La Verdad

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Categoría: Plazas
Con un par de… líneas

 

De la recta a la curva, así se puede descubrir por primera vez una ciudad.  Si estuviera en la costa, la primera línea de playa siempre cotiza al alza. Esta pole position la mantenemos pero… ¡junto al río! Y puestos a pedir, que sea el más caudaloso. Sí, adivinaron bien, recorreremos Zaragoza con dos líneas no más.

En la ribera del Ebro, encontramos lo que ya se conoce como “las siete maravillas zaragozanas”. Siete enclaves con un dato común: todos en línea recta.

Lo mejor es que resulta imposible perderse. Y en esta rectitud aparecen ordenadamente “estos siete magníficos” edificios y lugares llenos de historia. Comenzamos por la subida al Torreón de la Zuda (en la planta baja está una de las oficinas de turismo). Son cuatro plantas nada más. Desde esta altura, al hacerla en primer lugar, podemos dar un giro de 360 grados a vista de pájaro. Al descender, nos encontramos con los restos de las murallas romanas.  

zgzred3Tan sólo un paso más –en este trazado lineal- y encontramos con la Iglesia de San Juan de los Panetes que tiene su “pequeña torre de Pisa” por aquello de una pequeña inclinación que sí se aprecia. Y junto a ella, uno de los “pilares” –nunca mejor dicho- de Zaragoza: La Catedral-Basílica de Nuestra Señora del Pilar. Está repleta de sitios para detenerse. En su interior, dos paradas: la piedra sagrada y las bombas (y como no, mirar a la cúpula porque aún se puede ver el agujero que dejó una de ellas al caer. El otro lo han tapado). La plaza exterior es toda una evocación al mundo entero, representado en la Fuente de la Hispanidad.

El edifico colindante es una de las sedes del Ayuntamiento y junto a él, la Lonja. Anímense a entrar porque el inmueble se transforma en un “bosque de columnas”. Normalmente está destinado a la sala de exposiciones. Yo aún recuerdo la que vi sobre los hitos de la Revolución Francesa. La “libertad” era una peluca en movimiento por los efectos de un gran ventilador.

El sexto lugar en este paseo lineal es la Seo (el otro “pilar”). En el exterior, no se pierdan una de sus fachadas (algo escondida), contiene una bellísima muestra del arte mudéjar que parece un gran puzle de ladrillo con todas sus piezas perfectamente encajadas. El museo del Foro cierra este recorrido. Si pueden, pasen también por la noche: al verlo iluminado, parece una gran chimenea encendida (sin humo obviamente).

Un sabio dijo aquello de que la línea recta siempre acortaba las distancias; Otro apuntó que las curvas traían belleza. Por aquello de unir las dos teorías en este paseo zaragozano, les cuento un pequeño truco. Si antes “paseábamos por la ribera” del Ebro, ahora nos perdemos por sus “meandros”, esto es, todas las callejuelas estrechas retorcidas del barrio del “Tubo” donde ya sí, su trazado olvida la rectitud ribereña y la vida es casi un torbellino. Se llega a él en un paseo de unos cinco a diez minutos nada más.

zgzred2Les aviso que conduce al despiste; Incluso a quien tenga el sentido de la orientación altamente desarrollado. Más que nada porque es de esos barrios tan llenos de gratas y ricas sorpresas (léase: bares y tabernas), vaya que sí, que hasta puede dar gusto perderse en él. Yo que me despisto siempre tras la primera curva (digo, caña), les confieso que me costó lo suyo salir de este barrio. Es casi una espiral que te va envolviendo vino va, tapa viene.

Bueno también tardé un buen rato en recorrer aquella primera línea recta ribereña. Y eso que el recorrido era sólo dos líneas no más.

Si vamos con más tiempo, entonces podemos seguir con la línea diagonal. Nos lleva al Palacio de la Aljafería que está envuelto en su propio cuadrilátero. Porque Zaragoza, en cuestión de líneas, es muy “completica”, las tiene todas.

