La Verdad

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Categoría: Puerto Rico
¿Es posible alojarse en la residencia de un presidente?

 

Sin serlo, entiéndase, que me faltó añadir este dato en la frase interrogativa. Y la respuesta es sí. Así que, hoy le ponemos un poquito de lujo al asunto porque la cosa va de auténticas… ¡mansiones!

De puertas adentro

En este viaje los curiosos –bueno, los curiosos tirando a cotillas- vamos a disfrutar de lo lindo pues cruzamos el umbral y entramos… ¡puertas adentro! Sí, acertaron, el destino será el interior de una vivienda. Y ya puestos en el empeño, que lo sea a lo grande, concretamente en una Casa Presidencial.

Debo confesar que mi interés comenzó cuando una amiga me contó sus peripecias en la isla de Trinidad y Tobago. Había tenido una etapa de muchísimo trabajo, con horas extra, un reto de esos de mucha responsabilidad y enjundia y, por fin, tenía vacaciones. No lo dudó: unos días en una isla caribeña le vendrían de maravilla. Y, ¿a quién no? Y más con estos fríos.

“Mi casa está abierta” dijo la trinitense

Su amiga vivía en la casa paterna en Trinidad y Tobago y varias veces le había dicho que las puertas de su casa estaban abiertas. Le preguntó si podía ir y le confirmó que seguían abiertas: “ven cuando quieras. Toma nota de la dirección”. La calle y el número de policía quedaron anotados en un papel.

A la hora de embarcar, en el control de inmigración tenía que cumplimentar el impreso. En la casilla <<domicilio en el destino>> puso la dirección de la casa de su amiga. Los funcionarios, se quedaron con el tampón en alto, mirando el papel, mirando a mi amiga, con cara entre sorpresa e incredulidad. Le preguntaron: “¿Está Vd. segura de que ha puesto la dirección correcta? Revíselo por favor”.

Mi amiga lo confirmó con la nota que llevaba de los datos de su anfitriona y así se lo indicó al policía: “Está todo correcto Señor”. El funcionario le dijo: “Perdone Sra. pero es que Vd. ha indicado las señas de la Casa del Presidente y como comprenderá…”.

Cuando ya consiguió acreditar todos los trámites para embarcar llamó a su amiga: “¿Pero cómo no me habías dicho que tu padre era el presidente?”. Con toda su humildad y quitándole importancia al asunto, la trinitense le dijo que no había caído en ese pequeño detalle sin importancia. Y por fin llegó, ya entrada la noche a la “Casa Blanca caribeña”.

Segundo control policial

Jardines de "La Fortaleza". Casa del Gobernador en Puerto Rico

Al día siguiente mi amiga salió a correr (a hacer running, como se dice por allí, bueno últimamente también por aquí) y al regresar a “su casa”, el policía de la verja le dio el alto: “Perdone, Vd. no puede pasar, es un recinto privado”.

Mi amiga, sin documentación alguna, con su chándal y zapatillas, le dijo que ella estaba alojada en “la casa”. El policía pensaba que le estaba tomando el pelo y de nuevo, educadamente le denegó el acceso.

Pero logró sortear este stop policial con inteligencia práctica: le dijo que llamara a su compañero de la noche anterior, que él sí la conocía. Y, por supuesto, entró. Me contaba que ya los siguientes días, los policías la conocían y que entraba y salía como Perico por su casa. Y allí que estuvo alojada la mar de bien.

Cuando mi amiga me relataba todas sus andanzas por la casa, tengo que confesarles que me entró un poco (bueno sí, mucha) envidia: yo también quería alojarme en una casa presidencial. Hasta que un buen día, estando en Puerto Rico… casi lo conseguí. Casi. To be continued

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La “paleta” de la calle

 

No sé si también les pasa a Vds. Unas de las bonitas sensaciones que recuerdan de su infancia era mirar a través de un caleidoscopio y ver cómo se multiplicaban los colores. Algo parecido nos sucede ya de adultos cuando paseamos por el Viejo San Juan de Puerto Rico: Nos encontramos con un arcoíris a pie de calle, en posición vertical y hasta una altura de media de tres plantas.

