obra de arte está en el exterior. El protagonista que te paraliza antes de entrar. Sí, sí hablamos del jardín.

En ocasiones el arte se escapa fuera de los museos.

Un botón de muestra es justamente este jardín vertical. A mí me encanta hablar con los “artistas”, en este caso con los jardineros.

¿Una pared? ¿Un jardín? No. Se trata de una auténtica obra de arte.

Estos jardineros cuentan ya con tanta experiencia que el botánico que ideó el mural les ha dado carta libre. Patrick Blanc vino inicialmente pero ahora, son ellos los que van diseñando, según qué época del año sea, variando las formas, los tonos… Vaya que se trata de una obra de arte verdaderamente “viva”. Con la ayuda de un vehículo “tijera”, van “podando” el boceto vegetal hasta el punto más alto.

Al principio ellos mismos no creían que pudiera mantenerse el verdor desafianzado la línea horizontal de todo jardín. Pero luego, cuando han visto crecer algunas plantas más de un metro y medio, saben que la naturaleza puede con los retos más difíciles. Eso sí, en verano con el sol, es cuando el mantenimiento de la obra es más delicado. Y estos expertos toman sus precauciones con plantas más resistentes.

En estas charlas siempre me cuentan algunos trucos propios de la maestría de todo artista. Uno de ellos es que allí donde no llega el ángulo de visión de las cámaras de seguridad los amigos de lo ajeno aprovechaban para llevarse un trozo de esta obra de arte. Ahora en este lugar, ponen las plantitas más feas y, claro, ahí se quedan. Ya no resulta tan tentador aquello de arrancarlas.

La parte trasera de este “lienzo” esconde dos puertas para poder dejar dentro todos los utensilios. Y también hay una escalera interior para poder “trepar” por el jardín. Es complicado subir por ella, según me dicen.

Recién puestas las bolsitas, hay que fijarse bien para verlas. Pero ya, cuando han pasado unas semanas y las plantas han crecido, me animan orgullosos a que las toque y así comprobar “los gorditas” que están las plantas. El sistema de riego por goteo –con sus vitaminas y todo- aporta también su parte a este crecimiento.

Cada vez que veo a los jardineros me regalan una de estas bolsitas que van poniendo y cambiando. Son los parterres sui generis de estas plantas. Se trata de un trozo de tela de textura parecida al fieltro, del tamaño de media cuartilla que retiene un poco la humedad y sujeta la planta. Si se acercan un poco a esta pared artística se pueden ver con mucha facilidad. Me insisten para que en mi casa comience con mi propio jardín vertical. En ello estoy aún.

El verdor que no cesa

Tengo que ir a ver otro jardín que también cuidan los mismos jardineros, mucho más pequeño en la planta veinticinco de uno de los edificios del norte de Madrid. Ahí el reto, me cuenta el “artista” ha sido aún más complicado, porque ahora no es sólo la línea vertical sino que además, está en el interior, allí donde el sol no choca directo. Pero a un artista, los retos… ¡los que sean!

Pues sí, hablando se entienden -también- los lugares.

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