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Trabajo sólo los días soleados

 

Así lo dice, con mucha calma, a todos los que se paran y curiosean en su negocio. Y claro, como está en Londres, intuimos que tendrá muchos días libres. Pero no lo juzguen de gandul, por favor.

Hay una razón “escrita” que justifica este horario laboral. Regenta una librería abierta al público dentro de un barco amarrado en uno de los canales del Támesis. De ahí que cuando vamos paseando y nos detenemos en el muelle, comprendemos el porqué de su jornada de trabajo tan sui generis. Sale el sol: “Voy al trabajo”.

Ha sabido aprovechar cualquier rincón del barco para darle un uso literario. La cubierta hace las veces de estantería donde pone “los más vendidos” o “las últimas adquisiciones”. Y claro es comprensible que, en caso de lluvia, sus existencias peligren. De ahí que cierre la cubierta y espere a que mejore el tiempo. No es otra cosa que el principio de prudencia en la custodia del negocio.

El capitán-librero anima a saltar al interior por la escalerilla. Una vez dentro, el camarote es la versión de los hermanos Marx pero repleta de libros. Los libros-joya están en la cabina del capitán. Toda una sabiduría de marketing a la hora de gestionar la eslora, medida en este caso, en milímetros cuadrados.

Ya les decía yo que este librero, lejos de ser un gandul, tiene muchas millas literarias recorridas y, ahora, las comparte en este anclaje.

Este paseo por Londres por “los hijos del Támesis” tiene un no sé qué de relax que al final, cuando uno llega a este escaparate al aire libre que es esta librería hace que todos nos paremos ante ella. Y, ya saben, del curiosear al comprar hay un instante nada más. 

Y más aún en el caso de libros, que este instante de la “primera vez” que se lee una contraportada te puede atrapar de tal manera que, por favor, lleven cuidado que estos paseos por los canales no tienen quitamiedos, y no quisiera yo que el embelesamiento en la lectura les llevará a un chapuzón.

Pese al espacio tan reducido, tan solo tiene unos tres metros de cubierta aproximadamente, su dueño ha sabido “estirar el espacio” y hacerse con una cómoda y amplia <<zona de lectura>>. Les cuento su truco. img_9141

Junto a este barco-librería hay un banco en el paseo. Este librero te anima a que si algún libro te gusta, te sientes tranquilamente y… ¡a empezar la lectura! Sí, ahí mismo, sin necesidad de pagarlo antes. Cuando yo pasé, este banco estaba repleto.

Lo mejor es comenzar la ruta a la altura King Cross. Más que nada porque por allí se encuentra la biblioteca Británica, que es el alma mater de este barquito-librería. Y ya, puestos en esta ruta cuasi literaria, seguir el curso de estos canales hasta Camden Town. A esta zona le llaman “la pequeña Venecia”. La comparación es muy atinada. Uno se deja llevar por la imaginación y… entre libros y canales, vaya que sí, que se puede confundir un poco.

Siguiendo el curso de este paseo por el Canal Regent, hay una parada casi obligada: Granary Square. No es tan turística como Picadilly o Trafalgar pero, justo al caer la noche tiene lugares para cenar al aire libre; la plaza en sí tiene una fuente luminosa de esas que, como los libros, emboban… Vaya que se crea un ambientillo propio de una novela con su historia de amor y todo. Lo digo porque este lugar es el sitio favorito de un amigo porque ligó mucho en esta plaza. Tanto, que cada vez que alguien le pregunta qué visitar en Londres, es lo primero que recomienda.

Serán cosas del amor a la lectura, digo yo.

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Un mexicano enamorado

 

Ellas, que ya de por sí son “bien guapetonas”, van estos días y, ¡se perfuman! Y claro… se hacen irresistibles. Les hablo de esas ciudades del sur de España –y del levante también- justo en ese momento en que el azahar de los naranjos dice: “Aquí estoy yo” y expande generoso toda su fragancia por las calles.

Sevilla tiene un aroma que… ¡fomenta el amor!