La alegría de la casa

De verdad que no les exagero. Al recorrer sus calles se puede ver esta paleta de colores en las fachadas de las casas y da una alegría… Que si la de la esquina es rosa; la colindante verde manzana; lila la del fondo… Y así, hasta completar toda la gama ‘pantone’. No crean que se limitan a los cuatro colores típicos del parchís. 

No falta ni una sola tonalidad. La Oficina de Comisaría es azul celeste; el Instituto de Cultura Puertorriqueña es amarillo plátano. Por supuesto, en la Casa del Gobernador predominan las estancias doradas, con rincones de oro auténtico.

“Del lado de allá”

Si ya pasear por una nueva ciudad es casi siempre un placer, en San Juan se añade esta nota de color. El trazado urbano y cromático sigue el mismo esquema de las ciudades coloniales: dividido en manzanas cuadradas, organizadas en torno a un eje, la plaza central. Sencillísimo para no perderse. Pero encierra un peligro que complica la cosa: si vamos paseando, ensimismados en este museo al aire libre que es el Viejo San Juan y tomamos como referencia por ejemplo “nos vemos allí donde estaba la casa roja”, entonces ya sí, volver a encontrarla puede resultar difícil, porque habrá más de una de este color y, además en distintas tonalidades.

“Mi casa del Caribe”.

¿Qué fue antes: la compra del coche o del carro?

La casa donde yo vivía era blanca. Por el color, me resultaba muy familiar a las nuestras. Pero como estaba invadida por plantas gigantes, yo casi me sentía, más que en la huerta, en plena selva. Este verdor que como les digo, de tan generoso, abrazaba la casa entera, era mi pequeño paraíso que, para más inri, se llamaba “Mi Casa del Caribe”. Con un nombre tan bien puesto y con ese posesivo inicial, a mí me entraban unas ganas de alargar la estancia…

El negro, convertido casi en “rojo pasión” 

Yo me entretenía buscando todos los tonos. El negro no podía faltar. Pero aún así, tiene su toque artístico, bueno más bien, tiene una “pincelada” amorosa. Les cuento. Encontré una pared negra en una fachada, a modo de pizarra gigante que cambia su “tonalidad” según avanza el día: Cualquier paseante puede dejar su notita de amor. Ser un artista, ¡vaya! El antes y el después de cada día era asombroso: Pasar junto a ella a primera hora de la mañana y luego ya, por la tarde, verla llena de mensajes, totalmente transformada. Este cuadro callejero está junto al Teatro Tapia. En las fotografías se puede ver la “transfiguración” para que lo admiren. ¿Comprueban que no exageraba cuando les decía que todo el Viejo San Juan es una obra de arte a pie de calle?

“Del lado de acá”

Nada que ver con algunos de nuestras reglamentos internos de las comunidades de vecinos, donde en la mayoría se casos si permiten la colocación de toldos, todos han de ser del mismo color. Ay del vecino que tenga una vena artística y que coloque otro de tonalidad diferente, el Presidente de la Comunidad le llamará al orden. La monocromía impera a este lado del océano.

Cuando les decía a mis amigas portorriqueñas que nosotros tenemos los denominados Pueblos Blancos, ellas por aquello de que siempre nos atrae el contrate (cromático en este caso), estaban deseosas de verlos y las notaba algo incrédulas por esta armonía casera monocolor. Claro que como me sentía yo algo sosa y para que vieran que nosotros los españoles también tenemos esta vena artística callejera, les hablaba de algunos lugares como Triana en Sevilla o Villajoyosa en Alicante y muchos más dónde cada casa para poder ser reconocida fácilmente, sobre todo por los pescadores a horas de poca luz, sí tenían su fachada personalizada con un color diferente, lo que evitaba entrar en la del vecino.

Pinceladas de humor en esta paleta callejera 

No sólo las fachadas y las puertas tienen estos toques artísticos, uno cuando va embelesado en este museo callejero que es el Viejo San Juan, se fija hasta en los más pequeños detalles. Les cuento uno que tiene su “pincelada” de humor. Los nombre de algunas calles van acompañadas de su cuadro. El callejón de las monjas tiene su guasa: todas risueñas parecen que están bailando salsa. La vida en este convento a mí me da que no tenía que ser muy aburrida, ¿verdad?