Así me sucedió hace poco en Sevilla en un congreso internacional. Nos habíamos reunido para hablar de ética. En la comida un mexicano sentado a mi lado me preguntaba, muy intrigado, qué perfume era ese que “recorría la ciudad”. Me contaba que quería llevárselo a su mujer. Y claro, a priori, este gesto de amor tan bonito parecía complicado. ¿Cómo poder compartir esta experiencia olfativa allende los mares?

Sevilla aromática. Esos naranjos…

A mí me gustó tanto este detalle amoroso que le ayudé a buscar un perfume lo más parecido posible a la flor del naranjo. Y lo encontré. Le mostré la foto y la dirección que había tomado en la tienda a mi colega mexicano. ¿Saben lo que hizo? Se escapó de una de las charlas para ir a comprarlo.

Y cuando una se pone a ayudar, pues… no sé si me pasé un poco. Porque, ya puesta en faena, le dije que también podía comprarle a su esposa un tarrito de mermelada de naranja amarga. Si le llevaba el aroma, ¿por qué no también la fruta? El mexicano, no se amedrentó por la falta de dulzor y, hete aquí que noté su ausencia en otra de las charlas. Fue entonces ya cuando dejé de ayudarle. De seguir en mi empeño, él no hubiera cumplido la asistencia mínima exigida para obtener el diploma. Y yo ya me sentía cómplice cuando veía su silla vacía en las conferencias. Y claro, hablando de ética, vaya que no parecía muy honrado aquello de fomentar sus escapadas.

Recorridos olfativos ¿olvidados?

El caso es que yo no sé cómo las Oficinas de Turismo no han ideado recorridos callejeros siguiendo el trazado de estas calles y plazas invadidas de naranjos. Sé que es algo efímero. Pero ya nos avisó el poeta: lo breve, cuando es bueno, se duplica.

En mi descargo les diré (no quisiera que se quedaran con mi falta de ética confesada) que sí lo tengo hecho en Murcia. Y cuando en estos días de explosión de la primavera recibo amigos de fuera, ya tengo marcadas las calles por donde tienen que ir, por ejemplo, si quieren ver el río o visitar algún museo.

La verdad es que les engaño un poco –sé que no es muy ético, por eso fui también al congreso- diciéndoles que esas calles que ven marcadas en color son un atajo, para que así, el factor sorpresa sea aún mayor. A veces hasta les hago dar un pequeño rodeo pero, como caen rendidos ante el azahar, me lo perdonan enseguida. Y seguimos tan amigos.

Ciudades muy, pero que muy coquetas

Murcia. Un espejo que multiplica la belleza.

Bueno y si el paseo se prolonga hasta la noche y, junto a los naranjos hay también algún rincón con un jazminero (que también tengo unos cuantos en Murcia; Aquí me queda avanzar el mapa oloroso con nocturnidad), entonces ya la coquetería, que como en todo, hay grados, se eleva a la máxima potencia olfativa.

El summum es poder mirarse al espejo. Hay sabios rincones bien dotados en estas ciudades presumidas. El edifico Moneo en Murcia contiene uno de los espejos más grandes, calculado a la perfección con el imafronte de la Catedral; Una forma bonita de aumentar la belleza, ¿verdad?

En el próximo congreso le mostraré al mexicano enamorado estos rincones con jazmineros. Y es que la ética perfuma un poquito el camino de la vida

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Los cabizbajos también viajan

 

Que no se trata de ir buscando alguna moneda en el suelo. Aunque no podemos negar que ir con la mirada fija en el pavimento sí nos puede dar alguna que otra pequeña sorpresa económica.

De verdad que no exagero si les digo que se pueden encontrar auténticos tesoros… ¡a ras de suelo! Más allá de un billete arrugado, que algún despistado dejó caer en contra de su voluntad y que a otro le alegró el día.
Aquello de alzar la vista también da la oportunidad de descubrir cosas bonitas, pero… ¿qué pasa si inclinamos un poco el cuello hacia abajo?

Arte en Japón

Muchas tapas de las alcantarillas en Japón son casi obras de arte. El denominado Street Art allí, en lugar de estar en las paredes, lo han plasmado en el hierro del círculo. Las han convertido en un museo a pie de acera. Tanto, que hasta da pena pisarlas.

Hay unas en las calles peatonales más transitadas que contienen todo un propósito de buenas intenciones con los demás, con una señal de cigarro encendido (con su humo y todo). Llaman así la atención, casi como si fuera una señal de tráfico. Y todo bajo el aviso de que si los viandantes adultos llevan sus cigarros encendidos, al bajar sus brazos, la mano llega justo a la altura de las cabezas de los pequeños. ¡Qué forma tan sugerente de la advertencia del tabaco! Y sin mediar palabra.

En Córdoba le ponen mucha inteligencia práctica

Si vamos con tacones, toca sufrir un poco y hasta hacer pequeños movimientos de compensación para equilibrar el paseo. Pero si ese día toca zapato plano, entonces ya la cosa se ve con otra perspectiva.

Lo llaman “chino cordobés”. Les cuento el pequeño invento: El suelo, en patios, calles y muchas plazas, está formado con piedras de canto rodado, colocado a dos alturas, con apenas un pequeño desnivel entre ellas. De forma que cuando se riega, el agua queda un buen rato en la zona más baja con el fin de crear un microclima más húmedo que refresca cuando aprietan los calores. ¿Quién dijo que el aire acondicionado no podía estar en el suelo? ¡Y sin pagar factura de luz! A mí me encantan estos inventos que rebosan –agua sí pero también- mucha inteligencia práctica.

Los cordobeses no se quedan cortos en ponerle también su nota artística. Es casi toda una competición silenciosa con las alcantarillas japonesas. Con las piedras han sabido hacer diseños que parecen auténticos mosaicos romanos. Que si distintas tonalidades con efecto de claroscuro; que si el fondo de una fuente tienes hasta diseñados unos delfines…

En estos paseos por Córdoba uno pasa un buen rato entretenido mirando el suelo y pisando por aquí y por allá. Y sujetándose al amigo para no caerse, también. Que estos cantos, encierran su peligro.

En Valencia los supersticiosos andan preocupados

No quisiera yo que les entrara dolor en las cervicales de tanto pasear cabizbajos. Así que toca ya terminar esta ruta con una última parada en Valencia, concretamente en el barrio del Carmen. Es de esos llenos de callejuelas para ir sin rumbo y perderse en ellas. Todo un laberinto de rincones con bares, tiendas escondidas y teatros y… claro, como vamos mirando fijamente al suelo, topamos con ellos… ¡los gatos negros!

En muchas esquinas están pintados a tamaño real, en posturas tan creíbles que, a nada que uno se haya tomado un par de vinos… piensa que son auténticos.

En este barrio los supersticiosos van a sufrir un poquito porque hay muchísimos gatos. Difícil no verlos. Menos mal que la sabiduría de Groucho Marx sale al rescate para evitarnos la mala suerte cuando dijo aquello de “cuando un gato negro se cruza en tu camino significa que el animal va a algún sitio”.

Espero que en este paseo sus cervicales no se hayan resentido más de lo debido. ¡Cuídense!

 

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Posaderas y un ósculo un poquito más arriba

 

¿Se animan a un viaje hasta “los límites de la honestidad”? No se alarmen ¡por favor! Nada de cometer un delito. Seguimos aquel juego lingüístico cervantino y con él llegaremos a cuatro lugares que se encuentran justo… “donde la espalda pierde su honesto nombre”. ¡Ejem! Ya me entienden.

Oviedo, vista al fondo

Comenzamos “a lo grande”.

La primera parada, en Oviedo, en la calle Pelayo donde se encuentra la famosa estatua “Culis Monumentalis” de Úrculo. Aquí el latín se deja traducir fácilmente. Recuerdo que cuando paseábamos, un amigo me dijo que esta calle te arrastra, quieras o no, hacia  “el  monumento”. Vaya que tiene una “vis attractiva” –que también dirían los latinistas-, que te hace cambiar la ruta inicial y evitar cualquier otra trayectoria distinta que no sea la línea recta. Convendrán conmigo que es fácil entender las muchas razones por las que Woddy Allen cayó seducido por el embrujo ovetense. Y es que, esta ciudad es de las que atrapan a todo visitante.