“De otros lados”

Si así de bonitas y alegres son por fuera, otro día les cuento cómo son ya de puertas adentro, pues convendrán conmigo que cuando uno va paseando por una nueva ciudad… ¿a quién no se le van los pies solos? Y a nada que uno sea un poco (no mucho) cotilla, vaya que sí, que entré en las casas. También en la dorada del Presidente. Eso sí, en todas, con permiso de sus dueños. Y sí, también entré en la Casa Bacardí. Ya puestos… Y bien contenta que salí. Ya les decía yo que las casas puertorriqueñas… ¡cuánta alegría por dentro y por fuera!

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Del Caribe al Mar Menor

 

Vienen desde Puerto Rico. Van a recorrer España casi entera. Empezarán por San Sebastián; Luego parada en Segovia, Toledo… Su último destino es Murcia. Y lo que más ilusión les hace de todo este recorrido es darse un baño en el Mar Menor.

Hace unos meses:

Puerto Rico: Entrada al Caribe

Estábamos merendando en una chocolatería del viejo San Juan.  Mis amigas puertorriqueñas me decían que era casi un pecado mortal regresar a España sin haber ido a la parte caribeña de la isla. No paraban de enseñarme fotografías. En una, las tres dentro del agua transparente, flotando en unos sillones-colchoneta, con sus piñas coladas y sus sombreros panamás.

Una de ellas dirige un pequeño hotel de esos con encanto a pie de arena finísima caribeña y justo enfrente tiene islas desiertas para elegir. Me insistía en que me podía alojar sin coste alguno y hasta me dejaba la canoa para ir al cayo que yo quisiera. “Todos están desiertos”, añadía. Con la ilusión que a mí me hace aquello tan aventurero de ir a una isla desierta…

En fin que viendo las fotos, andaba yo con la pena metida en el cuerpo porque el avión regresaba al día siguiente y me iba a perder todas aquellas maravillas.

Otra amiga se incorporó más tarde a la merienda y preguntó dónde estaba Murcia. Fue oír mi ciudad, vaya que sin querer (bueno queriendo un poco también) me crecí. Todo empezó casi sin darme cuenta, como si fuera un desafío: “Sí, sí vosotras tenéis el Caribe, pero yo tengo el Mar Menor”.

Déjenme que me explique. Que la pena que yo sentía porque no iba a conocer el Caribe puertorriqueño, se transformó ipso facto en orgullo patrio. Vaya que me inflé y empecé a contarles las maravillas del Mar Menor. Que si la bondad de los lodos; los baños casi de sal; los paseos de varias millas adentro sin que te cubra; las historias de los balnearios…

Según iba contándoles, todas: boquiabiertas. Tanto que rápidamente cogieron sus móviles (yo estaba sin datos) para buscar fotos de este mar del que jamás habían oído hablar. Y el fondo documental gráfico de Google fue mi aliado: mostró vistas aéreas, playas de arena fina… Ahora todas: ojipláticas.

Dentro de unos meses:

Mar Menor: con un toque muy caribeño

Todas (sí, sin proponérmelo logré unanimidad) vienen a Murcia. Tienen mucho interés por este “mar chiquitito” o “lago salado”. Así lo llaman. Se ve que del impacto al ver las fotográficas olvidaron el nombre. Y según me cuentan, ya tienen el bikini en la maleta.

Aún no les he dicho que el Mar Menor está últimamente “enfermo”. Dragados por una zona; vertidos por otra… En fin el sumario judicial está formado las piezas de este puzle de destrozos y nos aclarará qué hicimos mal. El caso es que cambiamos la arena por licencias de obra y cédulas de habitabilidad; matamos a los caballitos y enturbiamos el agua. Este paraíso está latiendo y pide ayuda a gritos.

La última vez (no hace tanto) llevé a un grupo de japoneses al Mar Menor y se hicieron fotos con sus pies dentro del agua rodeados de miles de peces haciéndoles cosquillas en los dedos. A ver cómo salgo yo de ésta. Tal vez un buen caldero sea esta vez el único consuelo para mitigar la desilusión. Y yo habré incumplido “el baño en el verdadero paraíso” como les prometí bajo los efectos (sé que no es excusa) de un chocolate con coco.