Coimbra, nalga con mucho ritmo

Nalgas al son de la música

En Portugal tenemos otra parada con nalgas bellas, en este caso, unidas al mundo de la música. Escondida en una pequeñísima plaza de Coímbra, callejeando por el casco histórico, se puede admirar una estatua en forma de guitarra muy sexy y, por partida doble, esto es, se mire por delante o por detrás. En la foto, por aquello de no ser demasiado indiscreta he puesto la parte trasera nada más.

Yo la descubrí porque vi a un señor dando una vuelta en redondo por la plaza con una gran sonrisa pícara. Y la curiosidad –y la intriga por saber la razón de su sonrisa- me alertó del secreto que aquella guitarra tenía. Para más inri, se trata de una guitarra típica portuguesa que, como saben, en su forma, es más curvilínea y abombada que la española. Sobran las semejanzas para inspirarse. Éstas, saltan a la vista.

Madrid, atención a las zonas más brillantes de la estatua

La felicidad que transmite una hermosa posadera

Este recorrido por el mundo trasero nos lleva a Madrid. Ahora menos escondida. Es un lugar muy fotografiado: la estatua de Botero en la Plaza Colón y que también es fácil que nos haga sonreír.  Pues sí, a falta de playa, ella parece que está tomando el sol. Y tranquilamente además. El dato gracioso es prestar atención a qué partes de la estatua son las que están más brillantes. Vaya que se nos van las manos.

Barcelona, donde una dama desnuda posa sin que nadie la visite

Pero ahora sí que sería un delito –con su agravante y todo- hacer un recorrido por zonas vinculadas con esta parte de la anatomía humana y no detenernos en Barcelona, tierra de “culés”. Qué buena fotografía, digna de estar en el museo por supuesto. En ella, los aficionados, todos alineados en lo alto de un muro, con sus cuerpos hacia delante, a modo de contrapeso y, también para no perder el equilibrio, y con los culos respingones.

La última parada de este tour tan sexy, la hacemos en Barcelona, con los glúteos de una buena moza que pese a estar en la transitada Plaza Cataluña, es toda una desconocida y eso que tiene mucha sensualidad y belleza. Es una dama con una postura parecida –pero más sugerente, dónde va a parar- a los de los “culés”. La cosa es que, estando a tiro de piedra de la futbolera fuente de Canaletas… pues eso que las posaderas de esta bella dama pasan desapercibidas.

Helsinki, diseño de una silla muy amorosa por la espalda

Ósculos también por la espalda

No quería yo terminar este recorrido sin un ósculo a modo de despedida que, como no, también lo es por la parte trasera del cuerpo humano. Pero ya, saliendo de la zona peligrosa de las lumbares y subiendo a las dorsales.

No es el sillón rojo besucón de Dalí, pero tiene su puntito amoroso también. Tomen asiento –¡qué mejor silla!- si esta ruta se les antojó larga. Y lo dicho, el viaje termina hoy con una silla-beso del Museo del Diseño de Helsinki.

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¡Agárrense que vienen curvas!

 

Reconozco mi pasión por los lugares que saben comunicar sin necesidad de palabras. Sobre todo cuando lo hacen los museos. Con un poquito de inteligencia por aquí y un toque de humor por allá, consiguen hacer entender un mensaje utilizando, en este caso, piezas de arte. Y lo mejor de todo, comprensible sin necesidad de saber idiomas ni de ser un experto en Picasso o Kandinsky.

Muy cerca tenemos una buena muestra: Los valencianos con sus fallas, rozan la perfección en esto de la narración de historias a través de figuras. Ya les digo, sobran las palabras ante los Ninots.

La línea curva en su máxima expresión

Con el círculo viajamos un poco más lejos, a Helsinki, concretamente al Museo del Diseño. Una de sus exposiciones las dedicó al inventor Eero Aarnio, gran amante de la línea curva. Y no piensen mal, por favor.