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¡Menudo morro!

 

No se alarmen por favor. Esta expresión no tiene que ver con la faz de la cara. Nada tampoco con ser un caradura.

Haré las presentaciones oficiales para evitar malentendidos. Su nombre y apellidos completos son: “Castillo de San Felipe del Morro” en Puerto Rico. Pero para los amigos y, para todos los boricuas, se queda en el apelativo cariñoso de “El Morro”. Allá que nos vamos.

¡Cuánta sabiduría!

Se trata de una construcción defensiva de esas en la que todo elemento tiene una inteligencia práctica detrás. Es de esos lugares que uno visita y sale con la sensación de haber asistido a una clase magistral de arquitectura e ingenieras juntas. Bueno, y ya puestos, de historia también: un vídeo explica los avatares de la navegación de entonces. Ya les digo este lugar es casi como una miniuniversidad al aire libre. 

Pura estrategia por todos lados

Su emplazamiento es llamativo. Está justo a la entrada al mar del Caribe. Este enclave asombró incluso al rey Carlos III, tanto que dictó un decreto por el que lo alzó a la categoría de lugar defensivo de primer orden. Ello suponía abrir el comercio legal con España. Pero no logró acabar con los contrabandistas que era otro de los objetivos de esta disposición legal. “Ahorita” la UNESCO lo catalogó como Patrimonio de la Humanidad.

A punta de cañón

Les cuento un poquito algunos trucos. Para acceder por tierra hay que recorrer antes una explanada sin ningún obstáculo visual. Una pancarta invita a reflexionar a ver qué soldado se atrevería a atacar el fuerte cuando ha de atravesar este terreno y a buen seguro le están encañonando desde detrás de los muros. Muros que, ¡menudo grosor! desde el mar también protegían “El Morro” del oleaje y de los piratas.

Si algún atacante por su agilidad y rapidez era capaz de esquivar los cañones luego, para poder llegar al “Morro”, aún tenía un obstáculo nuevo: el foso.

Hoy en día esta explanada sirve como lugar de descanso. Las vistas desde ella son fantásticas. Hasta se divisa la fábrica del famoso Ron Bacardi. Y la sensación de la brisa doble -caribeña y atlántica- “ataca” por todos lados. Vaya que es de esos sitios en los que uno dice: “Yo aquí me quedo un buen rato a disfrutar de la vida y de las vistas”. Esta zona de hierba es también uno de los lugares previstos por la Ley para escapar ante un posible tsunami.  Ya les decía, mucha inteligencia práctica tiene el sitio.

La entrada al paraíso

El fuerte, de ahí su construcción, está situado en uno de los puntos más salientes de la isla, jugando con la trayectoria de los vientos alisios que empujaban –casi sin querer- todos los barcos hacia este lugar.

Los grandes cruceros pasan muy cerquita en su travesía al mar del Caribe. El edificio “esconde” un faro por aquello de “aviso a navegantes”. Los cruceros se ven pasar tan cerca que… ¡casi se saludan los turistas entre sí desde tierra unos, desde el barco otros! Yo fui de las que saludó desde tierra firme.

Pero me cuentan amigos que han hecho el crucero por el Caribe que la primera parada es en Puerto Rico y ya en el viejo San Juan toman la primera bocanada caribeña de lo que después saborearán a lo largo de los siete, diez o hasta quince días de travesía.

Si se les ha despertado su ánimo belicoso, a tiro de piedra, perdón debí decir “de cañón”, se encuentra otro fuerte. Es su hermano pequeño: El Castillo de San Cristóbal.

Así las cosas, sólo quedar añadir en este viaje, aquel grito de los piratas de: “¡Al ataque!” 

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Teatros: tres triquiñuelas tras el telón

 

Se alza el telón y… ¡comienza este viaje! El recorrido nos lleva a tres “escenarios”: Madrid, Almagro y Murcia. La parada será en sus teatros. Los conoceremos a través de las anécdotas que sucedieron en ellos un buen día que…

PRIMER ACTO: El día que un gong se escapó del escenario.

Comenzamos por Madrid, en el Teatro Real. La anécdota está vinculada a la música. Y más concretamente a un instrumento de la orquesta que pocas veces pasa desapercibido: el gong. La fuerza sonora –y sí, su tamaño también-, de este “personaje” musical impide no prestarle atención.

La anécdota fue dónde se colocó el gong. El compositor de la obra había estudiado minuciosamente cada movimiento, cada secuencia. Me contaba que tenía treinta y cuatro altavoces escondidos y distribuidos por todo el escenario.

Quería que en el clímax de la tragedia sonara un gong justo en el lado opuesto del escenario. Allí donde no se le espera. Y, precisamente en ese mismo instante del golpe, se encendían luces que, reflejadas en grandes espejos, enfocaban directamente al público, en la intención -bien estudiada- de que lo que estaban viendo representado a todos nos sucederá (cuando no lo esperamos).

Y claro, el mejor lugar por altura y distribución central para colocar el gong no era otro que el Palco Real. Ni corto ni perezoso pidió permiso a la Casa Real para poder colocarlo. Por motivos de protocolo le fue denegado, pues –decían- “jamás en dicho lugar se había colocado ningún elemento escenográfico”. Pero fueron los propios reyes quienes prestaron su consentimiento final. Eso sí, el día que ellos asistieron, por razones obvias, el gong fue desplazado hacia otro palco lateral.

SEGUNDO ACTO: El día que en un lugar de comedias, brotaron las lágrimas

Corral de Comedias. Almagro. Hubo un día que se llenó de lágrimas puertorriqueñas

Seguimos esta ruta teatral por Ciudad Real. Cómo no, en el Corral de Comedias de Almagro. Aquí la anécdota, pese al nombre animoso del lugar, tuvo lugar con el llanto. Sin llegar a la tragedia, no se alarmen.

Una compañía teatral puertorriqueña acudió al Festival de Teatro Clásico de Almagro para poner en escena una de sus obras. Los mismos actores se encargaron de transportar todo el material de la decoración de allende los mares. Recién llegados a Almagro, el director de la compañía les dijo que antes de cenar quería ir a ver el Corral de Comedias donde representarían la obra y con el que tantas veces había soñado y visto en fotografías. Y estando allí sólo, todo en silencio, con nocturnidad… la emoción fue tal que comenzó a llorar de felicidad ante tanta belleza. Un lugar de comedias invadido por lágrimas del corazón.

Al regresar al hotel les dijo a todos los actores que dejaran tal cual todo el material de decorado que traían consigo, sin desembalar, que no pondría nada que privara al público de la contemplación de tan bello escenario. Y es que cuando la belleza al natural es tan abrumadora, no necesita ningún “maquillaje”.

TERCER ACTO: El día que una crónica se coló en el teatro

Y con la última anécdota me van a perdonar un poquito porque voy a barrer (mopear como dicen los puertorriqueños) para casa. Terminamos esta troupe teatral en Murcia, en el Teatro Circo. Aquí la anécdota tiene que ver con una antigua nota de prensa que da la bienvenida al espectador.

Teatro Circo. Murcia: Lo que una columna esconde

Teatro Circo de Murcia: Una noticia “escondida” en una columna.

El equipo de arquitectos que asumió la tarea de remodelar el Teatro Circo de Murcia buscó documentación para ver cómo era en su origen. Querían hallar “el alma” del inmueble. Y, en estas pesquisas, dieron con una nota de prensa del año 1891 que describía cómo era por dentro. Y un extracto de esta crónica literal de aquel viejo diario ha quedado “casi escondida” en uno de los pilares del hall de entrada. Sólo se puede ver con un cierto juego de luces. Yo cada vez que voy me fijo según qué iluminación tenga ese día y, allí está: una noticia que sigue teniendo “actualidad” transformada en un elemento de la arquitectura.

DESENLACE: Y toca terminar el tour de estos tres trazos teatrales no vaya a ser que me tilden de tediosa por tanto teclear.

Se baja el telón.

PD. En mi familia me dicen que soy muy teatrera. Yo creo que exageran un poco  ¿No les parece?  ;)

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¡A la mesa Puerto Rico!

 

Bandeja y mantel, así será este recorrido. ¿Toman asiento? Qué equivocada estaba yo. Les cuento. Pensaba que, siendo una isla, el pescado sería el dueño y señor, pero quien “parte el bacalao” es la carne, sobre todo el lechón.