Este museo es de los que saben narrar sin palabras. Les cuento algunos de sus “trucos lingüísticos”: Antes de entrar, vas caminando tranquilamente por la calle y junto a la fachada “sin mediar palabra”, nos atrapa. ¡Vaya que si lo hace! La plaza que está junto al museo ya tiene unas réplicas de algunas piezas del museo colocadas sabiamente.

Al verlas, uno se pregunta: ¿Qué hacen aquí estos perritos tan monos? Así que, si uno iba caminando distraído, caerá enseguida en la cuenta de que el edificio que casi se pasaba por alto, “esconde” algo bonito. Bien es cierto que el edificio ya en sí lo es. Pero muchas veces, los que somos despistados corremos el riesgo de estar justo en el sitio y no darnos cuenta. Estos perritos hacen las veces del famoso: “Pasen y vean”.

Cuando “la joya de la corona” sale a tu encuentro.

En muchos museos la pieza más valiosa está casi escondida. Hay que recorrer plantas, salas, etc. para dar con ella. No sé si también les ha pasado a Vds., yo he llegado a perderme en estos laberintos de arte en más de una ocasión buscando una obra que me interesaba. No sucede así en el Louvre con “La Gioconda”, donde una multitud con sus cámaras nos avisa.

En este museo la cosa cambia: Es la pieza maestra la que tranquilamente se pasea a tu lado. Sí, como si fuera un visitante más. La joya de la corona es la famosa silla-bola. Hollywood tiene escenas curiosas –y muy sexys- con este sillón.

A su aire por el Museo. Y es que, con esas curvas... imposible pasar desapercibida!!

Su autor, Eero Aarnio logró sin ninguna línea recta, idear un cómodo asiento con apoyabrazos, reposacabezas y, por supuesto, su pie de apoyo. La belleza de la línea curva es la gran protagonista del sillón, que casi te abraza y te cobija a la vez. Hasta se puede jugar al escondite en ella y todo. ¡Cuánto ingenio Sr. Aarnio!

En el museo han sabido darle “la vuelta a la tortilla”: es ella, la silla-bola la que avanza contigo por las salas. Sí, en sentido literal. Para lograr este “recorrido del balón” a sus anchas por todas las salas, lo han colocado sobre una pequeña plataforma (redonda, como no podía ser menos) que se mueve con un sensor incorporado que detecta la presencia de los visitantes y, se va apartando para no chocar con ellos o con las columnas.

Esta colocación magistral permite verla por todos los datos y hasta parece estar dotada de vida propia, con este ir y venir a su antojo por el museo. Estuvimos las dos juntas un buen rato. Yo me entretenía haciéndola variar de dirección tan pronto detectaba mi presencia.

Vd. puede ser un artista, láncese.

El “broche final” está pensado para que ningún visitante –niño y adulto- se marche sin probar sus dotes como artista. Y es que, entre tanto diseño tan minimalista, siempre surge aquello de: ¡Esto lo haría cualquiera! Pues… dicho y hecho. Hay una sala especial para poder diseñar, colorear y dejar la obra expuesta en la pared. Uno sale sintiéndose casi un artista.

La despedida también, sin mediar palabra.

¿Le ha gustado el Museo? Encuestas sin necesidad de papel ni bolígrafo

Incluso al salir el museo te pide tu opinión. Te pregunta: ¿Qué le ha parecido?”. Y de nuevo, lo vuelve a hacer “sin mediar palabra”. Buen ingenio los de marketing: Al entrar, el ticket contiene una pegatina y en la pared de la escalinata de salida del museo hay pintadas unas caras gigantescas (a modo de emoticones). Desde el ceño fruncido hasta la sonrisa gigante. Y uno puede colocar esta pegatina según le haya gustado más o menos. El museo tiene así su encuesta y, el visitante que muchas veces no sabe qué hacer con la entrada, puede darle un uso provechoso.

Hoy no me queda otra que hacer mutis por el foro a modo de despedida. Ya me entienden. Y es que, ante el arte, sobran las palabras.

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