Plátanos de dos colores, con cebolla

Como viajaba siguiendo los trabajos de la RAE, hete aquí que me propuse en este recorrido cultural enriquecer mi vocabulario, yendo como iba con tan honorable compañía. Así, si al llegar al bar me preguntaban si quería el arroz con gandules, yo sin saber de qué manjar se trataba o si algún comensal perezoso iba a compartir la mesa conmigo respondía –en mi afán de adquirir conocimiento- confiadamente que sí.

Después vi un cartel anunciando “La Fiesta del Gandul” y, ya empecé a inquietarme un poco, a ver qué era lo que yo iba a comer. Y es que nuestros ricos guisantes, allí son gandules y… ¡nada que ver con la pereza! Otro descubrimiento a la “ñapa”. “Además”, cuando hablaba con la cocinera sobre esta variante del arroz, ella al saber que era española me decía que “la paella es una sonrisa”. Menuda poeta la cocinera. Claro que estando en un congreso sobre lengua, no me esperaba yo menos.

El plato más típico es el mofongo. Otra palabra nueva en mi haber lingüístico. Se cocina a base de “plátanos verdes fritos”, un plato (casi) “de cine”. Y se combina con ajo, carne, hasta con marisco. Las variedades, hablando de gastronomía: para todos los paladares.

Mofongo, masa frita de plátanos y mucho más

Feliz comenzaba mis jornadas puertorriqueñas. A la hora del desayuno descubrí las tostadas con mantequilla de guayaba. Tan deliciosas que se convirtieron en un presente continuo día sí y día siguiente también.

Gratificantes resultaban las mezclas: el plátano con cebolla, batido de chocolate con coco escondido, yuca con jamón, etc. Ir al supermercado era sentir un golpe de esos de parada en seco nada más entrar. Me sucedió más de una vez, ya les digo: era impactante ver la fruta tamaño XXL: plátanos, mangos, papayas, etc. En ocasiones se me quedaba cara de tonta. Así ocurrió en una terraza junto al mar, bien bravo ese día. Un amigo me dijo si me apetecía una piragua. Y yo viendo las olas gigantes… Pero por aquello de no desairarlo le dije que “bueno” (que podía ser un sí pero también un no). Y al ratico aparece con dos vasos con raspaduras de hielo con sirope. Y es que allí la “piragua” se bebe. ¡Y qué rica!

Hasta incluso ese ratico del café después de comer lo descubrí también en este afán de aprender palabras nuevas y es que esto de viajar con la RAE aporta mucho “peso” lingüístico. Así que, cuando leí en la fachada del establecimiento “torrefacción”, mis pies entraron solos y… ¡qué ricura de café! El dueño me contó que era tostado en su propia hacienda. Me invitó a visitarla. Y esta vez mis pies no se fueron porque mandaba el reloj de la muñeca y tocaba regresar al “conversatorio” sobre lenguaje escénico que si no…

Los amantes del café entrarán seguro

Inmensa fue la alegría cuando probé otro postre delicioso. El hallazgo lo fue al preguntar su nombre: “Tembleque” me dijo el cocinero. Es como nuestro tocino de cielo pero de coco y sí, es meter la cuchara y esta delicia sufre un viavén, casi el mismo que cuando nos la llevamos a la boca. Me gustó tanto el nombre, que repetí más que nada para afianzar mis nuevos conocimientos. El caso es que, pasados unos días me di cuenta que el leitmovit de mi viaje: “palabra nueva que descubra, palabra que me como”, me estaba dejando huella visible en el peso, y no me refiero al de la maleta.

Jíbara ya me sentía yo –exagerando un poco sí- en Puerto Rico, donde regresaré. A mí ese cartel anunciando la “Fiesta del Gandul” me ha dejado con unas ganas de guisantes… No de hacer el gandul en el Caribe. ¡No vayan a pensar mal!

Kilos de saber me ha aportado este viaje. Qué bien añadida está la nueva palabra: “puertorriqueñidad”. ¡Bienvenida al español! Y es que a mí nadie me había advertido antes, pero esta isla es de las que atrapa y… ¡de qué manera!

 

 

 

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